Leni Peickert y el circo: Historia de un fracaso (I)

El análisis de una película de Alexander Kluge no puede empezar con un resumen del argumento. En primer lugar, porque la estructura fragmentada de la película, así como lo aparentemente deshilado y arbitrario de su discurso, impiden que sea posible reducir la premisa de la obra a unas pocas líneas. Por otra parte, esa indefinición intrínseca del film-collage, es decir, su multiplicidad de sentidos, obligan a no hablar de argumento sino, como mínimo, de argumentos, o incluso de films dentro del film. Pero, más importante aún, no se puede empezar la crítica con una sinopsis porque toda descripción, por pequeña que sea, y por objetiva que se pretenda, ya lleva implícita una lectura determinada, una particular interpretación que hará decir a la obra una cosa u otra según los intereses, la experiencia y la ideología del/a espectador/a. En el caso de Kluge una mala sinopsis sería sangrante: aunque suele haber un hilo argumental que predomina, o que nos sirve de guía, lo cierto es que su significado está supeditado a la idea que orquestra la obra entera y que está por encima de la trama. En otras palabras, la significación de la película, que sólo “construye” el/a lector/a con los elementos a su alcance, es más importante que los hechos en sí, y avanza, con independencia de estos, a base de acumulación de escenas, datos, historias, imágenes y músicas que pasan a complementar, discutir, ridiculizar o iluminar lo que hemos visto anteriormente o lo que veremos a continuación. Esto es: no se busca tanto contar una historia, o varias de ellas, para alcanzar una conclusión o el conocimiento sobre un tema concreto, sino servirse de ficciones y pedazos de realidad para expresar aquello que las une, que las emparenta, aquello que las ata, si no en su totalidad, al menos en parte. Nos apartamos entonces de un desarrollo al estilo clásico hollywoodiense y nos acercamos al efecto logrado a partir de la acumulación de varios estímulos que pudieran representar Roma o Amarcord de Fellini o El discreto encanto de la burguesía de Buñuel.

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Leni Peickert y el circo: Historia de un fracaso (2)

Para empezar, y rompiendo cualquier norma de coherencia que pudiera regir este trabajo, haré un pequeño resumen del argumento. El objetivo no es resumir el argumento, es decir, no es el resumen en sí, sino servirme de él para (de)mostrar lo dicho en el capítulo anterior. Me refiero tanto a la multiplicidad de significados ahogada en una sinopsis, por amplia o detallada que sea esta, como al hecho de que la propia elección de elementos a partir de los que o con los que construir el resumen ya es ideológica. Por todo ello imitaré – que no copiaré- los resúmenes que me he ido encontrando mientras me informaba para el presente trabajo y partiré de ellos para realizar mi crítica.

 Artistas en el circo: perplejos (1968) de Alexander Kluge nos presenta los intentos de Leni Peickert de crear y dirigir su propio circo, después de haber actuado muchos años en la misma carpa en la que trabajó su padre como trapecista y heredando sus deseos de tener un circo independiente y revolucionario. El amor de Leni por el arte circense la empuja a buscar técnicas y contenidos de gran calado que hagan de su espectáculo una experiencia única e innovadora. Pero los problemas económicos – del capitalismo, tal y como lo concibe ella-, para los que no está preparada; los problemas artísticos – ¿hay que mantener la pureza del circo, o se puede mezclar con otras artes?-, para los que no encuentra solución; y los problemas éticos – ¿qué se quiere lograr con el circo? ¿Cuál es su razón de ser?- a los que no hace mucho caso, lograrán que acabe desistiendo y emprenda caminos distintos – igualmente destinados al fracaso- en persecución de algo que ella misma desconoce.

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“Doña Berta”, relato de una obsesión

ALAS, L. Cuentos completos. Volumen I. Madrid: Alfaguara, 2000.

 En pocas palabras: Una mujer, sentada en una habitación vacía, observa un cuadro con una intensidad perturbadora. Así es como podríamos describir una de las escenas más crípticas, sugerentes e icónicas de la historia del cine. En efecto, estamos hablando de Vertigo de Alfred Hitchcock (1958), obra maestra imperecedera con la que el séptimo arte logró dar un paso más hacia la modernidad cinematográfica que eclosionaría en los años sesenta del siglo XX. En ella Hitchcock nos relata, con precisión y sutileza, la historia de una obsesión, obsesión que toma muchos rostros y muchas formas – una mujer, un campanario, un cuadro- pero cuyo destino, de un modo u otro, y como en tantas obras parecidas, sólo puede ser el más absoluto desastre.

 Ahora, permitidme una pregunta: ¿qué tienen en común Vertigo, obra de mediados de siglo que acabaría por cimentar la reputación de su director, y Doña Berta, novela corta que Leopoldo Alas publicó en 1892, que se cuenta sin duda entre lo más destacado de su – brillante – producción y a la que querríamos dedicar estas páginas? Los hilos principales que unen ambas – y tan dispares- obras ya han aparecido en el párrafo anterior, y son, en mi opinión, dos: en primer lugar, la relación que existe entre una mujer y un cuadro; y, luego, la obsesión entendida como destino abocado al fracaso. En realidad esta división no es más que una convención, puesto que tanto en Vertigo como en Doña Berta el cuadro y la obsesión que despiertan son una única cosa; pero tal la partición nos servirá como eje principal del presente texto; esperemos que las líneas que vienen a continuación basten como justificación.

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Sobre “El Licenciado Vidriera”

Es de sobras conocida la genialidad de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), uno de los autores por antonomasia de las literaturas española y universal y creador de múltiples figuras emblemáticas. Como veremos en el presente análisis de El licenciado Vidriera, una de las Novelas Ejemplares que Cervantes publicó en 1613, su fama y reconocimiento se basan, en parte, y entre otros muchos factores, en su capacidad de diseñar y escribir historias perfectamente comprensibles al tiempo que de difícil interpretación, situándolas siempre en el borde de lo posible, de lo verosímil y de lo histórico. El hecho de escribir en tal encrucijada, en ese encuentro entre dimensiones que podrían parecer incompatibles, le permite jugar con los niveles de realidad y de significación de sus tramas de tal modo que las posibilidades de exégesis se multiplican indefinidamente. En eso consiste, quizás, la mayor parte de su atractivo: en que la realidad ficticia actúa como un espejo de la realidad al mostrar la misma ambivalencia de personajes, la misma confusión moral, la misma ambigüedad a la hora de entender las relaciones y los motivos de los hechos que encontraríamos en el mundo de la no-ficción. Es decir: que la verdadera “mímesis”, o la relación de la obra con la “verdad” que refleja o representa, no sólo se efectúa a través de la crítica mordaz que Vidriera hace a sus conciudadanos – que sin duda nos permite penetrar en el funcionamiento de la sociedad en la que vivió Cervantes-, sino que queda plasmada sobre todo en el sentimiento de fracaso, o de descontrol, o de incomprensión que nos embarga al llegar a las últimas palabras del relato, cuando entendemos que preguntarse acerca de los por qués, de los cómos y los cuándos de las cosas, al fin y al cabo, no sirve de nada.

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Lady Gaga. Definiendo el fascismo posmoderno

Nou text sobre la Gaga publicat a Détour. No us el perdeu!!

Nuevo texto sobre Lady Gaga en Détour. ¡No os lo perdáis!

Leer aquí.

Campus

Esta mañana fui a la uni pero no para ir a clase. Necesitaba información y tuve que ir a la biblio. Tengo un proyecto importante entre manos. Es la primera vez que me siento responsable, así que pienso hacerlo bien. Siempre me han dicho que soy listo. Yo les digo que no lo soy. No me siento listo, y no entiendo que me lo digan. En realidad deberían decirlo más. Deberían repetirlo más veces. Cuando todos admitan que soy listo, lo seré. Hasta entonces sólo creeré que me están haciendo la pelota.

Esta mañana me senté en la biblioteca a buscar el libro que Germán me recomendó. Germán dice que soy listo, así que busco sus libros. No logro recordar el título. Tecleo, y busco en el catálogo pero sin éxito. No es un libro vital para mi proyecto pero creo que puede estar bien. Mi madre dice que “Todo suma”. A ver si es verdad. Busco el libro en el catálogo. Una chica gorda no para de toserme en la cara. Una de sus tetas me tapa la pantalla y la aparto. Ella se ríe y me saca la lengua. Luego se va y me deja buscar.

Tengo que encontrar el libro.

Llamo a Germán por el móvil pero no responde. Estará en el tren, sin cobertura. Germán tiene una fijación con los trenes. Se pasa horas dando vueltas en un tren. Está orgulloso de no ser universitario, pero eso no sé a dónde le ha llevado.

Me levanto y pregunto a la bibliotecaria. Sostiene algo en la mano y le pregunto si puede ayudarme. Me mira y me dice: “Un momento.” Duda, y dice: “No sé dónde colocar esto.” “¿Qué es?” le pregunto. “No sé”, dice. Y duda. Entonces veo que es tuerta. Pero sigue siendo bibliotecaria, ¿no?, así que le pregunto: “¿Puedes ayudarme?” “Un momento” dice, y me da la espalda y mira lo que tiene en la mano. “Busco un libro” le digo. Pero ella está distraída.

Vuelvo al ordenador, pero ahora está ocupado. El chico del ordenador me mira fijamente. Me pregunto si tardará mucho. Los otros ordenadores están ocupados. El chico del ordenador teclea con furia. Lo miro con curiosidad. El chico teclea con furia y golpea el teclado. Me pregunto qué estará haciendo. El chico golpea la pantalla y se rompe y tira la silla al suelo, sudando. El chico me mira fijamente. Decido irme.

Llamo a Germán pero no contesta. Oigo un pitido a lo lejos. Es el tren que pasa por la uni. Me imagino a Germán en ese tren, sentado junto a una ventana y riendo. Me pregunto si algún día lo veré. Germán da vueltas en su tren y yo estoy en la uni. Me recomendó un libro y tengo que encontrarlo. Oigo cómo el tren se va. Me pregunto si quizás, en algún lugar…

El campus es enorme. Hay muchas biblios. Voy a otra a ver si ahí pueden ayudarme. Pienso en mi proyecto. Pienso que el libro que busco no es imprescindible, pero que puede estar bien. Supongo que podría pasar de él, pero decido darle una oportunidad. Cruzo el campus poco a poco. Hace calor, después de tantos meses de frío. Pienso que es una buena época para conocer gente. Para conocer mujeres. Pienso en mujeres, y en la teta que me tapa la pantalla. También pienso en una mujer, y veo un ojo tuerto. El calor me excita. Pienso que quizás debería llamar a alguien, a una chica.

De camino, junto a una arboleda, me encuentro a un grupo de chicos jugando al fútbol. O al básquet. Al fútbol con una pelota de baloncesto. Los veo discutir sobre las reglas del juego. Uno dice: “La pelota se puede botar.” Otro levanta una mano al cielo y grita: “Sólo con el pie. Sólo con el pie. Está prohibido con las manos.” El otro grita: “¡Es una pelota de básquet!”. Y el otro espeta: “Pero queremos jugar a fútbol.” La discusión me aburre y prosigo mi camino. Los chicos empiezan a correr y se oye un grito horrible. Me vuelvo y veo a un chico ensangrentado. La pelota desaparece entre los árboles y un chico corre a recogerla. El chico ensangrentado se sienta y se toca la nariz. Querría acercarme pero sus amigos no hacen nada, así que me desentiendo.

Llego a la biblio. Me quito el jersey y me siento ante un ordenador. Tecleo y busco el nombre del libro, pero sin suerte. ¿Cómo se llama? Cojo el teléfono y llamo a Germán. No responde. No sé cuánto le durará el rollo de los trenes. Le escribo un mensaje y se lo mando. Luego espero. Tecleo al tuntún un nombre en el ordenador. No me da el resultado. Me rasco la coronilla, estiro los brazos y sigo buscando. Luego me acerco al mostrador de recepción y pido ayuda a una chica. Me atiende con amabilidad y me dice que no sabe, que debería buscar en otra biblioteca. “¿En qué biblioteca?” pregunto. “Ciencias”, dice. Le pregunto si no puede decirme el nombre del libro, que tengo mucha prisa (y es mentira). Dice que no sabe, que pregunte en Ciencias. “¿Pero no puede decirme al menos de qué va?” le pregunto. La chica sonríe. Es tímida. No sabe. Comprendo y me voy.

El sol me quema los brazos. Enfrente de la biblio unos chicos se tocan y juegan. Unos chicos se tumban sobre una chica y la aplastan con sus cuerpos y se mueven sobre ella. La chica me mira y grita. Su voz sale a veces, interrumpida. Los chicos dan botes sobre ella y la aplastan. Alguien le golpea en la boca y le rompe el labio y los dientes. La chica se toca la boca y grita escupiendo sangre.

Pienso en mujeres, en la bibliotecaria tímida. Quizás debería llamar a alguien para follar. Me vuelvo y miro el edificio de la biblioteca. Quizás debería follar. No muy lejos, junto a unos árboles, oigo los chicos del fútbol o del básquet y me acerco. Unos cuantos se pasan la pelota con las manos y luego la chutan. No hay portería y la pelota se pierde entre los árboles. Otros se pelean todo el rato y se tiran de los pelos. Alguno hay que permanece a un lado y que a veces intenta jugar, pero las normas le desquician de inmediato y permanece a un lado. Nadie se atreve a jugar en serio. Las reglas no están claras.

Me pregunto dónde estará Germán y qué estará haciendo. Quiero hablar con él, porque él me recomendó el libro y necesito saber el título. Le llamo. No me coge el teléfono. Quizás me haya escrito un e-mail. Voy a la biblio en busca de un PC. Muchos están apagados o no funcionan. Pregunto a la tuerta si puedo usar el suyo. “Es urgente” le digo, “Necesito consultar el e-mail. Es urgente.” “Lo siento, no puede ser” me dice. “¿Y me deja el teléfono para llamar a Germán?” le digo. “No, lo siento” me dice. Alguien me toca el culo. Me vuelvo y la chica gorda me sonríe y me guiña un ojo. “Vete o te follo” le digo. “Vete ahora mismo o te follo aquí mismo.” Se me ocurre que puedo llamar a Germán desde una cabina y me voy corriendo.

Cruzo el campus en busca de una cabina. El sol me desgarra. Me cubro la cabeza con el jersey y corro. Necesito agua. Busco una fuente. Entro y pregunto por una fuente. La bibliotecaria mira en un mapa y me dice que ahí no hay. Que busque en otra parte. “¿Dónde puedo buscar?” le pregunto. “En otra parte, aquí no.” “Necesito follar” le digo. “Lo siento, no aquí.”

Salgo al sol del campus y me pregunto qué puedo hacer. Pienso que podría mirar en los estantes de la biblio, uno a uno. Quizás reconozca el libro. Corro hacia la biblio. De camino me suena el móvil. Lo abro y contesto. Es Germán, pero no me dice nada. “¡Germán, el libro!” le grito. “¡El libro!” Pero no se oye nada, y la llamada se corta. Vuelvo a llamar pero no me lo coge. Agarro el móvil y lo tiro contra el suelo. Le doy una patada.

Oigo un pitido. Es el tren que pasa por la uni. Quizás me ha llamado por eso. Tiro el jersey al suelo y corro hacia la estación por el bosque. Corro entre los árboles. Tropiezo con una pelota y caigo al suelo. Me rompo un labio. Me levanto y corro por el bosque. La sangre me corre por la cara. Oigo el pitido de nuevo. Esquivo a unos chicos que se pegan y se tocan tumbados en el suelo, dando saltos. Corro con ganas de follar. El sol me mata. El tren llega a la estación y yo con él. Busco el billetero para entrar. No lo encuentro. Se abren las puertas del tren y encuentro el billetero en el bolsillo. Lo saco y la gente sale del tren. “¡Germán!” grito, colocando el billete en la máquina. “¡Germán!” Entro en la estación cuando las puertas pitan. Corro hacia las puertas cuando se están cerrando y meto una mano entre las puertas. La mano dentro y el cuerpo fuera. Acerco la boca al hueco entre las puertas y grito: “¡Germán! ¡Germán!” Las puertas se abren y alguien me empuja hacia fuera. Caigo de culo al suelo cuando las puertas se cierran. El tren se va.

Pienso en Germán, y en mujeres. Necesito beber agua. Busco una fuente pero no la encuentro. Me acerco a una mujer de la estación y le pregunto: “¿Follamos?”

Matar al perro

Gabriel quiere ser escritor, pero no tiene tiempo. Piensa más de lo que lee, y lee más de lo que escribe. Así nunca llegará a escritor. Tampoco tiene mucho tiempo para dedicarle al tema. En la oficina maldice a su mujer, y la insulta por teléfono, y en casa termina por obligación todo lo que le quedó pendiente del día perdido. Quiere ser escritor; está decidido. Pero necesita encontrar momentos en los que leer, porque leyendo se aprende a escribir.

Del trabajo a casa y de casa al trabajo siempre toma el metro. Antes pensaba mucho en su trabajo y maldecía a su mujer; ahora en cambio piensa mucho, y lee menos, pero siempre convencido, haga lo que haga, de que lo suyo es escribir. Las manos, ya estén extendidas sobre las rodillas, ya estén agarrando un libro o ya estén, sobre todo, balanceando un lápiz, son las manos de un escritor. Siente una conexión profunda y fuerte entre sus manos y su mente, y su mente es – ¡seguro!- la mente de un escritor.

Está convencido de que su misión de escritor es servir a los demás, al Hombre. Se imagina muchas veces arrodillado a los pies de un altar, desnudo y ensangrentado como una ofrenda floral. No sabe quién celebra la misa, al otro lado del altar, pero sí sabe quién tiene detrás, en los banquillos, murmurando y suplicando. Sin volverse, ve caras de todos los colores, y manos como las suyas, pero menos serviciales, menos santas, que se alzan contra el cielo como flechas. Ríe avergonzado al saberse desnudo y saber que les está mostrando el culo. Pero lo hace por ellos. Eso es lo importante. El sacrificio está bien.

El metro chilla en el túnel. Gabriel es zarandeado con su libreta en las manos. Parpadea. Se siente desconcertado, perdido. Luego tiene una revelación. Sostiene el bolígrafo con fuerza. Frunce el ceño con fuerza. Siente la importancia del momento, su necesidad. Sólo tiene quince minutos para escribir. La revelación está ahí, la necesidad, la fuerza. Une el Boli al papel, y empieza.

El metro chilla en el túnel. Gabriel es zarandeado en su asiento, y se levanta.

Necesita una mesa.

Deja la libreta abierta en el asiento, se arrodilla y empieza a escribir. Le impulsa una fuerza que no conoce. Poco a poco la descubre; se adapta a ella. Siente bajo la libreta un perro que tira de su bolígrafo, que gruñe. La mano tiembla con la fuerza de ese perro. Se lo imagina, y la ilusión irrumpe con tal fuerza en su mente que deja de escribir. Su mano cuelga a un lado. El bolígrafo resbala y cae. Un perro blanco, descomunal, gruñe y le enseña los colmillos. Gabriel tiembla ante su violencia. El perro ladra y Gabriel se cubre con los brazos.

Chillido del tren. Despierta.

Gabriel se pone en pie, receloso. A unos metros descubre a una mujer sentada. Se miran. Gabriel se fija en su jersey de lana blanco, y sucio, y en el pelo desteñido y canoso. Gabriel y la mujer se muran en silencio. Gabriel le tiende la libreta, en silencio. La mujer no se mueve. Gabriel, sin el bolígrafo, hace ademán de escribir sobre la libreta. La mujer se acerca. La mujer se inclina para recoger el bolígrafo. Al levantarse, Gabriel le propina un golpe en la cara con el puño. La mujer cae al suelo, sangrando, y grita. Gabriel le da un puntapié y la deja inconsciente. Luego se arrodilla junto a ella. Pone la libreta sobre la espalda, blanca y sucia, y posa en ella la punta del boli. El perro ya no ladra, el perro ya se encoge. Gabriel acaricia el perro que tiene ante él. Su dulzura es inmensa, y su amor. Gabriel sonríe y empieza a escribir.

El tren aúlla, aterrado. Empieza a detenerse.

Gabriel apenas tiene tiempo de escribir un par de frases. Luego su bolígrafo se detiene, como el  tren.

Coge su libreta y se va.

Prólogo (Un boceto). Parte VI

Gabriel, al subir al piso dedicado a letras de la biblioteca, dejó su mochila en una silla y se paseó entre los estantes. Mientras hojeaba un volumen sobre Wilde, a Juan se le paralizó medio rostro de camino a la oficina. No pidió ayuda; no tuvo tiempo. Fue un hombre calvo quien pidió auxilio por él.

En el segundo piso de la biblioteca no había cobertura, así que, concentrado en Wilde, Gabriel no pudo recibir las múltiples llamadas de Mike. En el hospital de Sant Pau, a Juan le habían diagnosticado un tumor que había que operar al instante. Mike, en la sala de espera, no soltaba el teléfono aunque no sabía a quién llamar.

Gabriel ese día estudió con desgana. Se preguntó una y otra vez cuál era su objetivo, qué es lo que quería. Recordó haber sido feliz en el pasado, y su mente se llenó de luz y de risas infantiles. Pero su memoria se perdió en el silencio de los libros. Miró las montañas de páginas que había sobre la mesa y se preguntó por qué.

En las horas siguientes, mientras Mike lloraba solo en una sala de espera, y a Juan abría los ojos en medio de la operación, Gabriel leyó Tonio Kröger y confundió su deber con el de Mann. Comprendió cuál habían sido el poder y la intención del alemán y al instante se los hizo suyos. Aliviado, rió y aplaudió ruidosamente, como una foca, despertando a los otros estudiantes de su letargo. Un chico rapado se sintió tan atacado que incluso hizo ademán de levantarse con rabia, pero para entonces Gabriel leía de nuevo, y con pasión, unos artículos de Sartre. Pasar de Wilde a Mann y de Mann a Sartre no le supuso esfuerzo alguno, puesto que para él todos los textos eran el mismo. Y entre dichos autores encontró similitudes que le abrieron las puertas a una intuición errática e insulsa, pero indudablemente suya, que habría explorado a conciencia si hubiera podido.

Pero se hizo tarde, y había que regresar. Sus papás le esperaban para comer. Así que recogió sus cosas, las metió en la mochila y bajó las escaleras de tres en tres. Al llegar a la primera planta, sintió que el móbil le vibraba, así que sonrió, lo sacó y lo abrió.

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