Jeremías: negro

Abril 18, 2008

La ventana es rectangular. Un marco blanco rodea el cristal, que es transparente. Una cortina amarilla cubre la ventana y cae hacia abajo. La cortina está sujeta a una barra metálica, y cae hacia el suelo, que es negro.

La ventana está en una pared blanca. La pared está unida por los bordes al techo, al suelo y a las paredes contiguas. Las paredes son blancas, el techo es blanco y el suelo es negro. La cortina cae hacia el suelo.

Jeremías se pone junto a la ventana. Jeremías aparta la cortina. El cuerpo humano une la cortina con el suelo. Jeremías mira la barra metálica. Jeremías mira la cortina amarilla. Jeremías mira el suelo, que es negro. Jeremías arranca la cortina y la tira al suelo.

Jeremías dice:
- No sé qué me pasa.

Jeremías pone la mano sobre el cristal, que es transparente.  Afuera está lloviendo. El cristal está cubierto de gotas. Jeremías mira a través del cristal. Jeremías ve un tronco enorme, que es negro. El tronco tiene ramas negras, que tiemblan por la lluvia. Jeremías pega la cara al cristal. Jeremías mira el árbol.

Jeremías dice:
- Estoy triste.

Jeremías mira el árbol negro, que surge del suelo negro; mira las ramas negras, que cuelgan sobre el suelo; mira la lluvia, que cae hacia el suelo.

Jeremías dice:
- El árbol me ha puesto triste. Las ramas me han puesto triste. La lluvia me ha puesto triste. El árbol me pone triste, la rama me pone triste, la lluvia me pone triste.

Jeremías habla y empaña el cristal:
- El árbol no me pone triste. El árbol no está triste. Yo estoy triste. La tristeza me pone triste. La tristeza está en mí.

Jeremías dice:
- Estoy triste. Sé que estoy triste desde que he visto el árbol. El árbol no me pone triste. El árbol me muestra que estoy triste. El árbol me dice que estoy triste.
- El árbol me puede explicar la tristeza.
- El árbol me puede ayudar a dejar de estar triste.

Jeremías acaricia el cristal.
- Me permites ver el árbol.

Jeremías besa el cristal.
- Quiero el árbol.

Jeremías golpea con los puños el cristal. Jeremías rompe el cristal. Los cristales caen hacia fuera. Los cristales caen hacia el suelo. Jeremías sangra por las manos. La sangre cae hacia el suelo negro. Jeremías mira el tronco negro. Jeremías saca por la ventana la cabeza y los brazos. La lluvia le moja el pelo y la cara. Jeremías cierra los ojos y abraza el tronco enorme. La sangre mancha el tronco negro. Jeremías pega la cara al tronco.

- Estoy triste. ¿Por qué?

Jeremías mira las ramas negras, que tiemblan por la lluvia.
- Estoy triste. ¿Por qué?

Jeremías pasa la mano por las rugosidades. Pasa la mano por las imperfecciones. Acaricia el tronco. La lluvia cae por el tronco. Jeremías lame el tronco.

- Estoy triste. ¿Por qué?

La lluvia cae hacia abajo.

Últimas palabras

Abril 14, 2008

La obra de Proust, uno de los más grandes renovadores que, en literatura - y con perdón de Joyce-, nos ofreció el siglo XX, prescinde de la figura de un Dios, puesto que, como dijo Nabokov, “Los dioses de las religiones convencionales están ausentes, o, para ser quizás más precisos, se han disuelto en el arte.” El papel revolucionario de Proust parte de la concepción de que es sólo a través de la consciencia y el recuerdo que el hombre puede recuperar, comprender y atrapar la realidad. Ese ente a priori objetivo que es la realidad, se convierte, pues, en materia subjetiva cuando es el propio ser el que debe sumergirse en sí mismo para atrapar, para descuartizar y descubrir aquello que de verdadero hay en las cosas, en las personas, en las imágenes y los sentimientos. A través de un acto puramente individual, a través de la “inspiración poética”, a través del arte, se pretende alcanzar un estado superior de conocimiento que antaño sólo estaba permitido a los seres superiores. De nuevo, pues, asistimos a una victoria del hombre por encima de Dios, y con un invento puramente humano.

La consecución de la objetividad ha torturado y martirizado, más allá de lo soportable, a filósofos, santos, artistas y pensadores, víctimas inocentes de un destino que quizás no era el suyo. Es fácil y comprensible, a pesar de la tragedia que conlleva, condenar a Dios a ser el único portador y conocedor de lo que es “verdadero”. Los misterios se agarran a lo divino por expreso deseo del hombre y pasan a formar parte intrínseca de la divinidad, de modo que, por un lado, solucionamos así el tema de la incomprensión y, por otro, nos deshacemos de la increíble angustia de tener que escoger. La vida adquiere rostro divino y nos creemos parte de esa existencia superior. El hombre se deshace de sus responsabilidades. La verdad está más allá de nosotros, e intentar descubrirla está más allá de nuestros poderes y de nuestras responsabilidades.

El error consiste en unificar en una sola entidad los Dioses de todo un pueblo. La figura de Dios arraiga en la experiencia individual, y tan es así que, al querer convertir la fe de cada hombre y de cada mujer en una de sola, en una única verdad, el Dios desaparece y se convierte en norma, en imposición, en estructura social. La experiencia mística no puede ser compartida. La verdad, por ende, no existe en Dios, porque no puede ser compartida. La norma, la imposición, la estructura social, se sostienen por el peso de una tradición que se retroalimenta: se adapta a los tiempos como un virus, adquiere nuevas formas y nuevos rostros y miente, porque está creada a partir de un vacío que no puede llenar. El Dios rechaza, por naturaleza - o, más bien, por no ser natural - la objetividad del mundo de los hombres. Sólo el hombre puede conocer la verdad. Sólo él, y a través de él mismo. Es ahí donde entra el papel del Arte.

El Arte, como la experiencia mística, parte del ser individual. La diferencia radica en las características del objeto al cual se dirige la subjetividad. Así como Dios no puede existir más que en tanto a sentimiento, que en tanto a concepto, el Arte existe de forma individual más allá de los hombres. La obra se despega de su creador nada más ser terminada, y adquiere así vida propia, ganado por fin su derecho a vivir. Y en tanto que nace de la realidad, lleva en sus entrañas - a pesar de su condición de objeto irrepetible - todo aquello que conforma la realidad. En la Obra de Arte sí existe la condición de objeto ajeno al ser humano imprescindible para analizar la realidad. Y es por ello que el Arte es, junto a la Ciencia, el único modo de análisis del que disponemos para comprender el ser.

Más aún: el Arte es el único modo del que dispone el ser humano para conocerse, para comprenderse, para, finalmente, unirse en una sola entidad. La objetividad a la que aspira todo el Arte verdadero debiera ser el fin último de todo humanista, en tanto que esa misma verdad es, a la postre, lo único que puede compartirse más allá de la carnalidad de los sentidos. El arte nos reúne y nos descubre en la celebración del ser, en una realidad que podemos - y debemos- compartir con los demás porque está más allá de las distinciones individuales y nos indica, de forma imparcial, a qué, dónde, cuándo y por qué debemos agarrarnos cuando el mundo, mejor dicho, cuando nuestra percepción del mundo, no es suficiente o nos resulta dolorosa. El arte y su objetividad nos dan sosiego, nos tranquilizan, porque nos aseguran que una vida ajena a la nuestra es posible; porque nos iluminan sobre la verdad temporal, fútil y fugaz de los cuerpos y las mentes; porque nos dicen que todo placer y todo sufrimiento son ficticios; y porque, al fin, nos muestran que la existencia no tiene ningún sentido. Y es ahí donde entra, últimas palabras, lo que dijo Fellini a través de su alter ego: “La vida es una fiesta. Vamos a vivirla.”

Como dice el propio Fassbinder, llega un momento en que la perfección de la técnica no sólo permite, sino que lleva a la apertura de nuevas formas de expresión. Debes dominar el presente para predecir el futuro. Debes dominar la técnica marchita si quieres levantar el eco de los tiempos. En otras palabras: sólo puedes hablar por ti mismo cuando dominas a la perfección los recursos a tu alcance; sólo podrás entrar en el terreno de lo personal cuando la fría técnica haya pasado a formar parte intrínseca e inconsciente de tu discurso.

“Querelle”, como muchos sabréis, es la última película de un artista loco llamado Fassbinder. La última piedra de un camino que, parecería, se acabó antes de llegar a alguna parte. Y eso, si me permitís la expresión, lo dice alguien que adora el cine de Fassbinder, sobre todo a partir del momento en que empezó a dirigir los llamados “Melodramas distanciados”, influenciado por el cine de Sirk. En realidad estaba muy lejos de Hollywood, a pesar de lo mucho, según parece, que le hubiera gustado dirigir allí, y eso le permitió vencer al maestro. Porque la obra de Fassbinder es europea en esencia. Y fueron varias las circunstancias que le llevaron a hacer lo que hizo, y de la manera con que lo hizo, pero hoy no quiero hablar de eso.

Quiero hablar de “Querelle”, testamento forzado. Grandes películas como “Ocho y medio” y “Fanny y Alexander” disponen de un aura propia, mítica, que las eleva por encima de las obras de otros realizadores. Ayudados por la música, por el tono de la narración, por una estética pulida y característica, y sobre todo por el hecho de ser un punto de inflexión a partir del que todo empieza, y todo acaba: “Fanny y Alexander”, con permiso de “Saraband”, fue la última gran película de Ingmar Bergman, al actuar al mismo tiempo como resumen, como renovación y como inmortalización de sus temas recurrentes; y a partir de “Ocho y medio”, el cine de Fellini se desprendió de las correas de la técnica y empezó a construir un mundo nuevo, asumiendo y aceptando los riesgos que conllevaba ese hecho: dificultades añadidas, repetición de elementos, agotamiento de recursos, etc. Pero, en todo caso, ambas películas son una buena muestra de cómo un director logra plasmar en la pantalla la totalidad de sus delirios, de sus deseos, de su humanidad, desde una comprensión total y absoluta y desde la plena consciencia.

Fassbinder no tuvo tiempo - como, sospecho, tampoco tuvo tiempo Cassavetes (pero eso lo dejaremos para otra ocasión)-. Si bien “Querelle” dispone de ese aura mítica, mitológica, que debería diferenciar a los “buenos poetas” de los “poetas fuertes” - teniendo en cuenta que Fassbinder fue uno de los fuertes, y que ese aura ya había aparecido con anterioridad en su bellísima “El matrimonio de Maria Braun”, por ejemplo -; si bien “Querelle” dispone de una estética propia e inconfundible, resultado de la evolución lógica y natural que acompaña el progresivo alcance de la perfección técnica; si bien la música, del Fassbinderiano Peer Raben, acompaña las aventuras del joven marinero Querelle como pocas bandas sonoras lo han logrado; y si bien la conjunción de texto, narración en off y narración cinematográfica dota las imágenes y la película de una carga y una profundidad innegables, “Querelle” no es la obra maestra que hubiera debido ser, ni el colofón impresionante a una obra impresionante que, de nuevo debo decirlo, tengo la impresión que quedó inacabada.

Aún no he tenido ocasión de ver esa obra enorme e inabarcable que, según dicen, es la serie de televisión que Fassbinder dirigió sobre la novela de Döblin, “Berlin Alexanderplatz”, y que quizás sí sea la obra definitiva del director alemán. En todo caso, “Querelle” no puede ser la obra definitiva de Fassbinder porque no actúa como canalizador, como medio de auto-reflexión, como modo de extirpar de uno mismo todo lo que es, como unión individual de toda una obra. Con el tiempo, y disponiendo de la perspectiva de obras posteriores, “Querelle” probablemente se vería como un paso más, como un eslabón más en la cadena que construyó Fassbinder desde finales de la década de los 60. Un paso magnífico, un eslabón inolvidable, sin duda. Pero no lo bastante definitivo, no lo bastante independiente, no lo bastante autosuficiente.

¿Qué hubiera sido necesario?, preguntarán algunos, y no sabría qué responder. Tiempo, supongo. No podemos olvidar que Fassbinder tenía 37 años cuando murió, y que es imposible saber, en vista de la rapidez con que evolucionó desde su primer largometraje, hasta dónde habría sido capaz de llegar. De todos modos, por la existencia de películas como “Querelle”, la maravillosa “Las amargas lágrimas de Petra von Kant” o la inolvidable “Un año con trece lunas”, puede decirse con orgullo y placer que el camino ha valido la pena. Y me niego a terminar con un concepto tan tópico y tan maniqueo, así que dejaremos que la película hable por sí misma:

“Nuestra tarea es expresar la cualidad universal de un fenómeno concreto. Ya no se trata de una obra de arte, pues el arte es libre.”

1. ¿?
Niño: Corre. Se cree perseguido por
Perro: Husmea.
Niñera: Es.
Dueño: quien lleva la correa.
Espectadores: Varios.
Risa: Mujer.

2. Estructura
Justificación
Obra
- Introducción
- Nudo
- Desenlace
- Epílogo
Conclusiones

3. Justificación
En la que se rinde homenaje a: el poder del recuerdo; al símbolo como unión entre el objeto y su existencia, incomprensible y eterna; al mito.
En la que se da las gracias a: las Fuerzas; al Destino; a los Dioses; al Hombre.
En la que se pretende: justificar la existencia de la obra, y remarcar sus carencias.
En la que se pide: perdón.

4. Obra
- Introducción
Un niño corre, y su niñera, y el perro detrás y el dueño dormido. Pasan por delante de un anciano, que ríe. Se olvida el banco: no es importante. La correa se tensa demasiado. El perro jadea. El niño y la niñera miran atrás: desde lejos. Dejan de ser, poco a poco. Antes son, después fueron, y el dueño se detiene. Una risa. Busca el anciano pero ya no está: el banco está vacío, de madera. Al otro lado quizás. El dueño mira y el seto se ríe. Detrás de. El seto sigue hasta una portezuela. Blanca de madera. ¿Quién se reirá? ¿Quién se reirá?

- Nudo
Un jardín con césped. No hay casa, sólo seto. Flores a ambos lados, y una silla reclinable en medio: encima un radiocassette encendido, la risa viene del radiocassette. Todo es verde, menos la silla y las flores. Cielo azul, sin nubes. Hay rostros dibujados en los setos: no expresan. Por encima de los setos en la parte izquierda se ve la cabeza de una mujer, que se ríe en silencio: lleva un cesto de frutas encima de la cabeza, y escupe continuamente. Todo es silencio menos la risa del radiocassette. Verde, blanco, risa.

- Desenlace
Aprovecho el poder y me pregunto: ¿qué hay debajo de la imagen? ¿Qué hay debajo de la escena? Una mujer enseña los pechos, los zarandea, se ríe con los ojos cerrados y se va. Aprovecho el poder y me meto en el jardín. La vecina de la fruta ha desaparecido. Aprovecho el poder y elimino el radiocassette. El silencio es brutal. El ser es silencioso, y se descubre a sí mismo en las dimensiones. Elimino la silla reclinable. No deja nada. Elimino las flores, y el blanco. No, el blanco no: la puerta. Aprovecho el poder y elimino también la puerta, y el seto. Cielo y césped, azul y verde. Los elementos fueron son irrelevantes. Aprovecho el poder y elimino el cielo. No azul, no luz. Silencio y césped. Me arrodillo sobre el césped y beso. A un lado un niño empieza a mear. Aprovecho el poder y elimino el césped. ¿Qué hay debajo? ¿Qué hay debajo?

- Epílogo
El niño corre, y la niñera, y el perro detrás, pero sin dueño y sin correa.

5. Conclusiones
En las que se da cuenta: de la nada; del horror de la nada.
En las que se maldice: el universo; la impenetrabilidad del universo; la imposibilidad del conocimiento; la perspectiva humana; las Fuerzas; el Destino; los Dioses; el Hombre.

Sobre cine, en formato pregunta.

1.Nombra un director de cine:
Luchino Visconti.

¿Por qué no te gusta ese director?
Porque su cine es kitsch, en el peor sentido de la palabra - aquél que aplica Broch -. Su belleza nace, no de una visión propia y original de la verdad, sino en una búsqueda superficial y maniquea de lo que se considera “bonito”. Su belleza es la belleza del pueblo, de lo pueril, de lo superficial. Las imágenes de “Il Gatopardo” no son bellas de por sí, sino porque en su vacuidad recuerdan otra cosa. Las bellas imágenes de “Muerte en Venecia” recuerdan al Fellini de “Giulieta degli spiriti”, sin el contenido onírico-irracional de este último: por consiguiente, los toldos movidos por el viento, la arena y el agua, y el joven Tadzio, no sólo existen como tales únicamente en la obra de Mann, sino que, en su representación gráfica, parten también de la obra de otro director. Finalmente, la forma tan subrallada de “La caída de los Dioses”, por poner otro ejemplo, nos habla de una decadencia tan impersonal como evidente, tan ficticia como impuesta. Luchino Visconti adapta historias ajenas porque es incapaz de crear algo propio. Dota las imágenes de belleza, y llena los diálogos con reflexiones profundas, porque se cree su propia mentira de que sí que puede crear algo de valor. Su deseo no es otro que destacar mintiendo, robando a Mann, Fellini, Tommaso di Lampedusa, etc., lo que les hizo únicos y bellos. El cine de Visconti es kitsch porque es impostado, porque está hecho de cara al público y no de cara al Arte.

2. Nombra un director de cine:
Federico Fellini.

¿Por qué te gusta este director?
Porque llegó a dónde muchos aspiran y aspiraban a llegar, “La Strada”, y a partir de ahí logró abrir caminos nuevos y desarrollarlos con una maestría digna de elogio. La belleza del cine de Fellini nace de la apertura de nuevas perspectivas y visiones, y no de una estética a priori - y falsamente- atractiva. Me gusta Fellini porque su obra es la obra de un solo director, que sabiéndolo - o sin saberlo- consiguió mostrar una realidad tan decadente como la de Visconti pero desde un punto de vista único, original e irrepetible. Aquí todo nace del propio Fellini: la estética parte de sus introspecciones y de su capacidad de reflexión, y no de un deseo vil y descarado - como el de Visconti - de hacer algo bonito. Sin embargo, no hay escenas más sugerentes que las que colman “Otto e mezzo” de principio a fin, cuya guinda es esa imagen final donde se da cabida al pasado y al futuro con una maestría impecable. Y pocas películas hay que sean más experimentales, disfrutables e influyentes que esa “Roma” recordada, soñada, filmada y simbolizada de la peli del año 1972. Desde la sinceridad, que no forzosamente debe relacionarse con la biografía, Fellini nos habló de él mismo y de todos nosotros desde el Carnaval y las ansias de vivir, desde los problemas matrimoniales y desde los rostros sonrientes que se vuelven a mirar a la cámara casi como por causalidad. Desde la sinceridad, abrió nuevos caminos, y ha sido otro grandísimo director como David Lynch el que ha retomado las riendas con su nuevo film “INLAND EMPIRE”. Ved “Otto e mezzo”. Ahora.

Tríptico

Marzo 31, 2008

El primer baile con Helena debe ser rígido. No sabe cómo hacerlo. ¿Y la belleza? Su búsqueda acaba en encorsetamiento de palabras y de acción. Lo percibe, lo intuye, y le angustia no saber cómo afrontarlo. Sabe que no debería aspirar a la perfección. Pero él persiste.

YO - El arte no siempre es suficiente.
HELENA - No me has entendido. Te estoy invitando a bailar.

Pone en boca de los personajes ideas que no son suyas sino de la gente que las encontró antes que él. Su búsqueda debe pasar forzosamente por: 1) la destrucción de los moldes antiguos, y 2) la certeza de que puede vencer a sus modelos. Por el momento sabe que no puede lograrlo, que no es lo bastante fuerte. ¿Y dónde encontrará la energía necesaria? ¿Cuándo y cómo podrá romper con las influencias?

HELENA - ¿Cómo supiste que yo era el Arte?
YO – Lo adiviné, supongo. De todos modos, fuiste tú quien vino a buscarme.
HELENA – Así es. Estoy aquí para ayudarte. ¿Quieres decirme algo?
YO – Antes abrázame, y pégate a mí. Necesito tocarte.
(Y luego: )
YO - Me gusta cómo bailas. Eres firme y sensual. Eres fuerte, sexual, y tu erotismo, a pesar de todo, es rígido, complaciente. Te empeñas en bailar bien porque te han enseñado a bailar bien, y así tu baile pierde todo lo que pudiera tener de natural y de espontáneo. Uno entiende que has trabajado duro para llegar hasta aquí, pero sigo viendo tus costuras.
HELENA - ¿Te refieres a las letras o a todo el Arte?
YO – No quiero sonar pretencioso. Tan sólo a las letras.
HELENA - ¿Y hablas de Literatura, o sólo de una de sus parcelas?
YO – De la narrativa: de aquello que prescinde de la poesía, de lo épico y de lo mítico porque se cree capaz de sostenerse por sí sola. Las grandes novelas y los grandes relatos tienen menos de narrativo que de memorable. El tiempo de la novela ha llegado a su fin.
HELENA - ¿Y qué propones a cambio?
YO – Nada. No sé qué hay más allá. Por eso has venido aquí, para mostrarme cuál será mi dirección a partir de ahora.
HELENA – Primero deberías comprobar si el odio que sientes por la novela es fruto de la reflexión, o si tan sólo es una consecuencia (comprensible, eso sí) de tus muchos proyectos frustrados.
YO – Si mis proyectos no han funcionado no ha sido por negligencia ni desidia, sino debido a la propia naturaleza de la novela. Su estructura inamovible y fosilizada no me permitió follarla como es debido.
(Y luego: )
YO – No puedes ayudarme, ¿verdad?
HELENA – No, no puedo ayudarte. Sé lo mismo que tú.
YO – Nada.
HELENA – Exacto. Sólo conozco los orígenes, la tradición. El resto no depende de mí.

Ha llegado el momento de hacer una pausa en el diálogo. Es necesario introducir un narrador, un personaje que actúe como catalizador de la historia. Alguien en quien puedan agarrarse los lectores. Alguien que diga

No quiero escribir bien, y no lo haré. No quiero luchar en algo que no se me da bien.

No quiero luchar en nada, por otra parte.

Sólo quiero decir que hay fiestas, y las historias de esas fiestas están en muchos sitios pues se han contado desde hace tiempo y sus raíces han acabado por cortarse. Pero a mí no me interesan las fiestas, sino que quiero una fiesta que sea como el símbolo de una fiesta y que supere a lo grande el concepto que va unido a esa palabra.

Un diálogo de la fiesta:

- ¿Por qué el Arte no siempre es suficiente?
YO - ¿Y tú quién eres?
- Soy Cristina. Creí que te habrían hablado de mí.
YO - ¿Conoces a Helena? Parecéis hermanas, o gemelas. O quizás seáis la misma persona.
CRISTINA – Todos somos la misma persona.
(Y luego: )
YO – El Arte no es suficiente porque parte de una base errónea. No se puede salvar el mundo si se es parte del mundo, no se puede salvar el ser humano si uno es un ser humano. Se inventó la metáfora como un modo de acercarse a la naturaleza profunda de las cosas, pero en realidad no es sino un símbolo del enajenamiento del espíritu. Es lo más cercano al espíritu de lo que llegaremos nunca, porque busca y pretende trascenderse, y sin embargo no nos alejamos más del ser humano que cuando utilizamos un lenguaje poético.
CRISTINA – Hablar del espíritu, hablar del Arte, es un acto retórico en sí mismo.
YO – A eso me refiero. El Arte sólo es realmente útil cuando es consciente, cuando es producto de una voluntad. Y sin embargo con la intromisión de la razón pierde todo lo que pudiera tener de natural, de espontáneo. En el acto creativo se parte del sentimiento, y creemos dominarlo (al menos en parte) cuando lo encauzamos con la razón, pero olvidamos que la razón parte a su vez del sentimiento y que cualquier pretensión de dominio no es más que un espejismo. No hay objetividad. La razón misma lucha contra la consecución de esa objetividad, que no es sino un sinónimo de natural, de espontáneo, de real: aquello que la razón no podrá poseer nunca. El Arte consciente es el único que se echa de menos, y debes comprender que, a pesar de todo, el Arte consciente es aquel, desde su concepción, que no sirve de nada.
CRISTINA - ¿Y propones algo a cambio?
YO – Lo triste es que no hay nada a cambio. No podemos obviar que el Arte, con todas sus carencias, es un paso importante. ¿Hacia adónde? Ni idea. Pero es necesario que nos separemos de las cosas si queremos llegar a algún sitio. Hay que separase del objeto, hay que separarse de uno mismo, de la propia razón. Hay que ir más allá del mundo para contarlo. Hay que ir más allá de lo humano para salvar al hombre.
CRISTINA - ¿Y cómo se hace eso?
YO – Muriendo. El Artista debe morir. No como personaje relacionado con el arte, no como figura principal, simbólica, del acto creador, sino como persona, como entidad viviente. El Artista debe morir como persona. El Artista como persona está sujeto a su propia sensibilidad, que es al mismo tiempo la puerta de entrada al mundo y los gruesos muros que lo protegen, que lo ocultan de él. El Artista debe prescindir de sus sentidos y de sus emociones. Es la única manera de ser objetivo, de llegar a la objetividad.
CRISTINA - ¿Estás temblando?
YO – Sí, abrázame. Acompáñame en este baile.
CRISTINA – Pero si no sabes quién soy.
YO – Sí lo sé, eres Helena. Pero, para el caso, es lo mismo y no me importa.
CRISTINA – No, no es lo mismo y sí que importa. Yo no soy Helena, más vale que te hagas a la idea.
YO - ¿Y quién eres tú, entonces? ¿Quién es Cristina?

No sé quién está en esa fiesta, sólo sé que yo querría yo estar allí, un tipo que no sabe escribir y hablando sobre cosas que no pueden cambiar nada. Me pregunto qué más hay en esa fiesta. Puedo hablar de: piernas que se abren y descubren una vagina carnosa; maniquís con vello púbico; vaginas que se contraen y que expulsan líquidos y nubes de humo; faldas que se divierten con el humo y que se manchan con el líquido. Las chicas se ríen cuando se ensucian la falda, y el tejido se pega a la herida que domina sus vidas y que no significa absolutamente nada.

Me pregunto si de verdad no hay nada, y me leo y descubro precisamente que lo anterior no existe y que el placer de la huida es un aborto en sí mismo.

¿El placer de la huida?

De pronto es consciente de lo mucho que ha dejado atrás. Recuerda que empezó hablando del placer de la huida, y de la enfermedad contagiosa que le impulsa a escribir. Dice: “En la manera tan propia que tenemos de asimilar y adoptar las tradiciones subyace un anhelo inconsciente de ser torturados, heridos, desgarrados. No hay amor en nosotros.” Y luego añade: “En nuestro padecer hay algo de justo, de necesario; nos merecemos este castigo.”

“Cuando se abrieron las puertas de la consciencia, y a partir del momento en que hallamos nuestro reflejo, comprendimos cuál era el origen de nuestro mal y de qué modo podríamos huir de él. Y, sin embargo, ni entonces ni en los años que siguieron al despertar del pensamiento colectivo logramos acercarnos ni un ápice a la cura, al antídoto de ese veneno que nos daba y que nos sigue quitando la vida. El don del conocimiento se convirtió en maldición milenaria pues se nos dieron ojos para ver y no manos para hacer. Carecíamos de la única herramienta necesaria para romper con la tragedia familiar: el amor.”

No se le escapan la dureza y el dudoso ritmo de esos párrafos, pero cree que le serán de utilidad en el futuro. Por el momento quiere pensar en otra cosa.

¿Habrá un baile en esta fiesta? ¿Podré tirarme a alguna chavala?

He llegado a la casa y había un tipo calvo en la entrada, fumando de pie, y como si tuviera que darme la bienvenida. Se reía al mismo tiempo que lloraba, estremecido. Eso me ha creado angustia, pero he tenido la impresión de que ese hombre estaba ahí para que lo tocásemos. Le he tocado. Se ha estremecido ante mi contacto pero no ha huido. El que ha huido he sido yo, que me he metido en la fiesta. He visto gente que bailaba pero no he logrado alcanzarlos. Bailaban sin prisa, como si colgaran del techo por unos hilos. No he podido llegar a la pista de baile y me he puesto a beber. Entonces se me ha acercado la chica que me invitó en su momento a la fiesta.

CRISTINA - He perdido el hilo de mis pensamientos. Ya no sé qué es lo que tenía que decirte.
YO - Quizás si recuerdas tu nombre podrás recordar el mensaje.
CRISTINA - ¿Y quién soy? ¿A quién puedo agarrarme?
YO - Agárrate a mí, agárrate. Siempre nos quedarán la música y el sexo.
CRISTINA - Ajá. La música y el sexo. ¿El sexo no era para ti el Arte? Ante la inexistencia de todo sexo abrazaste el Arte y te buscaste, mejor dicho nos buscaste en él. Te buscaste un sentido en el sexo y, al no tener sexo, te refugiaste en el Arte y buscaste tu sentido en él. ¿Ves que no tiene ningún sentido?
YO - Sí, lo veo.
CRISTINA - ¿Y ves qué es lo que acaba ocurriendo? Hablamos sin pensar y decimos lo que sin pensar pensamos y sabemos. He venido a condenarte por ser como eres.
YO - No me sueltes, por favor, no me sueltes.
CRISTINA - Soy una mujer, y nunca lograrás poseerme. Nunca serás una mujer y nunca podrás acercarte a mí.
YO - Te pareces más que nunca a Helena.
CRISTINA – Y sin embargo no soy ella, porque ella tampoco existe de por sí.

En el rostro de esa amiga encontré rasgos que no había visto antes. Había algo ambiguo en su expresión. Eso me recordó el hombre de la puerta de entrada y tuve que separarme de mi amiga. Sin embargo ella se me acercó y empezó a susurrarme cosas ininteligibles. Cuando me metió la mano en el bolsillo y me agarró el pene, cerré los ojos y sentí que me perdía en el vacío. A mi alrededor sólo vi negrura, y luces pequeñas que no se movían. Había quietud y negrura, y sentí que la mano serena de mi amiga desaparecía y que todo yo estaba desnudo y empezaba a ser acariciado por manos que no eran manos. Me abandoné. En la lejanía alguien se rió de mí como si no estuviera presente, y en la oscuridad se me acercó el hombre calvo que reía y lloraba al mismo tiempo, con las manos tendidas hacia mí como si quisiera abrazarme. Intenté correr pero no pude. Me llenó la angustia. Desgarré la oscuridad con las uñas y los dientes y desperté tumbado en el suelo de la fiesta. Mi amiga estaba de rodillas a mi lado, riéndose porque me había desmayado y con la mano aún metida en mi bolsillo, masturbándome. Después de mirar sus pechos la aparté de mí, porque me recordaba el hombre de la entrada. Fui a una mesa y cogí sándwiches. Luego me volví y miré a la concurrencia de esa fiesta, que hablaba o bailaba o fumaba o se reía bajo una luz azul espesa y oscura. Me sentí perdido y rodeado de gente. De debajo de la mesa salió una nube de humo; y una de las chicas, sentada en un sofá con otras compañeras, se apretó una parte del vestido azul contra la vagina. La tela se tiñó de rojo. La chica se rió, con la boca cubierta con una mano y los ojos desorbitados. Sus amigas apenas se percataron de lo ocurrido. De hecho, a nadie le importaba un pimiento

CRISTINA - Te acuso de esconderte. Te acuso de abrazar el Arte para huir de ti mismo y de tus tremendas carencias. El Arte es un producto de lo humano y tú no eres humano.
YO - ¿Alguien lo es?
CRISTINA - Juegos de palabras. Tu escepticismo está cargado de melancolía y remordimientos. No eres humano y tampoco quieres serlo. No sientes empatía. Has aprendido a llorar como podrías haber aprendido a domar caballos. Te sientes más cercano de tu perro de que las personas que te rodean. Eres un monstruo.
(Y luego: )
CRISTINA - ¿Me besas?
YO - Te deseo.
CRISTINA - Porque hablo de ti.
YO - Y porque así podré dejar de pensar en lo que dices.
(Y luego, llorando: )
YO - Huyo porque no me han enseñado a luchar. No quiero luchar porque no sé luchar. ¿Cómo puedo estar seguro de lo que hago si ni siquiera puedo confiar en mí mismo?
CRISTINA - No te tortures, no vale la pena. La humanidad se siente. La humanidad se es. Lo que hay de malo en ti existe por causas ajenas a tu voluntad. No te preocupes por ello. La culpa la tiene tu entorno.
YO - ¿Qué Responsabilidad es esta que intenta no hacerme responsable de mis acciones?
CRISTINA - La Responsabilidad que entiende que uno es lo que hacen de él.
YO - Reniego de ti del mismo modo en que reniego del Arte. Uno es lo que hacen de él cuando vive en la inconsciencia, cuando se es un niño. El hombre adulto debe construirse a sí mismo.
CRISTINA - ¿Y crees que eso sirve de algo?

“Todos son monstruos porque todos participan de la inconsciencia. Se dañan unos a otros porque necesitan dañar y ser dañados. En la violencia y el insulto (entre cuyos sinónimos encontramos: sexo, sonrisa, beso, carta, e-mail.) descubren que están vivos, y esa consciencia les obliga a redoblar sus estocadas porque temen perder lo que en principio no era suyo. La vida se convierte así en una necesidad de sangrar y de hacer que sangren, de compartir sangres porque somos incapaces de compartir algo que no sea el propio cuerpo, porque somos incapaces de entender que es imposible compartir algo cuando no tenemos nada que podamos compartir. La inconsciencia nos domina como una fuerza irresistible y a la que nos abandonamos sin remedio. El desinterés político, la pereza mental, etc., evidencia que nuestro deseo de seguir viviendo es equiparable, por un lado, al deseo de abandonarnos, y, por otro, al deseo de dañar a los que nos rodean. Las víctimas se ofrecen a los verdugos y son tan culpables de su muerte porque la desean, porque el anhelo de morir es lo que se esconde bajo los lloros y la autocompasión. Los verdugos encuentran un placer mórbido en contemplar y provocar muertes ajenas, y no sigo porque mi imaginario visual no es más que un robo, y no quisiera mostrar al público una perspectiva que no quisiera defender como mía (ya que, de poder, no puedo defender siquiera como propio el rechazo a adoptar ideas que no son mías). En el placer de la huida encuentro el sentido más profundo de mi existencia y el hilo que me une, en culpabilidad, a los que me precedieron. En el placer del remordimiento descubro una verdad infalible y una descripción perfecta de una realidad, de la nuestra. En el placer de la huida nos encontramos todos, como monstruos. Todos son monstruos.”

De bajo la mesa apareció una nueva voluta de humo. Tuve tiempo de inspeccionarla hasta que pensé.

- Hola, soy la Humanidad, y vengo a consolarte.
(Y luego: )
HUMANIDAD - Siempre patética.
YO - ¿No tienes nombre? ¿No puedes darme un rostro humano?
HUMANIDAD - No, soy todos los nombres, todos los rostros.
YO - No puedo bailar contigo, entonces.
HUMANIDAD - No, no puedes bailar conmigo.
YO - Siento asco de ti.
HUMANIDAD - Pero no olvides que soy la única que puede consolarte.
(Y luego: )
HUMANIDAD - Como artista eres débil e hipócrita. No te ayuda el que, además, seas consciente de ello. Tu trabajo está lleno de resentimiento, contra el mundo y contra ti mismo. No sabes a quien culpar. Quizás no sea necesario que culpes a nadie.
YO - ¿Es ahora cuando debo flagelarme? ¿Cuando debo reconocer que no he sido capaz de vencer mi pasado, de liberarme de las cadenas que me atan al pasado de mi familia? ¿Es ahora cuando debo llorar porque no puedo dejar de ser lo que soy, a pesar de todo? ¿Es ahora cuando llega la humillación?
HUMANIDAD - Sí.
YO - Todo lo que he dicho y todo lo que diré no es sino una consecuencia de mis problemas, de mi incapacidad para crecer de verdad.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - ¿Y no puedo hacer nada, verdad?
HUMANIDAD - Eso depende de ti.
YO - No puedes darme respuestas.
HUMANIDAD - No.
YO - Sólo puedes consolarme.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - Consólame entonces, aunque te haya maltratado. En eso consiste la humanidad, ¿no? En quererse a pesar del odio, del asco, de la repulsión.

“Mi huida es de carácter moral. No se merecen que me quede a ayudarles. Su vida es la continuación de un acto que no debió suceder. No hay amor en nosotros. Escribo por compasión, por vergüenza, porque a pesar de todo necesitan que les mire, y porque necesitan creer que les miran. Escribo porque estamos atrapados en un tiempo y un espacio que ya no pertenecen a nadie. Más allá de este texto sólo hay muerte, y si me encierro en este texto sólo puedo hablar de angustia y dolor.”

Un chaval se me acercó y se apoyó junto a mí en la mesa. Me cogió del brazo, y volví a sentir el vértigo y volvió a devorarme la negrura. Con la salvedad que, en esta ocasión, se me comió por completo, y me negó así cualquier posibilidad de salida. Sentí las manos invisibles que me acariciaban todo el cuerpo, y en la negrura percibí que mi desnudez respondía a ese gesto. Una cabeza invisible posó su boca encima de la mía y sentí que alguien succionaba mi pene. Me abandoné al sexo. Lo hice de manera consciente, sabedor de que oportunidades como aquella no solían darse a la gente como yo. Al tiempo que ocurría todo esto, alguien empezó a hablar, con una voz que era muy parecida a la mía, y a pesar de que todos los orificios de mi cuerpo estaban ocupados en succionar o ser succionados. Escuché con atención a lo que decía.

“La música sigue siendo para mí un misterio. Puedo hablar con cierta seguridad de la búsqueda de la trascendencia en el cine y en la literatura, pero cuando me meto en el terreno de lo musical no dispongo de los símbolos y de las referencias necesarias para discernir el Arte de lo que no lo es. ¿Dónde se encuentra la trascendencia en la música? ¿En la búsqueda de nuevas sonoridades, de nuevos modos de expresión? Ya se ha demostrado en cine que la invención de nuevas imágenes no es sinónimo de calidad artística, y lo mismo ocurre en literatura, puesto que un uso innovador del lenguaje únicamente indica una voluntad por parte del escritor de crear algo nuevo, sin que el experimento sea garantía de éxito, ni mucho menos. ¿De qué disponemos en la música, pues, para descubrir en ella la trascendencia? En el Arte más abstracto e intelectualizado de todos, tan abstracto incluso que las demás artes envidian su grado de abstracción, en este Arte, pues,”

Me reconocí en una pantalla. De niño, mirando a mi abuela, viendo a un sacerdote lamiendo el sobaco de un feligrés. Una lengua enorme me lamía el cuerpo entero y sin embargo pude ver en una pantalla imágenes de mi infancia. Me di cuenta, al mismo tiempo, de que la voz que me hablaba se había acallado, y que en la pantalla mi rostro mutaba sin cesar y ofrecía una secuencia vertiginosa de los rostros de mis familiares. Reconocí a algunos de ellos, y en los que no pude identificar vislumbré rasgos que delataban su procedencia y sus genes. Me pregunté si todos ellos, mis familiares, habían pasado por lo mismo que yo. Si todos habían acudido a esta fiesta, con esta misma gente, y se habían ofrecido, en su desnudez, a la oscuridad misma. El hombre calvo, el de la sonrisa y el llanto, apareció detrás de mí (lo sentí más que verlo) y empezó a hablar. Al principio no comprendí lo que decía. Luego, cuando me volví hacia

Estaba de nuevo en la fiesta, y de pie. Las personas estaban todas inmóviles, quietas, como estatuas, en las posturas más inverosímiles. Los bailarines seguían danzando lenta y seductoramente, como colgados del techo, por parejas, envueltos en el humo y la luz azul que lo impregnaban todo. Finalmente, en el centro de la habitación, de pie, sonriendo y llorando, el hombre de la entrada, calvo, se estaba quieto y me miraba. No pude evitar estremecerme. A lo lejos oí voces, las voces de la fiesta quizás, o las voces de un pasado borroso que seguían siendo proyectados en una pantalla. El caso es que sentí que el momento cobraba una importancia inusitada, que quizás era un momento decisivo. Me preparé para salir corriendo en el caso de que fuera necesario.

- Ahora tienes que elegir.
YO - ¿Y quién eres tú?
- Eso es lo de menos. Llámame Alivio.
YO - ¿Y qué tengo que elegir?
ALIVIO - Entre dos tópicos: la vida, o la muerte.
YO - ¿Estoy obligado a elegir?
ALIVIO - No, pero todos lo han hecho.
YO - En ese caso me parece que no elegiré. Tengo miedo de equivocarme.
ALIVIO - El objetivo no es escoger la respuesta correcta, porque quizás no la haya. El objetivo es escapar de la angustia. El objetivo es creer que quizás haya un responsable que pueda quitarte de encima el peso de la culpabilidad.
YO - Tu discurso no me convence.
ALIVIO - Nadie ha dicho que tenga que convencerte.

Ha llegado un punto en el que creo que me he perdido de verdad. No entiendo el significado de la división por capítulos ni la necesidad que tengo de justificarme. Escribo porque de otro modo preferiría estar muerto, y porque necesito volcarme en un todo para poder así desaparecer. ¿Supervivencia? No sé. Quizás sí.

ALIVIO - Estás obligado a escoger. Te obligo yo. Sin ti mi existencia no tiene sentido. Y no pretendo otra cosa que hacer aquello por lo que he nacido. Tu vida y tu muerte me importan en la medida en que mi vida y mi muerte dependen de la tuya. Me da igual lo que elijas. Me da igual. Pero elige. Hazlo de una vez.

Y sin embargo sólo pude encontrarme en el placer de la huida. La fiesta desapareció bajo mis pies y dejé de escribir. El diálogo desapareció al decidir que no quería decidir. Todo pareció desvanecerse cuando decidí que nada importaba. Quizás eso fue lo mejor, decidir que lo que ocurriese no me importaba lo más mínimo. No hubo barreras entonces y no las hubo desde entonces. Decidí creer en mí mismo.

Y cuando me encontré a las puertas del castillo, sólo pude recordar la vieja leyenda que me contaron cierto día, y en la que

Todos querían vivir en el castillo. Alzaban los brazos para demostrar cuánto ansiaban poder vivir en las cuadras, en los pasillos, y abrían sus bocas desdentadas para gritar al cielo con qué enormes llamas se abrasaba su espíritu cuando consideraban la posibilidad de no poder vivir nunca en el castillo. Todos deseaban vivir en el castillo. Y llegó el día en que el sueño de centenares de personas se realizó. Las familias se reunieron alrededor de los muros, expectantes, ansiosos por ver cómo se abrían las puertas de entrada. La hija se agarraba a la mano del padre, el hijo se apretujaba contra el vientre materno, y sus rostros se quemaban a la luz del sol, desencajados por el hambre. Sus ojos irradiaban un extraño placer; quizás contemplaban ya su futura vida en el castillo, que prometía ser abundante en experiencias y placeres. O eso creían. Puesto que todos querían vivir en el castillo, y nadie vio que el castillo, a su vez, había terminado por desearles a ellos.

La vida en el castillo fue maravillosa. El hambre y la sed eran los mismos. El frío, igual de cortante. Y la oscuridad tan, o incluso más profunda que en el exterior. Sin embargo, había algo de hipnótico escondido tras esos muros. Hombres y mujeres sintieron el poder casi rítmico que insuflaba vida a esos pasillos muertos, y se abandonaron a su vaivén anímico, adormecedor. Sus rostros adquirieron un aire extasiado que borró de sus facciones todo rastro de cansancio o tristeza. Granjeros, sirvientes y soldados se saludaban con cortesía. Los sollozos se acallaron. Y al desaparecer también la misma necesidad de llorar, horror de horrores, desapareció toda capacidad de raciocinio.

De la nada surgió el rumor de que un nuevo rey se había instalado en alguna parte del edificio. La sospecha se confirmó cuando, cierto día, bajo la mirada complaciente de los habitantes del castillo, y sin que ninguno de ellos moviera un dedo para evitarlo, una voz desconocida y poderosa empezó a dictaminar órdenes. Toda mano y todo pie obedecieron el mandato de un monarca que, según se contaba a media voz en los patios y en los almacenes, nadie había visto aún, pero cuya influencia benéfica demostraba sin ningún género de duda que sus propósitos eran nobles y honestos. Se aceptó por unanimidad el gobierno del monarca invisible y, de ahora en adelante, todos los vasallos del rey no se acostarían por la noche sin cerciorarse de que su señor lo tenía todo, absolutamente todo.

A los pocos meses empezaron a sucederse escenas de una crueldad sin precedentes. Los pasillos, al anochecer, se llenaron de gritos y lamentos. Desaparecieron niños, mujeres, ancianos, que a la mañana siguiente todos parecían no echar en falta. Si uno acercaba el oído a las manchas de sangre y bilis que aparecieron en no pocas sábanas, podía oírse el eco de una carcajada horrible, monstruosa, que seguía sonando como si estuviera atrapada en el tejido A pesar del hambre, la gente se hinchó y empezó a sudar. El polvo se asentó en párpados y labios, y, de haberlo deseado, ninguno de ellos habría podido chillar o llorar. Pero tampoco se le dio importancia. En ese castillo se vivía bien. En todo caso, mejor que en el bosque o en el campo, y eso era de agradecer. En el castillo uno no sentía necesidad de gritar. Sólo había que pensar en lo bien que estaba uno en él. Oh, dulce satisfacción, que adormeces la mente y el corazón de los hombres…

Y aquellos hombres y mujeres, sin alma, sin consciencia, y que con el tiempo olvidaron incluso abrir los ojos al despertar, jamás se dieron cuenta del horror que trajo consigo aquella vida tranquila por la que tanto habían llorado.

3. Un canto 

“… todos deseaban vivir en el castillo. Los brazos se alzaban en el aire para enfatizar las súplicas, y estas, volátiles, se abrían paso desde bocas desdentadas para subir, impulsadas por su fetidez, hacia el cielo. Todos querían, ansiaban vivir en el castillo. Y llegó el día en que, por intervención divina, o monárquica, lo cual, en ese contexto, era lo mismo, llegó el día en que el sueño de centenares de personas se cumplió. Las familias se reunieron alrededor de los muros, la hija agarrada a la mano del padre, el hijo apretado contra el vientre de su madre, los rostros desencajados por el hambre y el cansancio. La mirada con la que contemplaban su nuevo hogar estaba preñada de alegría: una vida en el castillo equivaldría a una existencia rica y placentera, o eso creían. Todos deseaban vivir en el castillo. Lo deseaban con un ardor sincero, absoluto y definitivo que, por desgracia, venía de muy lejos. Quizás por eso nadie retrocedió cuando el castillo, a su vez, empezó a desearles a ellos.

La vida en el castillo fue maravillosa, sobre todo al principio. El hambre y la sed eran los mismos, el frío era igual de cortante que en el exterior y la oscuridad era tan o incluso más profunda que en los días pasados. Sin embargo, había algo de placentero en esos muros antiguos y en esas habitaciones polvorientas. Hombres y mujeres sintieron el poder hipnótico y casi rítmico que insuflaba vida a esos pasillos muertos, y al tiempo que se abandonaban a su vaivén anímico, sus rostros adquirieron un aire entre adormecido y extasiado que borró de sus facciones todo rastro de cansancio o preocupación. Granjeros, sirvientes y soldados se saludaban con cortesía; los gritos se acallaron, y no se oyó nada que no fueran murmullos y risas amortiguadas; desapareció también la necesidad de llorar, y, horror de horrores, se llevó consigo toda capacidad de raciocinio. De la nada surgió el rumor de que un nuevo rey se había instalado en alguna parte del edificio; cuando un nuevo aliento empezó a dirigir la vida del castillo, la sospecha se vio confirmada, y bajo la mirada atolondrada y complaciente de sus habitantes se llenó el día de órdenes dictadas por una voz amable. Toda mano y todo pie obedecieron el mandato de un monarca que, según se contaba en los patios y en los almacenes, nadie había podido ver aún, pero cuya influencia benéfica había sido decisiva para el buen funcionamiento de la sociedad. A raíz de los últimos acontecimientos, y de ahora en adelante, todos y cada uno de los vasallos del rey no se acostarían por la noche sin asegurarse de que su señor lo tenía todo, absolutamente todo. Se aceptó por unanimidad el gobierno del monarca invisible, y las sonrisas, si cabe, se hicieron aún más amplias. Nadie se preocupó de buscar al nuevo “propietario del castillo”. De haberlo hecho, tampoco le hubiera encontrado. No a un ser humano, al menos.

Durante los primeros meses, tachados de brillantes por los que tuvieron la dicha de vivirlos, empezaron a sucederse escenas de una crueldad sin precedentes. Los pasillos, al anochecer, se llenaban de gritos y lamentos, pero por la mañana todo había caído en el olvido. Hubo gente que desapareció sin rastro, y por lo visto no se les echó de menos. Varios montones de paja y algunas de las pocas sábanas que podían encontrarse en el castillo se mancharon de sangre, pero se dio por supuesto que así debía ser; se dice que, si uno acercaba el oído a las manchas, podía oír el eco de una carcajada horrible, monstruosa, que seguía sonando como si estuviera atrapado en el tejido. A pesar del hambre, la gente se hinchó y empezó a sudar. El polvo se asentó en los párpados y los labios, y, de haberlo deseado, no hubieran podido ni chillar ni llorar. Pero tampoco se le dio importancia. En el castillo se vivía bien, o, en todo caso, mucho mejor que en el campo o en el bosque. Allí la gente no tenía necesidad de gritar, y sólo había que pensar en lo bien que se estaba en el castillo. Oh, dulce satisfacción, que adormeces la mente y el corazón de los hombres…”

***

“… y aquellos hombres y mujeres, sin alma, sin conciencia, y que con el tiempo se olvidaron de abrir los ojos cada mañana, jamás se dieron cuenta del horror que trajo consigo aquella vida tranquila y apacible por la que tanto habían llorado en el pasado. Y lo pagaron con el más preciado de los bienes: la libertad.”

2. Todos son monstruos

No quiero escribir bien, y no lo haré. No quiero luchar en algo que no se me da bien.

No quiero luchar en nada, por otra parte.

Quiero decir que hay fiestas, y muchas historias de esas fiestas se pueden encontrar en muchos sitios. Pero a mí no me interesan las fiestas sino aquella fiesta que quiero que sea la idea de la fiesta y que englobe todo lo que supone la palabra fiesta.

Un diálogo de la fiesta:

- ¿Por qué el Arte no siempre es suficiente?
YO - ¿Y tú quién eres?
- Cristina, para servirte.
YO - ¿Conoces a Helena? Parecéis hermanas, o gemelas, incluso podríais ser la misma persona.
CRISTINA – Todos somos la misma persona.
(Y luego :)
YO – El Arte no es suficiente porque parte de una base errónea. No se puede salvar el mundo si se es parte del mundo, no se puede salvar el ser humano si uno es parte de la especie. Se inventó la metáfora como un modo de acercarse a la naturaleza profunda de las cosas, pero en realidad no es sino un símbolo del enajenamiento del espíritu. Es lo más cercano al espíritu de lo que llegaremos nunca, debido a sus pretensiones de trascender, de trascenderse, y sin embargo no nos encontramos más lejos del ser humano que a partir del momento en que utilizamos un lenguaje poético.
CRISTINA – Hablar del espíritu, hablar del Arte, es un acto retórico en sí mismo.
YO – A eso me refiero. El Arte sólo es realmente útil cuando es consciente, cuando es producto de una voluntad. Y sin embargo con la intromisión de la razón el Arte pierde todo lo que pudiera tener de natural, de espontáneo. Se parte del sentimiento, y se encauza el sentimiento con la razón, pero olvidamos que la razón parte a su vez del sentimiento y cualquier pretensión de dominio no es más que una mentira. No hay objetividad, y la razón misma lucha contra la consecución de esa objetividad, sinónimo de natural, de espontáneo, de real. El Arte consciente es el único que hace falta, y es entonces cuando comprende que, a pesar de todo, precisamente el Arte consciente es aquel que no sirve de nada.
CRISTINA - ¿Y propones algo a cambio?
YO – Lo triste es que no hay nada a cambio. No podemos obviar que el Arte, con todas sus carencias, es un paso importante. ¿Hacia adónde? Ni idea. Pero es necesario que, para llegar a algún lugar, nos separemos de las cosas. Hay que separase del objeto, hay que separarse de uno mismo, de la propia razón. Hay que ir más allá del mundo para contarlo. Hay que ir más allá de lo humano para salvar al hombre.
CRISTINA - ¿Y cómo se hace eso?
YO – Muriendo. El Artista debe morir. No como personaje relacionado con el arte, no como figura principal, simbólica, del acto creador, sino como persona, como entidad viviente. El Artista debe morir como persona. El Artista como persona está sujeto a su propia sensibilidad, que es al mismo tiempo la puerta de entrada al mundo y los gruesos muros que lo protegen, que lo ocultan de él. El Artista debe prescindir de sus sentidos y de sus emociones. Es la única manera de ser objetivo, de llegar a la objetividad.
CRISTINA - ¿Estás temblando?
YO – Sí, abrázame. Acompáñame en este baile.
CRISTINA – Pero si no sabes quién soy.
YO – Sí lo sé, eres Helena. Pero, para el caso, es lo mismo y no importa.
CRISTINA – No, no es lo mismo y sí que importa. Yo no soy Helena, más vale que te hagas a la idea.
YO - ¿Y quién eres tú, entonces? ¿Quién es Cristina?

No sé quién está en esa fiesta, sólo sé que ahí querría yo estar, un tipo que no sabe escribir y hablando sobre cosas que no pueden darnos nada. Me pregunto qué más hay en esa fiesta, y lo que veo es un reflejo del todo que quiero que sea. Puedo hablar de: piernas que se separan y descubren la vagina, maniquís de vello púbico falso, vaginas que se abren y expulsan nubes de humo junto con líquidos, y faldas que se suben y se bajan con el humo y que se manchan con el líquido. Las chicas se ríen cuando se ensucian la falda y el tejido se pega a la herida que domina sus vidas y que por desgracia no significa absolutamente nada.

Me pregunto si de verdad no hay nada, y me leo y descubro precisamente que lo anterior no existe y que el placer de la huida es un aborto en sí mismo.

He ido a la fiesta en tren y he visto un chico que comentaba con sus compañeros que iba a una fiesta de universitarios de fin de año, y me supuse que era la misma a la que iba yo. El caso es que no le veo. He creído verle cuando he llegado a la casa, porque había un tipo en la puerta de entrada, de pie y fumando, como si tuviera que darme la bienvenida. Ese hombre tenía la cara descompuesta y se reía al tiempo que lloraba, estremecido. Eso me ha creado angustia, pero he tenido la impresión de que ese hombre estaba ahí para que lo tocásemos. Le he tocado. Se ha estremecido ante mi contacto pero no ha huido. El que ha huido he sido yo, que me he metido en la fiesta. He visto gente que bailaba pero no he logrado alcanzarlos. Bailaban sin prisa, como si colgaran del techo por unos hilos. No he podido llegar a la pista de baile y me he puesto a beber. Entonces se me ha acercado la chica que me invitó en su momento a esta fiesta.

CRISTINA - De pronto he perdido el hilo de mis pensamientos. Ya no sé qué es lo que tenía que decirte.
YO- Quizás debas recordar tu nombre para recobrar tu mensaje y tu significado.
CRISTINA - Quizás sí, pero, ¿quién soy entonces? ¿A quién puedo agarrarme?
YO - Agárrate a mí, agárrate. Siempre nos queda la música y el sexo.
CRISTINA - Ajá. La música y el sexo. ¿El sexo no era para ti el Arte? Ante la inexistencia de todo sexo abrazaste el Arte y te buscaste, me buscaste en él. Buscaste un sentido en el sexo y, al no tener sexo, te refugiaste en el Arte y buscaste tu sentido en él. ¿Ves que no tiene ningún sentido?
YO - Sí, lo veo.
CRISTINA - ¿Y ves qué es lo que acaba ocurriendo? Hablamos sin pensar y decimos lo que sin pensar pensamos y sabemos. He venido a condenarte por ser como eres.
YO - No me sueltes, por favor, no me sueltes.
CRISTINA - Soy una mujer, y nunca lograrás poseerme. Nunca serás una mujer y nunca podrás acercarte a mí.
YO - Te pareces más que nunca a Helena…
CRISTINA - Y no soy ella, porque ella tampoco existe de por sí.

En el rostro de esa amiga que vino a verme encontré rasgos que me habían pasado desapercibidos hasta el momento. Había algo de ambiguo en su expresión. Recordé el hombre de la entrada de la casa y tuve que separarme de ella. Sin embargo ella se me acercó y empezó a susurrarme cosas ininteligibles. Cuando me metió la mano en el bolsillo y me agarró el pene cerré los ojos y sentí que me perdía en el vacío. A mi alrededor sólo vi negrura, y luces pequeñas que no se movían. Había quietud y negrura, y sentí que la mano serena de mi amiga desaparecía y que todo yo empezaba a ser acariciado por manos que no eran manos y que de pronto estaba desnudo. Me abandoné. En la lejanía alguien se rió de mí como si no estuviera allí y se me acercó el hombre que reía y lloraba al mismo tiempo, calvo y con las manos tendidas hacia mí como si quisiera abrazarme. Quise empezar a correr pero no pude. Me llenó la angustia. Desgarré la oscuridad que me envolvía con las uñas y los dientes y desperté tumbado en el suelo de la fiesta. Mi amiga estaba de rodillas a mi lado, riéndose porque me había desmayado y con la mano aún metida en el bolsillo, y masturbándome. Después de mirar sus pechos la obligué a sacar su mano del bolsillo y me aparté de ella, porque me recordaba el hombre de la entrada. Fui a una mesa y cogí sandwiches. Luego me volví y miré la concurrencia de esa fiesta, que hablaba o bailaba o fumaba o se reía bajo una luz azul espesa y oscura. Me sentí perdido y rodeado de gente, aunque no había nadie tan cerca como para que pudiera tocarle. De debajo de la mesa salió una nube de humo y una de las chicas, sentada en un sofá con otras compañeras, se apretó una parte del vestido azul contra la vagina. La tela se tiñó de rojo. La chica se rió pero se cubrió la boca con una mano, al tiempo que miraba a sus amigas con ojos desorbitados. Sus amigas apenas parecían ser conscientes de lo que había ocurrido. A nadie le importaba un pimiento.

CRISTINA - Te acuso de esconderte. Te acuso de abrazar el Arte para huir de ti mismo y de tus tremendas carencias. El Arte es un producto de lo humano y tú no eres humano.
YO - ¿Alguien lo es?
CRISTINA - Juegos de palabras. Tu escepticismo está cargado de melancolía y remordimientos. No eres humano y tampoco quieres serlo. No sientes empatía. Has aprendido a llorar como podrías haber aprendido a domar caballos. Te sientes más cercano de tu perro de que las personas que te rodean. Eres un monstruo.
(Y luego :)
CRISTINA - ¿Me besas?
YO - Te deseo.
CRISTINA - Porque hablo de ti.
YO - Y porque así podré dejar de pensar en lo que dices.
(Y luego, llorando :)
YO - Huyo porque no me han enseñado a luchar. No quiero luchar porque no sé luchar. ¿Cómo puedo estar seguro de lo que hago si ni siquiera puedo confiar en mí mismo?
CRISTINA - No te tortures, no vale la pena. La humanidad se siente. La humanidad se es. Lo que hay de malo en ti existe por causas ajenas a tu voluntad. No te preocupes por ello. La culpa la tiene tu entorno.
YO - ¿Qué Responsabilidad es esta que intenta no hacerme responsable de mis acciones?
CRISTINA - La Responsabilidad que entiende que uno es lo que hacen de él.
YO - Reniego de ti del mismo modo en que reniego del Arte. Uno es lo que hacen de él cuando vive en la inconsciencia, cuando se es un niño. El hombre adulto debe construirse a sí mismo.
CRISTINA - ¿Y crees que eso sirve de algo?
NARRADOR - ¡Cambio!

Cuando me aparté de la mesa volví a sentir el vértigo y volvió a devorarme la negrura, con la diferencia que en esta ocasión se me comió por completo, borrando así cualquier tipo de posibilidad de salida, de escape, de lo que fuera. De nuevo sentí las manos invisibles que me acariciaban el cuerpo entero, y en la negrura percibí que mi desnudez respondía a ese gesto. Una cabeza invisible posó su boca encima de la mía y sentí que alguien succionaba mi pene. Me abandoné al sexo. Lo hice de manera consciente, sabedor de que oportunidades como aquella no solían darse a la gente como yo. Al tiempo que ocurría todo esto, con todo, alguien empezó a hablar con una voz que era muy parecida a la mía, a pesar de que yo tenía todos los orificios de mi cuerpo ocupados en succionar o ser succionados, y escuché con atención lo que decía, aunque con la distancia las voces parecían ir a perderse de un momento a otro. La voz decía así:

Mi huida es de carácter moral, como es obvio. No huiré de mis hermanos y hermanas, de mis padres, mis abuelos y mis amigos, porque ya no me queda nada de lo que pueda huir. La tragedia consiste en que, además, tampoco se merecen que me quede a ayudarles ni que huya de ellos. Su existencia se vació nada más salir del vientre materno y su vida no es más que la continuación de un acto que no debió suceder. Escribo sobre ellos, escribo sobre mí, porque quiero reflejar la mediocridad de estas gentes y ocultar quizás así mi propia mediocridad. Su existencia es la mía, y mi texto es un reflejo de dicha existencia. Sólo que tengo miedo, porque en la revelación de la verdad es inevitable que se oculte dicha verdad, y porque la verdad quizás no sea más que un reflejo de una verdad que no existe. Me pierdo, y soy consciente de que me pierdo, pero a estas alturas ya no me importa. No vale la pena luchar por nada ni por nadie. Todos son monstruos.

Y todos son monstruos porque todos participan de la inconsciencia. Se dañan unos a otros porque necesitan dañar y ser dañados. En la violencia y el insulto (entre cuyos sinónimos podríamos encontrar: sexo, sonrisa, beso, carta, e-mail, etc.) descubren que están vivos, y esa consciencia les obliga a redoblar sus estocadas y sus mordeduras porque tienen miedo de perder lo que en un principio no era suyo. La vida se convierte así en una necesidad de sangrar y de hacer que sangren, de compartir sangres porque somos incapaces de compartir algo que no sea el propio cuerpo, porque somos incapaces de entender que es imposible compartir algo cuando no tenemos nada que podamos compartir. La inconsciencia nos domina como una fuerza irresistible y a la que nos abandonamos sin remedio. El desinterés político, la pereza mental, etc., no son sino muestras de que nuestro deseo de seguir viviendo es equiparable, al mismo tiempo, al deseo de abandonarnos y al deseo de dañar a los que nos rodean. Las víctimas se ofrecen a los verdugos y son tan culpables como ellos de su muerte porque la desean, porque es lo que se esconde bajo los lloros y la autocompasión. Los verdugos encuentran un placer mórbido en contemplar las muertes ajenas, y no sigo porque soy consciente de que mi imaginario visual no es más que un robo, que un atraco, y no quisiera mostrar al público una perspectiva que no quisiera defender como mía (ya que, de poder, no puedo defender siquiera como propio el rechazo a adoptar ideas como de mi autoría). En el placer de la huida encuentro el sentido más profundo de mi existencia y el hilo que me une, en culpabilidad, a los que me precedieron. En el placer del remordimiento descubro una verdad infalible y una descripción perfecta de una realidad, de mi realidad. En el placer de la huida nos encontramos todos, como monstruos. Todos son monstruos.

- Hola, soy la Humanidad, y vengo a consolarte.
(Y luego :)
HUMANIDAD - Siempre patética.
YO - ¿No tienes nombre? ¿No puedes darme un rostro humano?
HUMANIDAD - No, soy todos los nombres, todos los rostros.
YO - No puedo bailar contigo, entonces.
HUMANIDAD - No, no puedes bailar conmigo, entonces.
YO - Siento asco de ti.
HUMANIDAD - Pero no olvides que soy la única que puede consolarte.

La música sigue siendo para mí un misterio. Así como puedo hablar de la búsqueda de la trascendencia en el cine o la literatura con una cierta seguridad, en la música no dispongo de los símbolos y las referencias que me sirven como base de apoyo para la distinción entre lo que es y lo que no es Arte. ¿Dónde se encuentra la trascendencia de la música? ¿En la búsqueda de nuevas sonoridades, de nuevos modos de expresión? Ya se ha demostrado en cine que la invención de nuevas imágenes no es sinónimo de calidad artística, al mismo tiempo que en la literatura un uso innovador del lenguaje sólo indica una voluntad por parte del escritor de crear algo nuevo, independientemente de si lo consigue o no. ¿De qué disponemos en la música, pues, para descubrir en ella la trascendencia? En el Arte más abstracto e intelectualizado de todos, tan abstracto incluso que las demás artes envidian su grado de abstracción, en este Arte, pues,

Me reconocí en una pantalla. De niño, mirando la abuela y viendo al sacerdote lamiendo el sobaco de un feligrés. Una lengua enorme me lamía el cuerpo entero y sin embargo pude ver en una pantalla imágenes de mi infancia. Me di cuenta, al mismo tiempo, de que la voz que me hablaba se había acallado, y que en la pantalla mi rostro mutaba constantemente y ofrecía una secuencia vertiginosa de los rostros de mis familiares. Reconocí algunos de ellos, y los que no pude identificar tenían rasgos que reflejaban a la perfección su procedencia y sus genes. Me pregunté si todos ellos, mis familiares, habían pasado por lo mismo que yo. Si todos habían acudido a esta fiesta, con esta misma gente, y se habían ofrecido, en su desnudez, a la oscuridad misma. El hombre calvo, el del sorriso y el llanto, apareció detrás de mí (lo sentí más que verlo) y empezó a hablar. Al principio no comprendí lo que decía. Luego, cuando me volví hacia

HUMANIDAD - Como artista eres débil e hipócrita. No te ayuda el que, además, seas consciente de ello. Tu trabajo está lleno de resentimiento, contra el mundo y contra ti mismo. No sabes a quien culpar. Quizás no sea necesario que culpes a nadie.
YO - ¿Es ahora cuando debo flagelarme? ¿Cuando debo reconocer que no he sido capaz de vencer mi pasado, de liberarme de las cadenas que me atan al pasado de mi familia? ¿Es ahora cuando debo llorar porque no puedo dejar de ser lo que soy, a pesar de todo? ¿Es ahora cuando llega la humillación?
HUMANIDAD - Sí.
YO - Todo lo que he dicho y todo lo que diré no es sino una consecuencia de mis problemas, de mi incapacidad para crecer de verdad.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - ¿Y no puedo hacer nada, verdad?
HUMANIDAD - Eso depende de ti.
YO - No puedes darme respuestas.
HUMANIDAD - No.
YO - Sólo puedes consolarme.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - Consólame entonces, aunque te haya maltratado como lo he hecho. En eso consiste la humanidad, ¿no? En quererse a pesar del odio, del asco, de la repulsión.
Narrador - ¡Cambio!

Estaba de nuevo en la fiesta, y de pie. Las personas estaban todas inmóviles, quietas, como estatuas, en las posturas más inverosímiles. Los bailarines seguían danzando lenta y seductoramente, como colgados del techo, por parejas, envueltos en el humo y la luz azul que lo impregnaban todo. Finalmente, en el centro de la habitación, de pie, sonriendo y llorando, el hombre de la entrada, calvo, se estaba quieto y me miraba. No pude evitar estremecerme. A lo lejos oí voces, las voces de la fiesta quizás, o las voces de un pasado borroso que seguían siendo proyectados en una pantalla. El caso es que sentí que el momento cobraba una importancia inusitada, que quizás era un momento decisivo. Me preparé para salir corriendo en el caso de que fuera necesario.

- Ahora tienes que elegir.
YO - ¿Y quién eres tú?
- Eso es lo de menos. Llámame Alivio.
YO - ¿Y qué tengo que elegir?
ALIVIO - Entre dos tópicos: la vida, y la muerte.
YO - ¿Estoy obligado a elegir?
ALIVIO - No, pero todos lo han hecho antes.
YO - En ese caso me parece que no elegiré. Tengo miedo de equivocarme.
ALIVIO - El objetivo no es escojer la respuesta correcta, porque quizás no la haya. El objetivo es escapar de la angustia. El objetivo es creer que quizás haya un responsable que pueda quitarte de encima el peso de la culpabilidad.
YO - Tu discurso no me convence.
ALIVIO - Nadie ha dicho que tenga que convencerte.

Ha llegado un punto en el que creo que me he perdido de verdad. No entiendo el significado de la división por capítulos ni la necesidad que tengo de justificarme. Escribo porque de otro modo preferiría estar muerto, y porque necesito volcarme en un todo para poder así desaparecer. ¿Supervivencia? No sé. Quizás sí.

ALIVIO - Estás obligado a escoger. Te obligo yo. Sin ti mi existencia no tiene sentido. Y no pretendo otra cosa que hacer aquello por lo que he nacido. Tu vida y tu muerte me importan en la medida en que mi vida y mi muerte dependen de la tuya. Me da igual lo que elijas. Me da igual. Pero elige. Hazlo de una vez.

Y sin embargo sólo pude encontrarme en el placer de la huida. La fiesta desapareció bajo mis pies y dejé de escribir. El diálogo desapareció al decidir que no quería decidir. Todo pareció desvanecerse cuando decidí que nada importaba. Quizás eso fue lo mejor, decidir que lo que ocurriese no me importaba lo más mínimo. No hubo barreras entonces y no las hubo desde entonces. Decidí creer en mí mismo.

Y cuando me encontré a las puertas del castillo, sólo pude recordar la vieja leyenda que me contaron cierto día, y en la que