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Es fácil dejar de ser alguien. Te cubres con ropajos viejos, quién sabe si para ocultarte de ti mismo o como resultado de una lucha interna en la que tu ego ha salido vencedor; asomas la cabeza por la ventana, disfrutando el frío y la sombra de una noche que no te reconoce, y te sumerges en cuerpo y alma en el océano de luces y vacíos que existe más allá de ti. Las ramas de los árboles, las hojas negras y las flores muertas se retuercen en la nada como si quisieran rodearla, atraparla, devorarla. Es fácil dejar de ser alguien cuando no hay nada ni nadie que te devuelva tu propia imagen, cuando no estás preso de miradas y pensamientos.

Construyo castillos en el aire gélido bajo la supervisión de un amigo. ¿Qué relación puede establecerse entre un ser imaginario y un ser que no tiene conciencia de sí mismo? ¿Cómo pueden dos entidades comunicarse cuando están destinadas, una a desaparecer, la otra a consumirse en su existencia instintiva, irracional e impúdica? Siento el calor que desprende, me abrazo a él y me fundo en él para no tener que sufrir el vacío y la tristeza que llena sus ojos. No quiero compartir tu dolor, no quiero comprenderte y aún menos formar parte de tu sufrimiento. Me pregunto qué saldría de la suma de nuestros padecimientos compartidos. ¿Un alarido? ¿Un lamento silencioso? Ojalá pudiera ser alguien y prestarte algo de mi alma. Pero sospecho que perdí mi alma cuando decidí abandonar, hace tiempo y para siempre, los paisajes que la poblaban.

 No puedo desaparecer. Mi naturaleza no está programada para salirse de sus propios márgenes. Sólo me queda esperar, junto a ti, y a pesar de tu completa incomprensión, el castigo por haberme abandonado a mí mismo.

El hecho de abrir un espacio propio en la red debería ser motivo de alegría, ¿no?