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Un desconocido musita: “Yo sólo escribo para mí, me da igual lo que digan los demás. Yo lo hago por mí. Por mí. Nadie tiene que leerlo.”
Y yo pienso: “Bueno, allá tú con tus convicciones absurdas. Quizás te estés mintiendo a ti mismo, después de todo. Quizás lo hagas por mí, por él, por ella o por todos nosotros, y no lo sepas. La verdad es que, ahora mismo, me da igual. Estás encerrado en ti mismo. Yo ya tengo suficiente con vivir para que, encima, tenga que escribir para mí. Yo no quiero leerme. Ya tengo suficiente con pensarme, con sentirme, con repugnarme y sufrirme. Dispongo de mis manos, mi boca y mi polla para lo que quiera, ¿verdad? Pues entonces, ¿qué más necesito?
Una desconocida (cuyo nombre omitiremos por ética y decencia) responde: “Uno escribe para comunicar, para que le escuchen. No llenas un cuaderno de palabras y palabras para después meterlos en un cajón y olvidarte de él para siempre. Si escribes es porque tienes la necesidad de comunicarte con los demás, es una vía de escape, un modo de comulgar con los demás y compartir tu experiencia.”
Y yo pienso: “Estoy de acuerdo en que hay que escribir para que te entiendan, para que te comprendan. De lo que no estoy seguro es de que eso se convierta, directamente, en comunicación, y mucho menos de que ese acto de escribir sea una necesidad. Recuerdo a un jovencísimo kleefeld orgulloso de sufrir el síndrome del “escritor bloqueado”. Poco hay más delicioso que sentirse artista sin tener que sudar la gota gorda. ¿Para qué llenar un lienzo, una partitura o una página, si en su absoluto (y eterno) vacío pueden regalarnos el mismo prestigio que si estuvieran llenas de mierda? Ese vacío puede o no estar formado - lleno - de muchas cosas, pero no por ello gana en amplitud o profundidad. El vacío es el mismo, lo pintes de rojo o de negro. Lo importante es la actitud que se toma con respecto a él.
Sumario: “Desde los quince años.” “A los veinte publiqué mi primer libro de cuentos.” “Os hablarán de lo que significa para ellos el hecho de escribir… y podréis hacerles las preguntas que queráis.” “Harold Bloom dijo que la biblioteca ahoga al escritor - La angustia de las influencias -”. “Me despierto y siento la luz, y los hecho de menos y acaricio la almohada y me siento bien y descansada y lo primero que veo es el jarrón chino que me regaló mi madre, y decido que ya es hora de levantarse y pienso otra vez en ellos dos que ya no están y me pregunto ¿por qué me levanto? y sin pensar lo hago y subo la ventana y miro a la calle y veo una anciana que está siendo atropellada por el camión de la basura y entonces huelo a mierda y…”
Y yo pienso: No puede ser. Se mezcla a Proust con semejante esperpento. No soy nadie, y por lo tanto debería callarme. Pero como dice Huysmans “el escritor que se llama a sí mismo aficionado no puede ser un escritor jamás”. Y da igual si te encierras en ti mismo o si repartes tus palabras como quien regala miradas de desprecio. Hoy en día ya no sirve de nada. A ver si te haces a la idea de una vez.
Revisando el texto que he colgado hace apenas unos minutos, me he encontrado con esto:
¿Qué hay de más delicioso que la contemplación de las bajezas humanas? ¿Qué hay de más literario que el dolor, el sufrimiento, la mutilación de cuerpo y alma, en pos del cumplimiento de un deseo?
Y por un momento me he temido que, de dichas frases, se pudiera sonsacar la idea de que Huysmans se recrea en los aspectos más morbosos y voluptuosos del sufrimiento humano, cuando en realidad esas dos preguntas inadecuadas no son más que un reflejo de lo excitado que me hallaba después de leer el cacareado capítulo sobre Gilles de Rais.
“Allá lejos” comienza con una disertación sobre el naturalismo que se oculta bajo el diálogo que se establece entre Durtal, el protagonista, y su compañero de fatigas, Des Hermies. Es este último el que se sirve de toda su acidez para descartar el Naturalismo como corriente artística a seguir, reprochándole el haber “encarnado el materialismo en la literatura, haber glorificado la democracia en el arte.” Y es que, aun reconociendo que artistas como Zola han creado varias obras de embergadura encomiable, según Des Hermies no se puede negar que “Por un prodigio de humildad, [el naturalismo] ha reverenciado el gusto nauseabundo de la masa y, por eso mismo, ha repudiado el estilo, ha rechazado todo pensamiento elevado, todo impulso hacia lo sobrenatural y más allá.”
Un poco más adelante, Durtal, inquieto por las ideas de su amigo, decide buscar un camino a seguir en lo estético, una teoría que se saliera del naturalismo sin volver a caer en los delirios románticos que lo precedieron; en definitiva, una prosa voluptuosa y sensorial que no estuviera reñida con aquello que está “más allá de los sentidos”. En un flashback, Durtal recuerda el ya mencionado cuadro de la Crucifixión de Mathaeus Grünewald, y no puede sino sentir escalofríos ante la dureza, la crueldad y lo explícito de esos “pies esponjosos y coagulados”, esos “pectorales” que “temblaban, borrachos de sudor”, esa “carne” que “se hinchaba, cubierta de salitre y amoratada, salpimentada con picaduras de pulgas, manchada como de aguijonazos por las puntas de las vergas que, rotas bajo la piel, la entreveraban aún, aquí y allí, de astillas.” Pero lo que le impresiona en el cuadro, más allá de la sangre y la violencia, es la sensación de grandeza que desprende el Cristo humillado, es esa “revelación” de lo “invisible y eterno” en una representación de algo puramente terrenal.
Según Huysmans, Mathaeu Grünewald consigue alcanzar la Divinidad a través de los sentidos, y uno siente tentaciones de creer, por un momento, que el escritor francés quizás hubiera decidido alcanzar el mismo objetivo a través de sus imágenes retorcidas, desgarradas y supurantes. Y es que quizás sólo se puede transmitir la locura racional de Gilles de Rais con esas escenas bestiales que tanto escandalizaron en su momento. Sólo si se abraza la carne, sólo si se hurga en la herida y se bebe la sangre, puede uno comprender de qué es capaz un hombre cuando desea, por todos los medios, sumergirse en el Más Allá.
Huysmans no parece querer regodearse en los detalles truculentos, aunque formen parte indiscutible de la magia de este “Allá lejos” que tanto me está gustando. Sólo se puede mirar al cielo cuando se ha lamido la tierra. Sólo se puede vivir habiendo conocido de cerca la muerte. ¡Y qué pequeño es el precio de un alma cuando te ofrecen la eternidad!
“[...]Los cuerpos que ha masacrado y cuyas cenizas ha hecho tirar en los fosos resucitan en forma de larvas y lo atacan por las partes bajas. Se debate, chapotea en la sangre, se yergue sobresaltado, y, encorvado, se arrastra a cuatro patas, como un lobo, hasta el crucifijo, cuyos pies muerde rugiendo.
Después, un cambio repentino lo sacude. Tiembla ante Cristo, cuya cara convulsa lo mira. Le adjura a que tenga piedad, le suplica que lo salve, solloza, llora, y, cuando no pudiendo más, gime en silencio, oye, aterrorizado, llorar en su propia voz las lágrimas de los niños que llamaban a sus madres y gritaban merced.[...]“
Así termina uno de los mejores capítulos de esta novela de Huysmans, uno de los máximos exponentes del decadentismo en la literatura. En ”Là-bas” (en el original), a través de la figura histórica de Gilles de Rais (también conocido como Barba Azul), Durtal, el protagonista de la novela, se adentra paulatinamente en la tradición Satánica, explorando su mitología, sus razones de ser, sus motivaciones, y los cambios que ha sufrido a través de la historia. En el trayecto, Huysmans se aparta una y otra y otra vez del que, a priori, podría parecer su objetivo principal y nos ofrece interesantes perspectivas en lo referente a literatura (en más de una ocasión arremete violentamente contra el Naturalismo defendido por diversos escritores, entre ellos Émile Zola), al arte religioso (deliciosa la descripción de una pintura de la Crucifixión de Mathaeus Grünewald), a la Edad Media, etc., etc.
Permitidme que inserte, sin motivo alguno, un pedazo de esa descripción de la Crucifixión a la que aludía antes:
“Sobre el cadáver en erupción aparecía la cabeza tumultuosa y enorme; ceñida por una corona de espinas, colgaba extenuada, entreabría apenas un ojo demacrado en el que aún temblaba una mirada de dolor y espanto; la cara era monstruosa, la frente estaba desmantelada; las mejillas, secas; todos los rasgos lloraban caídos, pero la boca reía abierta, contraída por sacudidas tetánicas, atroces. [...]
¡Ah!, ante aquel Calvario sucio de sangre y mezclado con lágrimas, ¡qué lejos estaba uno de los Gólgotas bonachones que la Iglesia escoge desde el Renacimiento! [...] Aquel era el Cristo de Justino, de San Basilio [...], el Cristo de los primeros siglos de la Iglesia, el Cristo vulgar, feo, porque cargó sobre sí la suma de los pecados y se cubrió, por humildad, de las formas más abyectas. [...]
Como última humildad, sin duda, había soportado que la Pasión no desbordara la amplitud permitida a los sentidos; y, obedeciendo órdenes incomprensibles, había aceptado que su Divinidad quedara como interrumpida tras las bofetadas y los vergajazos, los insultos y los salivazos [...]. Así había podido sufrir mejor, jadear, reventar como un ladrón, como un perro, con suciedad, con bajeza, hasta la ignominia y la podredumbre, hasta la última afrenta del pus. [...]“
Hace unos meses cayó en mis manos “Vathek”, de William Beckford, y el simbolismo de sus escenas, las pasiones desbordadas de sus personajes, esa forja del destino de uno mismo a través de los más horribles crímenes y excesos, me encandiló. Sin saber si hay alguna relación entre la obra del inglés y la obra de Huysmans, me gustaría decir que, en mi vida como lector, “Là-bas” está suponiendo una ampliación de ese simbolismo tenebroso e increíble de “Vathek”, un descenso a las sombras del alma humana que encandila por su poesía y, al mismo tiempo, por su crudeza inusitada e inesperada.
¿Qué hay de más delicioso que la contemplación de las bajezas humanas? ¿Qué hay de más literario que el dolor, el sufrimiento, la mutilación de cuerpo y alma, en pos del cumplimiento de un deseo?
Como dice Durtal: “- ¡Bah! [...] Ya que todo es sostenible y que nada es seguro, ¡viva el Sucubato! ¡En el fondo, es más literario y más limpio!“
¿Puede un simple espejo liberarme de mí mismo?
Como ya va siendo costumbre en esta curiosa etapa de mi vida, esta noche, escondido en la fría intimidad del cuarto de baño, me he enfrentado a mi reflejo. Y, por un instante, me ha parecido verme desde fuera de mí mismo, como si por un breve lapso de tiempo hubiera podido deshacerme de las correas que me atan a mi mente y a mi cuerpo.
He sido consciente, en todo momento, de que el objeto reflejado no era otro que yo mismo, y que toda sensación de lejanía con respecto a mi propio ser no podía ser más que una alucinación inducida por extrañas conexiones mentales. Pero mi razón, el yo consciente a través del que soy, a través del que hablo, ese yo que existe en mí, que me define, pero que sin embargo no es más que una de mis múltiples facetas, de algún modo se ha visto desplazado, alejado, marginado de mi foco de atención, y en su ausencia he podido verme como soy en realidad, más allá de toda razón y todo sentir. He podido comprender, por un instante, qué sería verme, conocerme, sin ser yo mismo, cómo sería acercarme al recipiente y al conjunto de órganos que es mi cuerpo sin conocer qué es lo que lo llena, qué es lo que lo dota de color, vida y movimiento.
La visión no ha durado más que un simple parpadeo, pero en el espacio contenido entre dos segundos he creído ser libre de mí mismo.
¿Qué es mi cuerpo reflejado en un espejo? ¿Me pertenece? ¿Es posible que la libertad sólo exista en la medida en que somos capaces de alejarnos de nuestro yo físico y material? ¿Qué es un reflejo, después de todo, sino un apéndice imaginario de nosotros mismos, una prolongación ficticia de la carne y el pensamiento?
Por un instante he creído perderme en el espejo. Luego todo se ha desvanecido, como siempre.
Papá me ha dicho hoy que está muy bien tener aspiraciones, y que si no luchas cuando tienes una cierta edad ya no lo harás nunca. Yo he intentado decirle que no quiero conformarme con lo que soy ni con lo que hago, que si me atrevo a emprender un proyecto me gustaría dar lo mejor de mí mismo. Y también le he comentado que no querría dedicar tiempo a hacer algo que a la postre resultase ser completamente inútil. Viendo la escena ahora, después de tantas horas, sigo sin comprender la mirada que ha puesto en ese momento. De hecho, escudriñando el momento desde la seguridad acogedora que dan la distancia y la perspectiva, me sorprende haber entablado esta conversación con él, cuando es de aquellas personas con las que, a veces, parece que lo único que te une es vivir bajo un mismo techo. ¿Qué es la sangre cuando no existe contacto, o una relación de verdad? El parentesco debiera ser un asunto de espíritu antes que de carne.
Digo que me sorprende haber llegado a comunicarme con él de esta manera porque la otra vez en la que comimos juntos, los dos solos, el silencio pendía sobre nuestras cabezas como un mar de leche espesa que ralentizaba todo movimiento y nos obligaba a a centrar la atención en los platos que teníamos delante. Ha comentado que no debo decepcionarme cuando las cosas no salgan como quiero. Yo habría querido decirle, simplemente, que lo que no quiero es esto, esta vida, su vida. Pero en vez de eso me he perdido en una perorata sin ningún sentido que nos ha dejado a los dos confusos y adormecidos. Y no es para menos, porque hasta hemos llegado a comentar una cita de un pensador oriental de cuyo nombre no quiero acordarme que trataba sobre no sé qué de la información entendida como unas olas que bla bla bla… El caso es que no sé hasta qué punto tiene razón, y hasta qué punto la puedo tener yo.
Quería decirle que lo que quiero es despojarme de ese yo que tan cautelosamente he construido a lo largo de ocho largos años, un personaje tan afilado como una navaja oxidada y tan propenso a la autocastración como cualquier fanático religioso de comportamiento poco decoroso. Ese era un yo de cartón-piedra, parecido a un trocito de porcelana sucio y gris, escondido en una mochila descosida, que sólo parecía refulgir los días de borrachera o de extrema autocompasión. Si me equivoco, quiero ser perfectamente consciente de ello y gozar de cada rasguño, de cada gota de sangre derramada. Si rectifico, me gustaría poder decir que la decisión se ha tomado con total seguridad y convicción de que era la mejor opción a tomar. Pero para ello debería ser yo mismo, y a pesar de desearlo con todas mis fuerzas, no sé si quiero (o siquiera si puedo) tomar las riendas de mi propia vida y recuperar todo ese tiempo perdido que Proust recogió en sus páginas. Estamos en lo de siempre. Quizás esa parte de mí escondida en una bolsa vieja de tejido sintético ya se ha pegado a mi cuerpo como una larva, chupando para los siglos de los siglos lo poco que me queda de humanidad y lo poco que tengo ya de la aún más preciada juventud. No quiero ni pensarlo.
Desde aquí le quiero mandar un caluroso saludo a mi papá, que sé que no leerá esto. Porque él sigue siendo mi papá, por mucho que a veces me cueste de creer. Y porque siempre hace ilusión hablar con alguien que, por su cercanía, parece perderse continuamente en los tortuosos caminos de la cotidianidad y el hábito.
Una conversación entre clases, totalmente casual y sin ningún rasgo distintivo. Una compañera (no de clase, ni siquiera de facultad, pero más cercana a mí que cualquiera de las personas que pudiera encontrar en todo el campus), ha soltado: “Tengo miedo al vacío”. No ha sido necesario añadir nada más por su parte.
El vacío. El vacío es una segunda piel, aquella que aparece cuando nuestro cuerpo se cree libre. Pero también es aquello que, con su vacuidad, llena todo lo que en nuestro descuido hemos olvidado completar dentro de nosotros mismos. El vacío es un ahogo constante en ese mar al que nunca nos hemos atrevido a zambullirnos, quizás no tanto por pereza ni inquietud sino por el simple hecho de que desconocíamos su existencia. Por ello, es comprensible sentirlo como una ominosa presencia a la que habría que reverenciar con la cabeza baja, en la penumbra de una habitación iluminada con dos pequeñas velas de insignificancia descomunal. Porque a la hora de meter la cabeza bajo el agua y perderse en sus reflejos y sus sombras estás solo ante la eternidad, una eternidad que forma parte de ti en la medida en la que tú formas parte de ella, pero que parece haberse olvidado de ti en tanto tú mismo has perdido todo contacto con ese ser biológico que, no por estar en continuo movimiento y continuo cambio, tiene más conciencia de sí mismo.
Mi compañera (a la que con su permiso pasaré a llamar amiga) hablaba sobre todo de su miedo a afrontar ese vacío que se crea ante ella cuando llega el momento de sacar a relucir, en palabras bellamente bordadas, esos pedazos de vida y sabiduría que tan cautelosamente ha ido confeccionando dentro de su propia mente. Dice ser perfectamente consciente de esa barrera (———) que existe entre un objeto y la idea que le insufló existencia, entre el pensamiento y la palabra hecha carne y hueso, y que no puede estar nunca satisfecha con aquello que desea, tanto más en cuanto es algo materialmente imposible de realizar. Al mismo tiempo, reconoce no implicarse lo suficiente en lo que hace, reconoce no sentirse totalmente partícipe de un acto en el que ella debería ser la principal y única protagonista. Porque nadie puede guiarnos en el vacío que somos nosotros mismos, pero ninguna otra persona, aparte de ese yo tembloroso y ridículo en el que no queremos sentirnos identificados, puede descubrir qué es lo que hay más allá de nuestra conciencia, en ese espacio que es al mismo tiempo prisión e ilusión en el que nuestra existencia parece tener un significado que se nos escapaba cuando nuestra atención estaba puesta en otro lado.
Por mi parte, estoy cerca de sospechar que el vacío, igual que su contrario, es un espejismo en el que podemos, si queremos, vernos reflejados. Nos da una imagen detallada de lo que somos, y nos da un parte completo y escrupuloso de aquello de lo que carecemos y que quizás deberíamos incluir en nuestro continuo bucear. Cuanto más llenos estemos de lo que en un principio no existía en nosotros, más cerca estaremos de poder convivir con esa ominosa presencia que no por angustiosa es menos esencial. Porque habremos entrado en contacto con ella. Porque sabremos cómo leerla y, en el caso que nos ocupa, cómo escribir a través de ella. El vacío de por sí no es ni bueno ni malo, sólo hay que saber atravesarlo.

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