Revisando el texto que he colgado hace apenas unos minutos, me he encontrado con esto:

¿Qué hay de más delicioso que la contemplación de las bajezas humanas? ¿Qué hay de más literario que el dolor, el sufrimiento, la mutilación de cuerpo y alma, en pos del cumplimiento de un deseo?

Y por un momento me he temido que, de dichas frases, se pudiera sonsacar la idea de que Huysmans se recrea en los aspectos más morbosos y voluptuosos del sufrimiento humano, cuando en realidad esas dos preguntas inadecuadas no son más que un reflejo de lo excitado que me hallaba después de leer el cacareado capítulo sobre Gilles de Rais.

“Allá lejos” comienza con una disertación sobre el naturalismo que se oculta bajo el diálogo que se establece entre Durtal, el protagonista, y su compañero de fatigas, Des Hermies. Es este último el que se sirve de toda su acidez para descartar el Naturalismo como corriente artística a seguir, reprochándole el haber “encarnado el materialismo en la literatura, haber glorificado la democracia en el arte.” Y es que, aun reconociendo que artistas como Zola han creado varias obras de embergadura encomiable, según Des Hermies no se puede negar que “Por un prodigio de humildad, [el naturalismo] ha reverenciado el gusto nauseabundo de la masa y, por eso mismo, ha repudiado el estilo, ha rechazado todo pensamiento elevado, todo impulso hacia lo sobrenatural y más allá.”

Un poco más adelante, Durtal, inquieto por las ideas de su amigo, decide buscar un camino a seguir en lo estético, una teoría que se saliera del naturalismo sin volver a caer en los delirios románticos que lo precedieron; en definitiva, una prosa voluptuosa y sensorial que no estuviera reñida con aquello que está “más allá de los sentidos”. En un flashback, Durtal recuerda el ya mencionado cuadro de la Crucifixión de Mathaeus Grünewald, y no puede sino sentir escalofríos ante la dureza, la crueldad y lo explícito de esos “pies esponjosos y coagulados”, esos “pectorales” que “temblaban, borrachos de sudor”, esa “carne” que “se hinchaba, cubierta de salitre y amoratada, salpimentada con picaduras de pulgas, manchada como de aguijonazos por las puntas de las vergas que, rotas bajo la piel, la entreveraban aún, aquí y allí, de astillas.” Pero lo que le impresiona en el cuadro, más allá de la sangre y la violencia, es la sensación de grandeza que desprende el Cristo humillado, es esa “revelación” de lo “invisible y eterno” en una representación de algo puramente terrenal.

Según Huysmans, Mathaeu Grünewald consigue alcanzar la Divinidad a través de los sentidos, y uno siente tentaciones de creer, por un momento, que el escritor francés quizás hubiera decidido alcanzar el mismo objetivo a través de sus imágenes retorcidas, desgarradas y supurantes. Y es que quizás sólo se puede transmitir la locura racional de Gilles de Rais con esas escenas bestiales que tanto escandalizaron en su momento. Sólo si se abraza la carne, sólo si se hurga en la herida y se bebe la sangre, puede uno comprender de qué es capaz un hombre cuando desea, por todos los medios, sumergirse en el Más Allá.

Huysmans no parece querer regodearse en los detalles truculentos, aunque formen parte indiscutible de la magia de este “Allá lejos” que tanto me está gustando. Sólo se puede mirar al cielo cuando se ha lamido la tierra. Sólo se puede vivir habiendo conocido de cerca la muerte. ¡Y qué pequeño es el precio de un alma cuando te ofrecen la eternidad!