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CUARTA ACTUALIZACIÓN “EN CUARENTENA”
Dos
Eran dos hombres. Uno hablaba, el otro no. El primero era un anciano que no podía evitar escupir mientras abría la boca y movía las manos. El otro llevaba gafas, y basta; aunque, eso sí, parecían refulgir en la oscuridad.
El espacio es amplio, y es de noche, y detrás de una línea irregular de árboles se ve una línea perfecta de casas adosadas. No se oye nada, excepto la voz del hombre mayor. Decidí acercarme sin que me vieran.
- Hay algo oculto bajo estos árboles, bajo su forma, bajo su disposición, bajo las relaciones que se establecen entre ellos y entre ellos y las casas que hay detrás. ¿No lo sientes? Cuando no hay nadie y cierro los ojos y me acerco a los árboles, puedo sentir que palpitan, que se mueven, que están ahí para algo. Y lo importante es que también puedo sentirlo con una señal de tráfico, ¿entiendes? No son los objetos ni las plantas, sino lo que hay debajo, lo importante, lo que vibra, lo que se siente. Mira, por ejemplo, la diagonal que se establece entre estos dos troncos. Es más sugerente que perfecta, pero la diagonal está ahí, y aplasta el aire que hay a su alrededor con todo el poder de su simbolismo y su ser. A veces me pregunto si soy el único que puede sentir todo esto, y estoy contento cuando me digo que sí.
El otro parpadea, y dice, como a través de los cristales:
- Para ser poeta se necesita algo más que esto.
Una pausa. El hombre de las gafas no dice nada más, y el otro se lo mira con desconcierto y algo de miedo. Luego prosigue:
- Subamos a ese monte, y te mostraré mejor lo que quiero decirte.
Y, mientras caminan:
- La comunicación es difícil cuando se tratan ciertos temas, y más aún si los interlocutores están interesados, y si se han formado sus propias ideas al respecto. No sé si prefiero el silencio a esta soledad de palabras.
Una vez arriba, en el monte:
- Mira esos edificios, y la media circunferencia que conforman. Y mira ese agujero que hay entre los dos edificios centrales, y cómo una luna amarilla y enorme está justo en medio como si los dominara todos. Y el azar que hay detrás, y la potencia y la energía de una imagen que está ahí y que sin embargo no significa nada. ¿Tiene algún sentido hablar del mundo? ¿De su brutalidad? ¿Y de la belleza del existir? Hay quien se empeña en construir la belleza, y la belleza no puede crearse. Veo el semicírculo gris y la luz amarillenta que lo aplasta, y me entran ganas de llorar. Porque te enfrentas al todo sin la menor idea del motivo que te empuja a hacerlo, y en ocasiones llegas incluso a creerte que tienes alguna posibilidad de vencer. Al todo. No hay ninguna necesidad de ti. Y menos cuando escribes.
- Pero sabes que esto no es suficiente para ser un poeta de verdad.
- ¿Cómo sabes que no soy un poeta de verdad? - grita el anciano, y se estremece. Parece que va a caerse, pero el otro le sostiene por los sobacos. - Un… poeta…
Los dos hombres permanecen pegados, uno en brazos del otro, uno necesita el otro, uno sostiene el otro, aunque podría dejarle caer. Sus alientos se buscan en silencio. La luna ríe.
- ¿Sabes lo que es el deseo? - musita el viejo, sin hacer esfuerzo alguno por alejarse. -¿Has sido… eres víctima del deseo? El deseo me guía. No podría ser, sin deseo. Sin la necesidad. Necesito el deseo. Deseo la necesidad del deseo. Necesito el deseo de la necesidad del deseo. Cuando me tocas soy terriblemente consciente de mis defectos. ¿Necesito también mis angustias para sobrevivir? ¿Podría vivir sin ti? Estos años he estado buscando al sexo lo mismo que a la belleza y cada vez me siento más alejado tanto del uno como del otro. ¿Sientes mi deseo? ¿Mi necesidad?
El viejo agarra la mano izquierda del hombre que le sostiene y se la lleva a la entrepierna.
- Mi cuerpo no reacciona, y sin embargo la necesidad es más apremiante que nunca. No deseo tu cuerpo pero te necesito a ti, porque a través de ti creo que podré alcanzarme y recuperar mi cuerpo. Mira la luna, y dime si no nos está mirando a nosotros. El mundo está aquí para nosotros. Lo sientes, ¿verdad? La belleza es existir, y las palabras y las imágenes mueren para reflejarlo, qué diablos, yo mismo moriré para reflejar esa verdad que no somos nosotros y que sin embargo sí lo es. Lo sientes, ¿verdad? ¿Verdad?
El viejo presiona la mano ajena contra su entrepierna y suelta un gemido.
- Sí, lo siento. Lo siento. Sólo… sólo que falta escribirlo, ¿verdad? Escribirlo…
Le besa en el cuello, pero el anciano ya está muerto.
Postfacio: A veces parte de la luna y a veces no, y en este caso no hay diferencia alguna.
TERCERA ACTUALIZACIÓN “EN CUARENTENA”
Prefacio: A veces parte de la luna y a veces no, y esta es una de ellas.Uno
El jefe decidió hacerlo a través de los demás, y para ello escogió un par de sus mejores empleados, una muchacha valiente y decidida que estaba colada por él, y un chaval joven y atractivo que también estaba enamorado de él y con el que, además, había empezado a relacionarse.
Primero la llamó a ella. Las normas eran simples: finalizaría la jornada habiendo escrito dos textos, y recibiría una notable suma de dinero por ello. El primer texto trataría sobre un panadero. Sólo podría empezar el segundo después de conocer la valoración que, del primero, haría ese juez que era el jefe. Y a partir de ese momento tenía treinta minutos para escribir.
Ella escribió con rapidez. Se amorraba al bolígrafo y pegaba la nariz a la hoja de papel. En ocasiones sonreía con satisfacción. Al cabo de veinte minutos puso el punto y final, corrigió algunas faltas de ortografía, tachó alguna palabra y cambió alguna coma de lugar. Luego entregó el texto a su jefe. Y esperó ansiosa el veredicto.
Él tomó la hoja de papel y aparentó estar leyéndola. En realidad observaba a la muchacha, que parecía haberse encogido en su silla. Sintió el poder y decidió disfrutarlo. Depositó el texto encima de la mesa y escupió encima. Le dijo a la muchacha que lo que había escrito era mierda, y que esperaba que el segundo estuviera un pelín más logrado. Después de un tiempo prudencial, añadió que sabía qué sentimientos sentía ella por él y que no pensaba corresponderlos. No había nada en ella que pudiera atraerle, ni el físico ni la mente, y aún menos sus capacidades artísticas. Comentó también algo relativo al sexo en pareja, y llegó incluso a recomendarle que se masturbara, no fuera a ensuciar el cuerpo de nadie con el suyo propio. Luego le pidió que escribiera sobre el amor, y que, por favor (remarcó), que no escribiera sobre él.
La chica apenas podía sostener el bolígrafo, y los cuatro garabatos que realizó al principio no tuvieron ninguna coherencia. Al saber que únicamente le quedaban quince minutos, y que para cobrar tenía que escribir un texto de verdad, empezó a mover la mano con furia. Le cayó algo de saliva que se perdió entre las lágrimas, y se mezcló con la tinta azul encima de la hoja de papel. El trazo era grueso y violento. Su expresión era violenta y poderosa. La mesa tembló bajo la intensidad de su odio. Finalmente entregó entre sacudidas la hoja de papel a su jefe, que se apresuró a leerlo.
Una vez finalizada la lectura, abrió un cajón del escritorio y sacó un billete de quinientos euros. Sonrió con amabilidad al entregarle el dinero, le dio las gracias y se levantó para abrir la puerta. La chica salió del despacho más confusa que enfadada. No tenía la más remota idea de si lo que había hecho había valido la pena o no. Él tampoco lo sabía. No sabía si había valido la pena o no.
Más tarde llamó al chico que estaba enamorado de él, y le pidió que se sentara delante del escritorio y tomara un bolígrafo. Él, mientras tanto, empezó a desnudarse y, una vez tuvo su pene entre las manos, se puso de rodillas encima de la mesa y empezó a masturbarse. Le pidió al joven que escribiera sobre un panadero, y que cobraría quinientos euros si escribía este texto y otro, del que ya hablarían más tarde.
El chico empezó a escribir, incapaz de concentrarse. No conseguía retener su atención en la página en blanco, sino que aprovechaba la menor ocasión para contemplar los genitales que tenía a menos de diez centímetros. Por momentos pareció querer abandonar su tarea para abalanzarse sobre la masturbación, pero con bruscos movimientos de cabeza ahuyentaba esas ideas (quizás comprensibles) y seguía escribiendo otro poco.
Los treinta minutos llegaron a su fin, y el chico apenas había rellenado un cuarto de página. El jefe, para comunicarle que el tiempo se había acabado, intensificó el ritmo de sus movimientos y llegó al orgasmo, cuyo contenido vertió por el rostro y el pelo de su empleado. Luego se bajó de la mesa, se vistió, tomó la hoja de papel y leyó. Era una porquería. Como antes. No había servido de nada. Ni antes ni ahora. Deseó tener algo más de suerte en el segundo intento. No quería despedir a dos de sus mejores trabajadores sin sacar algo de provecho. Así es que le comentó que su texto era mierda, y que sabía cuáles eran sus sentimientos hacia él, y añadió también que no pensaba corresponderle, y no porque no le gustara su cuerpo, ni su mente, ni su capacidad artística, sino porque tenía otras cosas que hacer, quizás más interesantes. Luego le pidió, gentil, que escribiera sobre el amor. Y esperó.
El chico escribió un gran “Hijo de puta” en el papel en blanco y abandonó el despacho.
El jefe leyó, y se preguntó, mirando el despacho vacío, si había valido la pena.
SEGUNDA ACTUALIZACIÓN “EN CUARENTENA”
El gato es gato. Y todo va bien cuando el gato es gato, y sigue siendo gato.
Pero el gato puede dejar de ser gato. Después de un tiempo. Ahí es donde surgen los problemas. El gato es gato y, al mismo tiempo, no lo es, porque ha dejado de ser gato. El gato se enfrenta a sí mismo sin saber dónde está el error, el fallo. Se ve a sí mismo como gato, y se reconoce en ese gato, con la certeza de que no es ese gato. Hay algo horrible en ese gato que sin embargo no lo es. En él ha aparecido una brecha dolorosa, no sabe dónde ni por qué. Crece en él un dolor insoportable. Su andar se vuelve errático. Su pensamiento, también. Los pies, las manos y las miradas se alejan de él. Es un gato erróneo, equivocado. Está mal. “Estás mal”, le dicen. Y él apenas puede oírles, pero percibe el asco, y la repulsión ajena encuentra su reflejo en la propia repulsión del gato. Se pregunta qué ha ocurrido. Y por qué. Su vagar por las calles y los bulevares se convierte en una búsqueda. El gato se busca, y se busca sabiendo que ha de encontrarse en algo totalmente distinto a él. Todo pasará cuando se haya encontrado. Debe escapar de la condición de gato, que le sirvió durante un tiempo pero que, a la larga, ha resultado ser insuficiente. Ya no es gato, y sólo dejará de ser gato cuando deje de pensarse como gato. Cuando los demás dejen de hacerlo. Se pregunta qué peso tendrá el hecho de que sigan viendo en él un gato, cuando él ya no lo es. Muerde la realidad para liberarse de su peso, y araña formas y contornos para liberarse de las presiones que ejercen sobre él. Está atrapado. Le encierra una realidad que no es la suya, y la suya propia ha decidido deshacerse de él. El gato que no es gato no puede, ni debe, huir. El gato que no es gato lucha, y se enfrenta, y cree conseguir una respuesta, sólo que no sabe que no existe una respuesta. Sus ojos se acaban apagando, en la incertidumbre. Y deja de luchar, y busca consuelo. Crece la compasión, y los pies y las manos y las miradas vuelven a él, con una sonrisa. Deja que le acaricien, porque está herido, y ha comprendido que ya no es necesario sufrir más. Poco después el gato que no es gato muere, y con él sus inquietudes.
PRIMERA ACTUALIZACIÓN “EN CUARENTENA”
Una frase: “Nunca podré ser humilde porque me repugno.”
Un diálogo: “- Hace veinte años hubieras podido hacerme feliz. Lástima no haberte conocido entonces. Ahora, veinte años después, sólo puedes consolar mis restos./ - Pero si hace veinte años aún no habías nacido./ - Precisamente, precisamente. ¿Entiendes ahora la magnitud de mi desgracia?”
Un paisaje: “Hay algo en nuestra casa que atrae a los pájaros. No sé lo que es. Hace unos meses, en el estudio, oímos cómo un pájaro golpeaba con fuerza una de las ventanas, y al volvernos sólo había una pequeña pluma pegada al cristal. El suceso nos dejó algo inquietos. Esta tarde, al salir de casa, he pisado el ala de un pájaro muerto, que quizás se había acercado a la puerta en busca de calor. Tengo que pensar en ello, pero me siento algo inquieto.”
Un susurro: “Tristeza. Tristeza.”
Hola a todos los que puedan leer estas palabras (y un abrazo para los que puedan sentirse mínimamente interesado por lo que se diga aquí).
Este blog estará “en cuarentena” por un tiempo. Necesito distanciarme de él, alejarme, y quizás dedicarme así a algo más productivo. “En cuarentena” no significa inactivo, es decir, seguirá actualizándose de vez en cuando (como hasta ahora) y vosotros podréis escribir los comentarios que queráis (como hasta ahora), sólo que habrá como una pausa mental, o emocional, o como se la quiera llamar. Todo seguirá aquí, como hasta ahora. El que quizás no esté (o no del todo) sea yo.
Ya nos leeremos, pues.
Y, antes de irme, dos recomendaciones:
“Molloy” de Samuel Beckett
“Querelle” de Fassbinder.
Ahora ya puedo morir en paz.
Somos dos los que miramos.
Ella salió de la ducha y yo seguía aún con su corazón en las manos. Me sonrió mientras se secaba el pelo con una toalla. Contemplé fascinado cómo recorría con mucho cuidado los bordes de la enorme herida que tenía en el pecho, y que, por lo visto, ya empezaba a cerrarse. Dijo que no me preocupase, que eso solía curarse en unas horas… siempre y cuando no se infectara, claro. En ese caso habría que ir corriendo al hospital. Pero de momento no había nada que indicara que algo así fuera a suceder. Ella se había arrancado el corazón, y me lo había dado. Por lo visto ya lo había hecho otras veces. Le sonreí por encima del corazón, sin poder mover las manos ensangrentadas y sudurosas.
Se fue a trabajar, y yo me quedé en casa. Puse su corazón encima de un plato de porcelana y lo cubrí con un cuenco de plástico transparente. Me percaté de que había dejado mis huellas en él y corrí al salpicadero a limpiarme. En ningún momento me detuve a pensar en nada. Tampoco hubiera podido. Limpié la sangre que cubría mis dedos, pero por dentro me seguí sintiendo sucio e inquieto. Se había arrancado el corazón. Para mí.
Unas horas más tarde me llamó desde la oficina. Dijo que tendría que quedarse en ella un poco más de lo esperado y que llegaría tarde. Ante mis respuestas monosilábicas me pidió que cuidase un poco más de su corazón. “Estoy empezando a olvidarme de ti, cariño. Mímame un poco.” Cuando colgó, me dejé caer en una silla y cerré los ojos. Sus últimas palabras me habían dejado algo nervioso. Me la imaginé en su butaca de la oficina, con la blusa abierta y la enorme herida a la vista, y en el interior del agujero un pequeño bulto marrón que crecía y crecía y empezaba a tomar forma. De un salto me planté en la cocina y contemplé el corazón. Varias manchas negras, muy pequeñas, moteaban su superficie; levanté la cobertura de plástico y presioné una de ellas con un dedo. Era sólo suciedad, que se me quedó pegada en la piel nada más tocarla. Suspiré. El corazón pareció a latir encima del plato, y expulsó algo de sangre por una de sus cavidades. Ella no tardó en llamarme por teléfono. Dijo que me quería, y que sentía no poder estar junto a mí.
Esa noche hicimos el amor. Besé los bordes de la cavidad cada vez más pequeña que tenía en el pecho y ella se deshizo entre gemidos. Nunca la había deseado tanto. Del mismo modo, ella tampoco se me había entregado de esa forma antes. Había algo nuevo entre nosotros, y ambos éramos conscientes de ello. Las tinieblas nos permitieron gozarnos y descubrirnos. A la mañana siguiente, vimos que la mesa de la cocina y muchas de las baldosas del suelo estaban cubiertas de sangre. Nos reímos y nos abrazamos. Su herida se había cerrado por completo.
Unos días más tarde descubrí que aquellas manchas negras se habían multiplicado. Se lo comenté, pero ella no quiso decirme nada al respecto. Su expresión, de todos modos, la delató. Había en su rostro algo parecido al aburrimiento, al desinterés. Me acerqué para besarla, pero se apartó con brusquedad y se encerró en la habitación. Los minutos siguientes los pasamos discutiendo. Ella me recriminó no haber estado a la altura de su sacrificio. Yo le escupí que en ningún momento le había pedido que hiciera tal cosa. “Por mí, puedes quedártelo”, espeté. “No te preocupes, ya tengo otro”, dijo, y al ver que ella empezaba a hacer las maletas corrí a la cocina y contemplé el plato de porcelana. Sobre él había tan sólo un pequeño montón de carne de color marrón. Levanté el cuenco de plástico y un hedor terrible me rodeó. “Trátalo bien, cariño” musitó desde el lindar de la puerta. “Quién sabe, quizás vuelva a bombear dentro de un tiempo. Aunque lo dudo mucho.”
Muchos se preguntan en qué consiste la belleza, en qué consiste ser bello o bella, quién o qué puede ser bello y quién o qué no podrá serlo jamás. Sus dudas parecen sinceras; su preocupación, real. Y, sin embargo, son ellos mismos los que erigen ídolos de barro, los que elevan obra y pensamiento a la categoría de Obra Maestra, de Perfección Divina, los que abrazan la “novedad” que reformula el pasado y que, por lo tanto, les ayuda a solidificar sus propios gustos personales. Su búsqueda de la belleza no se dirige hacia el futuro, sino que se encierra y se ahoga en un presente individual y subjetivo que sólo admite aquello que se adapta a él y que repudia lo ajeno, lo extraño.
Soy de la opinión que la belleza real nunca puede ser amada. Por lo menos, no en un primer contacto. Aquello destinado a pulverizar nuestra perspectiva no puede gustarnos. Como mucho, sorprendernos o conmocionarnos. Pero no la podremos amar en un encuentro inicial, porque no teníamos necesidad de ella, porque nos enfrentamos a algo nuevo y diferente que se sitúa más allá de lo conocido y que nos envía mensajes en un código que creemos cifrado. El encuentro, pues, con la belleza original, nunca nos llevará al amor hacia ella. Sólo podrá nacer la pasión, la necesidad, en el reencuentro, cuando lo desconocido de pronto queda iluminado por un foco y puedes reconocer, maravillado, sus contornos y sus colores. Hay quien dice que, en el momento en que eso ocurre, la belleza corre el grave peligro de ser idolatrada, y que sin embargo es un riesgo que hay que obviar. Pero yo no estoy de acuerdo.
La belleza verdadera no puede ser amada, ni tampoco idolatrada. Porque la toma de consciencia de la belleza nos conduce a su escrutinio, a su contemplación, y es entonces cuando nos percatamos de que su perfección no oscurece la realidad ajena. Como mucho puede echar luz nueva sobre lo pasado, y enriquecer lo anterior con nuevas perspectivas y niveles de comprensión. Pero nunca podrá eclipsarlo. Porque la belleza real y verdadera, ya de por sí, es total y perfecta, está terminada y encerrada en sí misma. No le falta ni le sobra nada. Está muerta.
La belleza es deprimente: nunca podrá ir más allá de sus propios postulados, no tiene futuro. Sólo debería tener un único objetivo: ayudar a los seres imperfectos y humanos a elevarse, a desarrollarse, a expresar su condición intrínseca de individuo y personalidad única. Pero la belleza también es egoísta, y muchos han sido los que, al descubrir un agujero en la capa de la realidad, creyeron ver en él su propio ombligo y se quedaron para siempre encerrados en sí mismos. La belleza no se contagia y, sin embargo, su búsqueda incesante es una enfermedad rápida y mortal que se transmite con mucha facilidad, una enfermedad que conlleva una progresiva aniquilación de la mente y el espíritu. Porque la belleza quizás no exista, después de todo. Quizás no sea más que un acto de fe.
Una de las pesadillas favoritas de un amigo:
Recorre las calles de nuestra ciudad. No siente el frío, pero por lo visto las ventanas están cubiertas de escarcha y las farolas y los árboles se han derrumbado bajo el peso de la nieve. Aquí y allá, surgiendo del interior de los montones de blancura, se distinguen varios rayos de luz amarillenta y mortecina que iluminan los pies desde las profundidades, y también ramas de abedul podridas que, retorciéndose, ennegrecidas, se arrastran por el suelo en busca de un poco de calor. Del cielo nebuloso, por lo que dice, de vez en cuando cae algún copo de nieve y algún mueble desvencijado.
Ante él, de la nada surge una adolescente rechoncha, con el mismo color anaranjado en la piel y en el pelo, y que ofrece papelitos blancos a los transeúntes. Él rechaza con un gesto el obsequio que le tiende y sigue adelante. Unos metros más allá, junto a lo que parece un reloj decapitado, hay una pareja de ancianos que contemplan con fascinación los papelitos blancos que sostienen en las manos. No muy lejos, la misma adolescente rechoncha, de piel y pelo anaranjados, da uno de sus regalos a un niño pequeño, que después de dar las gracias echa a correr y se esfuma detrás de un montón de nieve. La muchacha muestra a mi amigo uno de sus rectángulos, y obtiene, como respuesta, una mueca de repulsión. La chica empieza a reír. Se acerca un poco más a él, y se detiene junto a una farola tumbada y cubierta de nieve de la que se escapa un haz de luz y que de pronto sube hacia su rostro. Mi amigo cree ver, bajo la capa de piel, una calavera de color negro. Sale corriendo. Un poco más allá, sin embargo, se la vuelve a encontrar.
Sale a una enorme plaza, vacía y blanca, rodeada de edificios igualmente resplandecientes, y de los que, poco a poco, empieza a salir gente. Todos llevan en sus manos papelitos blancos. Miran los papelitos de sus familiares, los de los vecinos, los comparan, los comentan, se preguntan cuál de ellos será el mejor y se los intercambian sin temor a perderlos. Un hombre de largo abrigo y sombrero de copa negro se detiene ante la joven rechoncha y le pide que le dé varios centenares de esos cromos. Algo se cuece en el ambiente. No hay una sola persona que no tenga sus manos llenas de los dichosos papelitos. Las risas de la población se vuelven cada vez más fuertes. Hay algo de deforme en la imagen, algo de repulsivo; algo que, sin embargo, atrae a mi amigo. Es entonces cuando él se da la vuelta y descubre que está en medio de la plaza enorme, y en ese momento se pone a nevar y la gente se vuelve más ruidosa. Los papeles pasan de mano en mano y de boca en boca, las risas y las exclamaciones se extienden y se multiplican. Los rostros poco a poco se funden en un solo rostro, los dedos se diluyen en las manos ajenas y los labios se funden con mejillas y frentes. Miles de cuerpos acaban formado un solo cuerpo negro que rodea y encierra a mi amigo entre gritos de júbilo y susurros de placer.
Mi amigo nunca me cuenta el final. Tampoco creo que sea necesario. Lo que sí me gustaría es contar con algo más de sinceridad por su parte. Cuando se calla, una vez finalizado el relato, adopta tal expresión pletórica y satisfecha que no puedo sino desconfiar de él. Pero nunca me acuerdo de comentárselo. Y quizás tampoco sea tan importante, después de todo. Mientras habla suelo olvidarme de que no puedo creerle. Hay algo en sus palabras, en su manera de hablar, que me fascina. Aunque en realidad no me esté contando nada.

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