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Hay algo que quiero contar pero no me atrevo. Un hombre se ha abierto la barriga y tiene su estómago en las manos. No puedo mirarle, es él quien mira. No sonríe, pero su mirada impresiona, sin adornos. Sus ojos brillan y mi trabajo es más fácil. Quiero concentrarme en lo que hago. El olor es terrible. Le oigo gruñir, y tiembla, y cuando miro veo la sangre y el mundo se me viene abajo. ¿Escribo? No sé. ¿Debo? Detengo las manos y le miro. Separa los labios y veo que aprieta los dientes. Sus encías sangran. Podría dejar a un lado lo que hago y ayudarle, pero le doy la espalda y sigo tecleando. Su luz es fuerte, y todo es difícil. Siento ganas de abrirme el estómago, como él. Me vuelvo y le miro, y él esconde sus manos, dentro, y el sudor brilla y me incita a seguirle. No le veo las manos, están en él, demasiado, y su mirada es éxtasis y horror. Me caen palabras de la boca; hundidas en el charco. Él gruñe, y tiembla. Está sentado, y me arrodillo en el suelo. Sus dedos se mueven, rastrean en busca de. Digo: “No sé cómo”, y él gruñe. Escupe. “No sé”, y él abre la boca, y todo su cuerpo tiembla y suda en silencio. Un silencio gotea. Un chasquido. “¿Te ayudo?” digo. Él se contrae, vomita. “Voy” digo. Me acerco a él y le cojo de los brazos. “Suelta, suelta”, pero no. Tiro con fuerza. Se repliega en sí mismo y me atrapa. Sin querer meto las manos dentro de él. Tiro con fuerza, pero su voluntad es fuerte. Su deseo es fuerte, y no puedo. Sus temblores son fuertes. Se convulsiona. Mueve la cabeza y sus dientes chasquean. Tiro de él, con fuerza, pero me resbalan las manos. Su herida me encierra. Meto las manos dentro y empiezo a apretar, él grita y me encierra aún más. Sus gritos me aterran. Quiero huir. “Déjame” digo, y él grita, y tiemblo. Tiro con fuerza y saco una mano. Él saca una mano y me pone una mano en el estómago. “No, no”. Alarga un dedo y me perfora la piel. Se mete y hurga, hurga. No respiro. Tiemblo. Saco la otra mano y él también, y me la mete en la barriga. Dejo que me perfore, de rodillas, y él se incorpora y mete los brazos hasta el codo. Mi sangre bulle y su mirada es. Le doy una bofetada. Le doy una bofetada. Le doy un bofetad. Le doy un bofetad. El doy un bofetad, el doy n bofetad. Le doynbofetad. eldon nboffetad. ldonun bfftad eldobffe boffetad. Le doyun bofetad. Ldoyunbofftad. Le doy un bofftad, l dong n bufftad, ldoy en bfftad ldonunbffftad ledoyunbff doynbuffdongunbuffdongunbffff…
Él muere, y dudo de si yo. Me aparto y agarro la silla. La beso. No quiero mirar mi estómago. Me levanto, lo intento, cuesta. No sé. La silla se mueve y por poco. Resbalo pero me agarro con fuerza. A mis pies él muerto, y su estómago. Me agarro y me siento. No miro mi estómago. Y lo siento. Pongo los dedos sobre las teclas. Hay carne. Una tecla, otra tecla, presiono, pero no puedo en mi estado. Me miro la barriga y duele, lo pienso, sé que lo pienso. Duele, y me cubro la herida con las manos, como si pudiera venir de fuera y no estuviera dentro. Grito, le doy una patada al muerto y le piso la mandíbula. Se rompe. Le doy una patada. Y me levanto y le pego patadas, al muerto, y cuando quiero teclear mis manos no responden y vuelvo a él y le pego, otra vez, porque no me dejó escribir y no me deja tampoco ahora. No sé quién es, y quiero escribir, pero no sé, no me atrevo, y le piso el estómago y está cerca de mí. Está muerto y dudo de si yo. Quiero escribir. Se pudre, y no puedo soportarlo. Pienso: “Algo, el otro, en el otro, en mí, sin él, me voy.” Pienso: “Algo, el otro, en el otro, en mí, sin él, me voy.” Pienso: “Algo, el otro, en el otro, en mí, sin él, me voy.” Pienso: “Algo, el otro, en el otro, en mí, sin él, me voy.” Pienso: “Algo, el otro, en el otro, en mí, sin él, me voy.” Algo, otro, el otro, en mí, sin él, me voy. Algo, otto, l otro, en mí, sinél, me voy. Algo, el otro, n elotro, en mísi nel me voy. Algo, lotro nloto nmí sinél emvoi.Algolo ntroloton míssinél mvoiAl.golotronmí sin élmevo.yalgolotromísin lmevo yalgo lotronlotro nmísi nelmvenvolgo lotronlotrenmíssinélmvoy…
Pienso: “Algo, el otro, en el otro, en mí, sin él, me voy.” Y me voy. Me voy. Me voy. Me voy. Me voy. M evoy. Mvoy. Mvoy. Mvoy.Mvoi.MvoiMvoiMvoMvoMvoMboMvoMvomvomvómvómvómvó…
Me acerqué con cautela al castillo, cuyos muros y ventanas, sólidos y resistentes en apariencia, estaban hechos de papel. Detuve mis pasos a unos pocos centímetros, cuando oí que del interior de esa maqueta, si podía llamarse así, emergía una voz grave, aunque serena, que parecía dirigirse a nadie en concreto. No tuve otra alternativa que arrodillarme y acercar la cabeza a la puerta principal del edificio, que estaba abierta. Presté atención.
“… todos deseaban vivir en el castillo. Los brazos se alzaban en el aire para enfatizar las súplicas, y estas, volátiles, se abrían paso desde bocas desdentadas para subir, impulsadas por su fetidez, hacia el cielo. Todos querían, ansiaban vivir en el castillo. Y llegó el día en que, por intervención divina, o monárquica, lo cual, en ese contexto, era lo mismo, llegó el día en que el sueño de centenares de personas se cumplió. Las familias se reunieron alrededor de los muros, la hija agarrada a la mano del padre, el hijo apretado contra el vientre de su madre, los rostros desencajados por el hambre y el cansancio. La mirada con la que contemplaban su nuevo hogar estaba preñada de alegría: una vida en el castillo equivaldría a una existencia rica y placentera, o eso creían. Todos deseaban vivir en el castillo. Lo deseaban con un ardor sincero, absoluto y definitivo que, por desgracia, venía de muy lejos. Quizás por eso nadie retrocedió cuando el castillo, a su vez, empezó a desearles a ellos.
La vida en el castillo fue maravillosa, sobre todo al principio. El hambre y la sed eran los mismos, el frío era igual de cortante que en el exterior y la oscuridad era tan o incluso más profunda que en los días pasados. Sin embargo, había algo de placentero en esos muros antiguos y en esas habitaciones polvorientas. Hombres y mujeres sintieron el poder hipnótico y casi rítmico que insuflaba vida a esos pasillos muertos, y al tiempo que se abandonaban a su vaivén anímico, sus rostros adquirieron un aire entre adormecido y extasiado que borró de sus facciones todo rastro de cansancio o preocupación. Granjeros, sirvientes y soldados se saludaban con cortesía; los gritos se acallaron, y no se oyó nada que no fueran murmullos y risas amortiguadas; desapareció también la necesidad de llorar, y, horror de horrores, se llevó consigo toda capacidad de raciocinio. De la nada surgió el rumor de que un nuevo rey se había instalado en alguna parte del edificio; cuando un nuevo aliento empezó a dirigir la vida del castillo, la sospecha se vio confirmada, y bajo la mirada atolondrada y complaciente de sus habitantes se llenó el día de órdenes dictadas por una voz amable. Toda mano y todo pie obedecieron el mandato de un monarca que, según se contaba en los patios y en los almacenes, nadie había podido ver aún, pero cuya influencia benéfica había sido decisiva para el buen funcionamiento de la sociedad. A raíz de los últimos acontecimientos, y de ahora en adelante, todos y cada uno de los vasallos del rey no se acostarían por la noche sin asegurarse de que su señor lo tenía todo, absolutamente todo. Se aceptó por unanimidad el gobierno del monarca invisible, y las sonrisas, si cabe, se hicieron aún más amplias. Nadie se preocupó de buscar al nuevo “propietario del castillo”. De haberlo hecho, tampoco le hubiera encontrado. No a un ser humano, al menos.
Durante los primeros meses, tachados de brillantes por los que tuvieron la dicha de vivirlos, empezaron a sucederse escenas de una crueldad sin precedentes. Los pasillos, al anochecer, se llenaban de gritos y lamentos, pero por la mañana todo había caído en el olvido. Hubo gente que desapareció sin rastro, y por lo visto no se les echó de menos. Varios montones de paja y algunas de las pocas sábanas que podían encontrarse en el castillo se mancharon de sangre, pero se dio por supuesto que así debía ser; se dice que, si uno acercaba el oído a las manchas, podía oír el eco de una carcajada horrible, monstruosa, que seguía sonando como si estuviera atrapado en el tejido. A pesar del hambre, la gente se hinchó y empezó a sudar. El polvo se asentó en los párpados y los labios, y, de haberlo deseado, no hubieran podido ni chillar ni llorar. Pero tampoco se le dio importancia. En el castillo se vivía bien, o, en todo caso, mucho mejor que en el campo o en el bosque. Allí la gente no tenía necesidad de gritar, y sólo había que pensar en lo bien que se estaba en el castillo. Oh, dulce satisfacción, que adormeces la mente y el corazón de los hombres…”
La voz se interrumpió. Parpadeé, como si recuperara la conciencia después de un largo rato. Miré a mi alrededor, y lo primero que noté fue el cambio en la luz. Volvía a ser azul. Ante mí no había ningún castillo, únicamente un hombre, uno de los fumadores, supongo, que, de puntillas, con los ojos cerrados y un cigarro colgando del labio inferior, daba las últimas vueltas a una nueva bombilla. La visión desapareció, y me encontré de nuevo ante el castillo. Acerqué por segunda vez la cabeza a la puerta de entrada, pero sólo tuve tiempo de escuchar unas pocas palabras antes de verme arrastrado de nuevo a la habitación azul. Unas palabras que, con el tiempo, adquirirían un innegable tono profético: “… y aquellos hombres y mujeres, sin alma, sin conciencia, y que con el tiempo se olvidaron de abrir los ojos cada mañana, jamás se dieron cuenta del horror que trajo consigo aquella vida tranquila y apacible por la que tanto habían llorado en el pasado. Y lo pagaron con el más preciado de los bienes: la libertad.”
Mi entrada, que hubiera deseado triunfal, pasó desapercibida. De las tres sombras que yacían, quietas, a la luz de una bombilla azul, ninguna se volvió a mirarme. A mi derecha, en un sofá que estaba pegado a una pared, dos muchachas hablaban sin cesar; una de ellas, desnuda, hacía aspavientos con una mano para ayudarse en sus argumentaciones, y con la otra se acariciaba el vello púbico. Su compañera, que apenas se movió mientras duró mi escrutinio, se limitaba a sonreír con cortesía y, si no asentía con la cabeza, dirigía miradas angustiadas a los genitales que, de haberlo deseado, hubiera podido acariciar con tan solo alargar un dedo. Otra pareja, esta vez de hombres, fumaba y susurraba junto a una lámpara de pie que, por alguna razón, nadie había encendido; desde mi perspectiva, el soporte de la lámpara se erguía como una barrera entre los dos cuerpos, y por algún extraño efecto convertía un rostro en el reflejo del otro, y viceversa. En mi confusión, llegué a creer que se trataba de la misma persona, dividida, o, mejor dicho, multiplicada por dos, pero más tarde comprendí que el parecido, lejos de ser físico o corporal, se debía a una semejanza notable tanto en la suavidad de los gestos como en el porte, digno y, sin embargo, indeciso. Su intercambio de murmullos, que se había producido sin pausa alguna desde mi llegada, sólo se interrumpió en una ocasión, cuando oyeron a una de las chicas, la que en algún momento de la velada se había quitado la ropa y que había estado hablando bajo la atenta y perenne sonrisa de su amiga, cuando esa chica, digo, arrodillada encima del sofá, apuntó a su vagina con un dedo y gritó, furiosa, que había nacido sin ella, y que su familia no había dejado de presionarla hasta que se la añadió a su cuerpo. Los dos hombres, nada más oírla, se echaron a reír. De sus bocas manaron varias volutas de humo blanco que se acercaron, casi con descaro, a la enorme bombilla azul que colgaba del techo, y, al golpearla, hicieron que se balanceara con violencia. Ridiculizada, cubierta alternativamente de luz y de sombra, la joven desnuda volvió a su posición inicial encima del sofá, y su compañera, después de contemplar, horrorizada, aquella vagina que no era más que un implante, sonrió, y asintió con la cabeza, solícita.
Sin motivo aparente, el silencio de la estancia, antes realzado por palabras y murmuraciones, se llenó de una música suave y melancólica que salía de Dios sabe dónde. Las tres sombras que habían permanecido quietas bajo la luz azulada empezaron a moverse con extrema lentitud. Cada una de esas unidades, por lo visto, estaba formada por dos personas, y los seis bailarines, agarrados con fuerza a la otra mitad de su pareja, empezaron a moverse en círculos, siempre en círculos, sin osar ir más allá de la circunferencia invisible que guiaba sus pasos. Alentado por los gemidos de placer que me llegaban de la pista de baile, decidí acercarme y unirme, aunque en solitario, a ese ritual ajeno e hipnótico. Estaba cerca de rozar la luz azulada con la punta del pie cuando, simultáneamente, sentí que alguien me agarraba del codo y que otra entidad, menos corpórea, intentaba arrancarme de mi propio cuerpo. Di un salto hacia atrás, para liberarme, a la vez, de aquellas dos fuerzas que había parecido que se me disputaban. Luego me volví hacia la persona que, creí, había intentado alejarme del baile hipnótico y me encontré, cara a cara, con la muchacha que me había invitado a esa fiesta. El alivio que sentí fue instantáneo, y quizás por ello me resultó más sencillo que de costumbre acercarme a mi amiga y darle un beso en cada mejilla. Ella, o no se dio cuenta de lo inusual del acercamiento, o decidió ignorarlo, porque respondió a él con naturalidad. Le agradecí el gesto con una sonrisa, pero se limitó a hacerme las preguntas de cortesía, y eso me decepcionó. Decidí seguir sonriendo, pero por dentro me quemaba la certeza de que estaba haciendo el ridículo, y me vi a mí mismo delante del espejo de mi cuarto de baño repitiendo “No eres normal, no sabes comunicarte”. Me cubrí la boca con el dorso de una mano y me pellizqué la nariz con dos dedos. En cualquier caso, aquella conversación breve e intrascendente no tardó en desembocar en el silencio incómodo de rigor. Me sentí culpable, así que, decidido a dar por terminada la charla, aproveché para preguntarle, entre risas, dónde habían escondido las bebidas, puesto que necesitaba “con urgencia” beber algo. Su respuesta me dejó perplejo: “Aquí no necesitarás de eso, ya te lo dije”. “¿Me lo habías dicho?”, contesté, y ella, a su vez, añadió: “O, si no, te lo digo ahora: aquí no necesitarás beber”. Se despidió al cabo de poco con un abrazo. Tartamudeé un adiós preñado de extrañeza. Cuando me dirigió una última sonrisa, puede que conciliadora, sentí un escalofrío. Me percaté de que mi amiga tenía los ojos cerrados. Y no los abrió en ningún momento, ni cuando me dio un golpecito (errático) en el hombro ni cuando se dio la vuelta para unirse a las dos chicas del sofá. Me di cuenta, además, de que arrastraba los pies, y que tendía las manos hacia adelante para evitar un posible tropiezo. Las dos jóvenes no se volvieron hacia ella hasta que no las saludó: una de ellas también tenía los ojos cerrados. Incluso los dos fumadores no podían, o no querían, abrir los suyos. Sentí ganas de gritar, pero me detuvo el súbito pensamiento de que quizás yo mismo tenía, también, los párpados cerrados. Levanté las manos, angustiado, y empecé a arañarme el rostro en su busca. La ilusión, entonces, se hizo añicos.
La bombilla azul estalló en mil pedazos. Las tres parejas que danzaban en círculos se abrazaron con fuerza y empezaron a gritar, cubiertas de sangre y cristales. De reojo vi que uno de los fumadores empezaba a correr, tan rápido como se lo permitía la ceguera, en su dirección, con los brazos tendidos hacia adelante. Vi también que mi conocida se levantaba del sofá y empezaba a chillar, enfurecida. Pero todo aquello apenas duró un instante, mientras los últimos restos de luz azulada se disipaban en el humo. Tan pronto como se hizo la oscuridad, la habitación pasó a llenarse de un suave tono naranja que reveló una verdad muy distinta de aquella que recién había abandonado. No había ni sofá, ni luz, ni gente. Únicamente un pequeño castillo de juguete colocado en medio del espacio vacío, en el mismo lugar en el que, segundos antes, tres parejas de ciegos se encogían bajo una explosión.
Esta vez, por suerte, de la mano de un sabio.
Maestro Broch, cuando quiera.
“El racionalismo va de la mano del disfrute de la vida, [...] quien piensa racionalmente descubre asimismo que los placeres de la vida deben ser gozados. Por otra parte, el racionalismo exige una visión del mundo sobria y clara, realista y desnuda, por lo que el racionalista no tarda en descubrir que la crueldad y la abominación impiden el pleno disfrute de la vida: o bien hay que erigir en bello lo abominable (los circos de gladiadores romanos) o bien se han de cerrar los ojos a la abominación y la crueldad. [En ambos casos se trata de] un escamoteo mediante la <<decoración>>.”
“En la novela rusa del XIX (Dostoievski, Tolstoi), incluso en Chejov, se pone de manifiesto la <<insuficiencia del medio y la inaccesibilidad del objetivo>>, posición en la que, aun siendo obra de arte, la novela jamás llega a conquistar el rango de plenitud artística, el rango de <<poesía completa>>, creadora de estilo, que sí poseen la lírica, el drama y, no menos, la gran epopeya: la novela no es creadora sino usuaria de estilo, no sujeto sino objeto de estilo; de ahí que el simbolismo creado por ella no pase de ser mera incidencia. [...] la novela no se halla, como la poesía propiamente dicha, bajo el patronazgo del arte, sino de lo <<literario>>.”
“La realidad es siempre interminable, la obra de arte, por el contrario, está siempre limitada y, en consecuencia, para su creación necesita [...] de un proceso selectivo que produzca y mantenga el orden; (Sobre Hofmannstahl) este proceso selectivo es, en definitiva, moral, dada la <<formación>> dirigida hacia la esencialidad; por consiguiente, el rigor artístico debe centrar su atención en el acto de la elección, puede hacerlo incluso visible para que, de ese modo, se haga visible también el símbolo esencial.
[...] Cuanto mayor sea el rigor con que se aplice el principio selectivo, tanto más grande y más grandioso será el estilo, tanta más fuerza simbólica tendrá la esfera creada por él, tanto más esenciales serán los símbolos; en una palabra, tanto más aptos serán los hombres para superarse a sí mismo.”
“Cuando desaparece la poesía, lo humano degenera, degenera lo moral, degenera el símbolo, degenera el idioma, degenera la realidad.”
La mirada de mis padres me abrió una fisura en el alma. Pero no debió de parecerles suficiente; más tarde, imbuidos por algún tipo de compasión o de sentimiento de culpa, decidieron instalarse en la falla invisible que ellos mismos habían creado para evitar que, por descuido u olvido, hiciera algo o cometiera alguna estupidez que revelara al mundo lo monstruoso de mi sensibilidad histérica. Día tras día, sin descanso, me hablaban desde las profundidades de mi espíritu deformado y me protegían de mi despiste y mi ensoñación habituales. Su sabiduría sin parangón y su amor infinito me protegieron de mí mismo, y yo debía estarles agradecido. Con el tiempo perdí mi humanidad y mi cuerpo. Y se lo debo a ellos.
Aprendí a esconderme, a ocultar mi falta para con el mundo. Logré convencer a más de una persona de lo natural y espontáneo de mis acciones, cuando cada movimiento y cada palabra eran escogidos y elaborados con una meticulosidad enfermiza. Y con el tiempo llegué a construirme un disfraz que me permitió burlar al mundo y a mi marcada tendencia al descontrol emocional. A base de repetírmelo me convencí de que “aquello” que veía ante el espejo era mi verdadero yo, y que sólo si me reprimía podría escapar a mi naturaleza a priori destructiva. Pero una creación de este tipo, nacida a partir de la falsedad, está, ya desde el principio, destinada a fracasar. Mi personalidad “exterior”, a la larga, no me proporcionó la menor satisfacción, sino que, como un pasillo estrecho y desnudo, transmitió, con una claridad angustiosa, los gritos que mis padres lanzaban desde aquel paisaje tenebroso y sombrío en el que se habían recluido. El edificio hipócrita empezó a tambalearse, y fui yo el que empezó a poner en tela de duda el dogma que desde pequeño había aceptado como la única verdad posible. Sólo que me aterrorizaba todo lo que pudiera encontrar más allá de la mentira, y dudé más de mi decisión de abandonar el consuelo y la protección de un orden que, por muy pernicioso que fuera, había llegado a convertirse en una parte fundamental de mi manera de comprender el mundo.
Cuando me planté en medio de la habitación anaranjada sentí de nuevo el vértigo que me había atacado en el pasillo. Cerré los ojos, y me perdí en una oscuridad serena y carnal que se extendía mucho más allá de las paredes, ahora traslúcidas, de aquella casa. Había algo de tentador, de perverso, en aquella quietud, y por segunda vez decidí alejarme de aquel estado mental que parecía prescindir de todo tipo de moral. Esta vez, sin embargo, al sentir que intentaba escapar de ella, la negrura empezó a susurrar y a llamarme con promesas cargadas de sexualidad. El espacio se llenó de sombras más oscuras que la noche de la que procedían. Se me llenó la boca de deseos y peticiones inconfesados. Incluso llegué a notar que una mano empezaba a desabotonarme la camisa. Fue entonces cuando percibí la sonrisa blanca, y la mirada deshumanizada de su portador. La reconocí. Empecé a nadar hacia la superficie, presa del terror. A mis espaldas oí algo parecido a una carcajada. De poder, hubiera gritado. Pero las tinieblas no me lo permitían.
Desperté tumbado en el suelo. Todo horror o toda inquietud que hubiera podido embargarme en el vértigo habían desaparecido con él. Me reencontré con la luz anaranjada, que lo impregnaba todo como un moco, y con las formas que el humo del tabaco creaba cerca del techo. Me incorporé para echar un vistazo a la habitación, y lo único que encontré fueron varios maniquíes, todos ellos calvos y desnudos, dispuestos a lo largo y ancho del espacio visible en las posturas más inverosímiles. Encima de un sofá, con las piernas abiertas y mostrando un coño pintado a mano con un rotulador, uno de los maniquíes sostenía bajo el brazo un radiocassette, del que salían, ocasionalmente, las risas enlatadas que había oído antes. A su izquierda, junto a la lámpara de pie que, por lo visto, era la única fuente de luz que había, un par de maniquíes masculinos parecían haberse detenido a media conversación y, un poco más allá, un tercero se introducía en el recto lo que me pareció que era un bolígrafo enorme. En ese momento se levantó un rumor sordo en algún lugar detrás de mí. Al ponerme de pie y volverme me encontré con que, de debajo de una mesa redonda cubierta con un mantel azul que llegaba al suelo, emergían en todas direcciones grandes volutas de humo blanco que se dispersaban en el aire con perezosa dignidad. Al cabo de pocos segundos, simultáneamente, la maquinaria escondida dejó de expulsar humo y se oyó una ruidosa carcajada, procedente sin ningún tipo de duda del radiocassette sostenido por el maniquí de piernas abiertas.
Mientras regresaba al pasillo, sonriendo para mis adentros, me pregunté si la casa entera estaría tan vacía como la habitación que dejaba a mis espaldas, y antes de que pudiera decantarme, en mi fuero interno, por cualquier hipótesis que aún no había formulado, descubrí que una nueva puerta se había abierto en el corredor. La luz anaranjada se fue debilitando a medida que me acerqué a ella, y al cruzarla, oí, a lo lejos, una nueva risotada, aunque amortiguada por la distancia.
Algo ocurrió poco antes de llegar a la fiesta. Cuando ya tenía preparadas la mirada acolchada y la gesticulación esponjosa, cuando, por fin, había logrado dominar su inquietud (que, en cierto momento, había cambiado su origen para no verse debilitada por la monotonía y la costumbre), sintió que algo se asentaba en su estómago y empezaba a morder con fruición todos los nervios de su cuerpo. Desaparecieron para él, al menos de momento, el humo, la luz anaranjada y las risas y el estrépito de pies, y el alivio del que su ánimo debería haber gozado ante tal circunstancia, se vio eclipsado con contundencia por un dolor hondo e implacable que le obligó a buscar asidero en una pared. Cerró los ojos. La oscuridad que encontró bajo los párpados nada tenía de humano, y quizás por ello pudo abrazarla con la total seguridad de que no hallaría mentira alguna bajo sus encantos. Se sintió tan sumamente agradecido por ese descanso, por esa total interrupción de los sentidos, que deseó poder visitar esa inconsciencia reparadora cada noche, como quien abre, antes de acostarse y recostado en la cama, el volumen de una obra eterna e inabarcable que te permite alejarte de la tiranía del tiempo y del cuerpo. Pero había algo de innatural, quizás de pernicioso, en todo aquello, y el disfrute se tiñó de una cierta preocupación en ese vacío puro y abismal que se expandía sin descanso a su alrededor. Acabó por decidir que prefería el padecimiento conocido a ese silencio inhumano y alienante, y nadó, aunque con desgana, hacia la superficie de su consciencia. Mientras la negrura era agujereada por un dolor que, aun siendo menor que antes, seguía jugueteando, incansable, con sus entrañas, él se apresuró a lamer el desapego que había sentido para con su propio organismo como si, de este modo, al conservar su sabor, pudiera regresar a él con un simple vistazo a su recuerdo.
Al despertar, se descubrió de pie y junto a la misma pared en la que se había apoyado, o al menos así parecía indicarlo todo. Vertió su mirada por todo el pasillo: el vómito anaranjado que goteaba desde el techo y que cubría las paredes; el humo que manaba a borbotones de la habitación contigua; y la sombra de las risas apagadas, y la sombra del baile, y la sombra de la música, que mordían el oído y el sexo con su brutalidad. Se lamentó de haber respondido a la invitación. Aquél no era un sitio adecuado para él. Le atemorizaban el rostro y la mirada ajenos, el contacto atrofiado y desconocido con el otro, los labios deformados y las sonrisas disimulo, comentarios baja voz, descontrol, incorregible, ojo y grita a mí desde la red, sonrisdiente blancos puño y diente rojo risa inrisa labiovoz. Cerró los ojos. Encontró la oscuridad bastarda, bajo los brillan sombras, se tiñe el mundo del color castrado y pierdén manos y dedos en debíl acariciar densueño.
¿Qué? ¿Qué? Se pedía sin descanso. No encontró motivo alguno que justificara su estado actual, aterrado, paranoico. ¿Qué? ¿Qué? Pero en ese pasillo la interrogación parecía no tener cabida. Dio un par de pasos hacia el color y la música, perdido en el encuentro entre su voz y el eco que creaba. Vislumbró un rostro en las delicias del naranja y alargó las manos hacia él. Si hubiera tenido algo de sangre fría, aquella que intentaron inculcarle de pequeño, habría sido capaz de distanciarse del delirio que le había acometido y de buscar así algún tipo de ayuda. Pero de nada parecían haber servido gritos y golpes, castigo y perdón. Sus padres, agotados, le habían dicho en cierta ocasión que su ánimo estaba condenado a quedarse para siempre encerrado en sí mismo, y que toda puerta que pudiera cruzar y que todo umbral que pudiera superar no le llevarían a ningún otro cuerpo que no fuera el suyo propio: no existían para él salida ni entrada algunas. Lo más a lo que podía aspirar era a oírse y a verse a sí mismo por los siglos de los siglos, hasta que fuera capaz de encontrarse y de reconocerse, sin necesidad de ningún espejo. Debía aprender a ignorar sus propios gritos, debía aprender a olvidarse del sentir volátil y mareante si quería protegerse de sí mismo. Le dijeron, porque le amaban, que debía matarse si quería ser ellos, que el único modo de hundirse en la cordura era a través del frío y de la distancia. Él creyó entenderlo, pero no llegó matarse: únicamente deformó su alma con la hoja invisible de la repugnancia ajena.
Tenía ante mí la puerta.
La puerta de entrada, dirán algunos; yo también solía verla así. No podía concebir ninguna idea que no fuera la de entrar, la de cruzar el agujero tapiado que tenía delante para meterme en el interior de la casa, y quizás así abandonar un mundo mi mundo para conocer un mundo diferente.
Después de buscar el timbre de la puerta con los dedos, y de no encontrarlo, alcé el puño para golpear la superficie de madera, y en ese momento se abrió ante mí la noción de salida. Una pareja, apenas visible en la penumbra a la que recién habían emergido, abandonaron la fiesta cojeando y entre risas. Se agarraban la una al otro con una fuerza que rallaba la violencia, codo con codo, hombro con hombro, y avanzaron hacia mí a través del umbral. Durante un breve instante, antes de que se hiciera el silencio en ese pequeño purgatorio, antes de que abandonasen todo contacto acústico y visual con el trueno y el relámpago que dejaban a sus espaldas, un rayo de luz incidió por casualidad en los rostros de la curiosa pareja, y me embargó tal sensación de horror ante lo extremo y lo macabro de sus facciones que no pude evitar gemir y apartarme con brusquedad cuando pasaron junto a mí. Aterrado, vi a los dos amantes internarse en la oscuridad del camino, ella renqueando, él torcido y apoyado en su acompañante. Cuando desaparecieron y no quedó tras de sí nada más que un leve hedor a alcohol, me sentí con la necesidad de analizar ese momento, de despojarlo de todo el vorágine irracional que había suscitado en mí para poder separarlo de mis impresiones y reducirlo así a una mera anécdota. Sin embargo, con el cuerpo aún sometido a los impulsos del pánico, e incapaz de tomar una bocanada de aire, me vi obligado a apoyarme en la puerta y a cerrar los ojos, en busca de un sosiego que no supe encontrar. La mente se me llenó de repeticiones, de imágenes duplicadas y triplicadas, de escenas que recuperaba del olvido a pesar de no haberse producido nunca y que, como árboles de tronco enmohecido, clavaban con furia sus raíces en esa tierra de nadie en la que gritan nuestros miedos más profundos. Evocaba una y otra vez la expresión triste y descarnada de la muchacha, realzada por los dos agujeros donde deberían estar los ojos y por una boca negra que parecía haber sido tallada en la piel en forma de semicírculo; y recordaba también lo antagónico del rostro de su novio, que parecía haberse descompuesto en medio de una carcajada, con los labios abiertos en una sonrisa enorme e histérica y la mirada atrapada en un espejismo de alegría. Me sentí devorado por una inquietud física, corporal, que volvía erráticos mis pensamientos y mis reflexiones; un nerviosismo demoledor cuyo origen más que determinado contrastaba con el continuo reverberar de su eco, que parecía no tener fin.
Afortunadamente, envueltos en una nube de perfume y tabaco, llegaron hasta mi posición el sonido de la música y el golpeteo de varios pies danzando, y decidí impedir que mis miedos y mis neuras me acompañasen al interior de la fiesta. Mientras cerraba la puerta, con la mente puesta en los placeres que me esperaban más allá del pasillo, en ese lugar en el que el aire se teñía de un suave color anaranjado, vi algo en el exterior, en el jardín, entre las palmeras, que me llamó la atención pero que en un primer momento no llegué a distinguir. Mis ojos sólo se encontraron con esa sombra durante pocos instantes y no tuvieron tiempo de fijarse con algo más de atención, pero más adelante comprendí lo que había visto y su significado. Fue después, más tarde, cuando la fiesta había superado hacía rato su apogeo, que vislumbré de nuevo aquella sombra, que, acompañada de una sonrisa blanca y perfecta, oculta en la tiniebla, me contemplaba desde el suelo como si se estuviera burlando de mí.
Después de ver “Offret”, de Tarkovski, en la que los personajes parecen atrapados en una vida que es sueño y un sueño que quizás sea más que vida; después de ver “Sacrificio”, en la que la luz, la oscuridad y el color, los tres pilares sobre los que debería elevarse toda película, permiten descubrir qué es lo que se esconde bajo los cuatro estímulos erróneos que percibimos con los sentidos; después de conocer una de las historias más conmovedoras, terribles, mágicas y alucinantes de todos los tiempos, me pregunto qué se perdió de Borges a George R. R. Martin o Sapkpowski, qué pasó en el breve lapso de tiempo que existe entre la obra de Calvino y la de J. K. Rowling que despojó al género fantástico, no ya de profundidad y rigor, algo que en el fondo se puede achacar únicamente al interés de los autores, sino de esa capacidad revolucionaria para mostrarnos lo oculto, lo que existe en nosotros y más allá de nosotros y que sólo podemos captar cuando abrazamos el sueño y la sinrazón.
Pocos directores de cine han dominado, con la profundidad y el conocimiento que mostró Tarkovski, los mecanismos y la importancia del sueño como recurso narrativo y visual para explorar una realidad que nos rodea y que sin embargo no nos pertenece. ”Siempre he buscado la simplificación: cuanto más sencillo, mejor resulta, habitualmente”, dijo Tarkovski, y eso quizás nos dé pistas acerca de cómo logró convertir lo familiar en peligroso, de cómo logró despojar la realidad de sus distintas capas para mostrarnos lo más pequeño, lo básico, quizás lo único que importa. El director ruso consigue, con escasa iluminación, pocos actores y movimientos de cámara eternos e interminables, hacer del sueño y de la magia algo creíble, algo real, algo que alimenta y que se alimenta, a su vez, de la fe. Quizás sea la fe uno de los pilares sobre los que se sostiene toda la obra de Tarkovski, y quizás sea con fe el único modo de enfrentarse a los misterios del mundo, aquel mundo que nos creó y que, con el tiempo, quizás logremos destruir para aniquilarnos a nosotros mismos.
El motivo de ser de la fantasía es el de liberarnos de las correas de nuestra humanidad para permitirnos explorar los terrenos que le han sido negados a la carne. Debe revelarnos lo oculto, debe hacernos visible aquello que a pesar nuestro no logramos percibir ni atrapar con la mirada. Y ahí es donde la literatura fantástica de nuestros días (y quizás gran parte del arte en general) se derrumba estrepitosamente, bajo el peso de la desidia y del interés equívoco que la conducen. Los autores contemporáneos nos hablan de lo inexistente, se pierden en lo irreal, y las obras que crean (y que muchas veces producen) son el resultado de una alienación inconsciente que muy poco tiene de humano y aún menos de artístico. Aquellos que juegan con la nada acaban siendo absorbidos por ella, y las palabras no reflejan nuestra realidad desde “el otro lado del espejo” sino que nos hablan de un mundo olvidado y enfermo del que sus habitantes, quizás para huir del sentimiento de culpa y del espectáculo de su crueldad, necesitan esconderse. Es a partir de ese momento que la literatura y el arte se corrompen, cuando dejan de revelarnos lo invisible, lo necesario, y se convierten, simplemente, en un agujero en el que meter la cabeza cuando no deseamos ver el reflejo de nuestras sonrisas de muerto. Es difícil, cuando no se cree en nada, encontrar un modo de protegerte de tí mismo. Es difícil, cuando se ha perdido la fe, encontrar un modo de salvarte a ti, y a los tuyos, del horror en el que se os ha confinado.
¿Y cuál es el papel de la fe en “Offret”, la última obra maestra de Andrei Tarkovski? Es, sin lugar a dudas, la fe en la divinidad, expresada por el protagonista, Alexander, en la cúspide de su sufrimiento. Es, también, la necesidad de explicar la existencia, de encontrar un significado al horror del ser humano. Es la magia, la creencia en esa otra realidad que nos llena y nos vacía a su antojo. Es, finalmente, el grito enfurecido del hombre ante aquello que no comprende, es la lucha del ser humano contra aquello que no puede aceptar, la enfermedad, la pérdida, la guerra, la muerte. O quizás ”Sacrificio” no sea más que la conquista del derecho a seguir viviendo, después de renunciar a lo que nos es más querido. Porque, ¿tiene algún sentido moverse si no se está dispuesto a despojarse de lo que más apreciamos? ¿Tiene algún sentido luchar si no se está dispuesto a perderlo todo? “¿Tendría algún sentido, el regalo, si no fuera un sacrificio?”, dice uno de los personajes de Tarkovski, y el eco de sus palabras adquiere un tono profético cuando la vida y el sueño imponen su precio al único de los hombres dispuesto a cambiar el mundo.

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