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“Cuando se habla de comprensión artística hay que subrayar la palabra comprensión, vinculada a la idea-obra, no a la idea de una obra sino a la idea de la obra en sí, del todo armónico, objetivo, descansando sobre su propia base según su propia ley. La comprensión da a la obra su carácter propio, su unidad orgánica. Con su ayuda se reparan grietas y agujeros, se crea ese <<curso natural>> que en un principio no existía y que, por lo tanto, no es natural, sino producto del arte. En resumen, sólo a posteriori y por medios indirectos se consigue dar la impresión de lo directo y lo orgánico. En una obra hay mucho de aparente. Puede incluso irse más lejos y decir que la obra, como tal, es sólo apariencia. Tiene la ambición de hacer creer que no ha sido hecha, sino que ha nacido y surgido como Palas Atenea nació y surgió, resplandeciente y armada con sus cinceladas armas, de la cabeza de Júpiter. Pero esto es pura ficción, meras ganas de aparentar. Nunca se ha producido así una obra, el medio ha sido siempre el trabajo, el trabajo artístico con la apariencia como finalidad.”

J. había comenzado a caminar de un modo extraño, desagradable. Se paseaba cabizbajo, con los brazos muy rígidos pegados al cuerpo, y siempre arrastrando los pies, como si no pudiera tolerar el peso de su alma. Cuando se le preguntaba al respecto, contestaba con un resoplido de desprecio o un encogimiento de hombros, sin que ninguno de los dos gestos denotara emoción alguna aparte del asombro o la confusión que parecían reinar en su espíritu. Quienes pudieron acercarse a él atestiguan que la metamorfosis del joven, imperceptible por lo general, coincidió con la llegada al pueblo de alguien apodado el Extranjero, un hombre que se hacía pasar por el hijo de Dios y con el que J. se relacionó durante varios meses, atraído por el aura mística que rodeaba al desconocido. Y aunque las teorías revolucionarias del recién llegado tuvieron una repercusión considerable en la zona, teniendo en cuenta el rechazo inicial de ésta y la, por otra parte, más bien urgente necesidad de renovación cultural que arrastraba desde hacía años, aunque las teorías de C., digo, expulsaron el pueblo del amable sueño de la inconsciencia en el que había vivido durante varias generaciones, sólo unos pocos las abrazaron en su totalidad y las elevaron a la categoría de Verdad Divina e Irrefutable. J. fue uno de ellos, empujado por la impetuosidad distintiva de sus pocos años y, al mismo tiempo, por el deseo de creer, de tener fe en algo nuevo y sorprendente. Su entusiasmo por las revelaciones teológicas del Extranjero quedó plasmado a la perfección en una de las cartas que escribiera a su hermano menor, poco después de iniciar las relaciones con C.:

“Cada palabra pronunciada por sus labios es un rayo de luz, un rayo de esperanza destinado a disipar aquellas sombras e inquietudes con que el Caído, en su afán por alejarle de Dios, hace sufrir al hombre religioso. Su voz, grave, decidida y contundente, repele y pulveriza la carcajada efímera y ligera del Diablo. Y la energía con que, al hablar, mueve manos y brazos, ha sido dispuesta para expulsar al Innombrable de nuestros pensamientos. Su oratoria perfecta, sutil y delicada, nada tiene que ver con los engaños retorcidos y toscos del Demonio, sino que, por el contrario, en cierto modo confirma el origen divino que suele atribuirse. Las frases con las que alegra los oídos y los corazones de quienes le escuchan  parecen dictadas por el mismísimo Dios. Y no es extraño que así sea, repito, si aceptamos que él mismo está formado de la propia esencia de Dios, hecha carne y humillada para levantar el Reino de Cristo emtre los hombres de buena voluntad. Él procede de Dios. Él es Dios. Todo lo que haga, todo lo que diga, pues, habrá de ser reconocido como parte de la Obra y la Palabra de Dios. Y pobre de aquél que ponga en tela de duda la sinceridad y la trascendencia de sus actos y sus discursos, pues habrá de ser considerado indigno de la gracia divina.”

Si bien J. se convirtió en discípulo de C. a causa de las ideas, tan provocadoras como llenas de una espiritualidad irresistible, de este último, si bien el joven estudioso no tardó en mostrarse como uno de los más devotos seguidores del Extranjero, a las pocas semanas se produjo un cambio notable en el modo en que solía dirigirse a su líder. La admiración que sentía por él, muy cercana, en ciertos momentos, a la idolatría pagana, mutó en un respeto profundo, absoluto y basado en la fe en Dios. Los aspectos políticos dejaron de interesarle cuando comprendió que el mensaje de C. pretendía esparcir nada tenía que ver con la economía o el poder del pueblo, sino que aspiraba, como único objetivo, a la unión de todos los hombres y sus respectivas familias en un solo organismo, humano y humanitario, pero, por encima de todo, devoto y respetuoso seguidor de los mandatos divinos. Se partía de la creencia de que era menester un cambio  en la concepción que el hombre tenía de sí mismo y de la divinidad, y que sólo si se operaba una completa transformación de base y desde el interior de la propia comunidad podría lograrse una nueva filosofía de vida, aquello que en las centurias venideras llevaría el nombre de Cristianismo. J., hipnotizado por un discurso que aunaba la religiosidad más apasionada con un exotismo, cuanto menos, seductor, decidió hacer partícipe a su maestro de varias cuestiones que le preocupaban desde hacía tiempo y una de las cuales, y quizás la más importante, era aquella referida a la creación artística. C. hizo acopio de todos sus recursos estilísticos y le respondió del siguiente modo: sus inquietudes con respecto a la capacidad de creación, con una finalidad ética y estética, del ser humano, se fundaban exclusivamente en dudas de carácter religioso, y que, por lo tanto, su incapacidad para expresarse con la debida corrección partía de una falta de fe en los poderes divinos. La juventud, según le dijo, se caracteriza por el deseo de abrazar las antiguas normas paternas bajo una forma nueva en apariencia, y la búsqueda de trascendencia de J. no era sino uno de los modos en que dicho deseo podía materializarse. “El Arte es una muestra de la existencia de Dios en el hombre, de todo lo divino que hay en él. Y hasta que no encuentres el camino de regreso a Dios, hasta que no comprendas que todo surge de y regresa a Dios, no serás capaz de acercarte a la Verdad y de conquistar los misterios divinos.”

J. se pegó a las faldas de C. y, presa de la excitación, intentó besarle los dedos de los pies. Su mentor y líder espiritual, sin mostrar alarma ni rechazo, le conminó a levantarse, escondiendo a duras penas la sonrisa de triunfo que asomaba en sus labios. Cuando tuvo a su discípulo de pie, le preguntó si quería, si podía creer en Dios, y si quería, y si podía amarle a través de él, su Hijo. El joven no contestó, sino que adoptó de nuevo aquella posición que le había caracterizado en su andar los últimos meses, es decir, la mirada puesta en el suelo y los hombros caídos. C. le pidió que no desaprovechara los dones que Su Padre, en Su infinita sabiduría, le había distinguido, y que a través de la reflexión se cerciorara de la pureza de sus sentimientos e inquietudes intelectuales. Esa misma noche el Extranjero iba a realizar un pequeño banquete junto a varios compañeros en honor del Padre, y le invitó a asistir a la cena con una sola condición: que al entrar y cruzar la puerta amase a Dios, y al Hijo de Dios, sin dudas ni reticencias. “Si elevas tu espíritu al Cielo, crecerá, y crecerás y crecerán también tus facultades creadoras. Ama a Dios como Él te ama, con ardor, sin limitaciones, y te librarás del mal y de la tentación. Si amas a Dios te amarás a ti mismo, puesto que tú eres Dios.”

J. se despidió del maestro con las bendiciones de rigor y se alejó de él a toda prisa. De camino a su hogar, avergonzado por el modo en que se había acercado a su mentor, e incapaz como se veía de someter el desenfreno de su espíritu a la razón, se detuvo en un establo abandonado y decidió acostarse, creyendo que podría ahuyentar los demonios que le acosaban con la inconsciencia y unos pocos rezos. Apiló un montón de paja, se desnudó y se tumbó encima de la cama improvisada, entre temblores y gemidos de una intensidad tal que temió que pudieran oírle desde el exterior. Lleno de esperanza e inquietud, se abandonó por completo al recuerdo de su líder y, paulatinamente, a base de oraciones y plegarias, pudo abrazar el sueño. Horas después, cuando poco faltaba para que el día tocase a su fin, y cuando, de hecho, se acercaba el momento en que daría comienzo el banquete de C., el joven despertó en el establo, cubierto en sudor, desorientado, y con la impresión de no haber dormido en toda la tarde. Con todo, a pesar del cansancio, tuvo que admitir que ese pequeño descanso había realizado un milagro en él, del que sólo empezó a ser consciente mientras se limpiaba el rostro y las manos en una fuente. Al analizar su fuero interno descubrió que no guardaba en él aprensión o miedo de ningún género, y que por primera vez en muchos meses disfrutaba de la paz de espíritu, relativa, dadas las circunstancias, pero paz al fin y al cabo. J. sonrió al reflejo que el agua le ofrecía y que, a causa de la poca luz, no podía observar, y se vistió con calma, gozando de cada segundo.

Llegados a este punto del relato, uno se topa con la necesidad de saber qué o quién efectuó un cambio tan notable en el estado anímico de J., si es que dicha alteración tuvo un origen, una causa o una explicación ajenos a la mente del estudioso. Si nos detenemos a considerar los hechos descritos en las páginas precedentes, sería posible deducir, sin un riesgo elevado de tergiversar la realidad, que J., en su breve periodo de reposo, había llegado a algún tipo de conclusión en lo referente a sus preocupaciones espirituales y artísticas y que, por el modo en que se limpiaba y vestía, con más esmero que de costumbre, la balanza se había decantado a favor del Hijo de Dios. Es más, un acto a priori inofensivo como el de frotarse el cuerpo con agua y unas pocas hojas secas tomaría, en ese caso, una carga simbólica considerable, al representar el modo en que el estudioso se deshizo del tormento, de las impurezas e imperfecciones de su fe en la Divinidad. Pero, ¿cómo había llegado a tal resolución? ¿Qué había podido convencerlo de que la religión defendida por C. era la única posible, y de que no existía ninguna solución real, aparte de esa, que le permitiera recuperar la seguridad en sí mismo? Algunas fuentes aseguran que la causa habría que achacarla a una alucinación que tuvo J. en el escaso tiempo que pasó en el establo, un sueño de naturaleza y significado ambiguos y surrealistas. Años después, para alejar, quizás, el recuerdo de aquella experiencia, J. la describiría del siguiente modo en una de sus cartas.

La fantasía habría tenido lugar en el desierto y se habría articulado alrededor de la figura de C., protagonista principal de la vida consciente, y de la irracional también, de su discípulo.  C. aparecería ataviado con unos ropajes muy distintos de los habituales: la túnica raída que, en cierto modo, se había convertido en una de sus señas de identidad, habría aparecido bajo la forma de de una capa de origen griego, ostentosa y atada a la altura del cuello con una cadenita, pieza que cubriría la totalidad de la espalda y la parte posterior de cabeza, torso y piernas, y que, sin embargo, dejaría al descubierto el pecho y los genitales de su portador. J., atraído y asqueado por la imagen, decidiría anunciar al Extranjero su decisión de creer en Él y amarle sin reparo, pero el Hijo de Dios, sorprendentemente, se habría ido alejando a medida que el discípulo se le acercaba. J. le habría pedido que se detuviera, y habría empezado a correr tras él, pero C., burlándose con gestos y movimientos obscenos, habría salvado una docena de metros de un solo salto, de espaldas y sin dificultad aparente. Confundido, J. habría intentado un nuevo acercamiento, pero no sólo no lograría aproximarse lo más mínimo, sino que habría propiciado un ataque de risa en el líder espiritual. El sueño prosiguió del siguiente modo, según palabras del propio J.: “Le grité que se cubriera las vergüenzas, pero nada más abrir la boca se levantó una ráfaga de aire sofocante que se llevó consigo mis palabras y las soterró bajo una gruesa capa de arena. Fue entonces cuando C., entre risas, empezó a masturbarse ante mis ojos, y su gesto coincidió con un suceso que me llenó aún más de temor: surgieron de la arena, y a nuestro alrededor, figuras conocidas tanto por C. como por el que escribe estas líneas. Lo que más impresionó a este pobre escribano fue la actitud de aquellas gentes, que no sólo no censuraron su comportamiento sino que, por el contrario, asintieron con la cabeza en señal de aceptación. C., consciente de lo que estaba ocurriendo, agilizó el movimiento de su mano derecha, y el sueño finalizaría ahí, justo cuando el Hijo de Dios iba a llegar al orgasmo.”

Para cuando J. salió del establo, se había hecho tarde, y el azul oscuro del cielo había dejado paso a una serie de resplandores naranjas que, en el horizonte, se teñían de escarlata y morado. El trayecto hacia el lugar del banquete, que ya había comenzado, fue breve pero apacible. J., lleno de un optimismo saludable, quiso prepararse y ensayar el modo en que habría de anunciar su fe absoluta e incondicional para con Dios, pero, debido a la cercanía del encuentro, se asentó en su estómago un cosquilleo agradable y molesto que le impidió dedicarse a su tarea. El discípulo, que no tardó en llegar a su destinación, temió presentarse ante su maestro tal y como se había separado de él, es decir, con el mismo nivel de excitación, y aunque ésta fuera de naturaleza opuesta a la que había sufrido por la tarde, decidió tomarse un pequeño respiro antes de entrar. Se apoyó en la fachada de la casa de enfrente, casi a oscuras, dispuesto a afrontar la situación con la serenidad y la alegría que se esperaban de él. Si lo logró, es algo que ninguno de los textos en los que se basa esta recreación histórica deja en claro. Lo único que puede, y debe, destacarse de aquel episodio, es la irrupción de un nuevo personaje en escena. J. nos habla en sus escritos de que el hogar del maestro, desde la posición en que él se encontraba, y supone que debido a una ilusión óptica, parecía envuelta en una luz casi imperceptible, un halo azulado que se estremecía cuando el viento soplaba desde una dirección determinada o cuando las risas de los invitados superaban un cierto grado de intensidad. J., lleno de curiosidad por ese efecto, se acercó al edificio y se dejó impregnar por la atmósfera cálida y relajada que se desprendía de él. La decisión de entrar ya había sido tomada cuando, de pronto, algo llamó su atención. No muy lejos, a su izquierda, casi oculta por unos muros derribados, crepitaba una pequeña hoguera que, a pesar de sus dimensiones reducidas, parecía iluminar la totalidad del recinto cerrado e incluso parte del exterior. Junto al fuego, de pie, pudo ver la silueta de un hombre cuya musculatura, desarrollada, y cuya espada, que sobresalía a un lado del cinturón, hicieron que le tomara por un soldado, un gladiador liberado o, en todo caso, un hombre destinado a matar. Temeroso de lo que pudiera ocurrirle, J. no respondió cuando el desconocido le indicó por señas que se le acercara, pero algo en el modo en que el fuego se reflejaba en la piel y en el hierro de su armadura, le impulsó a ceder. La hoguera crepitó con furia cuando los dos hombres se encontraron.

J. se introdujo en la casa de Dios. Los comensales levantaron la mirada de sus platos respectivos y observaron al joven con una mirada no exenta de interés. No sólo estaban al corriente de lo acontecido esa tarde, sino que le consideraban, a él, el más joven de todos ellos, el discípulo más sincero y afectuoso de C. y el único con el saber y la energía suficientes para llevar adelante la tarea que les había sido encomendada. Mientras aquél que, por lo visto, había sido llamado a convertirse en el propulsor más ferviente de la nueva religión, se acercó a su líder espiritual, varios de los presentes empezaron a murmurar a su paso, admirados por el porte decidido y la energía de sus movimientos, que evidentemente debían encontrar su fuente en una fe ”dura como el hierro”, según dijo uno de ellos. El silencio volvió a reinar en el ambiente cuando J. se inclinó y, rechazando el abrazo de bienvenida que le ofrecía su maestro, le dio un beso fugaz en la mejilla y le susurró:

“Lo he pensado mucho. No puedo, ni quiero, creer en ti. Lo siento.”

INFANCIA - La muerte

Hace rato que ha perdido el sentido de la orientación. Se ve incapaz de controlar su cuerpo, y permite que le lleven de mano en mano, y de rostro en rostro, y que le besen en la frente y las mejillas. Le susurran que no se ponga triste, que el abuelo estaba muy enfermo, que por fin ha podido librarse del dolor. W. apenas se acuerda de su abuelo, y no sabe por qué tiene que estar triste, ni de qué dolor se ha librado. Le cubren la piel de saliva, y los oídos le pitan cuando intenta recordar. ¿Recordar qué? “No llores, hijo, no llores” le dice una mujer mientras le abraza. “No estoy llorando” dice él cuando la mujer le deja en el suelo, y ella se va y él repite: “No estoy llorando”. Echa un vistazo a su alrededor, y no entiende ninguna de las figuras que yacen esparcidas por la habitación: una anciana, de rodillas, con las manos pegadas contra el pecho y el rostro húmedo, reza y murmura; un hombre besa a su esposa en la frente, le toca un pecho y dice que quiere salir a fumar; la esposa, totalmente quieta, no da muestras de haber sentido ni oído nada. “Quizás esté pensando en el abuelo.” La esposa no reacciona cuando una cincuentona se desploma, entre gemidos, por encima de un tiesto, ni cuando varios hombres se levantan para echarle una mano y la descubren detrás de la palmera sintética, riendo y con la nariz rota. Tampoco se mueve cuando un niño le sacude el brazo y le grita que se está meando, ni cuando se hace evidente que lo que le cae por la pernera del pantalón no es otra cosa que el líquido humillante. La esposa no despierta ni siquiera en el momento en que W. reconoce en ella a su madre y suelta un grito.

W. necesita una explicación. Se acerca a la anciana que, de rodillas, musita sus plegarias, y la observa durante unos segundos. En el momento en que ella abandona sus oraciones y levanta la mirada, W. advierte el cansancio y el dolor de su expresión y comprende que está tan perdida como él. “Ha ido con Dios” dice la anciana, sin motivo aparente, y le mira con fijeza, como si quisiera asegurarse de que el pequeño ha entendido el mensaje y, además, lo bueno que es eso. W. retrocede un par de pasos. Ella le pide que no se vaya, que rece con él, y le tiende las dos manos para que se agarre. ”Ha ido con Dios”, repite la anciana. “¿Y dónde está Dios?”, pregunta W, después de unos segundos, pero nadie le responde; la mujer se ha puesto a rezar de nuevo. Uno creería en la coincidencia si la anciana, posteriormente, no le hubiera dirigido miradas recelosas, algo inquietas, desde su fe inquebrantable.

W. mira a su alrededor. El tiesto vuelve a estar en su sitio, y si no fuera por las manchas de sangre que salpican su superficie, nadie recordaría la aparatosa caída de la otra mujer, la que se reía con la nariz rota detrás de la palmera. Tampoco está ahí ninguno de los hombres que se levantaron a echarle una mano; del pasillo, con todo, le llegan varias carcajadas masculinas: le seduce la impresión de que las dos ideas están relacionadas. Presta atención y, efectivamente, hay varios hombres en el pasillo, quizás los mismos que, minutos antes, han ayudado a una cincuentona a levantarse del suelo. Pero de por sí no es un dato que le pueda dar una respuesta definitiva. Es sólo cuando percibe, también, la voz de la mujer, oculta bajo las muchas risas de hombre, que está plenamente convencido de su hipótesis. La voz femenina tiene algo de inquietante, de histérico, al estar tan cerca de las otras; y al llegarle entremezcladas todas las voces, las masculinas y la femenina, parecería que saliesen de una misma garganta, de unos mismos labios. La mente se le llena de sombras, y se diluyen a medida que ese extraño grupo se aleja de la puerta de la estancia. Sin embargo las manchas de sangre persisten, y levantan en el pequeño W. ecos de un placer desconocido.

Sólo le queda su madre. Sentada en un banco, inmóvil, tiesa, con las manos encima del regazo y la mirada perdida. W. se acerca a su madre y se agarra a una de las mangas del jersey. “Mamá, ¿dónde está el abuelo?” pregunta. No responde. W. levanta una de las manos de su madre, apoya la cabeza en su lugar y deja caer, de nuevo, el brazo, sobre su pelo. “Mamá, ¿y el abuelo?” pregunta. “¿Dónde está?” Cuando W. levanta la mirada, ve que una lágrima enorme pende de la barbilla de su madre, y cierra los ojos cuando, tras unos segundos, la lágrima se desprende de la piel y le golpea en la frente. W. aparta el brazo que tiene encima y se levanta. No puede evitar estremecerse. Y mientras se aleja, azotado por un sentimiento que le es desconocido, oye que el marido de su madre “¿Papá?” entra desde el pasillo y pellizca uno de los pezones de su madre, que se adivinan bajo el jersey. La madre despierta de su ensoñación y dirige una sonrisa de gratitud a su esposo.

W. no entiende nada. Y sigue con la búsqueda del abuelo, el abuelo muerto, esté donde esté. Es entonces cuando ve una puerta negra, enorme, de madera, que domina la habitación desde uno de los lados. A medida que se acerca a ella, descubre las extrañas figuras que decoran los contornos, y se ve fascinado, atrapado por las escenas que representan. Entiende el significado primario de los relieves, pero está convencido de que hay una segunda capa bajo la superficie, un contenido oculto, embrutecido por las cruces, los apóstoles y los perros cazadores. El secretismo, el desconocimiento y la mística que se respira le seducen hasta límites insospechados, y por un instante cede a la tentación de detenerse y abandonarse, temporalmente, a la contemplación de aquel templo recién descubierto. Sin embargo, el azar intercede una vez más para que nada se interponga entre el destino y las personas. La puerta negra se abre hacia fuera, en silencio. Dos mujeres salen del interior de la habitación, apoyándose la una en la otra, entre sollozos, y arrastrando los pies. Sólo hay tiniebla a sus espaldas. W. titubea. Al fin decide seguir adelante.

Se encuentra con la mayor de sus primas en la puerta. Parece que le ha estado esperando. “Ven” dice la chica, de pelo largo y negro, y le tiende una mano. W. la acepta al instante, y la pareja empieza a caminar. “No es malo tener una mano firme en la que agarrarse, ¿verdad?” Pronto llegan a su objetivo, una caja que reluce, sutil, discreta, bajo una luz blanca muy potente. W. comprende sin problemas que está ante un ataúd, el del abuelo, y que si se acerca un poco le verá, al fin, muerto. Antes de poder verle, con todo, le llama la atención otro detalle, que será el único recuerdo que, con los años, guardará de aquel día. Otra prima, la hermana menor de la chica que tiene agarrada de la mano, y que es un par de años menor que W., está de pie junto al ataúd, pálida, con el rostro contraído por la tristeza. W. se dirige hacia ella, pero la prima mayor tira de él y le dice, por señas, que no la distraiga. “Está rezando” informa la muchacha. W. titubea. ”¿Tengo que rezar yo?” pregunta W. “No, aún no.” “¿Y cuándo se reza?” Pero la joven no le contesta. Ha perdido la voz cuando ha visto al abuelo. A los pocos segundos, consciente de que W. la está mirando, se enjuaga las lágrimas y atrae al pequeño hacia sí. W. se siente conmovido por la escena, y se vuelve hacia la otra prima; esta prosigue con sus oraciones, incapaz de detener el llanto. “¿Por qué llora?” pregunta W. a la prima mayor, sin apartar la mirada de la niña pequeña. Silencio. ”El abuelo ha muerto” recibe por respuesta, y la muchacha de pelo largo y negro se cubre el rostro con ambas manos. W. se pega a ella, angustiado, pero al cabo de poco comprende que no sirve de nada, y que nada podrá distraer a la joven de la muerte y de su dolor. W. busca una salida en su otra prima, pero ésta, con los párpados muy apretados, y las manos pegadas a la nariz, tampoco parece capaz de escapar a la tristeza. W. no percibe la caída de sus primeras lágrimas. W. empieza a sollozar, con disimulo al principio, sin reparos cuando la prima pequeña se le acerca y le pasa un brazo por encima de los hombros. Entiende el dolor propio, y quizás el ajeno. W. ha aprendido a llorar. Y se abandona sin reparos al dolor.

La muchacha de pelo largo y negro se le acerca y, después de besarle en la mejilla, con una sonrisa no exenta de cierto reconocimiento, le dice: “Es ahora que debes rezar. Ya puedes rezar, cariño.” W. no entiende lo que le ha dicho, pero de algún modo sabe que es cierto, que está bien así. Y sin embargo sabe también que no lo necesita, y que quizás no lo necesite nunca. W. llora junto a sus primas hasta que se le acaban las lágrimas. Entonces, cuando la joven y la niña le invitan a rezar con ellas, W. sonríe abiertamente, les da un abrazo a cada una, y sale de la habitación.

I. Érase una vez un chaval joven que decidió contar su historia sin retórica ni florituras.

Anatomía

Sin retórica ni florituras: Varios profesores le habían advertido de su tendencia incontrolable hacia el exceso y la orgía. Cuando, años después, el chaval joven estuvo dispuesto a emprender un proyecto propio (el primero de su carrera), se propuso demostrar a esos vejestorios que su dominio de la lengua era total, y que los comentarios referidos a la “ampulosidad” del estilo y a la “escasa pericia” con la que escribía se debían a la incomprensión. Su empeño fue tachado de inútil desde el principio.

Contar su historia: Llegó el día. El chaval joven se sentó ante el ordenador y pulsó un par de teclas. Al instante tuvo que hacer frente a una problemática que, con el tiempo, determinaría notablemente el rumbo (y la temática) de su carrera: el desinterés hacia todo aquello que estuviera relacionado con su propio ser. Durante las primeras semanas no pudo trabajar. Más tarde, acostumbrado ya a sus miedos, concluyó que lo más acertado quizás fuese seguir un ritmo de trabajo duro y disciplinado, algo parecido a convertir la escritura de su vida en un proceso largo y brutal que le alejase del aburrimiento que se inspiraba a sí mismo. Cita textual: “Lo importante es no pensar. Es el único modo de llegar a alguna parte.”

Decidió: el uso de este verbo, con sus implicaciones semánticas y sintácticas, debería estar prohibido en el contexto presente. Propongo que dicha prohibición sea elevada a la categoría de ley sin que se pueda hacer ningún tipo de alegación en su contra. Aceptémoslo, hay quien no está capacitado para decidir. Las razones pueden ser infinitas y muy variadas, pero, en todo caso, un cambio en el origen no modifica el problema de ninguna manera. Algunas familias llevan ese embotamiento mental escrito en la sangre, otras lo consiguen a base de mucho empeño y esfuerzo. Para el caso, el resultado es el mismo: absoluta incapacidad para decidir. El protagonista de este relato, si es que lo hay, y si es que puede llevar tal nombre, no sólo puede, sino que debería ser añadido en esta categoría, con el agravante de que a las causas genéticas, por desgracia imprevisibles, de la putrefacción de su alma, se le añade una estupidez supina digna de estudio.

Un chaval joven que: nuestro desdichado efebo nunca fue consciente de su poca madurez, de sus escasas aptitudes y, menos aún, de sus terribles carencias físicas y estéticas. Por ello, quizás sea digno de admiración (que no de alabanza) su necesidad impostada, pero necesidad al fin y al cabo, de escribir un relato con su vida y elevarla así a la categoría de epopeya definitiva. Varios de sus familiares más cercanos no pueden evitar sonreír cuando les habla de sus nuevos proyectos, pero por suerte este tipo de conversación no suele durar demasiado.

Érase una vez: el inicio, El Inicio, quizás. La fuente de todo ser, de toda existencia. Thomas Mann nos habla de la teología como de la disciplina superior, la disciplina de las disciplinas, la que demuestra un “gusto” y un “sentido” hacia lo infinito que reduce el resto de ciencias, artes y estudios a la categoría de asignatura secundaria, optativa o, aún peor, de libre elección (en jerga universitaria). Muchos ven en la teología el estudio de lo primario o primordial, de lo único, de lo imprescindible. El estudio del Érase una vez, con todo lo que la expresión conlleva de incertidumbre.

II. Érase una vez un chaval joven que decidió contar su historia sin retórica ni florituras.

Variaciones (ejercicios)

Una joven retórica: el cambio de sexo al que sometió al protagonista del relato nos demuestra que las intenciones de nuestro chaval joven no tenían nada de elogiable. No sólo fue incapaz de respetarse a sí mismo, sino que, a la hora de la verdad, ignoró su propio deseo de alejarse de toda floritura: el cambio de sexo fue un acto retórico en sí mismo, una ocultación de la verdad a través de la deformación explícita de ésta.

Un chaval sin historia: el joven, por el bien de su proyecto, decidió buscar las únicas emociones “reales”, las ”verdaderas”, que su corazón hubiera sentido a lo largo de los años, para poder separarlas, así, de todos los sentimientos “impostados”, ”impuestos”, que poco tenían que ver con la esencia más íntima, más sincera, de su sentir. Este acto, impulsado por la fe que sentía hacia la veracidad de su existencia, le llevó a descubrir que no había nada de puro, de seguro, en él. El cuestionarse había conducido a la duda, ésta a la inquietud, y de pronto la ilusión de vida de nuestro querido chaval joven se había ido, se había esfumado, sin dejar nada a sus espaldas. Ofuscado, el joven apenas se percató de ello y siguió adelante con el proyecto, convencido como estaba de que, por ser capaz de cuestionarse a sí mismo,  y de poner en tela de duda su existencia, se convertía automáticamente en un ser “real”, “verdadero”.

Más variaciones EN CONSTRUCCIÓN