1. El placer de la huida

Fue en la huida que, desde tiempo inmemorial, mi familia encontró la expresión más absoluta y completa de su naturaleza. Las arrugas y las ojeras nacen en el placer de la humillación, y sólo adquieren luminosidad entera cuando brillan surcados por las lágrimas. Las manos de los niños pequeños apuntan también a una posible retirada, con sus movimientos indecisos y sus cambios bruscos de dirección, que las mentes poco entrenadas achacan a una personalidad temperamental que, por supuesto, no existe. Si es en la huida que las gentes se revelan en toda su vergüenza, si es en la huida que nace el amor y la atracción entre dos personas, es en las lágrimas del reencuentro, en una compunción fácil y reiterada, que los lazos se estrechan, se fortalecen, se fosilizan, y el placer de la huida se prolonga así por los siglos de los siglos.

Toda acusación de crueldad que parta del supuesto de que hablo de mi familia como si no formara parte de ella tendré que rechazarla por parcial y subjetiva. Sólo en la consciencia total y absoluta de la propia existencia y de la propia soledad puede uno participar plenamente de un grupo o de una institución, en este caso la familia, y no pretendo ser desconsiderado con el resto de mis parientes si digo que, de entre todos los nuestros, soy el único que puede, por lo menos en el momento presente, sustraerse a la propia realidad y hablar del conjunto desde la objetividad. Nuestra tragedia parte de una terrible carencia de amor propio, de la falta absoluta de dignidad en nuestros corazones, y fue cosa del destino, la fuerza indomable, que a través de mí, y sólo a través de mí, pudiéramos ser conscientes de esta horrible carestía, que no sólo nos humillaba en conjunto sino que impedía que pudiéramos amarnos por separado. Se nos concedió la posibilidad de ser conscientes del problema, se nos abrieron las puertas para que pudiéramos penetrar en un conocimiento más profundo de nosotros mismos, pero no se nos dieron las herramientas para escapar de nosotros mismos. El don del conocimiento se convirtió, pues, en maldición milenaria, y el orden perfecto y meticuloso que siguen nuestras vidas incluso a día de hoy, y al que sólo la fuerza indomable puede doblar, ese orden que se pierde en la noche de los tiempos no es sino una plasmación de dicha tragedia, la caperuza que nos defiende de las inclemencias de los otros y que, al mismo tiempo, nos encierra en este presente eterno y nos niega toda posibilidad de salida, de redención.

He dicho que sólo a través de mí esta familia que es la mía tiene ojos, mente y memoria para verse, entenderse y recordarse a sí misma, y es a través de estos ojos, esta mente y esta memoria que pretendo escribir, para las generaciones venideras, un cuadro preciso y exacto de lo que son (o serán, mejor dicho) con el único fin de que, al enfrentarse a sí mismos como a través de un espejo, puedan por fin liberarse de la tiranía de su propia naturaleza. Y quizás se pregunten: ¿Por qué no liberas tú mismo tu vida y la de los que te rodean de las cadenas de estos vicios familiares? ¿Por qué pasarse toda una vida, y perderla al fin, preparando a los demás a hacer un trabajo que pudieras hacer por ti mismo? La respuesta está anclada firmemente en el hecho, apuntado antes, de que no me fueron dadas las herramientas necesarias para romper el hechizo: es decir, el amor. Nunca me sentí parte íntegramente de esta familia y, sin embargo, al poseer gran parte de sus vicios y virtudes, no soy más que uno de sus símbolos vivientes, la inteligencia racional que, a pesar de estar libre de la tiranía del estímulo y del sentimiento irracional, es incapaz de implicarse emocionalmente con el propio sufrimiento, no digamos ya el ajeno. No puedo mover un dedo para salvar a mi estirpe porque no creo en ella. En parte, se creyó (y, me temo, se sigue creyendo ahora) que el sufrimiento y el dolor que arrastramos desde tiempo inmemorial es algo merecido, un castigo de Nuestro Señor, y yo mismo lo pensé cuando, de adolescente, pude encontrarme a mí mismo por primera vez. El tiempo y las lecturas me han permitido despreciar la idea de la punición divina, y para ver una demostración de lo que digo no hay más que contemplar estas páginas, escritas por y para la familia, sin excepción. Hace tiempo que dejé atrás esa convicción estúpida pero, con todo, no puedo dejar de advertir que siguen habiendo restos de su veneno masoquista en mis entrañas. Pues, si no, ¿por qué soy incapaz de moverme cuando se trata de acercarme a mi hermana, por ejemplo? ¿Cuál, si no esa, puede ser la explicación del dolor físico que conlleva el querer salvar a los demás miembros de la familia de los horrores de la degeneración? ¿En qué, si no en esa convicción, puedo encontrar las raíces de mi imposibilidad de liberarnos a todos de una existencia miserable y vil?

- El arte no siempre es suficiente.
- No me has entendido. Te estoy invitando a bailar.

No soy partidario de considerar el artista como un Mesías, como el Salvador de la Raza humana, y menos cuando, hace unos días, y como se verá más adelante, renuncié a llamarme a mí mismo artista y a relacionar mi tarea con el mundo de lo artístico. No, el arte no puede ni debe ser considerado un modo de salvar el espíritu humano; no es válido alzar el arte a la categoría de religión cuando, desde hace años, la religión ha demostrado no estar a la altura de las circunstancias. El hombre y la mujer modernos y contemporáneos debieran ser capaces de afrontar sus preocupaciones y sus necesidades desde un punto de vista adulto, maduro, consecuente y coherente sobre todo, pero, por las razones que sean, no siempre es así, y es ahí donde entra el arte, no como salvador espiritual y mensajero de la trascendencia sino como amigo y maestro, como compañero de confidencias, como un conocido al que enviar cartas de amor y de muerte y quien, instantáneamente, sin apenas dilación, contestará desde las profundidades del tiempo recobrado o desde lo alto de una montaña de fantásticas proporciones. El arte está ahí, en los clásicos, dispuesto a iluminar aquel que, en completo dominio de sus facultades, y dispuesto a todo, es capaz de acallar la propia voz para dejar espacio al murmullo de los muertos. Hay que abrirte las entrañas y dejar entrar la sabiduría de los tiempos, esta sabiduría que, en menor grado y desde la humildad más absoluta, estoy intentando recoger en este cáliz viejo, de papel, en estas páginas.

Es para mí una responsabilidad moral el tener que escribir con la mayor corrección posible, prescindiendo de retórica y huyendo, al menos a un nivel profundo, de la belleza y del kitsch. Me siento obligado, ya que no puedo ayudar, por lo menos a retratar con la mayor fidelidad posible lo que ocurre a mi alrededor. La existencia de mis congéneres, y la mía propia, debiera adquirir pues, a ojos del lector, y a los de quien escribe estas frases, un carácter histórico, verídico, ajeno a las ficciones alienantes que tanto se prodigan hoy día y que mis familiares, como buenos y fatales portadores de la decadencia, leen con ansia. Debo servirme de la perspicacia y las dotes que Nuestro Señor me ha dispensado para mantenerme, al mismo tiempo, lo más cerca y lo más lejos posible de los acontecimientos, para ceñirme únicamente a la realidad más cercana a mí y, también, para no perder en ningún momento la objetividad que debiera gobernar en este texto, una distancia que podría desaparecer si mi subjetividad individual entrara en contacto con las emociones y se viera afectada por ellos. Cosa altamente improbable, como ya se ha visto, por mi escasa propensión a sentir afecto por los demás. No se me escapan los guiños de incredulidad de mis lectores al leer cuán vehemente defiendo yo, un no-artista, una tarea tan deshumanizada, tan anclada en las apariencias que bien podría pasar por una obra artística, y es aquí donde tengo el deber de explicar, con la mayor brevedad posible, por qué he decidido mantenerme alejado del arte en tanto a técnica, en tanto a fe, en tanto a modo de vida. La razón, como es obvio, no es otra que la del miedo que me inspira el arte en sí, y ante la inmensidad de la tarea del artista no puedo sino echarme a correr, en desbandada, y arriesgarme así a sufrir las risas y las burlas de mi escaso público.

Como hombre culto y leído que soy, los problemas y dificultades de la creación artística no me son desconocidos, y en este conocimiento, en esta parcela de mi sabiduría me baso para sostener, lo más firmemente posible, mi decisión. Y ésta no es otra que la siguiente: no puedo olvidarme del sufrimiento que sólo yo, por suerte o por desgracia, soy capaz de identificar y de asumir, y a ello pienso dedicar al menos un noventa por ciento de mis energías. ¿No es tarea tan grata, tan satisfactoria, a la postre, como la tarea artística? Seguramente, pero la remuneración económica no es algo que me impida dormir. Si apenas puedo, y de veras que lo intento, si apenas puedo hablar con propiedad de aquello que me queda más cerca, de mis parientes y amigos, si apenas puedo hablar de mí mismo con un mínimo de soltura y de gracia, ¿cómo puedo pretender abarcar todo el peso de mi tiempo en estas pobres páginas? ¿Cómo podría, un servidor, atreverse a desafiar las voces de los grandes poetas, cómo podría un desgraciado como yo decidirse a luchar por la consecución de lo eterno, de lo infinito, si he hecho de la huida y de la humillación mi razón de ser? Y, además, la pereza, que no es sino otra de las hijas del escaso amor propio, de la poca dignidad, y que en algunos miembros de la familia, que aparecerán más adelante, alcanza dimensiones inconcebibles, esta pereza, pues, en última instancia, me detendría los pies en el caso hipotético que decidiera sacrificarlo todo en pos de un proyecto tan estúpido como innecesario. Y aun así debería irme con mucho cuidado, porque quizás la pereza no encontraría energías suficientes para detenerse a sí misma.

- ¿Y quién eres tú?
- A buenas horas lo preguntas. Soy Helena.

Es con plena consciencia de los límites de mi técnica que me alejé definitivamente del mundo de los artistas, en un diálogo, que sin pretenderlo, acabó por resultar muy

HELENA - ¿Cómo supiste que yo era el arte?
YO – No lo supe. Lo adiviné, supongo. Espero que no me lo retraigas durante mucho tiempo.
HELENA – Tranquilo, ya sabes que no he venido para eso.

, a lo que mi hermano, entre risas, y como representante figurado del mundo de las letras, respondió: “Hay barreras, hay inhibiciones, como dice el bueno de Mann, que sólo pueden ser vencidas  con las drogas, y aun así tan sólo por un espacio de tiempo muy limitado. Sé de gente que no acepta este tipo de prácticas, pero a fin de cuentas la poesía no es más que un ensanchamiento de la percepción, ¿verdad? ¿Qué puede importar, qué diferencia hay entre el ensanchamiento inducido por el cuerpo y el ensanchamiento producido por la mente?” “Es cuestión de dignidad, de responsabilidad moral” le dije. “Como si nuestra familia pudiera hablar de dignidad y de moral”. Y tras una pausa: “Lo que importa es el resultado final, ¿verdad? ¿Qué más da el camino que se haya seguido para alcanzar la verdadera intimidad con el lenguaje? ¿Qué más da?” “Tengo la impresión de que te sirves de toda esta palabrería para ocultar el hecho de que, sin las drogas, eres incapaz de escribir nada. No te atraen las drogas y el ensanchamiento de la percepción, no actúas por placer sino por miedo. Te aterra el tener que enfrentarte lúcido y despierto a tus propios textos, a tu propia mierda. Ignoras, o quizás no quieres aceptar que ese es el único modo de alcanzar el estado de lucidez poética que se necesita para escribir, para crear. ¿Por qué crees que decidí divorciarme del arte? Precisamente por su ética del sacrificio, por todo lo que impone y pide al que ya de por sí lo daría todo por él. Pregúntate si lo das todo, si lo darías todo por él. Sincérate contigo mismo.” “Hablas como si tuviera que declararme a alguien. Ya estoy casado, hermano.” “No cambies de tem

HELENA - ¿Te gusta cogerme de la cintura?
YO – Sí, mucho. ¿Te importa?
HELENA – No, ya sabes que no. Formo parte de ti. ¿Cómo iba a molestarme?
YO – Ya sabes que no es suficiente con el arte, ¿verdad?
HELENA – Sí, lo sé, pero me gustaría que me explicaras un poco el por qué. No puedo evitar pensar que tus certezas sobre el asunto no pasan de ser meros esbozos, esquemas de lo que podrían llegar a ser.
YO – Y por eso estás aquí, para ayudarme.
HELENA – Exacto.
YO - ¿Puedo pegarme un poquito más a ti? Quiero estar cerca de tus pechos.
(Y luego)
YO – Me gusta como bailas. Eres firme y sensual a la vez, como si hubieras aprendido a bailar a base de mucho esfuerzo, y lo erótico de tu baile, a pesar de ti misma, no deja de traslucir cierta impresión de rigidez, de una rigidez hasta cierto punto complaciente. A eso me refiero cuando hablo del arte, al hecho de que la propia apariencia de naturalidad, de espontaneidad, que es característica de la obra de arte, no es sino víctima de sus propias ambiciones, y deja traslucir, a su modo extraño y retorcido, todo el trabajo que ha quedado atrás y aquello por lo que ha necesitado educarse.
HELENA - ¿Te refieres tan sólo a las letras o a todo el Arte?
YO – Supongo que podría referirme a todo, pero no quiero pecar de pretencioso.
HELENA - ¿Y ese problema es tan sólo achacable a la novela larga y corta, o también podría acusarse a la poesía y al teatro de estar apelmazados?
YO – No hablaría tanto de novela como de narrativa, pero, en todo caso, ya sabes a lo que me refiero. La sujeción de la poesía a las reglas básicas de la novela y el relato se traduce en un empobrecimiento de la poesía, y sin que la novela o el relato muestren grandes diferencias con respecto a aquellos textos que, directamente, prescindieron de lo lírico. No, la poesía, lo épico, lo mítico debería estar por encima de situaciones y personajes, debería estar más allá de lo que la razón impone y que el corazón, débil y no muy convencido, acepta a regañadientes.
HELENA - ¿No estás exagerando?
YO – Creo que no.
HELENA – No puedo evitar pensar que tu rabia en contra de la novela es fruto de tus muchos proyectos fracasados. Entiendo tu resentimiento, pero eso no hace más válidos tus comentarios, que no dejan de ser algo injustos.
YO – No estoy de acuerdo con lo que dices. Acepto que ninguno de mis proyectos de novela ha logrado salir adelante, y que no son pocas las veces en las que decidí mandarlo todo a la mierda, narrativa incluida, por culpa de las enormes dificultades con las que me he encontrado. Sin embargo, si mis proyectos han fracasado no ha sido tanto por negligencia mía sino por la naturaleza misma de la novela, que debido a su estructura inamovible y fosilizada me impidió hacer con ella lo que me proponía.
HELENA - ¿Y qué te proponías, si puede saberse?

El tema de la responsabilidad moral forma parte del discurso de grandes artistas como Thomas Mann o el gran Andrei Tarkovski, uno de los pocos directores de cine que creyeron en la necesidad de un arte sincero, honesto por encima de todo, que creyese firmemente en sí mismo y en el poder transformador que puede obrar en la realidad. Largas fueron las discusiones que mantuvimos yo y mi hermano a lo largo de los años, y sin embargo nunca pude convencerle de mis ideas, que, como es obvio, no son mías sino de aquellos que las alcanzaron antes que yo. Por ello acusé a mi hermano de irresponsable cuando persistió con el tema de las drogas. No lo vi capaz, en su momento, de soportar el peso de sus responsabilidades, y por ello acabó hundiéndose en el foso que él mismo se había cavado. A este respecto, creo que la educación que nos dieron nuestros padres, educación obsoleta y que no predicaron con el ejemplo, sino a base de gritos y golpes, esa educación, pues, tuvo mucho que ver. La única persona de mi familia que, según tengo entendido, consiguió soportar, durante mucho tiempo, y con orgullo, el peso de su destino, fue mi abuela por parte de padre. Ya desde la pose que adoptaba en las comidas y las celebraciones familiares, erguida en su silla, tiesa como una estatua, glacial, siempre distante, dejaba entrever un enorme respeto por las tradiciones que le habían inculcado de pequeña. En sus ojos podía descubrirse el núcleo, la base de toda nuestra manera de ser y las razones, a priori ineludibles, por las que debíamos mantenernos para siempre en un mismo tiempo y lugar; dichas razones se decidieron en una época muy lejana (quizás ficticia), muy distinta de la nuestra, y me imagino que, en algún momento, ella, que tenía en sus manos la redención que todos necesitábamos, debió de preguntarse si valía la pena cambiar las cosas. Con todo, al hacerse la terrible pregunta: ¿por qué? debió de decidir que no valía la pena remover los cimientos, porque, con los años, su ironía y su particular orgullo se fueron fortaleciendo a medida que todos los demás, su descendencia directa o quizás no tan directa, nos convertíamos en portadores de nuestra enfermedad exclusiva. La decisión la tomó al morir su marido, mi abuelo, cuando yo era apenas un chaval, y desde entonces la frialdad de la que siempre había hecho gala se convirtió en un armazón hermético. La muerte, contra lo que se ha ido diciendo desde que tengo uso de razón, no cambia nada, no resulta de por sí renovadora, sino que despierta aquellas realidades que, no por invisibles, son menos poderosas, y las desarrolla, las eleva, las engrandece hasta tal punto que, en comparación con su tamaño inicial, dan la impresión de haber surgido de la nada. Pero en este mundo la generación espontánea es imposible, ya que el lujo de lo espontáneo, de lo inmediato, sólo pertenece al mundo de la muerte, y el mundo de la muerte, a pesar de estar íntimamente ligado con el nuestro, no forma parte de él.

Cada año, desde la muerte del abuelo, se instauró un nuevo rito en el orden vital de nuestras vidas, y cada primera semana de enero, a ser posible coincidiendo con el aniversario del fallecimiento del padre de mi padre, nos reuníamos en una iglesia escogida por mi abuela (siempre la misma), para recordar al hombre, al marido, al abuelo, por medio de una celebración. No estábamos solos en la iglesia: al entrar, en un silencio tan respetuoso como hipócrita, solíamos encontrarnos con poco más de una decena de feligreses, que, anticipándose al inicio de la misa, se habían apresurado a ocupar los mejores puestos, y ninguno de ellos, ninguno, debía de contar con menos de setenta primaveras: un matrimonio que siguió yendo a misa, día a día, a lo largo de otros  veinte años, siempre, siempre agarrados del brazo, y que, quizás para no perder la costumbre, murieron al unísono, mientras dormían, sin despegarse de ese eterno abrazo que acarreó, por lo visto, tantos placeres que dolores de cabeza. Solíamos encontrarnos también solteros y solteronas de oro, de encías rojizas y desprovistas de cualquier diente, que se agarraban con fuerza a los respaldos del banco delantero para no caerse o que se sonaban las narices con pañuelos bordados en oro y ennegrecidos por la suciedad y el paso de los años. Entre tan variopinta muchedumbre nos colocábamos nosotros, los veinte miembros de los que constaba mi familia, cuya gran mayoría acudía al evento por obligación, y aguardábamos con impaciencia la llegada del capellán. Esos breves minutos de espera solían estar llenos de risitas burlonas y de golpes bajos, sobre todo por la parte de la concurrencia, entre los que yo me encontraba, por supuesto. Uno de los pasatiempos favoritos de mi adolescencia fue el de señalar con el dedo cuál de los vejestorios ahí presentes, con sus temblores y sus intermitentes castañear de dientes, nos resultaba más desagradable a la vista, y antes de que, según tengo entendido, muriera en el hospital tras varias horas de espantosa agonía, la gran victoriosa de este inofensivo juego solía ser una mujer de pelo castaño, corto hasta la altura de los hombros y liso, perfectamente listo, que tenía unos labios abultados hasta lo indecible y un ojo tuerto. No fueron pocos los comentarios que se hicieron en honor de su aspecto grotesco, y recuerdo que nos costaba horrores aguantar la risa cuando, junto a los demás ancianos y ancianas, se arrodillaba para honrar a su señor y no sin antes, como por descuido, volverse hacia nosotros y hacernos un par de guiños con su ojo bueno. Aquella escena, que olía a huesos y articulaciones en descomposición, se me presentó, ya de mayor, y sobre todo en los últimos tiempos, cuando mi abuela, sintiendo cercana la muerte, se agarró con mayor fuerza a sus rituales, consideré esa escena como una representación simbólica y acertada del catolicismo en sí, que se mostraba en toda su brillantez esperpéntica. Y no sólo eso, sino que también reflejaba con precisión nuestro propio sistema de valores, anclado en el pasado únicamente por una persona, una columna, que desaparecería al cabo de poco, y que más tarde, quizás para emular el matrimonio y a la mujer de cara abultada, seguiría avanzando a través de los tiempos como una fuerza invisible e invencible, empujada por la inercia de los siglos que nos precedieron y marcada, también, por la imposibilidad física de sus participantes de adaptarla, mejorarla o incluso eliminarla por el bien común.

HELENA – Acércate, quiero sentir tu cuerpo. El cuerpo del Artista total, el Artista en construcción, el Artista hecho ya y en potencia.
YO – Te ríes de mí.

El párroco que oficiaba la celebración era el mismo con el que, años antes, había hecho la primera comunión, y es por ello que la muerte de mi abuelo y el día de la primera comunión se muestran ante mí como las dos mitades de un mismo dibujo, como escenas de un díptico protagonizadas por dos personajes diferentes, un yo infantil y un abuelo presente en espíritu, y unidas conceptualmente por el mismo párroco, que, si bien en la primera mitad hacía gala de un espíritu joven, enérgico y encomiable, en la otra aparecía doblegado y consumido por el paso del tiempo, como corresponde al exponente principal de una decadencia de la que era el gobernador. Cuando pienso en el hombre que pronunciaba el nombre de mi abuelo detrás del altar, pienso también en el hombre, más joven, con quien me confesé antes de mi primera comunión. Recuerdo la sensación de desamparo, de soledad, de sufrimiento espiritual que solía embargarme al entrar en una iglesia, sobre todo de pequeño, y que conoció su máxima expresión cuando, en solitario, y durante la catequesis, tuve que entrar en busca de un hombre que debía concederme, como enviado de Dios, el perdón eterno. Al entrar en la penumbra, uno debía enfrentarse a sus miedos más profundos, a la propia sangre; eso lo sentía yo con la sensibilidad propia de mis tiernos ocho años. Las columnas de piedra, los muros y los vitrales enormes desertaban ecos en mi alma de una oscuridad tal que creía que iba a morirme ahí mismo; la reverberación (o el recuerdo) que levantaban en mi cuerpo los mártires y las velas parecía, al mismo tiempo, no ir a detenerse nunca. Y en ese estado de confusión y horror absolutos, con la boca reseca y los brazos bien pegados al torso, solía entrar yo en la iglesia, y de ese modo entré también el día funesto en que debí confesarme por primera vez.

Entré en el santo edificio un jueves por la tarde, con el corazón y el pene excitados por la emoción. Mientras cruzaba la nave central, que a esa hora estaba poco iluminada y vacía en su mayor parte, oí voces en una de las naves laterales, voces que pretendían no ser más que un susurro, y entre las cuales reconocí la del capellán que debía confesarme. Creyendo que el pastor debía de haber modificado, por comodidad o cualquier otro motivo, los confesionarios que íbamos a utilizar, y en parte motivado por el tono de de confidencialidad con el que discutían las dos voces, me acerqué a la puerta entreabierta detrás de la cual se hallaban los dos hombres. Saqué la cabeza por el agujero y miré. El capellán, con la sotana ya puesta, lamía el sobaco de uno de los feligreses, quien, descamisado, alzaba la barbilla hacia las alturas y suspiraba con satisfacción. “Levanta el brazo, coño”, dijo el capellán, provocando de este modo la risa de su particular fuente de placer. Como era de esperar, me corrí inmediatamente, sin necesidad de tocarme el pene, y mi silencio posterior, que se prolongó durante la confesión (o el tiempo dedicado a ella, ya que no hubo una confesión digna de llevar tal nombre) e incluso más allá, lo achaco a la sensación de humedad, de pecado, de vergüenza que arrastré conmigo desde que se produjo el desafortunado encuentro y hasta que, gracias a las letras, pude enfrentarme a ella. Cuando, años después, viera al capellán alzar los brazos y honrar a Dios, y cuando viera asomar su lengua por entre los dientes al hablar de la sangre y del cuerpo de Cristo, vería instantáneamente el sobaco y la lengua y la nariz pegados a él, como si formaran parte de una misma entidad. Y cuando el capellán decía:

HELENA - ¿Quieres tocarme los pechos?

La multitud exclamaba:

YO – Por supuesto.

(Y luego)
YO – Me da miedo el tenerte tan cerca.
HELENA - ¿Y eso por qué?
YO – Porque tengo la impresión de que planeas devorarme de un momento al otro.
HELENA – No temas, sólo me está permitido devorar a aquellos que realmente están preparados para ello, y aún no te he agarrado lo suficiente.
YO - ¿Y cuándo llegará ese momento?
HELENA - ¿Deseas que llegue?
YO – Tengo curiosidad.
NARRADOR - ¡Cambio!