3. Un canto 

“… todos deseaban vivir en el castillo. Los brazos se alzaban en el aire para enfatizar las súplicas, y estas, volátiles, se abrían paso desde bocas desdentadas para subir, impulsadas por su fetidez, hacia el cielo. Todos querían, ansiaban vivir en el castillo. Y llegó el día en que, por intervención divina, o monárquica, lo cual, en ese contexto, era lo mismo, llegó el día en que el sueño de centenares de personas se cumplió. Las familias se reunieron alrededor de los muros, la hija agarrada a la mano del padre, el hijo apretado contra el vientre de su madre, los rostros desencajados por el hambre y el cansancio. La mirada con la que contemplaban su nuevo hogar estaba preñada de alegría: una vida en el castillo equivaldría a una existencia rica y placentera, o eso creían. Todos deseaban vivir en el castillo. Lo deseaban con un ardor sincero, absoluto y definitivo que, por desgracia, venía de muy lejos. Quizás por eso nadie retrocedió cuando el castillo, a su vez, empezó a desearles a ellos.

La vida en el castillo fue maravillosa, sobre todo al principio. El hambre y la sed eran los mismos, el frío era igual de cortante que en el exterior y la oscuridad era tan o incluso más profunda que en los días pasados. Sin embargo, había algo de placentero en esos muros antiguos y en esas habitaciones polvorientas. Hombres y mujeres sintieron el poder hipnótico y casi rítmico que insuflaba vida a esos pasillos muertos, y al tiempo que se abandonaban a su vaivén anímico, sus rostros adquirieron un aire entre adormecido y extasiado que borró de sus facciones todo rastro de cansancio o preocupación. Granjeros, sirvientes y soldados se saludaban con cortesía; los gritos se acallaron, y no se oyó nada que no fueran murmullos y risas amortiguadas; desapareció también la necesidad de llorar, y, horror de horrores, se llevó consigo toda capacidad de raciocinio. De la nada surgió el rumor de que un nuevo rey se había instalado en alguna parte del edificio; cuando un nuevo aliento empezó a dirigir la vida del castillo, la sospecha se vio confirmada, y bajo la mirada atolondrada y complaciente de sus habitantes se llenó el día de órdenes dictadas por una voz amable. Toda mano y todo pie obedecieron el mandato de un monarca que, según se contaba en los patios y en los almacenes, nadie había podido ver aún, pero cuya influencia benéfica había sido decisiva para el buen funcionamiento de la sociedad. A raíz de los últimos acontecimientos, y de ahora en adelante, todos y cada uno de los vasallos del rey no se acostarían por la noche sin asegurarse de que su señor lo tenía todo, absolutamente todo. Se aceptó por unanimidad el gobierno del monarca invisible, y las sonrisas, si cabe, se hicieron aún más amplias. Nadie se preocupó de buscar al nuevo “propietario del castillo”. De haberlo hecho, tampoco le hubiera encontrado. No a un ser humano, al menos.

Durante los primeros meses, tachados de brillantes por los que tuvieron la dicha de vivirlos, empezaron a sucederse escenas de una crueldad sin precedentes. Los pasillos, al anochecer, se llenaban de gritos y lamentos, pero por la mañana todo había caído en el olvido. Hubo gente que desapareció sin rastro, y por lo visto no se les echó de menos. Varios montones de paja y algunas de las pocas sábanas que podían encontrarse en el castillo se mancharon de sangre, pero se dio por supuesto que así debía ser; se dice que, si uno acercaba el oído a las manchas, podía oír el eco de una carcajada horrible, monstruosa, que seguía sonando como si estuviera atrapado en el tejido. A pesar del hambre, la gente se hinchó y empezó a sudar. El polvo se asentó en los párpados y los labios, y, de haberlo deseado, no hubieran podido ni chillar ni llorar. Pero tampoco se le dio importancia. En el castillo se vivía bien, o, en todo caso, mucho mejor que en el campo o en el bosque. Allí la gente no tenía necesidad de gritar, y sólo había que pensar en lo bien que se estaba en el castillo. Oh, dulce satisfacción, que adormeces la mente y el corazón de los hombres…”

***

“… y aquellos hombres y mujeres, sin alma, sin conciencia, y que con el tiempo se olvidaron de abrir los ojos cada mañana, jamás se dieron cuenta del horror que trajo consigo aquella vida tranquila y apacible por la que tanto habían llorado en el pasado. Y lo pagaron con el más preciado de los bienes: la libertad.”