2. Todos son monstruos

No quiero escribir bien, y no lo haré. No quiero luchar en algo que no se me da bien.

No quiero luchar en nada, por otra parte.

Quiero decir que hay fiestas, y muchas historias de esas fiestas se pueden encontrar en muchos sitios. Pero a mí no me interesan las fiestas sino aquella fiesta que quiero que sea la idea de la fiesta y que englobe todo lo que supone la palabra fiesta.

Un diálogo de la fiesta:

- ¿Por qué el Arte no siempre es suficiente?
YO - ¿Y tú quién eres?
- Cristina, para servirte.
YO - ¿Conoces a Helena? Parecéis hermanas, o gemelas, incluso podríais ser la misma persona.
CRISTINA – Todos somos la misma persona.
(Y luego :)
YO – El Arte no es suficiente porque parte de una base errónea. No se puede salvar el mundo si se es parte del mundo, no se puede salvar el ser humano si uno es parte de la especie. Se inventó la metáfora como un modo de acercarse a la naturaleza profunda de las cosas, pero en realidad no es sino un símbolo del enajenamiento del espíritu. Es lo más cercano al espíritu de lo que llegaremos nunca, debido a sus pretensiones de trascender, de trascenderse, y sin embargo no nos encontramos más lejos del ser humano que a partir del momento en que utilizamos un lenguaje poético.
CRISTINA – Hablar del espíritu, hablar del Arte, es un acto retórico en sí mismo.
YO – A eso me refiero. El Arte sólo es realmente útil cuando es consciente, cuando es producto de una voluntad. Y sin embargo con la intromisión de la razón el Arte pierde todo lo que pudiera tener de natural, de espontáneo. Se parte del sentimiento, y se encauza el sentimiento con la razón, pero olvidamos que la razón parte a su vez del sentimiento y cualquier pretensión de dominio no es más que una mentira. No hay objetividad, y la razón misma lucha contra la consecución de esa objetividad, sinónimo de natural, de espontáneo, de real. El Arte consciente es el único que hace falta, y es entonces cuando comprende que, a pesar de todo, precisamente el Arte consciente es aquel que no sirve de nada.
CRISTINA - ¿Y propones algo a cambio?
YO – Lo triste es que no hay nada a cambio. No podemos obviar que el Arte, con todas sus carencias, es un paso importante. ¿Hacia adónde? Ni idea. Pero es necesario que, para llegar a algún lugar, nos separemos de las cosas. Hay que separase del objeto, hay que separarse de uno mismo, de la propia razón. Hay que ir más allá del mundo para contarlo. Hay que ir más allá de lo humano para salvar al hombre.
CRISTINA - ¿Y cómo se hace eso?
YO – Muriendo. El Artista debe morir. No como personaje relacionado con el arte, no como figura principal, simbólica, del acto creador, sino como persona, como entidad viviente. El Artista debe morir como persona. El Artista como persona está sujeto a su propia sensibilidad, que es al mismo tiempo la puerta de entrada al mundo y los gruesos muros que lo protegen, que lo ocultan de él. El Artista debe prescindir de sus sentidos y de sus emociones. Es la única manera de ser objetivo, de llegar a la objetividad.
CRISTINA - ¿Estás temblando?
YO – Sí, abrázame. Acompáñame en este baile.
CRISTINA – Pero si no sabes quién soy.
YO – Sí lo sé, eres Helena. Pero, para el caso, es lo mismo y no importa.
CRISTINA – No, no es lo mismo y sí que importa. Yo no soy Helena, más vale que te hagas a la idea.
YO - ¿Y quién eres tú, entonces? ¿Quién es Cristina?

No sé quién está en esa fiesta, sólo sé que ahí querría yo estar, un tipo que no sabe escribir y hablando sobre cosas que no pueden darnos nada. Me pregunto qué más hay en esa fiesta, y lo que veo es un reflejo del todo que quiero que sea. Puedo hablar de: piernas que se separan y descubren la vagina, maniquís de vello púbico falso, vaginas que se abren y expulsan nubes de humo junto con líquidos, y faldas que se suben y se bajan con el humo y que se manchan con el líquido. Las chicas se ríen cuando se ensucian la falda y el tejido se pega a la herida que domina sus vidas y que por desgracia no significa absolutamente nada.

Me pregunto si de verdad no hay nada, y me leo y descubro precisamente que lo anterior no existe y que el placer de la huida es un aborto en sí mismo.

He ido a la fiesta en tren y he visto un chico que comentaba con sus compañeros que iba a una fiesta de universitarios de fin de año, y me supuse que era la misma a la que iba yo. El caso es que no le veo. He creído verle cuando he llegado a la casa, porque había un tipo en la puerta de entrada, de pie y fumando, como si tuviera que darme la bienvenida. Ese hombre tenía la cara descompuesta y se reía al tiempo que lloraba, estremecido. Eso me ha creado angustia, pero he tenido la impresión de que ese hombre estaba ahí para que lo tocásemos. Le he tocado. Se ha estremecido ante mi contacto pero no ha huido. El que ha huido he sido yo, que me he metido en la fiesta. He visto gente que bailaba pero no he logrado alcanzarlos. Bailaban sin prisa, como si colgaran del techo por unos hilos. No he podido llegar a la pista de baile y me he puesto a beber. Entonces se me ha acercado la chica que me invitó en su momento a esta fiesta.

CRISTINA - De pronto he perdido el hilo de mis pensamientos. Ya no sé qué es lo que tenía que decirte.
YO- Quizás debas recordar tu nombre para recobrar tu mensaje y tu significado.
CRISTINA - Quizás sí, pero, ¿quién soy entonces? ¿A quién puedo agarrarme?
YO - Agárrate a mí, agárrate. Siempre nos queda la música y el sexo.
CRISTINA - Ajá. La música y el sexo. ¿El sexo no era para ti el Arte? Ante la inexistencia de todo sexo abrazaste el Arte y te buscaste, me buscaste en él. Buscaste un sentido en el sexo y, al no tener sexo, te refugiaste en el Arte y buscaste tu sentido en él. ¿Ves que no tiene ningún sentido?
YO - Sí, lo veo.
CRISTINA - ¿Y ves qué es lo que acaba ocurriendo? Hablamos sin pensar y decimos lo que sin pensar pensamos y sabemos. He venido a condenarte por ser como eres.
YO - No me sueltes, por favor, no me sueltes.
CRISTINA - Soy una mujer, y nunca lograrás poseerme. Nunca serás una mujer y nunca podrás acercarte a mí.
YO - Te pareces más que nunca a Helena…
CRISTINA - Y no soy ella, porque ella tampoco existe de por sí.

En el rostro de esa amiga que vino a verme encontré rasgos que me habían pasado desapercibidos hasta el momento. Había algo de ambiguo en su expresión. Recordé el hombre de la entrada de la casa y tuve que separarme de ella. Sin embargo ella se me acercó y empezó a susurrarme cosas ininteligibles. Cuando me metió la mano en el bolsillo y me agarró el pene cerré los ojos y sentí que me perdía en el vacío. A mi alrededor sólo vi negrura, y luces pequeñas que no se movían. Había quietud y negrura, y sentí que la mano serena de mi amiga desaparecía y que todo yo empezaba a ser acariciado por manos que no eran manos y que de pronto estaba desnudo. Me abandoné. En la lejanía alguien se rió de mí como si no estuviera allí y se me acercó el hombre que reía y lloraba al mismo tiempo, calvo y con las manos tendidas hacia mí como si quisiera abrazarme. Quise empezar a correr pero no pude. Me llenó la angustia. Desgarré la oscuridad que me envolvía con las uñas y los dientes y desperté tumbado en el suelo de la fiesta. Mi amiga estaba de rodillas a mi lado, riéndose porque me había desmayado y con la mano aún metida en el bolsillo, y masturbándome. Después de mirar sus pechos la obligué a sacar su mano del bolsillo y me aparté de ella, porque me recordaba el hombre de la entrada. Fui a una mesa y cogí sandwiches. Luego me volví y miré la concurrencia de esa fiesta, que hablaba o bailaba o fumaba o se reía bajo una luz azul espesa y oscura. Me sentí perdido y rodeado de gente, aunque no había nadie tan cerca como para que pudiera tocarle. De debajo de la mesa salió una nube de humo y una de las chicas, sentada en un sofá con otras compañeras, se apretó una parte del vestido azul contra la vagina. La tela se tiñó de rojo. La chica se rió pero se cubrió la boca con una mano, al tiempo que miraba a sus amigas con ojos desorbitados. Sus amigas apenas parecían ser conscientes de lo que había ocurrido. A nadie le importaba un pimiento.

CRISTINA - Te acuso de esconderte. Te acuso de abrazar el Arte para huir de ti mismo y de tus tremendas carencias. El Arte es un producto de lo humano y tú no eres humano.
YO - ¿Alguien lo es?
CRISTINA - Juegos de palabras. Tu escepticismo está cargado de melancolía y remordimientos. No eres humano y tampoco quieres serlo. No sientes empatía. Has aprendido a llorar como podrías haber aprendido a domar caballos. Te sientes más cercano de tu perro de que las personas que te rodean. Eres un monstruo.
(Y luego :)
CRISTINA - ¿Me besas?
YO - Te deseo.
CRISTINA - Porque hablo de ti.
YO - Y porque así podré dejar de pensar en lo que dices.
(Y luego, llorando :)
YO - Huyo porque no me han enseñado a luchar. No quiero luchar porque no sé luchar. ¿Cómo puedo estar seguro de lo que hago si ni siquiera puedo confiar en mí mismo?
CRISTINA - No te tortures, no vale la pena. La humanidad se siente. La humanidad se es. Lo que hay de malo en ti existe por causas ajenas a tu voluntad. No te preocupes por ello. La culpa la tiene tu entorno.
YO - ¿Qué Responsabilidad es esta que intenta no hacerme responsable de mis acciones?
CRISTINA - La Responsabilidad que entiende que uno es lo que hacen de él.
YO - Reniego de ti del mismo modo en que reniego del Arte. Uno es lo que hacen de él cuando vive en la inconsciencia, cuando se es un niño. El hombre adulto debe construirse a sí mismo.
CRISTINA - ¿Y crees que eso sirve de algo?
NARRADOR - ¡Cambio!

Cuando me aparté de la mesa volví a sentir el vértigo y volvió a devorarme la negrura, con la diferencia que en esta ocasión se me comió por completo, borrando así cualquier tipo de posibilidad de salida, de escape, de lo que fuera. De nuevo sentí las manos invisibles que me acariciaban el cuerpo entero, y en la negrura percibí que mi desnudez respondía a ese gesto. Una cabeza invisible posó su boca encima de la mía y sentí que alguien succionaba mi pene. Me abandoné al sexo. Lo hice de manera consciente, sabedor de que oportunidades como aquella no solían darse a la gente como yo. Al tiempo que ocurría todo esto, con todo, alguien empezó a hablar con una voz que era muy parecida a la mía, a pesar de que yo tenía todos los orificios de mi cuerpo ocupados en succionar o ser succionados, y escuché con atención lo que decía, aunque con la distancia las voces parecían ir a perderse de un momento a otro. La voz decía así:

Mi huida es de carácter moral, como es obvio. No huiré de mis hermanos y hermanas, de mis padres, mis abuelos y mis amigos, porque ya no me queda nada de lo que pueda huir. La tragedia consiste en que, además, tampoco se merecen que me quede a ayudarles ni que huya de ellos. Su existencia se vació nada más salir del vientre materno y su vida no es más que la continuación de un acto que no debió suceder. Escribo sobre ellos, escribo sobre mí, porque quiero reflejar la mediocridad de estas gentes y ocultar quizás así mi propia mediocridad. Su existencia es la mía, y mi texto es un reflejo de dicha existencia. Sólo que tengo miedo, porque en la revelación de la verdad es inevitable que se oculte dicha verdad, y porque la verdad quizás no sea más que un reflejo de una verdad que no existe. Me pierdo, y soy consciente de que me pierdo, pero a estas alturas ya no me importa. No vale la pena luchar por nada ni por nadie. Todos son monstruos.

Y todos son monstruos porque todos participan de la inconsciencia. Se dañan unos a otros porque necesitan dañar y ser dañados. En la violencia y el insulto (entre cuyos sinónimos podríamos encontrar: sexo, sonrisa, beso, carta, e-mail, etc.) descubren que están vivos, y esa consciencia les obliga a redoblar sus estocadas y sus mordeduras porque tienen miedo de perder lo que en un principio no era suyo. La vida se convierte así en una necesidad de sangrar y de hacer que sangren, de compartir sangres porque somos incapaces de compartir algo que no sea el propio cuerpo, porque somos incapaces de entender que es imposible compartir algo cuando no tenemos nada que podamos compartir. La inconsciencia nos domina como una fuerza irresistible y a la que nos abandonamos sin remedio. El desinterés político, la pereza mental, etc., no son sino muestras de que nuestro deseo de seguir viviendo es equiparable, al mismo tiempo, al deseo de abandonarnos y al deseo de dañar a los que nos rodean. Las víctimas se ofrecen a los verdugos y son tan culpables como ellos de su muerte porque la desean, porque es lo que se esconde bajo los lloros y la autocompasión. Los verdugos encuentran un placer mórbido en contemplar las muertes ajenas, y no sigo porque soy consciente de que mi imaginario visual no es más que un robo, que un atraco, y no quisiera mostrar al público una perspectiva que no quisiera defender como mía (ya que, de poder, no puedo defender siquiera como propio el rechazo a adoptar ideas como de mi autoría). En el placer de la huida encuentro el sentido más profundo de mi existencia y el hilo que me une, en culpabilidad, a los que me precedieron. En el placer del remordimiento descubro una verdad infalible y una descripción perfecta de una realidad, de mi realidad. En el placer de la huida nos encontramos todos, como monstruos. Todos son monstruos.

- Hola, soy la Humanidad, y vengo a consolarte.
(Y luego :)
HUMANIDAD - Siempre patética.
YO - ¿No tienes nombre? ¿No puedes darme un rostro humano?
HUMANIDAD - No, soy todos los nombres, todos los rostros.
YO - No puedo bailar contigo, entonces.
HUMANIDAD - No, no puedes bailar conmigo, entonces.
YO - Siento asco de ti.
HUMANIDAD - Pero no olvides que soy la única que puede consolarte.

La música sigue siendo para mí un misterio. Así como puedo hablar de la búsqueda de la trascendencia en el cine o la literatura con una cierta seguridad, en la música no dispongo de los símbolos y las referencias que me sirven como base de apoyo para la distinción entre lo que es y lo que no es Arte. ¿Dónde se encuentra la trascendencia de la música? ¿En la búsqueda de nuevas sonoridades, de nuevos modos de expresión? Ya se ha demostrado en cine que la invención de nuevas imágenes no es sinónimo de calidad artística, al mismo tiempo que en la literatura un uso innovador del lenguaje sólo indica una voluntad por parte del escritor de crear algo nuevo, independientemente de si lo consigue o no. ¿De qué disponemos en la música, pues, para descubrir en ella la trascendencia? En el Arte más abstracto e intelectualizado de todos, tan abstracto incluso que las demás artes envidian su grado de abstracción, en este Arte, pues,

Me reconocí en una pantalla. De niño, mirando la abuela y viendo al sacerdote lamiendo el sobaco de un feligrés. Una lengua enorme me lamía el cuerpo entero y sin embargo pude ver en una pantalla imágenes de mi infancia. Me di cuenta, al mismo tiempo, de que la voz que me hablaba se había acallado, y que en la pantalla mi rostro mutaba constantemente y ofrecía una secuencia vertiginosa de los rostros de mis familiares. Reconocí algunos de ellos, y los que no pude identificar tenían rasgos que reflejaban a la perfección su procedencia y sus genes. Me pregunté si todos ellos, mis familiares, habían pasado por lo mismo que yo. Si todos habían acudido a esta fiesta, con esta misma gente, y se habían ofrecido, en su desnudez, a la oscuridad misma. El hombre calvo, el del sorriso y el llanto, apareció detrás de mí (lo sentí más que verlo) y empezó a hablar. Al principio no comprendí lo que decía. Luego, cuando me volví hacia

HUMANIDAD - Como artista eres débil e hipócrita. No te ayuda el que, además, seas consciente de ello. Tu trabajo está lleno de resentimiento, contra el mundo y contra ti mismo. No sabes a quien culpar. Quizás no sea necesario que culpes a nadie.
YO - ¿Es ahora cuando debo flagelarme? ¿Cuando debo reconocer que no he sido capaz de vencer mi pasado, de liberarme de las cadenas que me atan al pasado de mi familia? ¿Es ahora cuando debo llorar porque no puedo dejar de ser lo que soy, a pesar de todo? ¿Es ahora cuando llega la humillación?
HUMANIDAD - Sí.
YO - Todo lo que he dicho y todo lo que diré no es sino una consecuencia de mis problemas, de mi incapacidad para crecer de verdad.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - ¿Y no puedo hacer nada, verdad?
HUMANIDAD - Eso depende de ti.
YO - No puedes darme respuestas.
HUMANIDAD - No.
YO - Sólo puedes consolarme.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - Consólame entonces, aunque te haya maltratado como lo he hecho. En eso consiste la humanidad, ¿no? En quererse a pesar del odio, del asco, de la repulsión.
Narrador - ¡Cambio!

Estaba de nuevo en la fiesta, y de pie. Las personas estaban todas inmóviles, quietas, como estatuas, en las posturas más inverosímiles. Los bailarines seguían danzando lenta y seductoramente, como colgados del techo, por parejas, envueltos en el humo y la luz azul que lo impregnaban todo. Finalmente, en el centro de la habitación, de pie, sonriendo y llorando, el hombre de la entrada, calvo, se estaba quieto y me miraba. No pude evitar estremecerme. A lo lejos oí voces, las voces de la fiesta quizás, o las voces de un pasado borroso que seguían siendo proyectados en una pantalla. El caso es que sentí que el momento cobraba una importancia inusitada, que quizás era un momento decisivo. Me preparé para salir corriendo en el caso de que fuera necesario.

- Ahora tienes que elegir.
YO - ¿Y quién eres tú?
- Eso es lo de menos. Llámame Alivio.
YO - ¿Y qué tengo que elegir?
ALIVIO - Entre dos tópicos: la vida, y la muerte.
YO - ¿Estoy obligado a elegir?
ALIVIO - No, pero todos lo han hecho antes.
YO - En ese caso me parece que no elegiré. Tengo miedo de equivocarme.
ALIVIO - El objetivo no es escojer la respuesta correcta, porque quizás no la haya. El objetivo es escapar de la angustia. El objetivo es creer que quizás haya un responsable que pueda quitarte de encima el peso de la culpabilidad.
YO - Tu discurso no me convence.
ALIVIO - Nadie ha dicho que tenga que convencerte.

Ha llegado un punto en el que creo que me he perdido de verdad. No entiendo el significado de la división por capítulos ni la necesidad que tengo de justificarme. Escribo porque de otro modo preferiría estar muerto, y porque necesito volcarme en un todo para poder así desaparecer. ¿Supervivencia? No sé. Quizás sí.

ALIVIO - Estás obligado a escoger. Te obligo yo. Sin ti mi existencia no tiene sentido. Y no pretendo otra cosa que hacer aquello por lo que he nacido. Tu vida y tu muerte me importan en la medida en que mi vida y mi muerte dependen de la tuya. Me da igual lo que elijas. Me da igual. Pero elige. Hazlo de una vez.

Y sin embargo sólo pude encontrarme en el placer de la huida. La fiesta desapareció bajo mis pies y dejé de escribir. El diálogo desapareció al decidir que no quería decidir. Todo pareció desvanecerse cuando decidí que nada importaba. Quizás eso fue lo mejor, decidir que lo que ocurriese no me importaba lo más mínimo. No hubo barreras entonces y no las hubo desde entonces. Decidí creer en mí mismo.

Y cuando me encontré a las puertas del castillo, sólo pude recordar la vieja leyenda que me contaron cierto día, y en la que