El primer baile con Helena debe ser rígido. No sabe cómo hacerlo. ¿Y la belleza? Su búsqueda acaba en encorsetamiento de palabras y de acción. Lo percibe, lo intuye, y le angustia no saber cómo afrontarlo. Sabe que no debería aspirar a la perfección. Pero él persiste.
YO - El arte no siempre es suficiente.
HELENA - No me has entendido. Te estoy invitando a bailar.
Pone en boca de los personajes ideas que no son suyas sino de la gente que las encontró antes que él. Su búsqueda debe pasar forzosamente por: 1) la destrucción de los moldes antiguos, y 2) la certeza de que puede vencer a sus modelos. Por el momento sabe que no puede lograrlo, que no es lo bastante fuerte. ¿Y dónde encontrará la energía necesaria? ¿Cuándo y cómo podrá romper con las influencias?
HELENA - ¿Cómo supiste que yo era el Arte?
YO – Lo adiviné, supongo. De todos modos, fuiste tú quien vino a buscarme.
HELENA – Así es. Estoy aquí para ayudarte. ¿Quieres decirme algo?
YO – Antes abrázame, y pégate a mí. Necesito tocarte.
(Y luego: )
YO - Me gusta cómo bailas. Eres firme y sensual. Eres fuerte, sexual, y tu erotismo, a pesar de todo, es rígido, complaciente. Te empeñas en bailar bien porque te han enseñado a bailar bien, y así tu baile pierde todo lo que pudiera tener de natural y de espontáneo. Uno entiende que has trabajado duro para llegar hasta aquí, pero sigo viendo tus costuras.
HELENA - ¿Te refieres a las letras o a todo el Arte?
YO – No quiero sonar pretencioso. Tan sólo a las letras.
HELENA - ¿Y hablas de Literatura, o sólo de una de sus parcelas?
YO – De la narrativa: de aquello que prescinde de la poesía, de lo épico y de lo mítico porque se cree capaz de sostenerse por sí sola. Las grandes novelas y los grandes relatos tienen menos de narrativo que de memorable. El tiempo de la novela ha llegado a su fin.
HELENA - ¿Y qué propones a cambio?
YO – Nada. No sé qué hay más allá. Por eso has venido aquí, para mostrarme cuál será mi dirección a partir de ahora.
HELENA – Primero deberías comprobar si el odio que sientes por la novela es fruto de la reflexión, o si tan sólo es una consecuencia (comprensible, eso sí) de tus muchos proyectos frustrados.
YO – Si mis proyectos no han funcionado no ha sido por negligencia ni desidia, sino debido a la propia naturaleza de la novela. Su estructura inamovible y fosilizada no me permitió follarla como es debido.
(Y luego: )
YO – No puedes ayudarme, ¿verdad?
HELENA – No, no puedo ayudarte. Sé lo mismo que tú.
YO – Nada.
HELENA – Exacto. Sólo conozco los orígenes, la tradición. El resto no depende de mí.
Ha llegado el momento de hacer una pausa en el diálogo. Es necesario introducir un narrador, un personaje que actúe como catalizador de la historia. Alguien en quien puedan agarrarse los lectores. Alguien que diga
No quiero escribir bien, y no lo haré. No quiero luchar en algo que no se me da bien.
No quiero luchar en nada, por otra parte.
Sólo quiero decir que hay fiestas, y las historias de esas fiestas están en muchos sitios pues se han contado desde hace tiempo y sus raíces han acabado por cortarse. Pero a mí no me interesan las fiestas, sino que quiero una fiesta que sea como el símbolo de una fiesta y que supere a lo grande el concepto que va unido a esa palabra.
Un diálogo de la fiesta:
- ¿Por qué el Arte no siempre es suficiente?
YO - ¿Y tú quién eres?
- Soy Cristina. Creí que te habrían hablado de mí.
YO - ¿Conoces a Helena? Parecéis hermanas, o gemelas. O quizás seáis la misma persona.
CRISTINA – Todos somos la misma persona.
(Y luego: )
YO – El Arte no es suficiente porque parte de una base errónea. No se puede salvar el mundo si se es parte del mundo, no se puede salvar el ser humano si uno es un ser humano. Se inventó la metáfora como un modo de acercarse a la naturaleza profunda de las cosas, pero en realidad no es sino un símbolo del enajenamiento del espíritu. Es lo más cercano al espíritu de lo que llegaremos nunca, porque busca y pretende trascenderse, y sin embargo no nos alejamos más del ser humano que cuando utilizamos un lenguaje poético.
CRISTINA – Hablar del espíritu, hablar del Arte, es un acto retórico en sí mismo.
YO – A eso me refiero. El Arte sólo es realmente útil cuando es consciente, cuando es producto de una voluntad. Y sin embargo con la intromisión de la razón pierde todo lo que pudiera tener de natural, de espontáneo. En el acto creativo se parte del sentimiento, y creemos dominarlo (al menos en parte) cuando lo encauzamos con la razón, pero olvidamos que la razón parte a su vez del sentimiento y que cualquier pretensión de dominio no es más que un espejismo. No hay objetividad. La razón misma lucha contra la consecución de esa objetividad, que no es sino un sinónimo de natural, de espontáneo, de real: aquello que la razón no podrá poseer nunca. El Arte consciente es el único que se echa de menos, y debes comprender que, a pesar de todo, el Arte consciente es aquel, desde su concepción, que no sirve de nada.
CRISTINA - ¿Y propones algo a cambio?
YO – Lo triste es que no hay nada a cambio. No podemos obviar que el Arte, con todas sus carencias, es un paso importante. ¿Hacia adónde? Ni idea. Pero es necesario que nos separemos de las cosas si queremos llegar a algún sitio. Hay que separase del objeto, hay que separarse de uno mismo, de la propia razón. Hay que ir más allá del mundo para contarlo. Hay que ir más allá de lo humano para salvar al hombre.
CRISTINA - ¿Y cómo se hace eso?
YO – Muriendo. El Artista debe morir. No como personaje relacionado con el arte, no como figura principal, simbólica, del acto creador, sino como persona, como entidad viviente. El Artista debe morir como persona. El Artista como persona está sujeto a su propia sensibilidad, que es al mismo tiempo la puerta de entrada al mundo y los gruesos muros que lo protegen, que lo ocultan de él. El Artista debe prescindir de sus sentidos y de sus emociones. Es la única manera de ser objetivo, de llegar a la objetividad.
CRISTINA - ¿Estás temblando?
YO – Sí, abrázame. Acompáñame en este baile.
CRISTINA – Pero si no sabes quién soy.
YO – Sí lo sé, eres Helena. Pero, para el caso, es lo mismo y no me importa.
CRISTINA – No, no es lo mismo y sí que importa. Yo no soy Helena, más vale que te hagas a la idea.
YO - ¿Y quién eres tú, entonces? ¿Quién es Cristina?
No sé quién está en esa fiesta, sólo sé que yo querría yo estar allí, un tipo que no sabe escribir y hablando sobre cosas que no pueden cambiar nada. Me pregunto qué más hay en esa fiesta. Puedo hablar de: piernas que se abren y descubren una vagina carnosa; maniquís con vello púbico; vaginas que se contraen y que expulsan líquidos y nubes de humo; faldas que se divierten con el humo y que se manchan con el líquido. Las chicas se ríen cuando se ensucian la falda, y el tejido se pega a la herida que domina sus vidas y que no significa absolutamente nada.
Me pregunto si de verdad no hay nada, y me leo y descubro precisamente que lo anterior no existe y que el placer de la huida es un aborto en sí mismo.
¿El placer de la huida?
De pronto es consciente de lo mucho que ha dejado atrás. Recuerda que empezó hablando del placer de la huida, y de la enfermedad contagiosa que le impulsa a escribir. Dice: “En la manera tan propia que tenemos de asimilar y adoptar las tradiciones subyace un anhelo inconsciente de ser torturados, heridos, desgarrados. No hay amor en nosotros.” Y luego añade: “En nuestro padecer hay algo de justo, de necesario; nos merecemos este castigo.”
“Cuando se abrieron las puertas de la consciencia, y a partir del momento en que hallamos nuestro reflejo, comprendimos cuál era el origen de nuestro mal y de qué modo podríamos huir de él. Y, sin embargo, ni entonces ni en los años que siguieron al despertar del pensamiento colectivo logramos acercarnos ni un ápice a la cura, al antídoto de ese veneno que nos daba y que nos sigue quitando la vida. El don del conocimiento se convirtió en maldición milenaria pues se nos dieron ojos para ver y no manos para hacer. Carecíamos de la única herramienta necesaria para romper con la tragedia familiar: el amor.”
No se le escapan la dureza y el dudoso ritmo de esos párrafos, pero cree que le serán de utilidad en el futuro. Por el momento quiere pensar en otra cosa.
¿Habrá un baile en esta fiesta? ¿Podré tirarme a alguna chavala?
He llegado a la casa y había un tipo calvo en la entrada, fumando de pie, y como si tuviera que darme la bienvenida. Se reía al mismo tiempo que lloraba, estremecido. Eso me ha creado angustia, pero he tenido la impresión de que ese hombre estaba ahí para que lo tocásemos. Le he tocado. Se ha estremecido ante mi contacto pero no ha huido. El que ha huido he sido yo, que me he metido en la fiesta. He visto gente que bailaba pero no he logrado alcanzarlos. Bailaban sin prisa, como si colgaran del techo por unos hilos. No he podido llegar a la pista de baile y me he puesto a beber. Entonces se me ha acercado la chica que me invitó en su momento a la fiesta.
CRISTINA - He perdido el hilo de mis pensamientos. Ya no sé qué es lo que tenía que decirte.
YO - Quizás si recuerdas tu nombre podrás recordar el mensaje.
CRISTINA - ¿Y quién soy? ¿A quién puedo agarrarme?
YO - Agárrate a mí, agárrate. Siempre nos quedarán la música y el sexo.
CRISTINA - Ajá. La música y el sexo. ¿El sexo no era para ti el Arte? Ante la inexistencia de todo sexo abrazaste el Arte y te buscaste, mejor dicho nos buscaste en él. Te buscaste un sentido en el sexo y, al no tener sexo, te refugiaste en el Arte y buscaste tu sentido en él. ¿Ves que no tiene ningún sentido?
YO - Sí, lo veo.
CRISTINA - ¿Y ves qué es lo que acaba ocurriendo? Hablamos sin pensar y decimos lo que sin pensar pensamos y sabemos. He venido a condenarte por ser como eres.
YO - No me sueltes, por favor, no me sueltes.
CRISTINA - Soy una mujer, y nunca lograrás poseerme. Nunca serás una mujer y nunca podrás acercarte a mí.
YO - Te pareces más que nunca a Helena.
CRISTINA – Y sin embargo no soy ella, porque ella tampoco existe de por sí.
En el rostro de esa amiga encontré rasgos que no había visto antes. Había algo ambiguo en su expresión. Eso me recordó el hombre de la puerta de entrada y tuve que separarme de mi amiga. Sin embargo ella se me acercó y empezó a susurrarme cosas ininteligibles. Cuando me metió la mano en el bolsillo y me agarró el pene, cerré los ojos y sentí que me perdía en el vacío. A mi alrededor sólo vi negrura, y luces pequeñas que no se movían. Había quietud y negrura, y sentí que la mano serena de mi amiga desaparecía y que todo yo estaba desnudo y empezaba a ser acariciado por manos que no eran manos. Me abandoné. En la lejanía alguien se rió de mí como si no estuviera presente, y en la oscuridad se me acercó el hombre calvo que reía y lloraba al mismo tiempo, con las manos tendidas hacia mí como si quisiera abrazarme. Intenté correr pero no pude. Me llenó la angustia. Desgarré la oscuridad con las uñas y los dientes y desperté tumbado en el suelo de la fiesta. Mi amiga estaba de rodillas a mi lado, riéndose porque me había desmayado y con la mano aún metida en mi bolsillo, masturbándome. Después de mirar sus pechos la aparté de mí, porque me recordaba el hombre de la entrada. Fui a una mesa y cogí sándwiches. Luego me volví y miré a la concurrencia de esa fiesta, que hablaba o bailaba o fumaba o se reía bajo una luz azul espesa y oscura. Me sentí perdido y rodeado de gente. De debajo de la mesa salió una nube de humo; y una de las chicas, sentada en un sofá con otras compañeras, se apretó una parte del vestido azul contra la vagina. La tela se tiñó de rojo. La chica se rió, con la boca cubierta con una mano y los ojos desorbitados. Sus amigas apenas se percataron de lo ocurrido. De hecho, a nadie le importaba un pimiento
CRISTINA - Te acuso de esconderte. Te acuso de abrazar el Arte para huir de ti mismo y de tus tremendas carencias. El Arte es un producto de lo humano y tú no eres humano.
YO - ¿Alguien lo es?
CRISTINA - Juegos de palabras. Tu escepticismo está cargado de melancolía y remordimientos. No eres humano y tampoco quieres serlo. No sientes empatía. Has aprendido a llorar como podrías haber aprendido a domar caballos. Te sientes más cercano de tu perro de que las personas que te rodean. Eres un monstruo.
(Y luego: )
CRISTINA - ¿Me besas?
YO - Te deseo.
CRISTINA - Porque hablo de ti.
YO - Y porque así podré dejar de pensar en lo que dices.
(Y luego, llorando: )
YO - Huyo porque no me han enseñado a luchar. No quiero luchar porque no sé luchar. ¿Cómo puedo estar seguro de lo que hago si ni siquiera puedo confiar en mí mismo?
CRISTINA - No te tortures, no vale la pena. La humanidad se siente. La humanidad se es. Lo que hay de malo en ti existe por causas ajenas a tu voluntad. No te preocupes por ello. La culpa la tiene tu entorno.
YO - ¿Qué Responsabilidad es esta que intenta no hacerme responsable de mis acciones?
CRISTINA - La Responsabilidad que entiende que uno es lo que hacen de él.
YO - Reniego de ti del mismo modo en que reniego del Arte. Uno es lo que hacen de él cuando vive en la inconsciencia, cuando se es un niño. El hombre adulto debe construirse a sí mismo.
CRISTINA - ¿Y crees que eso sirve de algo?
“Todos son monstruos porque todos participan de la inconsciencia. Se dañan unos a otros porque necesitan dañar y ser dañados. En la violencia y el insulto (entre cuyos sinónimos encontramos: sexo, sonrisa, beso, carta, e-mail.) descubren que están vivos, y esa consciencia les obliga a redoblar sus estocadas porque temen perder lo que en principio no era suyo. La vida se convierte así en una necesidad de sangrar y de hacer que sangren, de compartir sangres porque somos incapaces de compartir algo que no sea el propio cuerpo, porque somos incapaces de entender que es imposible compartir algo cuando no tenemos nada que podamos compartir. La inconsciencia nos domina como una fuerza irresistible y a la que nos abandonamos sin remedio. El desinterés político, la pereza mental, etc., evidencia que nuestro deseo de seguir viviendo es equiparable, por un lado, al deseo de abandonarnos, y, por otro, al deseo de dañar a los que nos rodean. Las víctimas se ofrecen a los verdugos y son tan culpables de su muerte porque la desean, porque el anhelo de morir es lo que se esconde bajo los lloros y la autocompasión. Los verdugos encuentran un placer mórbido en contemplar y provocar muertes ajenas, y no sigo porque mi imaginario visual no es más que un robo, y no quisiera mostrar al público una perspectiva que no quisiera defender como mía (ya que, de poder, no puedo defender siquiera como propio el rechazo a adoptar ideas que no son mías). En el placer de la huida encuentro el sentido más profundo de mi existencia y el hilo que me une, en culpabilidad, a los que me precedieron. En el placer del remordimiento descubro una verdad infalible y una descripción perfecta de una realidad, de la nuestra. En el placer de la huida nos encontramos todos, como monstruos. Todos son monstruos.”
De bajo la mesa apareció una nueva voluta de humo. Tuve tiempo de inspeccionarla hasta que pensé.
- Hola, soy la Humanidad, y vengo a consolarte.
(Y luego: )
HUMANIDAD - Siempre patética.
YO - ¿No tienes nombre? ¿No puedes darme un rostro humano?
HUMANIDAD - No, soy todos los nombres, todos los rostros.
YO - No puedo bailar contigo, entonces.
HUMANIDAD - No, no puedes bailar conmigo.
YO - Siento asco de ti.
HUMANIDAD - Pero no olvides que soy la única que puede consolarte.
(Y luego: )
HUMANIDAD - Como artista eres débil e hipócrita. No te ayuda el que, además, seas consciente de ello. Tu trabajo está lleno de resentimiento, contra el mundo y contra ti mismo. No sabes a quien culpar. Quizás no sea necesario que culpes a nadie.
YO - ¿Es ahora cuando debo flagelarme? ¿Cuando debo reconocer que no he sido capaz de vencer mi pasado, de liberarme de las cadenas que me atan al pasado de mi familia? ¿Es ahora cuando debo llorar porque no puedo dejar de ser lo que soy, a pesar de todo? ¿Es ahora cuando llega la humillación?
HUMANIDAD - Sí.
YO - Todo lo que he dicho y todo lo que diré no es sino una consecuencia de mis problemas, de mi incapacidad para crecer de verdad.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - ¿Y no puedo hacer nada, verdad?
HUMANIDAD - Eso depende de ti.
YO - No puedes darme respuestas.
HUMANIDAD - No.
YO - Sólo puedes consolarme.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - Consólame entonces, aunque te haya maltratado. En eso consiste la humanidad, ¿no? En quererse a pesar del odio, del asco, de la repulsión.
“Mi huida es de carácter moral. No se merecen que me quede a ayudarles. Su vida es la continuación de un acto que no debió suceder. No hay amor en nosotros. Escribo por compasión, por vergüenza, porque a pesar de todo necesitan que les mire, y porque necesitan creer que les miran. Escribo porque estamos atrapados en un tiempo y un espacio que ya no pertenecen a nadie. Más allá de este texto sólo hay muerte, y si me encierro en este texto sólo puedo hablar de angustia y dolor.”
Un chaval se me acercó y se apoyó junto a mí en la mesa. Me cogió del brazo, y volví a sentir el vértigo y volvió a devorarme la negrura. Con la salvedad que, en esta ocasión, se me comió por completo, y me negó así cualquier posibilidad de salida. Sentí las manos invisibles que me acariciaban todo el cuerpo, y en la negrura percibí que mi desnudez respondía a ese gesto. Una cabeza invisible posó su boca encima de la mía y sentí que alguien succionaba mi pene. Me abandoné al sexo. Lo hice de manera consciente, sabedor de que oportunidades como aquella no solían darse a la gente como yo. Al tiempo que ocurría todo esto, alguien empezó a hablar, con una voz que era muy parecida a la mía, y a pesar de que todos los orificios de mi cuerpo estaban ocupados en succionar o ser succionados. Escuché con atención a lo que decía.
“La música sigue siendo para mí un misterio. Puedo hablar con cierta seguridad de la búsqueda de la trascendencia en el cine y en la literatura, pero cuando me meto en el terreno de lo musical no dispongo de los símbolos y de las referencias necesarias para discernir el Arte de lo que no lo es. ¿Dónde se encuentra la trascendencia en la música? ¿En la búsqueda de nuevas sonoridades, de nuevos modos de expresión? Ya se ha demostrado en cine que la invención de nuevas imágenes no es sinónimo de calidad artística, y lo mismo ocurre en literatura, puesto que un uso innovador del lenguaje únicamente indica una voluntad por parte del escritor de crear algo nuevo, sin que el experimento sea garantía de éxito, ni mucho menos. ¿De qué disponemos en la música, pues, para descubrir en ella la trascendencia? En el Arte más abstracto e intelectualizado de todos, tan abstracto incluso que las demás artes envidian su grado de abstracción, en este Arte, pues,”
Me reconocí en una pantalla. De niño, mirando a mi abuela, viendo a un sacerdote lamiendo el sobaco de un feligrés. Una lengua enorme me lamía el cuerpo entero y sin embargo pude ver en una pantalla imágenes de mi infancia. Me di cuenta, al mismo tiempo, de que la voz que me hablaba se había acallado, y que en la pantalla mi rostro mutaba sin cesar y ofrecía una secuencia vertiginosa de los rostros de mis familiares. Reconocí a algunos de ellos, y en los que no pude identificar vislumbré rasgos que delataban su procedencia y sus genes. Me pregunté si todos ellos, mis familiares, habían pasado por lo mismo que yo. Si todos habían acudido a esta fiesta, con esta misma gente, y se habían ofrecido, en su desnudez, a la oscuridad misma. El hombre calvo, el de la sonrisa y el llanto, apareció detrás de mí (lo sentí más que verlo) y empezó a hablar. Al principio no comprendí lo que decía. Luego, cuando me volví hacia
Estaba de nuevo en la fiesta, y de pie. Las personas estaban todas inmóviles, quietas, como estatuas, en las posturas más inverosímiles. Los bailarines seguían danzando lenta y seductoramente, como colgados del techo, por parejas, envueltos en el humo y la luz azul que lo impregnaban todo. Finalmente, en el centro de la habitación, de pie, sonriendo y llorando, el hombre de la entrada, calvo, se estaba quieto y me miraba. No pude evitar estremecerme. A lo lejos oí voces, las voces de la fiesta quizás, o las voces de un pasado borroso que seguían siendo proyectados en una pantalla. El caso es que sentí que el momento cobraba una importancia inusitada, que quizás era un momento decisivo. Me preparé para salir corriendo en el caso de que fuera necesario.
- Ahora tienes que elegir.
YO - ¿Y quién eres tú?
- Eso es lo de menos. Llámame Alivio.
YO - ¿Y qué tengo que elegir?
ALIVIO - Entre dos tópicos: la vida, o la muerte.
YO - ¿Estoy obligado a elegir?
ALIVIO - No, pero todos lo han hecho.
YO - En ese caso me parece que no elegiré. Tengo miedo de equivocarme.
ALIVIO - El objetivo no es escoger la respuesta correcta, porque quizás no la haya. El objetivo es escapar de la angustia. El objetivo es creer que quizás haya un responsable que pueda quitarte de encima el peso de la culpabilidad.
YO - Tu discurso no me convence.
ALIVIO - Nadie ha dicho que tenga que convencerte.
Ha llegado un punto en el que creo que me he perdido de verdad. No entiendo el significado de la división por capítulos ni la necesidad que tengo de justificarme. Escribo porque de otro modo preferiría estar muerto, y porque necesito volcarme en un todo para poder así desaparecer. ¿Supervivencia? No sé. Quizás sí.
ALIVIO - Estás obligado a escoger. Te obligo yo. Sin ti mi existencia no tiene sentido. Y no pretendo otra cosa que hacer aquello por lo que he nacido. Tu vida y tu muerte me importan en la medida en que mi vida y mi muerte dependen de la tuya. Me da igual lo que elijas. Me da igual. Pero elige. Hazlo de una vez.
Y sin embargo sólo pude encontrarme en el placer de la huida. La fiesta desapareció bajo mis pies y dejé de escribir. El diálogo desapareció al decidir que no quería decidir. Todo pareció desvanecerse cuando decidí que nada importaba. Quizás eso fue lo mejor, decidir que lo que ocurriese no me importaba lo más mínimo. No hubo barreras entonces y no las hubo desde entonces. Decidí creer en mí mismo.
Y cuando me encontré a las puertas del castillo, sólo pude recordar la vieja leyenda que me contaron cierto día, y en la que
Todos querían vivir en el castillo. Alzaban los brazos para demostrar cuánto ansiaban poder vivir en las cuadras, en los pasillos, y abrían sus bocas desdentadas para gritar al cielo con qué enormes llamas se abrasaba su espíritu cuando consideraban la posibilidad de no poder vivir nunca en el castillo. Todos deseaban vivir en el castillo. Y llegó el día en que el sueño de centenares de personas se realizó. Las familias se reunieron alrededor de los muros, expectantes, ansiosos por ver cómo se abrían las puertas de entrada. La hija se agarraba a la mano del padre, el hijo se apretujaba contra el vientre materno, y sus rostros se quemaban a la luz del sol, desencajados por el hambre. Sus ojos irradiaban un extraño placer; quizás contemplaban ya su futura vida en el castillo, que prometía ser abundante en experiencias y placeres. O eso creían. Puesto que todos querían vivir en el castillo, y nadie vio que el castillo, a su vez, había terminado por desearles a ellos.
La vida en el castillo fue maravillosa. El hambre y la sed eran los mismos. El frío, igual de cortante. Y la oscuridad tan, o incluso más profunda que en el exterior. Sin embargo, había algo de hipnótico escondido tras esos muros. Hombres y mujeres sintieron el poder casi rítmico que insuflaba vida a esos pasillos muertos, y se abandonaron a su vaivén anímico, adormecedor. Sus rostros adquirieron un aire extasiado que borró de sus facciones todo rastro de cansancio o tristeza. Granjeros, sirvientes y soldados se saludaban con cortesía. Los sollozos se acallaron. Y al desaparecer también la misma necesidad de llorar, horror de horrores, desapareció toda capacidad de raciocinio.
De la nada surgió el rumor de que un nuevo rey se había instalado en alguna parte del edificio. La sospecha se confirmó cuando, cierto día, bajo la mirada complaciente de los habitantes del castillo, y sin que ninguno de ellos moviera un dedo para evitarlo, una voz desconocida y poderosa empezó a dictaminar órdenes. Toda mano y todo pie obedecieron el mandato de un monarca que, según se contaba a media voz en los patios y en los almacenes, nadie había visto aún, pero cuya influencia benéfica demostraba sin ningún género de duda que sus propósitos eran nobles y honestos. Se aceptó por unanimidad el gobierno del monarca invisible y, de ahora en adelante, todos los vasallos del rey no se acostarían por la noche sin cerciorarse de que su señor lo tenía todo, absolutamente todo.
A los pocos meses empezaron a sucederse escenas de una crueldad sin precedentes. Los pasillos, al anochecer, se llenaron de gritos y lamentos. Desaparecieron niños, mujeres, ancianos, que a la mañana siguiente todos parecían no echar en falta. Si uno acercaba el oído a las manchas de sangre y bilis que aparecieron en no pocas sábanas, podía oírse el eco de una carcajada horrible, monstruosa, que seguía sonando como si estuviera atrapada en el tejido A pesar del hambre, la gente se hinchó y empezó a sudar. El polvo se asentó en párpados y labios, y, de haberlo deseado, ninguno de ellos habría podido chillar o llorar. Pero tampoco se le dio importancia. En ese castillo se vivía bien. En todo caso, mejor que en el bosque o en el campo, y eso era de agradecer. En el castillo uno no sentía necesidad de gritar. Sólo había que pensar en lo bien que estaba uno en él. Oh, dulce satisfacción, que adormeces la mente y el corazón de los hombres…
Y aquellos hombres y mujeres, sin alma, sin consciencia, y que con el tiempo olvidaron incluso abrir los ojos al despertar, jamás se dieron cuenta del horror que trajo consigo aquella vida tranquila por la que tanto habían llorado.

1 comment
Comments feed for this article
Marzo 31, 2008 en 8:45 pm
kleefeld
Texto acabado.
Quizás faltan algunos retoques, pero ya da igual.
El texto es el definitivo. Sólo queda mejorar la forma.