La obra de Proust, uno de los más grandes renovadores que, en literatura - y con perdón de Joyce-, nos ofreció el siglo XX, prescinde de la figura de un Dios, puesto que, como dijo Nabokov, “Los dioses de las religiones convencionales están ausentes, o, para ser quizás más precisos, se han disuelto en el arte.” El papel revolucionario de Proust parte de la concepción de que es sólo a través de la consciencia y el recuerdo que el hombre puede recuperar, comprender y atrapar la realidad. Ese ente a priori objetivo que es la realidad, se convierte, pues, en materia subjetiva cuando es el propio ser el que debe sumergirse en sí mismo para atrapar, para descuartizar y descubrir aquello que de verdadero hay en las cosas, en las personas, en las imágenes y los sentimientos. A través de un acto puramente individual, a través de la “inspiración poética”, a través del arte, se pretende alcanzar un estado superior de conocimiento que antaño sólo estaba permitido a los seres superiores. De nuevo, pues, asistimos a una victoria del hombre por encima de Dios, y con un invento puramente humano.
La consecución de la objetividad ha torturado y martirizado, más allá de lo soportable, a filósofos, santos, artistas y pensadores, víctimas inocentes de un destino que quizás no era el suyo. Es fácil y comprensible, a pesar de la tragedia que conlleva, condenar a Dios a ser el único portador y conocedor de lo que es “verdadero”. Los misterios se agarran a lo divino por expreso deseo del hombre y pasan a formar parte intrínseca de la divinidad, de modo que, por un lado, solucionamos así el tema de la incomprensión y, por otro, nos deshacemos de la increíble angustia de tener que escoger. La vida adquiere rostro divino y nos creemos parte de esa existencia superior. El hombre se deshace de sus responsabilidades. La verdad está más allá de nosotros, e intentar descubrirla está más allá de nuestros poderes y de nuestras responsabilidades.
El error consiste en unificar en una sola entidad los Dioses de todo un pueblo. La figura de Dios arraiga en la experiencia individual, y tan es así que, al querer convertir la fe de cada hombre y de cada mujer en una de sola, en una única verdad, el Dios desaparece y se convierte en norma, en imposición, en estructura social. La experiencia mística no puede ser compartida. La verdad, por ende, no existe en Dios, porque no puede ser compartida. La norma, la imposición, la estructura social, se sostienen por el peso de una tradición que se retroalimenta: se adapta a los tiempos como un virus, adquiere nuevas formas y nuevos rostros y miente, porque está creada a partir de un vacío que no puede llenar. El Dios rechaza, por naturaleza - o, más bien, por no ser natural - la objetividad del mundo de los hombres. Sólo el hombre puede conocer la verdad. Sólo él, y a través de él mismo. Es ahí donde entra el papel del Arte.
El Arte, como la experiencia mística, parte del ser individual. La diferencia radica en las características del objeto al cual se dirige la subjetividad. Así como Dios no puede existir más que en tanto a sentimiento, que en tanto a concepto, el Arte existe de forma individual más allá de los hombres. La obra se despega de su creador nada más ser terminada, y adquiere así vida propia, ganado por fin su derecho a vivir. Y en tanto que nace de la realidad, lleva en sus entrañas - a pesar de su condición de objeto irrepetible - todo aquello que conforma la realidad. En la Obra de Arte sí existe la condición de objeto ajeno al ser humano imprescindible para analizar la realidad. Y es por ello que el Arte es, junto a la Ciencia, el único modo de análisis del que disponemos para comprender el ser.
Más aún: el Arte es el único modo del que dispone el ser humano para conocerse, para comprenderse, para, finalmente, unirse en una sola entidad. La objetividad a la que aspira todo el Arte verdadero debiera ser el fin último de todo humanista, en tanto que esa misma verdad es, a la postre, lo único que puede compartirse más allá de la carnalidad de los sentidos. El arte nos reúne y nos descubre en la celebración del ser, en una realidad que podemos - y debemos- compartir con los demás porque está más allá de las distinciones individuales y nos indica, de forma imparcial, a qué, dónde, cuándo y por qué debemos agarrarnos cuando el mundo, mejor dicho, cuando nuestra percepción del mundo, no es suficiente o nos resulta dolorosa. El arte y su objetividad nos dan sosiego, nos tranquilizan, porque nos aseguran que una vida ajena a la nuestra es posible; porque nos iluminan sobre la verdad temporal, fútil y fugaz de los cuerpos y las mentes; porque nos dicen que todo placer y todo sufrimiento son ficticios; y porque, al fin, nos muestran que la existencia no tiene ningún sentido. Y es ahí donde entra, últimas palabras, lo que dijo Fellini a través de su alter ego: “La vida es una fiesta. Vamos a vivirla.”

11 comments
Comments feed for this article
Abril 15, 2008 en 3:39 am
avellanal
Como todo texto de vuestra autoría, éste resulta muy atractivo y digno de análisis más sesudos del que yo pueda ofrecer.
Si bien formulas grandes e indiscutibles verdades a lo largo del texto, considero, como imaginarás, que el Arte no está destinado a situarse en el mismo lugar que le corresponde a Dios en la vida de los hombres, y mucho menos aún a reemplazarlo. Porque, en definitiva, también pienso que el hombre puede encontrar a Dios tras las sublimes formar que nos revela el arte; no es sino el Arte lo que más se acerca a lo divino, a lo sagrado, a lo trascendente; todas las cosas, todos las vicisitudes, para quien sabe leerlas con profundidad, aprisionan un mensaje que, en última instancia, siempre nos remite a Dios.
Abril 16, 2008 en 8:14 am
kleefeld
Clau, lo que tú llamas Dios no es, para mí, otra cosa que el “ser”, la existencia absurda y sin sentido. En todo caso, no me referí tanto al hecho de que el Arte debe reemplazar a Dios a nivel individual - puesto que a nivel místico el poder de la fe (y la necesidad de dicha fe) es mucho mayor que cualquier relación que uno pueda tener con el arte- sino a nivel global, a nivel social, podríamos decir. El Arte debería tender a buscar la objetividad, y es en esa objetividad que el ser humano debiera encontrarse consigo mismo, con sus congéneres. A Dios se le puede encontrar en todos sitios si se tiene la perspectiva adecuada. Pero, ¿y al hombre? ¿Dónde se encuentra al hombre? Se encuentra, sobre todo, en las Pirámides de Egipto, en los cuadros de Goya, en los textos de Proust.
Abril 16, 2008 en 7:48 pm
avellanal
Como la pirámides egipcias fueron construidas por extraterrestres, mencionaría el Taj Mahal; como prefiero la delicadeza por sobre la desmesura, hablaría de Velázquez y no de Goya; como no he leído a Proust, subrayaría a Mann. xD
Ahora, hablando un poco más en serio, esa desgarrada, solitaria, y muchas veces agónica búsqueda de la objetividad en el Arte… ¿qué nos otorga como contraprestación; qué nos devuelve como resultado?
Yo estoy convencido, como dije antes, que ninguna creación mundana alcanza el extraordinario grado de ‘lo sublime’ que ostentan precisamente esos notables ejemplos provenientes del Arte que vos señalaste. Y es precisamente cuando logran tal grado de perfección, que se desvinculan de ‘lo humano’ para acercarse un poco más a ‘lo divino’.
Abril 17, 2008 en 1:01 am
thermidor
La búsqueda de Dios es bien herencia cultural y/o ignorancia. Desde luego, sustituir ese personaje por el Arte sería muy beneficioso para los habitantes de este pequeño planeta.
Me traes a la mente a Baudelaire. Ahora, no acabo de comprender realmente a que llamas arte objetivo.¿Materialismo con idealismo? Leyendo el último comentario, parece una definición del Renacimiento, jeje.
Abril 17, 2008 en 1:20 pm
Germán Ricoy
Yo no estoy a favor de eliminar la idea de dios ni sustituirla por otra cosa (llámese arte, llámese física teórica), sólo de valorarla en su justa medida. Como he dicho en otra parte:
El hombre solo puede buscar a dios en su interior porque todo dios es una creación humana. Cualquier otra perspectiva acerca de esta cuestión está fuera de toda discusión intelectual. Dios existe del mismo modo que existe Hamlet. No más; tampoco menos.
Me perdonarán ustedes que no utilice mayúsculas para palabras como dios o arte. Lo que ocurre es que ambas me merecen el máximo respeto.
Abril 17, 2008 en 2:58 pm
pads
A lo que ha dicho Germán me remito: los dioses fueron creados por el hombre. Así, lo que dice Clau del arte como acercamiento a los divino, no deja de ser un acercamiento a la sublimación de lo humano. Por otro lado, no creo que el arte, con o sin mayúsculas(al fin y al cabo, decir Arte es como decir Dios, y no dios, o dioses, es elevar el producto humano a una categoría que debería sernos extraña), busque la objetividad, ni la subjetividad. Cuando el arte roza la mística, cuando vemos el genio que guía la mano del artista, el objeto de arte se ha colocado en un plano superior. No necesita ser objetivo, solamente ser
Abril 17, 2008 en 8:12 pm
kleefeld
Donde empleo la palabra “objetividad” debería aparecer, más bien, la palabra “verdad”, pero es un concepto que me inspira aún más respeto que aquel que se refiere a lo “meramente objetivo”.
La búsqueda del núcleo, de la base, de lo real, es la búsqueda de la verdad, de lo objetivo, de lo que existe para todos y más allá de nosotros, ¿no?
Germán, ¿qué son, para ti, dios, el arte, la física cuántica, la caca, el lápiz, el vómito?
Abril 17, 2008 en 8:33 pm
Germán Ricoy
¿Importa la respuesta? ¿Por qué?
Abril 18, 2008 en 8:28 am
Knut
Vengo por aquí desde el blog de Iarsang, y la verdad es que me he llevado una gratísima sorpresa. Da gusto el poder leer reflexiones de este tipo, a pesar de que en esensica estoy bastante en contra de lo que se dice en él, pero leer textos con contenido tan bien escritos es desde luego todo un regalo.
Por una parte no creo que objetividad y verdad guarden entre sí estrictamente una relación de dependencia que se pueda reducir a que una amplíe el ámbito de la otra. Lo objetivo es conceptualmente aquello que se opone a lo subjetivo, lo interesante en la dualidad subjetivo/objetivo está en el prefijo, tanto uno como otro participan del “jectum”, jejeje, es decir de lo que se proyecta. En el caso de lo objetivo es aquello que se proyecta al sujeto cognoscente. Ya Kant establecía una distinción entre lo objetivo y lo nouménico. No tiene por qué ser lo mismo lo numénico que lo objetivo, esto último es lo que se proyecta del númen pero no necesariamente debe ser identificado. Cuando se da un salto, el que sea, desde lo subjetivo a lo objetivo pasando por la esfera óntica, parece que olvidamos el problema principal del conocimiento humano. ¿Realmente hasta qué punto la verdad y ese conocimiento coinciden? Entre la verdad y lo objetivo tenemos el infinito abismo de si la representación de lo objetivo lo es y si de ser así en qué grado se identifican.
Del mismo modo aunque Dios sea por definición lo objetivo por sí mismo, es decir, una sunstancia, identificar su objetividad con su realidad no es cosa fácil. Lo mismo que al contrario.
Por otra parte las religiones son muchas, diferentes en bastantes aspectos, por lo que reducir un dios a una mera interpretación del mismo es algo que hay que hacer si acaso cogiéndosela con papel de fumar.
Hacer el salto desde lo objetivo hasta lo real no puede hacerse sin tener consciencia de que el concepto objetivo tiene más peso en lo cognoscitivo que en lo puramente ontológico.
La religión por definición es el acto de religar, es decir, de volver a ser Uno. En este sentido el objeto de la religación es el recomponer una unidad perdida con el todo. Dios religa porque Dios es la substancia de todo. Pero esta religación es necesariamente universal porque su objeto es lo que posibilita justamente que se pueda hablar de universal.
Incluso el meter conceptos como el “crear” implica asumir una postura definida y no universal tanto de Dios como de la religión. Yo siempre he sido un ateo y por eso mismo reconozco dentro de mi una fe. Es molesto por cuanto que mi fe siempre machaca cualquier objeto al que se dirija, a pesar de ser justamente una fe. No puedo identificar a Dios con el Ser, porque estimo que este último es un concepto insuficiente. Por un tiempo oscilé hacia el Existir, sobre todo desde Heidegger o en cierta medida Sartre (a pesar o quizás por lo contradictorios que son), pero me parece que es una visión tan corta o más y ahora no me resulta suficiente.
Igualmente el misticismo no tiene por qué estar presente en toda religación, ni es necesariamente el medio en el que esta se alcance. No creo que lo místico tenga una esencia personalista o individual en absoluto, aunque en muchas de sus manifestaciones (especialmente pienso ahora en la de corte chamanístico, presente en Parménides por ejemplo -leer lo poco que queda de él es una delicia para cualquier gnostico como el menda, juas juas) utilice el viaje personalista. No es tanto el considerar el arte y lo místico como parte de un substrato individualista y del objeto al que se dirigen. Porque lo místico no busca en sí mismo un objeto, no en el sentido literal y técnico. El místico está dentro de ese objeto, es la totalidad misma y por ello mismo no puede ser objetivo. Dirían los griegos que eso supondría tener dos mundos el objetivo y hacia el que lo objetivo se proyecta. Pero si no hay nada que proyectar ¿a santo de qué querer buscar lo objetivo? Lo místico está inserto dentro de lo objetivo y por ello mismo no pretende buscar ningún otro objeto. La condición de posibilidad de la mística está justamente en ser capaz de nadar hacia lo profundo objetivo pero la proyección se hace inversa. Vamos al objeto, no viene este, no es él el que se proyecta y por ende no hay objeto porque todo lo es.
En lo místico se busca al sujeto dentro del objeto, por lo que lo particular está al final y lo concreto es algo que se debe anular. Es lo que Dios enseña a Arjuna, es lo que aprende Parménides en su viaje, el error de Orfeo al mirar atrás. Todo misticismo consiste en un viaje iniciático donde lo individual se diluye, se destruye en el transcurso del mismo viaje.
Por lo general los misticismos son de corte cognoscitivo, son momentos en los que la consciencia humana es capaz de abrazar la totalidad del Ser. Es curioso que buena parte de las doctrinas misticistas prescindan de un Dios Objetivo al modo en que entedemos. Por otra parte no todas parten precisamente de una concepción individualista, entre otras cosas porque al ser de carácter gnósticos (que creen que existe un método de que la consciencia alcance la verdad) sus prácticas configuran maneras, métodos, de alcanzar la comprensión holística que son universales. Evidentemente un iluminado es incomprensible para el lego, pero no por esencia sino porque al igual que para hablar de físicas hay que conocerlas, los mitsticismos requieren de entrenamiento y práctica para alcanzarse universalmente: redimen desde el conocimiento y este no puede ser concreto y por ende subjetivo. Son metódicos lo cual implica por definición el ser universales.
No creo que ni lo místico ni el arte partan de algo individual ni de coña, son aspectos culturales y por ende colectivos. Me parece que la visión individualista de las cosas es la que es en el fondo un constructo, partiendo del engaño presupuesto de que todo lo humano es una colección meramente de individualidades. Pero nunca estamos solos ni lo hemos estados, somo seres sociales y por tanto la función del artista no puede juzgarse desde lo individual. El Símbolo, el Signo, no es nada desde un individuo: debe haber al menos dos individuos, un colectivo.
Las obras se suman unas a otras, se alzan desde los hombros de aquellas que las preceden, incluso cuando una vanguardia busca borrar lo anterior, es desde el colocar el pie en lo viejo desde donde se llega a lo nuevo. Su universo es colectivo, sin vacío: unas se apegan a las otras sin resquicio, sin fronteras.
Sin menospreciar a Proust, creo que lo que realmente logra es demostrar que la memoria en sí misma es un constructo que nada tiene que ver con la realidad, en Buscando el tiempo perdido está siempre constantetemente buscandose la confirmación de algo que pese a todo siempre queda en suspenso: la propia identidad. Y es que ersta nunca es solitaria ni se prefigura por sí misma, por contra es algo colectivo, como todo lo humano, y por ello mismo nada especial ni objetivo.
De hecho creo que lo menos importante del arte es precisamente el artista, y el intento de volcar en él atribuciones divinas me parece algo que no es nuevo. Ya en la modernidad se trató de volcar todos los atributos divinos en el Hombre, hacer lo propio con el Arte desde la Figura del artista me parece que es lo mismo: algo estéril y sin fundamento.
Desde lo postmoderno se ha intentado trasladar al arte la fuente de objetividade que siempre se ha querido ver en la filosofía, religión y la ciencia.
Yo creo que hay más verdad en Dios, a pesar de no existir (me niego a caer en el error de considerar que los dioses son creaciones humanas, de hehco detesto el concepto de creación -aparecer de la nada-) que en el arte, aún cuando en este la hay, o quizás debería decir que me parece más objetivo Dios que el Artista.
En fin, saludos!!!!
Mayo 4, 2008 en 8:50 pm
aquileana
El Arte, como la experiencia mística, parte del ser individual. La diferencia radica en las características del objeto al cual se dirige la subjetividad. Así como Dios no puede existir más que en tanto a sentimiento, que en tanto a concepto, el Arte existe de forma individual más allá de los hombres…
De acuerdo efectivamente …
También coincido en el valor metodológico, por llamarlo de alguna manera, del Arte como sucedáneo eficaz de la introspección más prolífica de cada uno…
Muy buena entrada, querido Kleefled;
Saludos afectuosos, Aquileana
Mayo 25, 2008 en 3:24 pm
aquileana
“Nuestras últimas palabras serán las priemras del diálogo con el Otro”…
Dejo abierto el diálogo; Kleefeld querido que hace mucho que no me visitás…
Te mando grandes saludos desde Argentina;
Aquileana