Y no es que las demás no me lo vinieran; el título es un llamamiento para que, una vez más, todos aquellos (y todas aquellas) que se pasen por aquí dejen su opinión – siempre y cuando, claro está, crean que pueden (y deben) darla-.

Esta entrada me viene grande. Y por eso, antes de dejar paso a Hermann Broch – que sabía algo más del tema-, cedo la palabra a un gran desconocido por mí -y admirado, entre otros, por Mann y el propio Broch-, grande entre los grandes, oh la gran Alemania, Hugo von Hofmannstahl, quien dijo en su Carta a lord Chandos: he perdido “del todo la facultad de pensar o de hablar coherentemente de cualquier cosa”.

Este extracto aparece en un artículo del suplemento cultural Cultura/s de La Vanguardia de hoy día 27 de agosto del 2008 que trata de la ficción apocalíptica, corriente predominante hoy en día tanto en cine como en literatura (cita a McCarthy, Shyamalan, Darabont, entre otros). Y el susodicho artículo amplía la cita con una breve explicación: “Corría el año 1902 y se abría una brecha en el pensamiento occidental contemporáneo: la dificultad de decir, la dificultad del lenguaje.”

Primero von Hofmannstahl y ahora Broch, cuya obra “La muerte de Virgilio” es en sí una bella y conmovedora reflexión sobre las posibilidades del lenguaje: “Y sin embargo, cosa extrañamente incalculable, además le amaban [al César], aunque no amaban a nadie, aunque no mantenían ninguna comunidad, de no ser la no-comunidad de la plebe, en la cual a falta de todo conocimiento común nadie ama al otro [...], nadie percibe la voz del otro, no-comunidad de la mudez del lenguaje, no-comunidad de los individuos despojados del lenguaje [...]“. 

Como veis, el tema de la pérdida del lenguaje – como elemento de unión, como elemento de conocimiento, como elemento de amor- hace ya tiempo que está siendo tratado por voces más grandes y más lúcidas que la mía. Quizás por eso me ha embargado hoy un temor terrible cuando me he dado cuenta de que, de una forma u otra, incluso inconscientemente, yo también estoy participando de esta aniquilación del lenguaje.

¿Cómo?, os preguntaréis. Muy sencillo. Mi hermano siempre me ha recriminado el uso que hago de la diabólica palabra “guay” en sociedad: “Esta peli es muy guay”, “Estar con vosotros es muy guay”, “Ir de colonias es súper guay”. Esta tarde, después de la siesta, he comprendido por qué esta demoníaca conjunción de vocales y consonantes es más que eso, y, curiosamente, menos que eso; he comprendido también por qué me siento cómodo al utilizarla en mi discurso. La palabra “guay” esconde un vacío, un vacío de significado, una nebulosa en la que el significado, o posibles significados, que se le quieran atribuir se pasean sonámbulos, medio muertos, sin alcanzar nunca una expresión total de sus contenidos, sin que puedan hallar nunca una existencia completa y potente.

Lo diabólico de la palabra “guay” es que, en su nada, en representación de la nada, ocupa el lugar de una partícula que, en sí, sí podría ser significativa, sí podría ser algo. Un algo quizás más concreto, y por lo tanto más parcial, un algo que posiblemente necesitaría de otros algos para envolver y simbolizar todo aquello a lo que querría referirse, pero a pesar de ello un algo de verdad, un punto de partida, un significado. El “guay”, en tanto a forma, ofrece la posibilidad de referirse a una indeterminación que, al impedir la concreción, parece llenarse de contenido, parece ser reflejo y símbolo de un algo verdadero. Pero una palabra como “guay”, obviamente, no resistiría ningún estudio serio y en profundidad de sus características: la nada no puede analizarse.

¿Qué parte del lenguaje me comí cada vez que utilicé la cosa – uno, al final y al cabo, debe renunciar a llamar palabra a tal monstruo, ¿verdad?-, el monstruo “guay”? ¿Dónde se quedó el lenguaje que, oculto por la nebulosa, no llegué a utilizar?

Dejo a los sabios, eruditos, inteligentes o gente lista en general, el trabajo de sacar – o de recuperar de un pasado remoto – las conclusiones pertinentes, puesto que no tiene ningún sentido que yo reflexione - mísero, miserable, misérrimo yo- sobre el lenguaje, la pérdida del lenguaje y las consecuencias que este hecho tiene, ha tenido y tendrá en la mente y la sociedad occidental. Sólo está en mis manos preocuparme de leer, de investigar, de intentar comprender el lenguaje, su problemática y también, y por qué no, horrorizarme, horrorizarme mucho.