Antes de traer un perro a casa, ocúpate de comprar una correa corta y firme que te asegure su dominio y su control. Una correa corta, para cortar el caos del animal, para poner freno a su violencia. Y firme, para ocultar al perro el temblor de tu mano, y para convencerlo, de un modo u otro, de que no hay alternativa posible.

La correa debe ser, ante todo, de tipo espiritual, y su fuerza – o su apariencia de fuerza- tiene que residir en la mano del que la lleva. Debería bastar una mirada para hacerla restallar contra el lomo de la bestia. Todo ello, claro está, con un único objetivo: domar al perro, condición indispensable si uno quiere llegar a amarlo.

Alguien apuntará, quizás, que el amor tiene que ser incondicional, previo incluso al ser y al estar de la mascota. Es necesario e inevitable amarla en su mera noción, en su imagen platónica. Sin embargo, nada hay más parecido a la peste que el momento en el que la idea pura se expande por el mundo, e infecta, a su antojo, todo cuanto toca.

Reconozcámoslo: no nos es posible amar a la bestia. Su naturaleza cruel nos es demasiado ajena; su actitud, en extremo incomprensible. Para poder amar al monstruo, al ser brutal, al pequeño animal, a la mera idea libre de prejuicios, hay que atarlos a una correa, hacerles notar nuestra fuerza, y, si es necesario, hacer uso de ella para apaciguarlos.

No puede haber amor sin seguridad. De ahí el fracaso del amor, marcado por su propia imposibilidad de realización.

Con todo, hay un cierto tipo de amor que sí es posible. Un amor platónico, si queremos retomar una terminología tiempo ha olvidada. Un amor basado en el respeto mutuo, un respeto que sólo es posible en la distancia. La separación entre amo y mascota, tan corta y tirante como lo dicte la correa, permite este tipo de relación. Independientemente, eso sí, de dos consecuencias inevitables; que el amo sólo se ve a sí mismo reflejado en el perro, y que, muy a pesar nuestro, atada o sin atar, domada o sin domar, nuestra mascota nunca dejará de ser libre.

Cualquier pretensión de dominio por nuestra parte no es más que una ilusión. Y si en algún momento fluye la sangre, la suya o, las más de las veces, la nuestra, será fruto, tan sólo, de nuestra vanidad.

En algún momento la bestia tendrá que volverse en nuestra contra; en algún momento, además, olvidaremos la distancia necesaria e insalvable impuesta por la correa y caeremos embrujados por nuestro reflejo. En ese instante no habrá diferencia alguna entre animal y hombre, entre idea y realización. La correa quedará aplastada por el peso del amor, y los límites del ser quedarán abolidos para siempre.

¿Qué quedará de nosotros cuando llegue el día de la bestia y toda razón sucumba a los poderes del descontrol? ¿Qué restará del ser humano entonces, cuando no haya nada más que el ser desbocado y condenado a no ser más que puro sentir? No habrá, ese día, ni conocimiento del sol ni de la sombra, ni contemplación del cielo y del infierno; no habrá, siquiera, goce del propio cuerpo, impuesto paradójicamente por la razón.

La fusión de los seres lleva consigo su desaparición, y cuando destruyamos la correa destruiremos, también, el brillo de los astros.

No habrá, entonces, más que pura libertad sin límites.

Y forjaremos el volumen de nuestra plenitud con la extinción de nuestra especie.