Sobre “El Licenciado Vidriera”

Es de sobras conocida la genialidad de Miguel de Cervantes Saavedra (1547-1616), uno de los autores por antonomasia de las literaturas española y universal y creador de múltiples figuras emblemáticas. Como veremos en el presente análisis de El licenciado Vidriera, una de las Novelas Ejemplares que Cervantes publicó en 1613, su fama y reconocimiento se basan, en parte, y entre otros muchos factores, en su capacidad de diseñar y escribir historias perfectamente comprensibles al tiempo que de difícil interpretación, situándolas siempre en el borde de lo posible, de lo verosímil y de lo histórico. El hecho de escribir en tal encrucijada, en ese encuentro entre dimensiones que podrían parecer incompatibles, le permite jugar con los niveles de realidad y de significación de sus tramas de tal modo que las posibilidades de exégesis se multiplican indefinidamente. En eso consiste, quizás, la mayor parte de su atractivo: en que la realidad ficticia actúa como un espejo de la realidad al mostrar la misma ambivalencia de personajes, la misma confusión moral, la misma ambigüedad a la hora de entender las relaciones y los motivos de los hechos que encontraríamos en el mundo de la no-ficción. Es decir: que la verdadera “mímesis”, o la relación de la obra con la “verdad” que refleja o representa, no sólo se efectúa a través de la crítica mordaz que Vidriera hace a sus conciudadanos – que sin duda nos permite penetrar en el funcionamiento de la sociedad en la que vivió Cervantes-, sino que queda plasmada sobre todo en el sentimiento de fracaso, o de descontrol, o de incomprensión que nos embarga al llegar a las últimas palabras del relato, cuando entendemos que preguntarse acerca de los por qués, de los cómos y los cuándos de las cosas, al fin y al cabo, no sirve de nada.

No es mi intención negar o rechazar el ejercicio hermenéutico; al contrario. El realizar preguntas al texto, cuestionarle acerca de su funcionamiento, es el único modo de poder llegar a comprender su mensaje y los mecanismos que lo activan. Quería señalar tan sólo la obviedad de que tal ejercicio resultaría inadecuado e inverosímil en la vida real, y que precisamente la dificultad de llegar a conclusión alguna en los textos de Cervantes es lo que los hace tan reales, tan próximos, tan creíbles.

En la abundante bibliografía que podríamos encontrar acerca de El licenciado Vidriera encontramos, por un lado, que la novela no deja de ser una puesta al día, en clave de ficción satírica, de las figuras de los filósofos cínicos que nos ha legado la tradición greco-latina. Como ha estudiado Riley, Vidriera comparte con aquellos pensadores actitud y costumbres, manera de hablar y de comprender el mundo, misantropía y agudeza intelectual, etc. Sin embargo, Cervantes no se limita únicamente a traspasar el comportamiento y la actitud de aquellos pensadores al espacio y al tiempo en los que vivió, sirviéndose para ello de los mecanismos de la narración y la tropelía, sino que parte de ellos para realizar una crítica feroz tanto de la sociedad española del siglo XVII como del propio ideal de pensador aislado en su torre de marfil . La crítica que realiza el personaje de Vidriera con la serie de apotegmas que domina gran parte de la narración es sólo una pequeña porción del mensaje que pretende transmitir Cervantes, cuya perspectiva e interés abarca también la relación del personaje cínico con su entorno, el uso o la necesidad social del conocimiento y la propia naturaleza del pensador como elemento que participa de la sociedad.

En este sentido, para comprender el alcance de la historia que cuenta Cervantes es necesario dilucidar, o mejor dicho, decidir, en la medida de lo posible, cuál es el motivo del fracaso de las aspiraciones de Tomás Rodaja. En los textos de Riley, por un lado, y de Sevilla y Rey por el otro, se incide en el abismo descomunal que separa la mente “privilegiada” del pensador de todo lo que le rodea, tanto en su época de aprendizaje como cuando, ya licenciado, se vuelve loco y se cree de cristal. Riley incide en las similitudes de Vidriera con los cínicos para explicar por qué el personaje actúa como lo hace, y de sus reflexiones quizás se deduciría que el por qué de su fracaso se encuentra en ese menosprecio con el que parece analizar y contemplar el mundo. Que acepten a Vidriera como loco y que lo rechacen como cuerdo podría ser visto como un castigo merecido por su soberbia, por verse a sí mismo por encima de sus conciudadanos por el mero hecho de poseer conocimiento y tener una mente lúcida y brillante. En cierto modo Cervantes parece estar diciéndonos que el ejercicio del intelecto por sí mismo no conduce a nada, y que vanagloriarse por él sin darle un uso social, sin darle un uso para los demás, no conduce sino a la vergüenza y a la perdición. Al mismo tiempo, sin embargo, vemos que la misma sociedad rechaza ese conocimiento cuando no le es dado de la mano de un loco. De ahí podría deducirse que, al tiempo que el intelectual no participa de la sociedad con su conocimiento, esa misma sociedad rechaza todo saber si no está barnizado de un cierto espectáculo, de una cierta murmuración, o de algo ajeno al saber en sí. Es decir: que del mismo modo que el conocimiento puede no utilizarse con fines sociales, lo que sin duda iría en su contra y cuestionaría la misma necesidad de saber, la sociedad puede no sentir el menor interés por los frutos del trabajo de la mente y por lo tanto reducirlos a algo superfluo. Es en ese encuentro entre lo individual y lo social, entre lo necesario y lo complementario, entre el saber, la necesidad y el entretenimiento, donde se sitúa Cervantes.

Desde cierta perspectiva, El licenciado puede entenderse como otra apología de la novela en tanto que conjunción perfecta del docere y el delectare horacianos . La figura de Vidriera representaría entonces la figura del artista, o de la ficción misma, que disfrazada de locura, desinterés y fantasía es capaz de llamar la atención de los espectadores y así, al tiempo que los entretiene, educarles y enseñarles cómo hay que vivir. Eso no explicaría ni justificaría por qué al licenciado le ocurre lo que le ocurre y no serviría para sacar conclusión alguna de los motivos por los que Rueda acaba muriendo con fama de prudente y valentísimo soldado, pero nos permitiría situar la novela dentro de la temática recurrente en Cervantes de analizar el funcionamiento de la ficción y los usos que se le puede dar.

Sevilla y Rey destacan, por su parte, presentan el fracaso de Rueda como un pecado, no ya de soberbia, sino de egoísmo y frialdad emocional. En su artículo parecería que el castigo le llega al personaje por su obsesión con lograr sus objetivos y entender el mundo y las personas sólo desde un punto de vista utilitarista. A través de la figura de la dama de todo rumbo y manejo, aconsejada, eso sí, por una morisca y su membrillo envenenado, la vida y el azar rompen el vacío en el que vive Rodaja/Rueda, se interponen entre él y sus aspiraciones y le llevan por caminos que no hubiera sospechado. Es curioso que este verse “atacado”, “invadido” y en última instancia “vencido” por la vida que sufre Vidriera sea a través del cuerpo, es decir, mediante la participación – activa o pasiva, tanto da- en el mundo. Es el cuerpo quien recibe el ataque y quien sucumbe a los azotes de la vida, no la mente. La consciencia sigue encerrada en su torre de cristal antes, durante y después del envenenamiento. Pero en la narración se nos muestra cómo la mente no es nada sin el cuerpo, esto es, que por muy elevado y profundo sea el conocimiento que se posee, queda inmediatamente relativizado e incluso invalidado cuando se olvida el cuerpo como recipiente o parte imprescindible de la existencia humana. Como si criticara el (neo) platonismo de Vidriera y su voluntad de no involucrarse ni participar del mundo, Cervantes reivindica el peso del cuerpo, criticando en cierto modo lo que apunta Vidriera de que “el vidrio, por ser de materia sutil y delicada, obra por ella el alma con más prontitud y eficacia, que no por la del cuerpo, pesada y terrestre.”

Sea como fuere, Riley y Sevilla y Rey se empeñan – como buenos investigadores- en buscar la razón, el motivo, la respuesta a la pregunta de: ¿Quién o qué tiene la culpa del fracaso de Rueda? Su voluntad, en cierto modo, parecería incluso cronológicamente anterior al ejercicio narrativo de Cervantes, que persigue precisamente en muchas de sus obras no ofrecer respuestas únicas o unidireccionales sino ofrecer la multiplicidad, la pluralidad de hechos, lecturas y sentidos que rodean el hecho ficcional y la propia realidad. Adelantándose a Kafka – o quizás somos nosotros los que sólo podemos leer después de él- Cervantes escribió historias en las que predominan la incomprensión y la naturaleza humanas en todo su esplendor. Su arte consiste en hacer pasar lo ficticio como verdadero. Pero su verdad consiste en hacer de ella algo ficticio.

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