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Muchos se preguntan en qué consiste la belleza, en qué consiste ser bello o bella, quién o qué puede ser bello y quién o qué no podrá serlo jamás. Sus dudas parecen sinceras; su preocupación, real. Y, sin embargo, son ellos mismos los que erigen ídolos de barro, los que elevan obra y pensamiento a la categoría de Obra Maestra, de Perfección Divina, los que abrazan la “novedad” que reformula el pasado y que, por lo tanto, les ayuda a solidificar sus propios gustos personales. Su búsqueda de la belleza no se dirige hacia el futuro, sino que se encierra y se ahoga en un presente individual y subjetivo que sólo admite aquello que se adapta a él y que repudia lo ajeno, lo extraño.
Soy de la opinión que la belleza real nunca puede ser amada. Por lo menos, no en un primer contacto. Aquello destinado a pulverizar nuestra perspectiva no puede gustarnos. Como mucho, sorprendernos o conmocionarnos. Pero no la podremos amar en un encuentro inicial, porque no teníamos necesidad de ella, porque nos enfrentamos a algo nuevo y diferente que se sitúa más allá de lo conocido y que nos envía mensajes en un código que creemos cifrado. El encuentro, pues, con la belleza original, nunca nos llevará al amor hacia ella. Sólo podrá nacer la pasión, la necesidad, en el reencuentro, cuando lo desconocido de pronto queda iluminado por un foco y puedes reconocer, maravillado, sus contornos y sus colores. Hay quien dice que, en el momento en que eso ocurre, la belleza corre el grave peligro de ser idolatrada, y que sin embargo es un riesgo que hay que obviar. Pero yo no estoy de acuerdo.
La belleza verdadera no puede ser amada, ni tampoco idolatrada. Porque la toma de consciencia de la belleza nos conduce a su escrutinio, a su contemplación, y es entonces cuando nos percatamos de que su perfección no oscurece la realidad ajena. Como mucho puede echar luz nueva sobre lo pasado, y enriquecer lo anterior con nuevas perspectivas y niveles de comprensión. Pero nunca podrá eclipsarlo. Porque la belleza real y verdadera, ya de por sí, es total y perfecta, está terminada y encerrada en sí misma. No le falta ni le sobra nada. Está muerta.
La belleza es deprimente: nunca podrá ir más allá de sus propios postulados, no tiene futuro. Sólo debería tener un único objetivo: ayudar a los seres imperfectos y humanos a elevarse, a desarrollarse, a expresar su condición intrínseca de individuo y personalidad única. Pero la belleza también es egoísta, y muchos han sido los que, al descubrir un agujero en la capa de la realidad, creyeron ver en él su propio ombligo y se quedaron para siempre encerrados en sí mismos. La belleza no se contagia y, sin embargo, su búsqueda incesante es una enfermedad rápida y mortal que se transmite con mucha facilidad, una enfermedad que conlleva una progresiva aniquilación de la mente y el espíritu. Porque la belleza quizás no exista, después de todo. Quizás no sea más que un acto de fe.

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