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Tomé una taza.
La madre abrió, de pie, un armario, y sacó un algo. Asustada se dio cuenta y me miró.
Mi padre. El bebé. Papá dio de comer al nene. Dijo algo pero no sé el qué.
Tomé una taza y la sostuve con mis manos.
Pregunté en voz alta si alguien sabía lo que era una taza, y el nene rió y rompió una servilleta, madre se olvidó de un algo y padre que calló. Papá me dijo algo pero no sé el qué.
Una taza verde, un verde enorme, y un asa y el vacío en medio. Y pregunté y la miré, una taza verde, y luego un silencio y el suspiro del nene.
La taza contra el suelo, silencio y el suspiro del nene.
Tiré la taza y contemplé los trozos, y dije:
- No hay taza alguna allá en el suelo, ningún trozo; ved la flor grande, enorme y roja, y un vacío justo en medio, en su lugar.
Mamá gritó, y papá calló, y el nene, que vio sin comprender.
Estalló una taza y emergió una flor, desde el vacío, y es la flor que llenó la taza cuando era taza, y yo que quiero recogerla, y arrancarla: porque la había visto antes. Y es que la flor no es taza, aunque viva en ella, y no importa destrozar un algo para ver el qué. No logré arrancar la flor pero la vi, y era una flor grande, hermosa, enorme y roja, aquella que llenó el vacío de la taza.
3. Un canto
“… todos deseaban vivir en el castillo. Los brazos se alzaban en el aire para enfatizar las súplicas, y estas, volátiles, se abrían paso desde bocas desdentadas para subir, impulsadas por su fetidez, hacia el cielo. Todos querían, ansiaban vivir en el castillo. Y llegó el día en que, por intervención divina, o monárquica, lo cual, en ese contexto, era lo mismo, llegó el día en que el sueño de centenares de personas se cumplió. Las familias se reunieron alrededor de los muros, la hija agarrada a la mano del padre, el hijo apretado contra el vientre de su madre, los rostros desencajados por el hambre y el cansancio. La mirada con la que contemplaban su nuevo hogar estaba preñada de alegría: una vida en el castillo equivaldría a una existencia rica y placentera, o eso creían. Todos deseaban vivir en el castillo. Lo deseaban con un ardor sincero, absoluto y definitivo que, por desgracia, venía de muy lejos. Quizás por eso nadie retrocedió cuando el castillo, a su vez, empezó a desearles a ellos.
La vida en el castillo fue maravillosa, sobre todo al principio. El hambre y la sed eran los mismos, el frío era igual de cortante que en el exterior y la oscuridad era tan o incluso más profunda que en los días pasados. Sin embargo, había algo de placentero en esos muros antiguos y en esas habitaciones polvorientas. Hombres y mujeres sintieron el poder hipnótico y casi rítmico que insuflaba vida a esos pasillos muertos, y al tiempo que se abandonaban a su vaivén anímico, sus rostros adquirieron un aire entre adormecido y extasiado que borró de sus facciones todo rastro de cansancio o preocupación. Granjeros, sirvientes y soldados se saludaban con cortesía; los gritos se acallaron, y no se oyó nada que no fueran murmullos y risas amortiguadas; desapareció también la necesidad de llorar, y, horror de horrores, se llevó consigo toda capacidad de raciocinio. De la nada surgió el rumor de que un nuevo rey se había instalado en alguna parte del edificio; cuando un nuevo aliento empezó a dirigir la vida del castillo, la sospecha se vio confirmada, y bajo la mirada atolondrada y complaciente de sus habitantes se llenó el día de órdenes dictadas por una voz amable. Toda mano y todo pie obedecieron el mandato de un monarca que, según se contaba en los patios y en los almacenes, nadie había podido ver aún, pero cuya influencia benéfica había sido decisiva para el buen funcionamiento de la sociedad. A raíz de los últimos acontecimientos, y de ahora en adelante, todos y cada uno de los vasallos del rey no se acostarían por la noche sin asegurarse de que su señor lo tenía todo, absolutamente todo. Se aceptó por unanimidad el gobierno del monarca invisible, y las sonrisas, si cabe, se hicieron aún más amplias. Nadie se preocupó de buscar al nuevo “propietario del castillo”. De haberlo hecho, tampoco le hubiera encontrado. No a un ser humano, al menos.
Durante los primeros meses, tachados de brillantes por los que tuvieron la dicha de vivirlos, empezaron a sucederse escenas de una crueldad sin precedentes. Los pasillos, al anochecer, se llenaban de gritos y lamentos, pero por la mañana todo había caído en el olvido. Hubo gente que desapareció sin rastro, y por lo visto no se les echó de menos. Varios montones de paja y algunas de las pocas sábanas que podían encontrarse en el castillo se mancharon de sangre, pero se dio por supuesto que así debía ser; se dice que, si uno acercaba el oído a las manchas, podía oír el eco de una carcajada horrible, monstruosa, que seguía sonando como si estuviera atrapado en el tejido. A pesar del hambre, la gente se hinchó y empezó a sudar. El polvo se asentó en los párpados y los labios, y, de haberlo deseado, no hubieran podido ni chillar ni llorar. Pero tampoco se le dio importancia. En el castillo se vivía bien, o, en todo caso, mucho mejor que en el campo o en el bosque. Allí la gente no tenía necesidad de gritar, y sólo había que pensar en lo bien que se estaba en el castillo. Oh, dulce satisfacción, que adormeces la mente y el corazón de los hombres…”
***
“… y aquellos hombres y mujeres, sin alma, sin conciencia, y que con el tiempo se olvidaron de abrir los ojos cada mañana, jamás se dieron cuenta del horror que trajo consigo aquella vida tranquila y apacible por la que tanto habían llorado en el pasado. Y lo pagaron con el más preciado de los bienes: la libertad.”
2. Todos son monstruos
No quiero escribir bien, y no lo haré. No quiero luchar en algo que no se me da bien.
No quiero luchar en nada, por otra parte.
Quiero decir que hay fiestas, y muchas historias de esas fiestas se pueden encontrar en muchos sitios. Pero a mí no me interesan las fiestas sino aquella fiesta que quiero que sea la idea de la fiesta y que englobe todo lo que supone la palabra fiesta.
Un diálogo de la fiesta:
- ¿Por qué el Arte no siempre es suficiente?
YO - ¿Y tú quién eres?
- Cristina, para servirte.
YO - ¿Conoces a Helena? Parecéis hermanas, o gemelas, incluso podríais ser la misma persona.
CRISTINA – Todos somos la misma persona.
(Y luego ![]()
YO – El Arte no es suficiente porque parte de una base errónea. No se puede salvar el mundo si se es parte del mundo, no se puede salvar el ser humano si uno es parte de la especie. Se inventó la metáfora como un modo de acercarse a la naturaleza profunda de las cosas, pero en realidad no es sino un símbolo del enajenamiento del espíritu. Es lo más cercano al espíritu de lo que llegaremos nunca, debido a sus pretensiones de trascender, de trascenderse, y sin embargo no nos encontramos más lejos del ser humano que a partir del momento en que utilizamos un lenguaje poético.
CRISTINA – Hablar del espíritu, hablar del Arte, es un acto retórico en sí mismo.
YO – A eso me refiero. El Arte sólo es realmente útil cuando es consciente, cuando es producto de una voluntad. Y sin embargo con la intromisión de la razón el Arte pierde todo lo que pudiera tener de natural, de espontáneo. Se parte del sentimiento, y se encauza el sentimiento con la razón, pero olvidamos que la razón parte a su vez del sentimiento y cualquier pretensión de dominio no es más que una mentira. No hay objetividad, y la razón misma lucha contra la consecución de esa objetividad, sinónimo de natural, de espontáneo, de real. El Arte consciente es el único que hace falta, y es entonces cuando comprende que, a pesar de todo, precisamente el Arte consciente es aquel que no sirve de nada.
CRISTINA - ¿Y propones algo a cambio?
YO – Lo triste es que no hay nada a cambio. No podemos obviar que el Arte, con todas sus carencias, es un paso importante. ¿Hacia adónde? Ni idea. Pero es necesario que, para llegar a algún lugar, nos separemos de las cosas. Hay que separase del objeto, hay que separarse de uno mismo, de la propia razón. Hay que ir más allá del mundo para contarlo. Hay que ir más allá de lo humano para salvar al hombre.
CRISTINA - ¿Y cómo se hace eso?
YO – Muriendo. El Artista debe morir. No como personaje relacionado con el arte, no como figura principal, simbólica, del acto creador, sino como persona, como entidad viviente. El Artista debe morir como persona. El Artista como persona está sujeto a su propia sensibilidad, que es al mismo tiempo la puerta de entrada al mundo y los gruesos muros que lo protegen, que lo ocultan de él. El Artista debe prescindir de sus sentidos y de sus emociones. Es la única manera de ser objetivo, de llegar a la objetividad.
CRISTINA - ¿Estás temblando?
YO – Sí, abrázame. Acompáñame en este baile.
CRISTINA – Pero si no sabes quién soy.
YO – Sí lo sé, eres Helena. Pero, para el caso, es lo mismo y no importa.
CRISTINA – No, no es lo mismo y sí que importa. Yo no soy Helena, más vale que te hagas a la idea.
YO - ¿Y quién eres tú, entonces? ¿Quién es Cristina?
No sé quién está en esa fiesta, sólo sé que ahí querría yo estar, un tipo que no sabe escribir y hablando sobre cosas que no pueden darnos nada. Me pregunto qué más hay en esa fiesta, y lo que veo es un reflejo del todo que quiero que sea. Puedo hablar de: piernas que se separan y descubren la vagina, maniquís de vello púbico falso, vaginas que se abren y expulsan nubes de humo junto con líquidos, y faldas que se suben y se bajan con el humo y que se manchan con el líquido. Las chicas se ríen cuando se ensucian la falda y el tejido se pega a la herida que domina sus vidas y que por desgracia no significa absolutamente nada.
Me pregunto si de verdad no hay nada, y me leo y descubro precisamente que lo anterior no existe y que el placer de la huida es un aborto en sí mismo.
He ido a la fiesta en tren y he visto un chico que comentaba con sus compañeros que iba a una fiesta de universitarios de fin de año, y me supuse que era la misma a la que iba yo. El caso es que no le veo. He creído verle cuando he llegado a la casa, porque había un tipo en la puerta de entrada, de pie y fumando, como si tuviera que darme la bienvenida. Ese hombre tenía la cara descompuesta y se reía al tiempo que lloraba, estremecido. Eso me ha creado angustia, pero he tenido la impresión de que ese hombre estaba ahí para que lo tocásemos. Le he tocado. Se ha estremecido ante mi contacto pero no ha huido. El que ha huido he sido yo, que me he metido en la fiesta. He visto gente que bailaba pero no he logrado alcanzarlos. Bailaban sin prisa, como si colgaran del techo por unos hilos. No he podido llegar a la pista de baile y me he puesto a beber. Entonces se me ha acercado la chica que me invitó en su momento a esta fiesta.
CRISTINA - De pronto he perdido el hilo de mis pensamientos. Ya no sé qué es lo que tenía que decirte.
YO- Quizás debas recordar tu nombre para recobrar tu mensaje y tu significado.
CRISTINA - Quizás sí, pero, ¿quién soy entonces? ¿A quién puedo agarrarme?
YO - Agárrate a mí, agárrate. Siempre nos queda la música y el sexo.
CRISTINA - Ajá. La música y el sexo. ¿El sexo no era para ti el Arte? Ante la inexistencia de todo sexo abrazaste el Arte y te buscaste, me buscaste en él. Buscaste un sentido en el sexo y, al no tener sexo, te refugiaste en el Arte y buscaste tu sentido en él. ¿Ves que no tiene ningún sentido?
YO - Sí, lo veo.
CRISTINA - ¿Y ves qué es lo que acaba ocurriendo? Hablamos sin pensar y decimos lo que sin pensar pensamos y sabemos. He venido a condenarte por ser como eres.
YO - No me sueltes, por favor, no me sueltes.
CRISTINA - Soy una mujer, y nunca lograrás poseerme. Nunca serás una mujer y nunca podrás acercarte a mí.
YO - Te pareces más que nunca a Helena…
CRISTINA - Y no soy ella, porque ella tampoco existe de por sí.
En el rostro de esa amiga que vino a verme encontré rasgos que me habían pasado desapercibidos hasta el momento. Había algo de ambiguo en su expresión. Recordé el hombre de la entrada de la casa y tuve que separarme de ella. Sin embargo ella se me acercó y empezó a susurrarme cosas ininteligibles. Cuando me metió la mano en el bolsillo y me agarró el pene cerré los ojos y sentí que me perdía en el vacío. A mi alrededor sólo vi negrura, y luces pequeñas que no se movían. Había quietud y negrura, y sentí que la mano serena de mi amiga desaparecía y que todo yo empezaba a ser acariciado por manos que no eran manos y que de pronto estaba desnudo. Me abandoné. En la lejanía alguien se rió de mí como si no estuviera allí y se me acercó el hombre que reía y lloraba al mismo tiempo, calvo y con las manos tendidas hacia mí como si quisiera abrazarme. Quise empezar a correr pero no pude. Me llenó la angustia. Desgarré la oscuridad que me envolvía con las uñas y los dientes y desperté tumbado en el suelo de la fiesta. Mi amiga estaba de rodillas a mi lado, riéndose porque me había desmayado y con la mano aún metida en el bolsillo, y masturbándome. Después de mirar sus pechos la obligué a sacar su mano del bolsillo y me aparté de ella, porque me recordaba el hombre de la entrada. Fui a una mesa y cogí sandwiches. Luego me volví y miré la concurrencia de esa fiesta, que hablaba o bailaba o fumaba o se reía bajo una luz azul espesa y oscura. Me sentí perdido y rodeado de gente, aunque no había nadie tan cerca como para que pudiera tocarle. De debajo de la mesa salió una nube de humo y una de las chicas, sentada en un sofá con otras compañeras, se apretó una parte del vestido azul contra la vagina. La tela se tiñó de rojo. La chica se rió pero se cubrió la boca con una mano, al tiempo que miraba a sus amigas con ojos desorbitados. Sus amigas apenas parecían ser conscientes de lo que había ocurrido. A nadie le importaba un pimiento.
CRISTINA - Te acuso de esconderte. Te acuso de abrazar el Arte para huir de ti mismo y de tus tremendas carencias. El Arte es un producto de lo humano y tú no eres humano.
YO - ¿Alguien lo es?
CRISTINA - Juegos de palabras. Tu escepticismo está cargado de melancolía y remordimientos. No eres humano y tampoco quieres serlo. No sientes empatía. Has aprendido a llorar como podrías haber aprendido a domar caballos. Te sientes más cercano de tu perro de que las personas que te rodean. Eres un monstruo.
(Y luego ![]()
CRISTINA - ¿Me besas?
YO - Te deseo.
CRISTINA - Porque hablo de ti.
YO - Y porque así podré dejar de pensar en lo que dices.
(Y luego, llorando ![]()
YO - Huyo porque no me han enseñado a luchar. No quiero luchar porque no sé luchar. ¿Cómo puedo estar seguro de lo que hago si ni siquiera puedo confiar en mí mismo?
CRISTINA - No te tortures, no vale la pena. La humanidad se siente. La humanidad se es. Lo que hay de malo en ti existe por causas ajenas a tu voluntad. No te preocupes por ello. La culpa la tiene tu entorno.
YO - ¿Qué Responsabilidad es esta que intenta no hacerme responsable de mis acciones?
CRISTINA - La Responsabilidad que entiende que uno es lo que hacen de él.
YO - Reniego de ti del mismo modo en que reniego del Arte. Uno es lo que hacen de él cuando vive en la inconsciencia, cuando se es un niño. El hombre adulto debe construirse a sí mismo.
CRISTINA - ¿Y crees que eso sirve de algo?
NARRADOR - ¡Cambio!
Cuando me aparté de la mesa volví a sentir el vértigo y volvió a devorarme la negrura, con la diferencia que en esta ocasión se me comió por completo, borrando así cualquier tipo de posibilidad de salida, de escape, de lo que fuera. De nuevo sentí las manos invisibles que me acariciaban el cuerpo entero, y en la negrura percibí que mi desnudez respondía a ese gesto. Una cabeza invisible posó su boca encima de la mía y sentí que alguien succionaba mi pene. Me abandoné al sexo. Lo hice de manera consciente, sabedor de que oportunidades como aquella no solían darse a la gente como yo. Al tiempo que ocurría todo esto, con todo, alguien empezó a hablar con una voz que era muy parecida a la mía, a pesar de que yo tenía todos los orificios de mi cuerpo ocupados en succionar o ser succionados, y escuché con atención lo que decía, aunque con la distancia las voces parecían ir a perderse de un momento a otro. La voz decía así:
Mi huida es de carácter moral, como es obvio. No huiré de mis hermanos y hermanas, de mis padres, mis abuelos y mis amigos, porque ya no me queda nada de lo que pueda huir. La tragedia consiste en que, además, tampoco se merecen que me quede a ayudarles ni que huya de ellos. Su existencia se vació nada más salir del vientre materno y su vida no es más que la continuación de un acto que no debió suceder. Escribo sobre ellos, escribo sobre mí, porque quiero reflejar la mediocridad de estas gentes y ocultar quizás así mi propia mediocridad. Su existencia es la mía, y mi texto es un reflejo de dicha existencia. Sólo que tengo miedo, porque en la revelación de la verdad es inevitable que se oculte dicha verdad, y porque la verdad quizás no sea más que un reflejo de una verdad que no existe. Me pierdo, y soy consciente de que me pierdo, pero a estas alturas ya no me importa. No vale la pena luchar por nada ni por nadie. Todos son monstruos.
Y todos son monstruos porque todos participan de la inconsciencia. Se dañan unos a otros porque necesitan dañar y ser dañados. En la violencia y el insulto (entre cuyos sinónimos podríamos encontrar: sexo, sonrisa, beso, carta, e-mail, etc.) descubren que están vivos, y esa consciencia les obliga a redoblar sus estocadas y sus mordeduras porque tienen miedo de perder lo que en un principio no era suyo. La vida se convierte así en una necesidad de sangrar y de hacer que sangren, de compartir sangres porque somos incapaces de compartir algo que no sea el propio cuerpo, porque somos incapaces de entender que es imposible compartir algo cuando no tenemos nada que podamos compartir. La inconsciencia nos domina como una fuerza irresistible y a la que nos abandonamos sin remedio. El desinterés político, la pereza mental, etc., no son sino muestras de que nuestro deseo de seguir viviendo es equiparable, al mismo tiempo, al deseo de abandonarnos y al deseo de dañar a los que nos rodean. Las víctimas se ofrecen a los verdugos y son tan culpables como ellos de su muerte porque la desean, porque es lo que se esconde bajo los lloros y la autocompasión. Los verdugos encuentran un placer mórbido en contemplar las muertes ajenas, y no sigo porque soy consciente de que mi imaginario visual no es más que un robo, que un atraco, y no quisiera mostrar al público una perspectiva que no quisiera defender como mía (ya que, de poder, no puedo defender siquiera como propio el rechazo a adoptar ideas como de mi autoría). En el placer de la huida encuentro el sentido más profundo de mi existencia y el hilo que me une, en culpabilidad, a los que me precedieron. En el placer del remordimiento descubro una verdad infalible y una descripción perfecta de una realidad, de mi realidad. En el placer de la huida nos encontramos todos, como monstruos. Todos son monstruos.
- Hola, soy la Humanidad, y vengo a consolarte.
(Y luego ![]()
HUMANIDAD - Siempre patética.
YO - ¿No tienes nombre? ¿No puedes darme un rostro humano?
HUMANIDAD - No, soy todos los nombres, todos los rostros.
YO - No puedo bailar contigo, entonces.
HUMANIDAD - No, no puedes bailar conmigo, entonces.
YO - Siento asco de ti.
HUMANIDAD - Pero no olvides que soy la única que puede consolarte.
La música sigue siendo para mí un misterio. Así como puedo hablar de la búsqueda de la trascendencia en el cine o la literatura con una cierta seguridad, en la música no dispongo de los símbolos y las referencias que me sirven como base de apoyo para la distinción entre lo que es y lo que no es Arte. ¿Dónde se encuentra la trascendencia de la música? ¿En la búsqueda de nuevas sonoridades, de nuevos modos de expresión? Ya se ha demostrado en cine que la invención de nuevas imágenes no es sinónimo de calidad artística, al mismo tiempo que en la literatura un uso innovador del lenguaje sólo indica una voluntad por parte del escritor de crear algo nuevo, independientemente de si lo consigue o no. ¿De qué disponemos en la música, pues, para descubrir en ella la trascendencia? En el Arte más abstracto e intelectualizado de todos, tan abstracto incluso que las demás artes envidian su grado de abstracción, en este Arte, pues,
Me reconocí en una pantalla. De niño, mirando la abuela y viendo al sacerdote lamiendo el sobaco de un feligrés. Una lengua enorme me lamía el cuerpo entero y sin embargo pude ver en una pantalla imágenes de mi infancia. Me di cuenta, al mismo tiempo, de que la voz que me hablaba se había acallado, y que en la pantalla mi rostro mutaba constantemente y ofrecía una secuencia vertiginosa de los rostros de mis familiares. Reconocí algunos de ellos, y los que no pude identificar tenían rasgos que reflejaban a la perfección su procedencia y sus genes. Me pregunté si todos ellos, mis familiares, habían pasado por lo mismo que yo. Si todos habían acudido a esta fiesta, con esta misma gente, y se habían ofrecido, en su desnudez, a la oscuridad misma. El hombre calvo, el del sorriso y el llanto, apareció detrás de mí (lo sentí más que verlo) y empezó a hablar. Al principio no comprendí lo que decía. Luego, cuando me volví hacia
HUMANIDAD - Como artista eres débil e hipócrita. No te ayuda el que, además, seas consciente de ello. Tu trabajo está lleno de resentimiento, contra el mundo y contra ti mismo. No sabes a quien culpar. Quizás no sea necesario que culpes a nadie.
YO - ¿Es ahora cuando debo flagelarme? ¿Cuando debo reconocer que no he sido capaz de vencer mi pasado, de liberarme de las cadenas que me atan al pasado de mi familia? ¿Es ahora cuando debo llorar porque no puedo dejar de ser lo que soy, a pesar de todo? ¿Es ahora cuando llega la humillación?
HUMANIDAD - Sí.
YO - Todo lo que he dicho y todo lo que diré no es sino una consecuencia de mis problemas, de mi incapacidad para crecer de verdad.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - ¿Y no puedo hacer nada, verdad?
HUMANIDAD - Eso depende de ti.
YO - No puedes darme respuestas.
HUMANIDAD - No.
YO - Sólo puedes consolarme.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - Consólame entonces, aunque te haya maltratado como lo he hecho. En eso consiste la humanidad, ¿no? En quererse a pesar del odio, del asco, de la repulsión.
Narrador - ¡Cambio!
Estaba de nuevo en la fiesta, y de pie. Las personas estaban todas inmóviles, quietas, como estatuas, en las posturas más inverosímiles. Los bailarines seguían danzando lenta y seductoramente, como colgados del techo, por parejas, envueltos en el humo y la luz azul que lo impregnaban todo. Finalmente, en el centro de la habitación, de pie, sonriendo y llorando, el hombre de la entrada, calvo, se estaba quieto y me miraba. No pude evitar estremecerme. A lo lejos oí voces, las voces de la fiesta quizás, o las voces de un pasado borroso que seguían siendo proyectados en una pantalla. El caso es que sentí que el momento cobraba una importancia inusitada, que quizás era un momento decisivo. Me preparé para salir corriendo en el caso de que fuera necesario.
- Ahora tienes que elegir.
YO - ¿Y quién eres tú?
- Eso es lo de menos. Llámame Alivio.
YO - ¿Y qué tengo que elegir?
ALIVIO - Entre dos tópicos: la vida, y la muerte.
YO - ¿Estoy obligado a elegir?
ALIVIO - No, pero todos lo han hecho antes.
YO - En ese caso me parece que no elegiré. Tengo miedo de equivocarme.
ALIVIO - El objetivo no es escojer la respuesta correcta, porque quizás no la haya. El objetivo es escapar de la angustia. El objetivo es creer que quizás haya un responsable que pueda quitarte de encima el peso de la culpabilidad.
YO - Tu discurso no me convence.
ALIVIO - Nadie ha dicho que tenga que convencerte.
Ha llegado un punto en el que creo que me he perdido de verdad. No entiendo el significado de la división por capítulos ni la necesidad que tengo de justificarme. Escribo porque de otro modo preferiría estar muerto, y porque necesito volcarme en un todo para poder así desaparecer. ¿Supervivencia? No sé. Quizás sí.
ALIVIO - Estás obligado a escoger. Te obligo yo. Sin ti mi existencia no tiene sentido. Y no pretendo otra cosa que hacer aquello por lo que he nacido. Tu vida y tu muerte me importan en la medida en que mi vida y mi muerte dependen de la tuya. Me da igual lo que elijas. Me da igual. Pero elige. Hazlo de una vez.
Y sin embargo sólo pude encontrarme en el placer de la huida. La fiesta desapareció bajo mis pies y dejé de escribir. El diálogo desapareció al decidir que no quería decidir. Todo pareció desvanecerse cuando decidí que nada importaba. Quizás eso fue lo mejor, decidir que lo que ocurriese no me importaba lo más mínimo. No hubo barreras entonces y no las hubo desde entonces. Decidí creer en mí mismo.
Y cuando me encontré a las puertas del castillo, sólo pude recordar la vieja leyenda que me contaron cierto día, y en la que
1. El placer de la huida
Fue en la huida que, desde tiempo inmemorial, mi familia encontró la expresión más absoluta y completa de su naturaleza. Las arrugas y las ojeras nacen en el placer de la humillación, y sólo adquieren luminosidad entera cuando brillan surcados por las lágrimas. Las manos de los niños pequeños apuntan también a una posible retirada, con sus movimientos indecisos y sus cambios bruscos de dirección, que las mentes poco entrenadas achacan a una personalidad temperamental que, por supuesto, no existe. Si es en la huida que las gentes se revelan en toda su vergüenza, si es en la huida que nace el amor y la atracción entre dos personas, es en las lágrimas del reencuentro, en una compunción fácil y reiterada, que los lazos se estrechan, se fortalecen, se fosilizan, y el placer de la huida se prolonga así por los siglos de los siglos.
Toda acusación de crueldad que parta del supuesto de que hablo de mi familia como si no formara parte de ella tendré que rechazarla por parcial y subjetiva. Sólo en la consciencia total y absoluta de la propia existencia y de la propia soledad puede uno participar plenamente de un grupo o de una institución, en este caso la familia, y no pretendo ser desconsiderado con el resto de mis parientes si digo que, de entre todos los nuestros, soy el único que puede, por lo menos en el momento presente, sustraerse a la propia realidad y hablar del conjunto desde la objetividad. Nuestra tragedia parte de una terrible carencia de amor propio, de la falta absoluta de dignidad en nuestros corazones, y fue cosa del destino, la fuerza indomable, que a través de mí, y sólo a través de mí, pudiéramos ser conscientes de esta horrible carestía, que no sólo nos humillaba en conjunto sino que impedía que pudiéramos amarnos por separado. Se nos concedió la posibilidad de ser conscientes del problema, se nos abrieron las puertas para que pudiéramos penetrar en un conocimiento más profundo de nosotros mismos, pero no se nos dieron las herramientas para escapar de nosotros mismos. El don del conocimiento se convirtió, pues, en maldición milenaria, y el orden perfecto y meticuloso que siguen nuestras vidas incluso a día de hoy, y al que sólo la fuerza indomable puede doblar, ese orden que se pierde en la noche de los tiempos no es sino una plasmación de dicha tragedia, la caperuza que nos defiende de las inclemencias de los otros y que, al mismo tiempo, nos encierra en este presente eterno y nos niega toda posibilidad de salida, de redención.
He dicho que sólo a través de mí esta familia que es la mía tiene ojos, mente y memoria para verse, entenderse y recordarse a sí misma, y es a través de estos ojos, esta mente y esta memoria que pretendo escribir, para las generaciones venideras, un cuadro preciso y exacto de lo que son (o serán, mejor dicho) con el único fin de que, al enfrentarse a sí mismos como a través de un espejo, puedan por fin liberarse de la tiranía de su propia naturaleza. Y quizás se pregunten: ¿Por qué no liberas tú mismo tu vida y la de los que te rodean de las cadenas de estos vicios familiares? ¿Por qué pasarse toda una vida, y perderla al fin, preparando a los demás a hacer un trabajo que pudieras hacer por ti mismo? La respuesta está anclada firmemente en el hecho, apuntado antes, de que no me fueron dadas las herramientas necesarias para romper el hechizo: es decir, el amor. Nunca me sentí parte íntegramente de esta familia y, sin embargo, al poseer gran parte de sus vicios y virtudes, no soy más que uno de sus símbolos vivientes, la inteligencia racional que, a pesar de estar libre de la tiranía del estímulo y del sentimiento irracional, es incapaz de implicarse emocionalmente con el propio sufrimiento, no digamos ya el ajeno. No puedo mover un dedo para salvar a mi estirpe porque no creo en ella. En parte, se creyó (y, me temo, se sigue creyendo ahora) que el sufrimiento y el dolor que arrastramos desde tiempo inmemorial es algo merecido, un castigo de Nuestro Señor, y yo mismo lo pensé cuando, de adolescente, pude encontrarme a mí mismo por primera vez. El tiempo y las lecturas me han permitido despreciar la idea de la punición divina, y para ver una demostración de lo que digo no hay más que contemplar estas páginas, escritas por y para la familia, sin excepción. Hace tiempo que dejé atrás esa convicción estúpida pero, con todo, no puedo dejar de advertir que siguen habiendo restos de su veneno masoquista en mis entrañas. Pues, si no, ¿por qué soy incapaz de moverme cuando se trata de acercarme a mi hermana, por ejemplo? ¿Cuál, si no esa, puede ser la explicación del dolor físico que conlleva el querer salvar a los demás miembros de la familia de los horrores de la degeneración? ¿En qué, si no en esa convicción, puedo encontrar las raíces de mi imposibilidad de liberarnos a todos de una existencia miserable y vil?
- El arte no siempre es suficiente.
- No me has entendido. Te estoy invitando a bailar.
No soy partidario de considerar el artista como un Mesías, como el Salvador de la Raza humana, y menos cuando, hace unos días, y como se verá más adelante, renuncié a llamarme a mí mismo artista y a relacionar mi tarea con el mundo de lo artístico. No, el arte no puede ni debe ser considerado un modo de salvar el espíritu humano; no es válido alzar el arte a la categoría de religión cuando, desde hace años, la religión ha demostrado no estar a la altura de las circunstancias. El hombre y la mujer modernos y contemporáneos debieran ser capaces de afrontar sus preocupaciones y sus necesidades desde un punto de vista adulto, maduro, consecuente y coherente sobre todo, pero, por las razones que sean, no siempre es así, y es ahí donde entra el arte, no como salvador espiritual y mensajero de la trascendencia sino como amigo y maestro, como compañero de confidencias, como un conocido al que enviar cartas de amor y de muerte y quien, instantáneamente, sin apenas dilación, contestará desde las profundidades del tiempo recobrado o desde lo alto de una montaña de fantásticas proporciones. El arte está ahí, en los clásicos, dispuesto a iluminar aquel que, en completo dominio de sus facultades, y dispuesto a todo, es capaz de acallar la propia voz para dejar espacio al murmullo de los muertos. Hay que abrirte las entrañas y dejar entrar la sabiduría de los tiempos, esta sabiduría que, en menor grado y desde la humildad más absoluta, estoy intentando recoger en este cáliz viejo, de papel, en estas páginas.
Es para mí una responsabilidad moral el tener que escribir con la mayor corrección posible, prescindiendo de retórica y huyendo, al menos a un nivel profundo, de la belleza y del kitsch. Me siento obligado, ya que no puedo ayudar, por lo menos a retratar con la mayor fidelidad posible lo que ocurre a mi alrededor. La existencia de mis congéneres, y la mía propia, debiera adquirir pues, a ojos del lector, y a los de quien escribe estas frases, un carácter histórico, verídico, ajeno a las ficciones alienantes que tanto se prodigan hoy día y que mis familiares, como buenos y fatales portadores de la decadencia, leen con ansia. Debo servirme de la perspicacia y las dotes que Nuestro Señor me ha dispensado para mantenerme, al mismo tiempo, lo más cerca y lo más lejos posible de los acontecimientos, para ceñirme únicamente a la realidad más cercana a mí y, también, para no perder en ningún momento la objetividad que debiera gobernar en este texto, una distancia que podría desaparecer si mi subjetividad individual entrara en contacto con las emociones y se viera afectada por ellos. Cosa altamente improbable, como ya se ha visto, por mi escasa propensión a sentir afecto por los demás. No se me escapan los guiños de incredulidad de mis lectores al leer cuán vehemente defiendo yo, un no-artista, una tarea tan deshumanizada, tan anclada en las apariencias que bien podría pasar por una obra artística, y es aquí donde tengo el deber de explicar, con la mayor brevedad posible, por qué he decidido mantenerme alejado del arte en tanto a técnica, en tanto a fe, en tanto a modo de vida. La razón, como es obvio, no es otra que la del miedo que me inspira el arte en sí, y ante la inmensidad de la tarea del artista no puedo sino echarme a correr, en desbandada, y arriesgarme así a sufrir las risas y las burlas de mi escaso público.
Como hombre culto y leído que soy, los problemas y dificultades de la creación artística no me son desconocidos, y en este conocimiento, en esta parcela de mi sabiduría me baso para sostener, lo más firmemente posible, mi decisión. Y ésta no es otra que la siguiente: no puedo olvidarme del sufrimiento que sólo yo, por suerte o por desgracia, soy capaz de identificar y de asumir, y a ello pienso dedicar al menos un noventa por ciento de mis energías. ¿No es tarea tan grata, tan satisfactoria, a la postre, como la tarea artística? Seguramente, pero la remuneración económica no es algo que me impida dormir. Si apenas puedo, y de veras que lo intento, si apenas puedo hablar con propiedad de aquello que me queda más cerca, de mis parientes y amigos, si apenas puedo hablar de mí mismo con un mínimo de soltura y de gracia, ¿cómo puedo pretender abarcar todo el peso de mi tiempo en estas pobres páginas? ¿Cómo podría, un servidor, atreverse a desafiar las voces de los grandes poetas, cómo podría un desgraciado como yo decidirse a luchar por la consecución de lo eterno, de lo infinito, si he hecho de la huida y de la humillación mi razón de ser? Y, además, la pereza, que no es sino otra de las hijas del escaso amor propio, de la poca dignidad, y que en algunos miembros de la familia, que aparecerán más adelante, alcanza dimensiones inconcebibles, esta pereza, pues, en última instancia, me detendría los pies en el caso hipotético que decidiera sacrificarlo todo en pos de un proyecto tan estúpido como innecesario. Y aun así debería irme con mucho cuidado, porque quizás la pereza no encontraría energías suficientes para detenerse a sí misma.
- ¿Y quién eres tú?
- A buenas horas lo preguntas. Soy Helena.
Es con plena consciencia de los límites de mi técnica que me alejé definitivamente del mundo de los artistas, en un diálogo, que sin pretenderlo, acabó por resultar muy
HELENA - ¿Cómo supiste que yo era el arte?
YO – No lo supe. Lo adiviné, supongo. Espero que no me lo retraigas durante mucho tiempo.
HELENA – Tranquilo, ya sabes que no he venido para eso.
, a lo que mi hermano, entre risas, y como representante figurado del mundo de las letras, respondió: “Hay barreras, hay inhibiciones, como dice el bueno de Mann, que sólo pueden ser vencidas con las drogas, y aun así tan sólo por un espacio de tiempo muy limitado. Sé de gente que no acepta este tipo de prácticas, pero a fin de cuentas la poesía no es más que un ensanchamiento de la percepción, ¿verdad? ¿Qué puede importar, qué diferencia hay entre el ensanchamiento inducido por el cuerpo y el ensanchamiento producido por la mente?” “Es cuestión de dignidad, de responsabilidad moral” le dije. “Como si nuestra familia pudiera hablar de dignidad y de moral”. Y tras una pausa: “Lo que importa es el resultado final, ¿verdad? ¿Qué más da el camino que se haya seguido para alcanzar la verdadera intimidad con el lenguaje? ¿Qué más da?” “Tengo la impresión de que te sirves de toda esta palabrería para ocultar el hecho de que, sin las drogas, eres incapaz de escribir nada. No te atraen las drogas y el ensanchamiento de la percepción, no actúas por placer sino por miedo. Te aterra el tener que enfrentarte lúcido y despierto a tus propios textos, a tu propia mierda. Ignoras, o quizás no quieres aceptar que ese es el único modo de alcanzar el estado de lucidez poética que se necesita para escribir, para crear. ¿Por qué crees que decidí divorciarme del arte? Precisamente por su ética del sacrificio, por todo lo que impone y pide al que ya de por sí lo daría todo por él. Pregúntate si lo das todo, si lo darías todo por él. Sincérate contigo mismo.” “Hablas como si tuviera que declararme a alguien. Ya estoy casado, hermano.” “No cambies de tem
HELENA - ¿Te gusta cogerme de la cintura?
YO – Sí, mucho. ¿Te importa?
HELENA – No, ya sabes que no. Formo parte de ti. ¿Cómo iba a molestarme?
YO – Ya sabes que no es suficiente con el arte, ¿verdad?
HELENA – Sí, lo sé, pero me gustaría que me explicaras un poco el por qué. No puedo evitar pensar que tus certezas sobre el asunto no pasan de ser meros esbozos, esquemas de lo que podrían llegar a ser.
YO – Y por eso estás aquí, para ayudarme.
HELENA – Exacto.
YO - ¿Puedo pegarme un poquito más a ti? Quiero estar cerca de tus pechos.
(Y luego)
YO – Me gusta como bailas. Eres firme y sensual a la vez, como si hubieras aprendido a bailar a base de mucho esfuerzo, y lo erótico de tu baile, a pesar de ti misma, no deja de traslucir cierta impresión de rigidez, de una rigidez hasta cierto punto complaciente. A eso me refiero cuando hablo del arte, al hecho de que la propia apariencia de naturalidad, de espontaneidad, que es característica de la obra de arte, no es sino víctima de sus propias ambiciones, y deja traslucir, a su modo extraño y retorcido, todo el trabajo que ha quedado atrás y aquello por lo que ha necesitado educarse.
HELENA - ¿Te refieres tan sólo a las letras o a todo el Arte?
YO – Supongo que podría referirme a todo, pero no quiero pecar de pretencioso.
HELENA - ¿Y ese problema es tan sólo achacable a la novela larga y corta, o también podría acusarse a la poesía y al teatro de estar apelmazados?
YO – No hablaría tanto de novela como de narrativa, pero, en todo caso, ya sabes a lo que me refiero. La sujeción de la poesía a las reglas básicas de la novela y el relato se traduce en un empobrecimiento de la poesía, y sin que la novela o el relato muestren grandes diferencias con respecto a aquellos textos que, directamente, prescindieron de lo lírico. No, la poesía, lo épico, lo mítico debería estar por encima de situaciones y personajes, debería estar más allá de lo que la razón impone y que el corazón, débil y no muy convencido, acepta a regañadientes.
HELENA - ¿No estás exagerando?
YO – Creo que no.
HELENA – No puedo evitar pensar que tu rabia en contra de la novela es fruto de tus muchos proyectos fracasados. Entiendo tu resentimiento, pero eso no hace más válidos tus comentarios, que no dejan de ser algo injustos.
YO – No estoy de acuerdo con lo que dices. Acepto que ninguno de mis proyectos de novela ha logrado salir adelante, y que no son pocas las veces en las que decidí mandarlo todo a la mierda, narrativa incluida, por culpa de las enormes dificultades con las que me he encontrado. Sin embargo, si mis proyectos han fracasado no ha sido tanto por negligencia mía sino por la naturaleza misma de la novela, que debido a su estructura inamovible y fosilizada me impidió hacer con ella lo que me proponía.
HELENA - ¿Y qué te proponías, si puede saberse?
El tema de la responsabilidad moral forma parte del discurso de grandes artistas como Thomas Mann o el gran Andrei Tarkovski, uno de los pocos directores de cine que creyeron en la necesidad de un arte sincero, honesto por encima de todo, que creyese firmemente en sí mismo y en el poder transformador que puede obrar en la realidad. Largas fueron las discusiones que mantuvimos yo y mi hermano a lo largo de los años, y sin embargo nunca pude convencerle de mis ideas, que, como es obvio, no son mías sino de aquellos que las alcanzaron antes que yo. Por ello acusé a mi hermano de irresponsable cuando persistió con el tema de las drogas. No lo vi capaz, en su momento, de soportar el peso de sus responsabilidades, y por ello acabó hundiéndose en el foso que él mismo se había cavado. A este respecto, creo que la educación que nos dieron nuestros padres, educación obsoleta y que no predicaron con el ejemplo, sino a base de gritos y golpes, esa educación, pues, tuvo mucho que ver. La única persona de mi familia que, según tengo entendido, consiguió soportar, durante mucho tiempo, y con orgullo, el peso de su destino, fue mi abuela por parte de padre. Ya desde la pose que adoptaba en las comidas y las celebraciones familiares, erguida en su silla, tiesa como una estatua, glacial, siempre distante, dejaba entrever un enorme respeto por las tradiciones que le habían inculcado de pequeña. En sus ojos podía descubrirse el núcleo, la base de toda nuestra manera de ser y las razones, a priori ineludibles, por las que debíamos mantenernos para siempre en un mismo tiempo y lugar; dichas razones se decidieron en una época muy lejana (quizás ficticia), muy distinta de la nuestra, y me imagino que, en algún momento, ella, que tenía en sus manos la redención que todos necesitábamos, debió de preguntarse si valía la pena cambiar las cosas. Con todo, al hacerse la terrible pregunta: ¿por qué? debió de decidir que no valía la pena remover los cimientos, porque, con los años, su ironía y su particular orgullo se fueron fortaleciendo a medida que todos los demás, su descendencia directa o quizás no tan directa, nos convertíamos en portadores de nuestra enfermedad exclusiva. La decisión la tomó al morir su marido, mi abuelo, cuando yo era apenas un chaval, y desde entonces la frialdad de la que siempre había hecho gala se convirtió en un armazón hermético. La muerte, contra lo que se ha ido diciendo desde que tengo uso de razón, no cambia nada, no resulta de por sí renovadora, sino que despierta aquellas realidades que, no por invisibles, son menos poderosas, y las desarrolla, las eleva, las engrandece hasta tal punto que, en comparación con su tamaño inicial, dan la impresión de haber surgido de la nada. Pero en este mundo la generación espontánea es imposible, ya que el lujo de lo espontáneo, de lo inmediato, sólo pertenece al mundo de la muerte, y el mundo de la muerte, a pesar de estar íntimamente ligado con el nuestro, no forma parte de él.
Cada año, desde la muerte del abuelo, se instauró un nuevo rito en el orden vital de nuestras vidas, y cada primera semana de enero, a ser posible coincidiendo con el aniversario del fallecimiento del padre de mi padre, nos reuníamos en una iglesia escogida por mi abuela (siempre la misma), para recordar al hombre, al marido, al abuelo, por medio de una celebración. No estábamos solos en la iglesia: al entrar, en un silencio tan respetuoso como hipócrita, solíamos encontrarnos con poco más de una decena de feligreses, que, anticipándose al inicio de la misa, se habían apresurado a ocupar los mejores puestos, y ninguno de ellos, ninguno, debía de contar con menos de setenta primaveras: un matrimonio que siguió yendo a misa, día a día, a lo largo de otros veinte años, siempre, siempre agarrados del brazo, y que, quizás para no perder la costumbre, murieron al unísono, mientras dormían, sin despegarse de ese eterno abrazo que acarreó, por lo visto, tantos placeres que dolores de cabeza. Solíamos encontrarnos también solteros y solteronas de oro, de encías rojizas y desprovistas de cualquier diente, que se agarraban con fuerza a los respaldos del banco delantero para no caerse o que se sonaban las narices con pañuelos bordados en oro y ennegrecidos por la suciedad y el paso de los años. Entre tan variopinta muchedumbre nos colocábamos nosotros, los veinte miembros de los que constaba mi familia, cuya gran mayoría acudía al evento por obligación, y aguardábamos con impaciencia la llegada del capellán. Esos breves minutos de espera solían estar llenos de risitas burlonas y de golpes bajos, sobre todo por la parte de la concurrencia, entre los que yo me encontraba, por supuesto. Uno de los pasatiempos favoritos de mi adolescencia fue el de señalar con el dedo cuál de los vejestorios ahí presentes, con sus temblores y sus intermitentes castañear de dientes, nos resultaba más desagradable a la vista, y antes de que, según tengo entendido, muriera en el hospital tras varias horas de espantosa agonía, la gran victoriosa de este inofensivo juego solía ser una mujer de pelo castaño, corto hasta la altura de los hombros y liso, perfectamente listo, que tenía unos labios abultados hasta lo indecible y un ojo tuerto. No fueron pocos los comentarios que se hicieron en honor de su aspecto grotesco, y recuerdo que nos costaba horrores aguantar la risa cuando, junto a los demás ancianos y ancianas, se arrodillaba para honrar a su señor y no sin antes, como por descuido, volverse hacia nosotros y hacernos un par de guiños con su ojo bueno. Aquella escena, que olía a huesos y articulaciones en descomposición, se me presentó, ya de mayor, y sobre todo en los últimos tiempos, cuando mi abuela, sintiendo cercana la muerte, se agarró con mayor fuerza a sus rituales, consideré esa escena como una representación simbólica y acertada del catolicismo en sí, que se mostraba en toda su brillantez esperpéntica. Y no sólo eso, sino que también reflejaba con precisión nuestro propio sistema de valores, anclado en el pasado únicamente por una persona, una columna, que desaparecería al cabo de poco, y que más tarde, quizás para emular el matrimonio y a la mujer de cara abultada, seguiría avanzando a través de los tiempos como una fuerza invisible e invencible, empujada por la inercia de los siglos que nos precedieron y marcada, también, por la imposibilidad física de sus participantes de adaptarla, mejorarla o incluso eliminarla por el bien común.
HELENA – Acércate, quiero sentir tu cuerpo. El cuerpo del Artista total, el Artista en construcción, el Artista hecho ya y en potencia.
YO – Te ríes de mí.
El párroco que oficiaba la celebración era el mismo con el que, años antes, había hecho la primera comunión, y es por ello que la muerte de mi abuelo y el día de la primera comunión se muestran ante mí como las dos mitades de un mismo dibujo, como escenas de un díptico protagonizadas por dos personajes diferentes, un yo infantil y un abuelo presente en espíritu, y unidas conceptualmente por el mismo párroco, que, si bien en la primera mitad hacía gala de un espíritu joven, enérgico y encomiable, en la otra aparecía doblegado y consumido por el paso del tiempo, como corresponde al exponente principal de una decadencia de la que era el gobernador. Cuando pienso en el hombre que pronunciaba el nombre de mi abuelo detrás del altar, pienso también en el hombre, más joven, con quien me confesé antes de mi primera comunión. Recuerdo la sensación de desamparo, de soledad, de sufrimiento espiritual que solía embargarme al entrar en una iglesia, sobre todo de pequeño, y que conoció su máxima expresión cuando, en solitario, y durante la catequesis, tuve que entrar en busca de un hombre que debía concederme, como enviado de Dios, el perdón eterno. Al entrar en la penumbra, uno debía enfrentarse a sus miedos más profundos, a la propia sangre; eso lo sentía yo con la sensibilidad propia de mis tiernos ocho años. Las columnas de piedra, los muros y los vitrales enormes desertaban ecos en mi alma de una oscuridad tal que creía que iba a morirme ahí mismo; la reverberación (o el recuerdo) que levantaban en mi cuerpo los mártires y las velas parecía, al mismo tiempo, no ir a detenerse nunca. Y en ese estado de confusión y horror absolutos, con la boca reseca y los brazos bien pegados al torso, solía entrar yo en la iglesia, y de ese modo entré también el día funesto en que debí confesarme por primera vez.
Entré en el santo edificio un jueves por la tarde, con el corazón y el pene excitados por la emoción. Mientras cruzaba la nave central, que a esa hora estaba poco iluminada y vacía en su mayor parte, oí voces en una de las naves laterales, voces que pretendían no ser más que un susurro, y entre las cuales reconocí la del capellán que debía confesarme. Creyendo que el pastor debía de haber modificado, por comodidad o cualquier otro motivo, los confesionarios que íbamos a utilizar, y en parte motivado por el tono de de confidencialidad con el que discutían las dos voces, me acerqué a la puerta entreabierta detrás de la cual se hallaban los dos hombres. Saqué la cabeza por el agujero y miré. El capellán, con la sotana ya puesta, lamía el sobaco de uno de los feligreses, quien, descamisado, alzaba la barbilla hacia las alturas y suspiraba con satisfacción. “Levanta el brazo, coño”, dijo el capellán, provocando de este modo la risa de su particular fuente de placer. Como era de esperar, me corrí inmediatamente, sin necesidad de tocarme el pene, y mi silencio posterior, que se prolongó durante la confesión (o el tiempo dedicado a ella, ya que no hubo una confesión digna de llevar tal nombre) e incluso más allá, lo achaco a la sensación de humedad, de pecado, de vergüenza que arrastré conmigo desde que se produjo el desafortunado encuentro y hasta que, gracias a las letras, pude enfrentarme a ella. Cuando, años después, viera al capellán alzar los brazos y honrar a Dios, y cuando viera asomar su lengua por entre los dientes al hablar de la sangre y del cuerpo de Cristo, vería instantáneamente el sobaco y la lengua y la nariz pegados a él, como si formaran parte de una misma entidad. Y cuando el capellán decía:
HELENA - ¿Quieres tocarme los pechos?
La multitud exclamaba:
YO – Por supuesto.
(Y luego)
YO – Me da miedo el tenerte tan cerca.
HELENA - ¿Y eso por qué?
YO – Porque tengo la impresión de que planeas devorarme de un momento al otro.
HELENA – No temas, sólo me está permitido devorar a aquellos que realmente están preparados para ello, y aún no te he agarrado lo suficiente.
YO - ¿Y cuándo llegará ese momento?
HELENA - ¿Deseas que llegue?
YO – Tengo curiosidad.
NARRADOR - ¡Cambio!

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