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Esta vez, por suerte, de la mano de un sabio.

Maestro Broch, cuando quiera.

“El racionalismo va de la mano del disfrute de la vida, [...] quien piensa racionalmente descubre asimismo que los placeres de la vida deben ser gozados. Por otra parte, el racionalismo exige una visión del mundo sobria y clara, realista y desnuda, por lo que el racionalista no tarda en descubrir que la crueldad y la abominación impiden el pleno disfrute de la vida: o bien hay que erigir en bello lo abominable (los circos de gladiadores romanos) o bien se han de cerrar los ojos a la abominación y la crueldad. [En ambos casos se trata de] un escamoteo mediante la <<decoración>>.”

“En la novela rusa del XIX (Dostoievski, Tolstoi), incluso en Chejov, se pone de manifiesto la <<insuficiencia del medio y la inaccesibilidad del objetivo>>, posición en la que, aun siendo obra de arte, la novela jamás llega a conquistar el rango de plenitud artística, el rango de <<poesía completa>>, creadora de estilo, que sí poseen la lírica, el drama y, no menos, la gran epopeya: la novela no es creadora sino usuaria de estilo, no sujeto sino objeto de estilo; de ahí que el simbolismo creado por ella no pase de ser mera incidencia. [...] la novela no se halla, como la poesía propiamente dicha, bajo el patronazgo del arte, sino de lo <<literario>>.”

“La realidad es siempre interminable, la obra de arte, por el contrario, está siempre limitada y, en consecuencia, para su creación necesita [...] de un proceso selectivo que produzca y mantenga el orden; (Sobre Hofmannstahl) este proceso selectivo es, en definitiva, moral, dada la <<formación>> dirigida hacia la esencialidad; por consiguiente, el rigor artístico debe centrar su atención en el acto de la elección, puede hacerlo incluso visible para que, de ese modo, se haga visible también el símbolo esencial.

[...] Cuanto mayor sea el rigor con que se aplice el principio selectivo, tanto más grande y más grandioso será el estilo, tanta más fuerza simbólica tendrá la esfera creada por él, tanto más esenciales serán los símbolos; en una palabra, tanto más aptos serán los hombres para superarse a sí mismo.” 

“Cuando desaparece la poesía, lo humano degenera, degenera lo moral, degenera el símbolo, degenera el idioma, degenera la realidad.”

En esta vida no hay nada que exista por sí solo, y al mismo tiempo que un hecho es causa y consecuencia de sus circunstancias, del mismo modo sólo a través de las circunstancias se puede entender y comprender un hecho y su razón de ser (dato que a veces podría equipararse a su importancia). Esta reciprocidad, como veremos más adelante, ayuda de forma notable a explicar el fenómeno artístico, y aporta una claridad deseada y necesaria para el análisis de la relación existente entre el artista, su época y su obra. Pero no nos adelantemos.

Hablaba, entonces, de la no gratuidad de los hechos, de que nunca pueden surgir de la nada y que, en principio, tampoco deberían conducir a la nada. Aquí tenéis un ejemplo: una voz desconocida, utilizando palabras que a pesar de su nebuloso origen me parecen siempre terriblemente cercanas, me mandó hace poco un e-mail en el que se destacaba, por encima de todo, este extracto: “Las excelencias mismas del estilo y el lenguaje tienen un origen ético; un hombre realmente frívolo ni siquiera puede llegar a tener estilo. El estilo es un fenómeno del orden moral, o no es estilo sino manera.”  Extracto que no es de cosecha propia, todo sea dicho (su autor murió hace ya más de setenta años) pero que, en su soledad, simplemente por haber sido escogido de entre otras muchas sentencias, y por haber sido considerado, además, digno de análisis por parte de mi apreciado desconocido, echa más luz sobre la personalidad de este último de la que él mismo podría, quizás, desear.

Unamuno, pues, entiende el estilo como un asunto de ética antes que de estética, y por lo tanto defiende un arte honesto y sincero, en contraposición a un arte más decorativo y vacuo. El escritor bilbaíno, de este modo, se aleja de los escritores que Hermann Broch, en su ensayo Hofmannstahl y su tiempo, denomina, simplemente, y no sin cierto humor, como “decoradores”, que no son, en su mediocridad, más que grandes maestros en la reconstrucción de la nada, genios en el encubrimiento de la miseria y el vacío bajo mantos de esplendor, artesanos increíblemente habilidosos cuando se trata de crear obras redundantes, rancias, que entusiasman a las masas y vienen a llenar los huecos entre las obras de mayor calado y cuya repercusión es, en la mayoría de los casos, ulterior y hasta póstuma.

El estilo es la representación y la consumación de una serie de valores que caracterizan el individuo, en tanto que “todo estilo auténtico significa proclamación de una esencialidad del mundo, significa transformación del caos en un sistema de elementos esenciales“, siempre desde el punto de vista del genio creador, evidentemente. Pero, más allá de la relación obvia y mil veces tratada entre el creador y su obra, el estilo es también un reflejo de su época, del entorno, de una realidad de la que parte (como consecuencia) y que está destinado, también, a modificar en su totalidad (como causa). “Cada nueva época se ha procurado un lenguaje adecuado a ella, así como el correspondiente complejo de nuevos símbolos.

Así pues, el escritor se alza como creador profundamente original y subversivo y, al mismo tiempo, como máximo representante, como máximo exponente de la sociedad que lo ha parido y lo ha convertido en lo que es. El artista, dotado únicamente de su pericia como creador y de su interioridad como ser humano, establece un vínculo entre lo individual y lo universal y crea, además, una imagen, una instantánea de su época y su momento para las generaciones venideras.

Como el mismo Broch se encargó de demostrar en numerosas ocasiones, su respeto por la realidad era tal que llegó a acuñar un nuevo estilo que le permitiera comprenderla en su totalidad, atraparla y reflejarla desde todas las dimensiones posibles para así poder ofrecer una visión no ya fidedigna, sino calcada, del acontecer terrenal. El deseo de Broch por la verdad, pues, no sólo le guió en su búsqueda del infinito sino que también le dictó cómo enfocar dicha búsqueda. Porque, como dijo Unamuno, la frivolidad, en su plácido devenir, nunca puede producir estilo, como máximo objetos de ”decoración” a los que rendir culto como exponentes de la sublimación de la banalidad humana. Y Broch, en su circunstancia, decidió dedicar gran parte de su tiempo a la consecución y a la conservación de la Verdad. De ahí lo abrumador, lo delicioso, lo exquisito de su prosa.