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Tomé una taza.

La madre abrió, de pie, un armario, y sacó un algo. Asustada se dio cuenta y me miró.

Mi padre. El bebé. Papá dio de comer al nene. Dijo algo pero no sé el qué.

Tomé una taza y la sostuve con mis manos.

Pregunté en voz alta si alguien sabía lo que era una taza, y el nene rió y rompió una servilleta, madre se olvidó de un algo y padre que calló. Papá me dijo algo pero no sé el qué.

Una taza verde, un verde enorme, y un asa y el vacío en medio. Y pregunté y la miré, una taza verde, y luego un silencio y el suspiro del nene.

La taza contra el suelo, silencio y el suspiro del nene.

Tiré la taza y contemplé los trozos, y dije:

- No hay taza alguna allá en el suelo, ningún trozo; ved la flor grande, enorme y roja, y un vacío justo en medio, en su lugar.

Mamá gritó, y papá calló, y el nene, que vio sin comprender.

Estalló una taza y emergió una flor, desde el vacío, y es la flor que llenó la taza cuando era taza, y yo que quiero recogerla, y arrancarla: porque la había visto antes. Y es que la flor no es taza, aunque viva en ella, y no importa destrozar un algo para ver el qué. No logré arrancar la flor pero la vi, y era una flor grande, hermosa, enorme y roja, aquella que llenó el vacío de la taza.

La ventana es rectangular. Un marco blanco rodea el cristal, que es transparente. Una cortina amarilla cubre la ventana y cae hacia abajo. La cortina está sujeta a una barra metálica, y cae hacia el suelo, que es negro.

La ventana está en una pared blanca. La pared está unida por los bordes al techo, al suelo y a las paredes contiguas. Las paredes son blancas, el techo es blanco y el suelo es negro. La cortina cae hacia el suelo.

Jeremías se pone junto a la ventana. Jeremías aparta la cortina. El cuerpo humano une la cortina con el suelo. Jeremías mira la barra metálica. Jeremías mira la cortina amarilla. Jeremías mira el suelo, que es negro. Jeremías arranca la cortina y la tira al suelo.

Jeremías dice:
- No sé qué me pasa.

Jeremías pone la mano sobre el cristal, que es transparente.  Afuera está lloviendo. El cristal está cubierto de gotas. Jeremías mira a través del cristal. Jeremías ve un tronco enorme, que es negro. El tronco tiene ramas negras, que tiemblan por la lluvia. Jeremías pega la cara al cristal. Jeremías mira el árbol.

Jeremías dice:
- Estoy triste.

Jeremías mira el árbol negro, que surge del suelo negro; mira las ramas negras, que cuelgan sobre el suelo; mira la lluvia, que cae hacia el suelo.

Jeremías dice:
- El árbol me ha puesto triste. Las ramas me han puesto triste. La lluvia me ha puesto triste. El árbol me pone triste, la rama me pone triste, la lluvia me pone triste.

Jeremías habla y empaña el cristal:
- El árbol no me pone triste. El árbol no está triste. Yo estoy triste. La tristeza me pone triste. La tristeza está en mí.

Jeremías dice:
- Estoy triste. Sé que estoy triste desde que he visto el árbol. El árbol no me pone triste. El árbol me muestra que estoy triste. El árbol me dice que estoy triste.
- El árbol me puede explicar la tristeza.
- El árbol me puede ayudar a dejar de estar triste.

Jeremías acaricia el cristal.
- Me permites ver el árbol.

Jeremías besa el cristal.
- Quiero el árbol.

Jeremías golpea con los puños el cristal. Jeremías rompe el cristal. Los cristales caen hacia fuera. Los cristales caen hacia el suelo. Jeremías sangra por las manos. La sangre cae hacia el suelo negro. Jeremías mira el tronco negro. Jeremías saca por la ventana la cabeza y los brazos. La lluvia le moja el pelo y la cara. Jeremías cierra los ojos y abraza el tronco enorme. La sangre mancha el tronco negro. Jeremías pega la cara al tronco.

- Estoy triste. ¿Por qué?

Jeremías mira las ramas negras, que tiemblan por la lluvia.
- Estoy triste. ¿Por qué?

Jeremías pasa la mano por las rugosidades. Pasa la mano por las imperfecciones. Acaricia el tronco. La lluvia cae por el tronco. Jeremías lame el tronco.

- Estoy triste. ¿Por qué?

La lluvia cae hacia abajo.

1. ¿?
Niño: Corre. Se cree perseguido por
Perro: Husmea.
Niñera: Es.
Dueño: quien lleva la correa.
Espectadores: Varios.
Risa: Mujer.

2. Estructura
Justificación
Obra
- Introducción
- Nudo
- Desenlace
- Epílogo
Conclusiones

3. Justificación
En la que se rinde homenaje a: el poder del recuerdo; al símbolo como unión entre el objeto y su existencia, incomprensible y eterna; al mito.
En la que se da las gracias a: las Fuerzas; al Destino; a los Dioses; al Hombre.
En la que se pretende: justificar la existencia de la obra, y remarcar sus carencias.
En la que se pide: perdón.

4. Obra
- Introducción
Un niño corre, y su niñera, y el perro detrás y el dueño dormido. Pasan por delante de un anciano, que ríe. Se olvida el banco: no es importante. La correa se tensa demasiado. El perro jadea. El niño y la niñera miran atrás: desde lejos. Dejan de ser, poco a poco. Antes son, después fueron, y el dueño se detiene. Una risa. Busca el anciano pero ya no está: el banco está vacío, de madera. Al otro lado quizás. El dueño mira y el seto se ríe. Detrás de. El seto sigue hasta una portezuela. Blanca de madera. ¿Quién se reirá? ¿Quién se reirá?

- Nudo
Un jardín con césped. No hay casa, sólo seto. Flores a ambos lados, y una silla reclinable en medio: encima un radiocassette encendido, la risa viene del radiocassette. Todo es verde, menos la silla y las flores. Cielo azul, sin nubes. Hay rostros dibujados en los setos: no expresan. Por encima de los setos en la parte izquierda se ve la cabeza de una mujer, que se ríe en silencio: lleva un cesto de frutas encima de la cabeza, y escupe continuamente. Todo es silencio menos la risa del radiocassette. Verde, blanco, risa.

- Desenlace
Aprovecho el poder y me pregunto: ¿qué hay debajo de la imagen? ¿Qué hay debajo de la escena? Una mujer enseña los pechos, los zarandea, se ríe con los ojos cerrados y se va. Aprovecho el poder y me meto en el jardín. La vecina de la fruta ha desaparecido. Aprovecho el poder y elimino el radiocassette. El silencio es brutal. El ser es silencioso, y se descubre a sí mismo en las dimensiones. Elimino la silla reclinable. No deja nada. Elimino las flores, y el blanco. No, el blanco no: la puerta. Aprovecho el poder y elimino también la puerta, y el seto. Cielo y césped, azul y verde. Los elementos fueron son irrelevantes. Aprovecho el poder y elimino el cielo. No azul, no luz. Silencio y césped. Me arrodillo sobre el césped y beso. A un lado un niño empieza a mear. Aprovecho el poder y elimino el césped. ¿Qué hay debajo? ¿Qué hay debajo?

- Epílogo
El niño corre, y la niñera, y el perro detrás, pero sin dueño y sin correa.

5. Conclusiones
En las que se da cuenta: de la nada; del horror de la nada.
En las que se maldice: el universo; la impenetrabilidad del universo; la imposibilidad del conocimiento; la perspectiva humana; las Fuerzas; el Destino; los Dioses; el Hombre.

El primer baile con Helena debe ser rígido. No sabe cómo hacerlo. ¿Y la belleza? Su búsqueda acaba en encorsetamiento de palabras y de acción. Lo percibe, lo intuye, y le angustia no saber cómo afrontarlo. Sabe que no debería aspirar a la perfección. Pero él persiste.

YO - El arte no siempre es suficiente.
HELENA - No me has entendido. Te estoy invitando a bailar.

Pone en boca de los personajes ideas que no son suyas sino de la gente que las encontró antes que él. Su búsqueda debe pasar forzosamente por: 1) la destrucción de los moldes antiguos, y 2) la certeza de que puede vencer a sus modelos. Por el momento sabe que no puede lograrlo, que no es lo bastante fuerte. ¿Y dónde encontrará la energía necesaria? ¿Cuándo y cómo podrá romper con las influencias?

HELENA - ¿Cómo supiste que yo era el Arte?
YO – Lo adiviné, supongo. De todos modos, fuiste tú quien vino a buscarme.
HELENA – Así es. Estoy aquí para ayudarte. ¿Quieres decirme algo?
YO – Antes abrázame, y pégate a mí. Necesito tocarte.
(Y luego: )
YO - Me gusta cómo bailas. Eres firme y sensual. Eres fuerte, sexual, y tu erotismo, a pesar de todo, es rígido, complaciente. Te empeñas en bailar bien porque te han enseñado a bailar bien, y así tu baile pierde todo lo que pudiera tener de natural y de espontáneo. Uno entiende que has trabajado duro para llegar hasta aquí, pero sigo viendo tus costuras.
HELENA - ¿Te refieres a las letras o a todo el Arte?
YO – No quiero sonar pretencioso. Tan sólo a las letras.
HELENA - ¿Y hablas de Literatura, o sólo de una de sus parcelas?
YO – De la narrativa: de aquello que prescinde de la poesía, de lo épico y de lo mítico porque se cree capaz de sostenerse por sí sola. Las grandes novelas y los grandes relatos tienen menos de narrativo que de memorable. El tiempo de la novela ha llegado a su fin.
HELENA - ¿Y qué propones a cambio?
YO – Nada. No sé qué hay más allá. Por eso has venido aquí, para mostrarme cuál será mi dirección a partir de ahora.
HELENA – Primero deberías comprobar si el odio que sientes por la novela es fruto de la reflexión, o si tan sólo es una consecuencia (comprensible, eso sí) de tus muchos proyectos frustrados.
YO – Si mis proyectos no han funcionado no ha sido por negligencia ni desidia, sino debido a la propia naturaleza de la novela. Su estructura inamovible y fosilizada no me permitió follarla como es debido.
(Y luego: )
YO – No puedes ayudarme, ¿verdad?
HELENA – No, no puedo ayudarte. Sé lo mismo que tú.
YO – Nada.
HELENA – Exacto. Sólo conozco los orígenes, la tradición. El resto no depende de mí.

Ha llegado el momento de hacer una pausa en el diálogo. Es necesario introducir un narrador, un personaje que actúe como catalizador de la historia. Alguien en quien puedan agarrarse los lectores. Alguien que diga

No quiero escribir bien, y no lo haré. No quiero luchar en algo que no se me da bien.

No quiero luchar en nada, por otra parte.

Sólo quiero decir que hay fiestas, y las historias de esas fiestas están en muchos sitios pues se han contado desde hace tiempo y sus raíces han acabado por cortarse. Pero a mí no me interesan las fiestas, sino que quiero una fiesta que sea como el símbolo de una fiesta y que supere a lo grande el concepto que va unido a esa palabra.

Un diálogo de la fiesta:

- ¿Por qué el Arte no siempre es suficiente?
YO - ¿Y tú quién eres?
- Soy Cristina. Creí que te habrían hablado de mí.
YO - ¿Conoces a Helena? Parecéis hermanas, o gemelas. O quizás seáis la misma persona.
CRISTINA – Todos somos la misma persona.
(Y luego: )
YO – El Arte no es suficiente porque parte de una base errónea. No se puede salvar el mundo si se es parte del mundo, no se puede salvar el ser humano si uno es un ser humano. Se inventó la metáfora como un modo de acercarse a la naturaleza profunda de las cosas, pero en realidad no es sino un símbolo del enajenamiento del espíritu. Es lo más cercano al espíritu de lo que llegaremos nunca, porque busca y pretende trascenderse, y sin embargo no nos alejamos más del ser humano que cuando utilizamos un lenguaje poético.
CRISTINA – Hablar del espíritu, hablar del Arte, es un acto retórico en sí mismo.
YO – A eso me refiero. El Arte sólo es realmente útil cuando es consciente, cuando es producto de una voluntad. Y sin embargo con la intromisión de la razón pierde todo lo que pudiera tener de natural, de espontáneo. En el acto creativo se parte del sentimiento, y creemos dominarlo (al menos en parte) cuando lo encauzamos con la razón, pero olvidamos que la razón parte a su vez del sentimiento y que cualquier pretensión de dominio no es más que un espejismo. No hay objetividad. La razón misma lucha contra la consecución de esa objetividad, que no es sino un sinónimo de natural, de espontáneo, de real: aquello que la razón no podrá poseer nunca. El Arte consciente es el único que se echa de menos, y debes comprender que, a pesar de todo, el Arte consciente es aquel, desde su concepción, que no sirve de nada.
CRISTINA - ¿Y propones algo a cambio?
YO – Lo triste es que no hay nada a cambio. No podemos obviar que el Arte, con todas sus carencias, es un paso importante. ¿Hacia adónde? Ni idea. Pero es necesario que nos separemos de las cosas si queremos llegar a algún sitio. Hay que separase del objeto, hay que separarse de uno mismo, de la propia razón. Hay que ir más allá del mundo para contarlo. Hay que ir más allá de lo humano para salvar al hombre.
CRISTINA - ¿Y cómo se hace eso?
YO – Muriendo. El Artista debe morir. No como personaje relacionado con el arte, no como figura principal, simbólica, del acto creador, sino como persona, como entidad viviente. El Artista debe morir como persona. El Artista como persona está sujeto a su propia sensibilidad, que es al mismo tiempo la puerta de entrada al mundo y los gruesos muros que lo protegen, que lo ocultan de él. El Artista debe prescindir de sus sentidos y de sus emociones. Es la única manera de ser objetivo, de llegar a la objetividad.
CRISTINA - ¿Estás temblando?
YO – Sí, abrázame. Acompáñame en este baile.
CRISTINA – Pero si no sabes quién soy.
YO – Sí lo sé, eres Helena. Pero, para el caso, es lo mismo y no me importa.
CRISTINA – No, no es lo mismo y sí que importa. Yo no soy Helena, más vale que te hagas a la idea.
YO - ¿Y quién eres tú, entonces? ¿Quién es Cristina?

No sé quién está en esa fiesta, sólo sé que yo querría yo estar allí, un tipo que no sabe escribir y hablando sobre cosas que no pueden cambiar nada. Me pregunto qué más hay en esa fiesta. Puedo hablar de: piernas que se abren y descubren una vagina carnosa; maniquís con vello púbico; vaginas que se contraen y que expulsan líquidos y nubes de humo; faldas que se divierten con el humo y que se manchan con el líquido. Las chicas se ríen cuando se ensucian la falda, y el tejido se pega a la herida que domina sus vidas y que no significa absolutamente nada.

Me pregunto si de verdad no hay nada, y me leo y descubro precisamente que lo anterior no existe y que el placer de la huida es un aborto en sí mismo.

¿El placer de la huida?

De pronto es consciente de lo mucho que ha dejado atrás. Recuerda que empezó hablando del placer de la huida, y de la enfermedad contagiosa que le impulsa a escribir. Dice: “En la manera tan propia que tenemos de asimilar y adoptar las tradiciones subyace un anhelo inconsciente de ser torturados, heridos, desgarrados. No hay amor en nosotros.” Y luego añade: “En nuestro padecer hay algo de justo, de necesario; nos merecemos este castigo.”

“Cuando se abrieron las puertas de la consciencia, y a partir del momento en que hallamos nuestro reflejo, comprendimos cuál era el origen de nuestro mal y de qué modo podríamos huir de él. Y, sin embargo, ni entonces ni en los años que siguieron al despertar del pensamiento colectivo logramos acercarnos ni un ápice a la cura, al antídoto de ese veneno que nos daba y que nos sigue quitando la vida. El don del conocimiento se convirtió en maldición milenaria pues se nos dieron ojos para ver y no manos para hacer. Carecíamos de la única herramienta necesaria para romper con la tragedia familiar: el amor.”

No se le escapan la dureza y el dudoso ritmo de esos párrafos, pero cree que le serán de utilidad en el futuro. Por el momento quiere pensar en otra cosa.

¿Habrá un baile en esta fiesta? ¿Podré tirarme a alguna chavala?

He llegado a la casa y había un tipo calvo en la entrada, fumando de pie, y como si tuviera que darme la bienvenida. Se reía al mismo tiempo que lloraba, estremecido. Eso me ha creado angustia, pero he tenido la impresión de que ese hombre estaba ahí para que lo tocásemos. Le he tocado. Se ha estremecido ante mi contacto pero no ha huido. El que ha huido he sido yo, que me he metido en la fiesta. He visto gente que bailaba pero no he logrado alcanzarlos. Bailaban sin prisa, como si colgaran del techo por unos hilos. No he podido llegar a la pista de baile y me he puesto a beber. Entonces se me ha acercado la chica que me invitó en su momento a la fiesta.

CRISTINA - He perdido el hilo de mis pensamientos. Ya no sé qué es lo que tenía que decirte.
YO - Quizás si recuerdas tu nombre podrás recordar el mensaje.
CRISTINA - ¿Y quién soy? ¿A quién puedo agarrarme?
YO - Agárrate a mí, agárrate. Siempre nos quedarán la música y el sexo.
CRISTINA - Ajá. La música y el sexo. ¿El sexo no era para ti el Arte? Ante la inexistencia de todo sexo abrazaste el Arte y te buscaste, mejor dicho nos buscaste en él. Te buscaste un sentido en el sexo y, al no tener sexo, te refugiaste en el Arte y buscaste tu sentido en él. ¿Ves que no tiene ningún sentido?
YO - Sí, lo veo.
CRISTINA - ¿Y ves qué es lo que acaba ocurriendo? Hablamos sin pensar y decimos lo que sin pensar pensamos y sabemos. He venido a condenarte por ser como eres.
YO - No me sueltes, por favor, no me sueltes.
CRISTINA - Soy una mujer, y nunca lograrás poseerme. Nunca serás una mujer y nunca podrás acercarte a mí.
YO - Te pareces más que nunca a Helena.
CRISTINA – Y sin embargo no soy ella, porque ella tampoco existe de por sí.

En el rostro de esa amiga encontré rasgos que no había visto antes. Había algo ambiguo en su expresión. Eso me recordó el hombre de la puerta de entrada y tuve que separarme de mi amiga. Sin embargo ella se me acercó y empezó a susurrarme cosas ininteligibles. Cuando me metió la mano en el bolsillo y me agarró el pene, cerré los ojos y sentí que me perdía en el vacío. A mi alrededor sólo vi negrura, y luces pequeñas que no se movían. Había quietud y negrura, y sentí que la mano serena de mi amiga desaparecía y que todo yo estaba desnudo y empezaba a ser acariciado por manos que no eran manos. Me abandoné. En la lejanía alguien se rió de mí como si no estuviera presente, y en la oscuridad se me acercó el hombre calvo que reía y lloraba al mismo tiempo, con las manos tendidas hacia mí como si quisiera abrazarme. Intenté correr pero no pude. Me llenó la angustia. Desgarré la oscuridad con las uñas y los dientes y desperté tumbado en el suelo de la fiesta. Mi amiga estaba de rodillas a mi lado, riéndose porque me había desmayado y con la mano aún metida en mi bolsillo, masturbándome. Después de mirar sus pechos la aparté de mí, porque me recordaba el hombre de la entrada. Fui a una mesa y cogí sándwiches. Luego me volví y miré a la concurrencia de esa fiesta, que hablaba o bailaba o fumaba o se reía bajo una luz azul espesa y oscura. Me sentí perdido y rodeado de gente. De debajo de la mesa salió una nube de humo; y una de las chicas, sentada en un sofá con otras compañeras, se apretó una parte del vestido azul contra la vagina. La tela se tiñó de rojo. La chica se rió, con la boca cubierta con una mano y los ojos desorbitados. Sus amigas apenas se percataron de lo ocurrido. De hecho, a nadie le importaba un pimiento

CRISTINA - Te acuso de esconderte. Te acuso de abrazar el Arte para huir de ti mismo y de tus tremendas carencias. El Arte es un producto de lo humano y tú no eres humano.
YO - ¿Alguien lo es?
CRISTINA - Juegos de palabras. Tu escepticismo está cargado de melancolía y remordimientos. No eres humano y tampoco quieres serlo. No sientes empatía. Has aprendido a llorar como podrías haber aprendido a domar caballos. Te sientes más cercano de tu perro de que las personas que te rodean. Eres un monstruo.
(Y luego: )
CRISTINA - ¿Me besas?
YO - Te deseo.
CRISTINA - Porque hablo de ti.
YO - Y porque así podré dejar de pensar en lo que dices.
(Y luego, llorando: )
YO - Huyo porque no me han enseñado a luchar. No quiero luchar porque no sé luchar. ¿Cómo puedo estar seguro de lo que hago si ni siquiera puedo confiar en mí mismo?
CRISTINA - No te tortures, no vale la pena. La humanidad se siente. La humanidad se es. Lo que hay de malo en ti existe por causas ajenas a tu voluntad. No te preocupes por ello. La culpa la tiene tu entorno.
YO - ¿Qué Responsabilidad es esta que intenta no hacerme responsable de mis acciones?
CRISTINA - La Responsabilidad que entiende que uno es lo que hacen de él.
YO - Reniego de ti del mismo modo en que reniego del Arte. Uno es lo que hacen de él cuando vive en la inconsciencia, cuando se es un niño. El hombre adulto debe construirse a sí mismo.
CRISTINA - ¿Y crees que eso sirve de algo?

“Todos son monstruos porque todos participan de la inconsciencia. Se dañan unos a otros porque necesitan dañar y ser dañados. En la violencia y el insulto (entre cuyos sinónimos encontramos: sexo, sonrisa, beso, carta, e-mail.) descubren que están vivos, y esa consciencia les obliga a redoblar sus estocadas porque temen perder lo que en principio no era suyo. La vida se convierte así en una necesidad de sangrar y de hacer que sangren, de compartir sangres porque somos incapaces de compartir algo que no sea el propio cuerpo, porque somos incapaces de entender que es imposible compartir algo cuando no tenemos nada que podamos compartir. La inconsciencia nos domina como una fuerza irresistible y a la que nos abandonamos sin remedio. El desinterés político, la pereza mental, etc., evidencia que nuestro deseo de seguir viviendo es equiparable, por un lado, al deseo de abandonarnos, y, por otro, al deseo de dañar a los que nos rodean. Las víctimas se ofrecen a los verdugos y son tan culpables de su muerte porque la desean, porque el anhelo de morir es lo que se esconde bajo los lloros y la autocompasión. Los verdugos encuentran un placer mórbido en contemplar y provocar muertes ajenas, y no sigo porque mi imaginario visual no es más que un robo, y no quisiera mostrar al público una perspectiva que no quisiera defender como mía (ya que, de poder, no puedo defender siquiera como propio el rechazo a adoptar ideas que no son mías). En el placer de la huida encuentro el sentido más profundo de mi existencia y el hilo que me une, en culpabilidad, a los que me precedieron. En el placer del remordimiento descubro una verdad infalible y una descripción perfecta de una realidad, de la nuestra. En el placer de la huida nos encontramos todos, como monstruos. Todos son monstruos.”

De bajo la mesa apareció una nueva voluta de humo. Tuve tiempo de inspeccionarla hasta que pensé.

- Hola, soy la Humanidad, y vengo a consolarte.
(Y luego: )
HUMANIDAD - Siempre patética.
YO - ¿No tienes nombre? ¿No puedes darme un rostro humano?
HUMANIDAD - No, soy todos los nombres, todos los rostros.
YO - No puedo bailar contigo, entonces.
HUMANIDAD - No, no puedes bailar conmigo.
YO - Siento asco de ti.
HUMANIDAD - Pero no olvides que soy la única que puede consolarte.
(Y luego: )
HUMANIDAD - Como artista eres débil e hipócrita. No te ayuda el que, además, seas consciente de ello. Tu trabajo está lleno de resentimiento, contra el mundo y contra ti mismo. No sabes a quien culpar. Quizás no sea necesario que culpes a nadie.
YO - ¿Es ahora cuando debo flagelarme? ¿Cuando debo reconocer que no he sido capaz de vencer mi pasado, de liberarme de las cadenas que me atan al pasado de mi familia? ¿Es ahora cuando debo llorar porque no puedo dejar de ser lo que soy, a pesar de todo? ¿Es ahora cuando llega la humillación?
HUMANIDAD - Sí.
YO - Todo lo que he dicho y todo lo que diré no es sino una consecuencia de mis problemas, de mi incapacidad para crecer de verdad.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - ¿Y no puedo hacer nada, verdad?
HUMANIDAD - Eso depende de ti.
YO - No puedes darme respuestas.
HUMANIDAD - No.
YO - Sólo puedes consolarme.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - Consólame entonces, aunque te haya maltratado. En eso consiste la humanidad, ¿no? En quererse a pesar del odio, del asco, de la repulsión.

“Mi huida es de carácter moral. No se merecen que me quede a ayudarles. Su vida es la continuación de un acto que no debió suceder. No hay amor en nosotros. Escribo por compasión, por vergüenza, porque a pesar de todo necesitan que les mire, y porque necesitan creer que les miran. Escribo porque estamos atrapados en un tiempo y un espacio que ya no pertenecen a nadie. Más allá de este texto sólo hay muerte, y si me encierro en este texto sólo puedo hablar de angustia y dolor.”

Un chaval se me acercó y se apoyó junto a mí en la mesa. Me cogió del brazo, y volví a sentir el vértigo y volvió a devorarme la negrura. Con la salvedad que, en esta ocasión, se me comió por completo, y me negó así cualquier posibilidad de salida. Sentí las manos invisibles que me acariciaban todo el cuerpo, y en la negrura percibí que mi desnudez respondía a ese gesto. Una cabeza invisible posó su boca encima de la mía y sentí que alguien succionaba mi pene. Me abandoné al sexo. Lo hice de manera consciente, sabedor de que oportunidades como aquella no solían darse a la gente como yo. Al tiempo que ocurría todo esto, alguien empezó a hablar, con una voz que era muy parecida a la mía, y a pesar de que todos los orificios de mi cuerpo estaban ocupados en succionar o ser succionados. Escuché con atención a lo que decía.

“La música sigue siendo para mí un misterio. Puedo hablar con cierta seguridad de la búsqueda de la trascendencia en el cine y en la literatura, pero cuando me meto en el terreno de lo musical no dispongo de los símbolos y de las referencias necesarias para discernir el Arte de lo que no lo es. ¿Dónde se encuentra la trascendencia en la música? ¿En la búsqueda de nuevas sonoridades, de nuevos modos de expresión? Ya se ha demostrado en cine que la invención de nuevas imágenes no es sinónimo de calidad artística, y lo mismo ocurre en literatura, puesto que un uso innovador del lenguaje únicamente indica una voluntad por parte del escritor de crear algo nuevo, sin que el experimento sea garantía de éxito, ni mucho menos. ¿De qué disponemos en la música, pues, para descubrir en ella la trascendencia? En el Arte más abstracto e intelectualizado de todos, tan abstracto incluso que las demás artes envidian su grado de abstracción, en este Arte, pues,”

Me reconocí en una pantalla. De niño, mirando a mi abuela, viendo a un sacerdote lamiendo el sobaco de un feligrés. Una lengua enorme me lamía el cuerpo entero y sin embargo pude ver en una pantalla imágenes de mi infancia. Me di cuenta, al mismo tiempo, de que la voz que me hablaba se había acallado, y que en la pantalla mi rostro mutaba sin cesar y ofrecía una secuencia vertiginosa de los rostros de mis familiares. Reconocí a algunos de ellos, y en los que no pude identificar vislumbré rasgos que delataban su procedencia y sus genes. Me pregunté si todos ellos, mis familiares, habían pasado por lo mismo que yo. Si todos habían acudido a esta fiesta, con esta misma gente, y se habían ofrecido, en su desnudez, a la oscuridad misma. El hombre calvo, el de la sonrisa y el llanto, apareció detrás de mí (lo sentí más que verlo) y empezó a hablar. Al principio no comprendí lo que decía. Luego, cuando me volví hacia

Estaba de nuevo en la fiesta, y de pie. Las personas estaban todas inmóviles, quietas, como estatuas, en las posturas más inverosímiles. Los bailarines seguían danzando lenta y seductoramente, como colgados del techo, por parejas, envueltos en el humo y la luz azul que lo impregnaban todo. Finalmente, en el centro de la habitación, de pie, sonriendo y llorando, el hombre de la entrada, calvo, se estaba quieto y me miraba. No pude evitar estremecerme. A lo lejos oí voces, las voces de la fiesta quizás, o las voces de un pasado borroso que seguían siendo proyectados en una pantalla. El caso es que sentí que el momento cobraba una importancia inusitada, que quizás era un momento decisivo. Me preparé para salir corriendo en el caso de que fuera necesario.

- Ahora tienes que elegir.
YO - ¿Y quién eres tú?
- Eso es lo de menos. Llámame Alivio.
YO - ¿Y qué tengo que elegir?
ALIVIO - Entre dos tópicos: la vida, o la muerte.
YO - ¿Estoy obligado a elegir?
ALIVIO - No, pero todos lo han hecho.
YO - En ese caso me parece que no elegiré. Tengo miedo de equivocarme.
ALIVIO - El objetivo no es escoger la respuesta correcta, porque quizás no la haya. El objetivo es escapar de la angustia. El objetivo es creer que quizás haya un responsable que pueda quitarte de encima el peso de la culpabilidad.
YO - Tu discurso no me convence.
ALIVIO - Nadie ha dicho que tenga que convencerte.

Ha llegado un punto en el que creo que me he perdido de verdad. No entiendo el significado de la división por capítulos ni la necesidad que tengo de justificarme. Escribo porque de otro modo preferiría estar muerto, y porque necesito volcarme en un todo para poder así desaparecer. ¿Supervivencia? No sé. Quizás sí.

ALIVIO - Estás obligado a escoger. Te obligo yo. Sin ti mi existencia no tiene sentido. Y no pretendo otra cosa que hacer aquello por lo que he nacido. Tu vida y tu muerte me importan en la medida en que mi vida y mi muerte dependen de la tuya. Me da igual lo que elijas. Me da igual. Pero elige. Hazlo de una vez.

Y sin embargo sólo pude encontrarme en el placer de la huida. La fiesta desapareció bajo mis pies y dejé de escribir. El diálogo desapareció al decidir que no quería decidir. Todo pareció desvanecerse cuando decidí que nada importaba. Quizás eso fue lo mejor, decidir que lo que ocurriese no me importaba lo más mínimo. No hubo barreras entonces y no las hubo desde entonces. Decidí creer en mí mismo.

Y cuando me encontré a las puertas del castillo, sólo pude recordar la vieja leyenda que me contaron cierto día, y en la que

Todos querían vivir en el castillo. Alzaban los brazos para demostrar cuánto ansiaban poder vivir en las cuadras, en los pasillos, y abrían sus bocas desdentadas para gritar al cielo con qué enormes llamas se abrasaba su espíritu cuando consideraban la posibilidad de no poder vivir nunca en el castillo. Todos deseaban vivir en el castillo. Y llegó el día en que el sueño de centenares de personas se realizó. Las familias se reunieron alrededor de los muros, expectantes, ansiosos por ver cómo se abrían las puertas de entrada. La hija se agarraba a la mano del padre, el hijo se apretujaba contra el vientre materno, y sus rostros se quemaban a la luz del sol, desencajados por el hambre. Sus ojos irradiaban un extraño placer; quizás contemplaban ya su futura vida en el castillo, que prometía ser abundante en experiencias y placeres. O eso creían. Puesto que todos querían vivir en el castillo, y nadie vio que el castillo, a su vez, había terminado por desearles a ellos.

La vida en el castillo fue maravillosa. El hambre y la sed eran los mismos. El frío, igual de cortante. Y la oscuridad tan, o incluso más profunda que en el exterior. Sin embargo, había algo de hipnótico escondido tras esos muros. Hombres y mujeres sintieron el poder casi rítmico que insuflaba vida a esos pasillos muertos, y se abandonaron a su vaivén anímico, adormecedor. Sus rostros adquirieron un aire extasiado que borró de sus facciones todo rastro de cansancio o tristeza. Granjeros, sirvientes y soldados se saludaban con cortesía. Los sollozos se acallaron. Y al desaparecer también la misma necesidad de llorar, horror de horrores, desapareció toda capacidad de raciocinio.

De la nada surgió el rumor de que un nuevo rey se había instalado en alguna parte del edificio. La sospecha se confirmó cuando, cierto día, bajo la mirada complaciente de los habitantes del castillo, y sin que ninguno de ellos moviera un dedo para evitarlo, una voz desconocida y poderosa empezó a dictaminar órdenes. Toda mano y todo pie obedecieron el mandato de un monarca que, según se contaba a media voz en los patios y en los almacenes, nadie había visto aún, pero cuya influencia benéfica demostraba sin ningún género de duda que sus propósitos eran nobles y honestos. Se aceptó por unanimidad el gobierno del monarca invisible y, de ahora en adelante, todos los vasallos del rey no se acostarían por la noche sin cerciorarse de que su señor lo tenía todo, absolutamente todo.

A los pocos meses empezaron a sucederse escenas de una crueldad sin precedentes. Los pasillos, al anochecer, se llenaron de gritos y lamentos. Desaparecieron niños, mujeres, ancianos, que a la mañana siguiente todos parecían no echar en falta. Si uno acercaba el oído a las manchas de sangre y bilis que aparecieron en no pocas sábanas, podía oírse el eco de una carcajada horrible, monstruosa, que seguía sonando como si estuviera atrapada en el tejido A pesar del hambre, la gente se hinchó y empezó a sudar. El polvo se asentó en párpados y labios, y, de haberlo deseado, ninguno de ellos habría podido chillar o llorar. Pero tampoco se le dio importancia. En ese castillo se vivía bien. En todo caso, mejor que en el bosque o en el campo, y eso era de agradecer. En el castillo uno no sentía necesidad de gritar. Sólo había que pensar en lo bien que estaba uno en él. Oh, dulce satisfacción, que adormeces la mente y el corazón de los hombres…

Y aquellos hombres y mujeres, sin alma, sin consciencia, y que con el tiempo olvidaron incluso abrir los ojos al despertar, jamás se dieron cuenta del horror que trajo consigo aquella vida tranquila por la que tanto habían llorado.

3. Un canto 

“… todos deseaban vivir en el castillo. Los brazos se alzaban en el aire para enfatizar las súplicas, y estas, volátiles, se abrían paso desde bocas desdentadas para subir, impulsadas por su fetidez, hacia el cielo. Todos querían, ansiaban vivir en el castillo. Y llegó el día en que, por intervención divina, o monárquica, lo cual, en ese contexto, era lo mismo, llegó el día en que el sueño de centenares de personas se cumplió. Las familias se reunieron alrededor de los muros, la hija agarrada a la mano del padre, el hijo apretado contra el vientre de su madre, los rostros desencajados por el hambre y el cansancio. La mirada con la que contemplaban su nuevo hogar estaba preñada de alegría: una vida en el castillo equivaldría a una existencia rica y placentera, o eso creían. Todos deseaban vivir en el castillo. Lo deseaban con un ardor sincero, absoluto y definitivo que, por desgracia, venía de muy lejos. Quizás por eso nadie retrocedió cuando el castillo, a su vez, empezó a desearles a ellos.

La vida en el castillo fue maravillosa, sobre todo al principio. El hambre y la sed eran los mismos, el frío era igual de cortante que en el exterior y la oscuridad era tan o incluso más profunda que en los días pasados. Sin embargo, había algo de placentero en esos muros antiguos y en esas habitaciones polvorientas. Hombres y mujeres sintieron el poder hipnótico y casi rítmico que insuflaba vida a esos pasillos muertos, y al tiempo que se abandonaban a su vaivén anímico, sus rostros adquirieron un aire entre adormecido y extasiado que borró de sus facciones todo rastro de cansancio o preocupación. Granjeros, sirvientes y soldados se saludaban con cortesía; los gritos se acallaron, y no se oyó nada que no fueran murmullos y risas amortiguadas; desapareció también la necesidad de llorar, y, horror de horrores, se llevó consigo toda capacidad de raciocinio. De la nada surgió el rumor de que un nuevo rey se había instalado en alguna parte del edificio; cuando un nuevo aliento empezó a dirigir la vida del castillo, la sospecha se vio confirmada, y bajo la mirada atolondrada y complaciente de sus habitantes se llenó el día de órdenes dictadas por una voz amable. Toda mano y todo pie obedecieron el mandato de un monarca que, según se contaba en los patios y en los almacenes, nadie había podido ver aún, pero cuya influencia benéfica había sido decisiva para el buen funcionamiento de la sociedad. A raíz de los últimos acontecimientos, y de ahora en adelante, todos y cada uno de los vasallos del rey no se acostarían por la noche sin asegurarse de que su señor lo tenía todo, absolutamente todo. Se aceptó por unanimidad el gobierno del monarca invisible, y las sonrisas, si cabe, se hicieron aún más amplias. Nadie se preocupó de buscar al nuevo “propietario del castillo”. De haberlo hecho, tampoco le hubiera encontrado. No a un ser humano, al menos.

Durante los primeros meses, tachados de brillantes por los que tuvieron la dicha de vivirlos, empezaron a sucederse escenas de una crueldad sin precedentes. Los pasillos, al anochecer, se llenaban de gritos y lamentos, pero por la mañana todo había caído en el olvido. Hubo gente que desapareció sin rastro, y por lo visto no se les echó de menos. Varios montones de paja y algunas de las pocas sábanas que podían encontrarse en el castillo se mancharon de sangre, pero se dio por supuesto que así debía ser; se dice que, si uno acercaba el oído a las manchas, podía oír el eco de una carcajada horrible, monstruosa, que seguía sonando como si estuviera atrapado en el tejido. A pesar del hambre, la gente se hinchó y empezó a sudar. El polvo se asentó en los párpados y los labios, y, de haberlo deseado, no hubieran podido ni chillar ni llorar. Pero tampoco se le dio importancia. En el castillo se vivía bien, o, en todo caso, mucho mejor que en el campo o en el bosque. Allí la gente no tenía necesidad de gritar, y sólo había que pensar en lo bien que se estaba en el castillo. Oh, dulce satisfacción, que adormeces la mente y el corazón de los hombres…”

***

“… y aquellos hombres y mujeres, sin alma, sin conciencia, y que con el tiempo se olvidaron de abrir los ojos cada mañana, jamás se dieron cuenta del horror que trajo consigo aquella vida tranquila y apacible por la que tanto habían llorado en el pasado. Y lo pagaron con el más preciado de los bienes: la libertad.”

2. Todos son monstruos

No quiero escribir bien, y no lo haré. No quiero luchar en algo que no se me da bien.

No quiero luchar en nada, por otra parte.

Quiero decir que hay fiestas, y muchas historias de esas fiestas se pueden encontrar en muchos sitios. Pero a mí no me interesan las fiestas sino aquella fiesta que quiero que sea la idea de la fiesta y que englobe todo lo que supone la palabra fiesta.

Un diálogo de la fiesta:

- ¿Por qué el Arte no siempre es suficiente?
YO - ¿Y tú quién eres?
- Cristina, para servirte.
YO - ¿Conoces a Helena? Parecéis hermanas, o gemelas, incluso podríais ser la misma persona.
CRISTINA – Todos somos la misma persona.
(Y luego :)
YO – El Arte no es suficiente porque parte de una base errónea. No se puede salvar el mundo si se es parte del mundo, no se puede salvar el ser humano si uno es parte de la especie. Se inventó la metáfora como un modo de acercarse a la naturaleza profunda de las cosas, pero en realidad no es sino un símbolo del enajenamiento del espíritu. Es lo más cercano al espíritu de lo que llegaremos nunca, debido a sus pretensiones de trascender, de trascenderse, y sin embargo no nos encontramos más lejos del ser humano que a partir del momento en que utilizamos un lenguaje poético.
CRISTINA – Hablar del espíritu, hablar del Arte, es un acto retórico en sí mismo.
YO – A eso me refiero. El Arte sólo es realmente útil cuando es consciente, cuando es producto de una voluntad. Y sin embargo con la intromisión de la razón el Arte pierde todo lo que pudiera tener de natural, de espontáneo. Se parte del sentimiento, y se encauza el sentimiento con la razón, pero olvidamos que la razón parte a su vez del sentimiento y cualquier pretensión de dominio no es más que una mentira. No hay objetividad, y la razón misma lucha contra la consecución de esa objetividad, sinónimo de natural, de espontáneo, de real. El Arte consciente es el único que hace falta, y es entonces cuando comprende que, a pesar de todo, precisamente el Arte consciente es aquel que no sirve de nada.
CRISTINA - ¿Y propones algo a cambio?
YO – Lo triste es que no hay nada a cambio. No podemos obviar que el Arte, con todas sus carencias, es un paso importante. ¿Hacia adónde? Ni idea. Pero es necesario que, para llegar a algún lugar, nos separemos de las cosas. Hay que separase del objeto, hay que separarse de uno mismo, de la propia razón. Hay que ir más allá del mundo para contarlo. Hay que ir más allá de lo humano para salvar al hombre.
CRISTINA - ¿Y cómo se hace eso?
YO – Muriendo. El Artista debe morir. No como personaje relacionado con el arte, no como figura principal, simbólica, del acto creador, sino como persona, como entidad viviente. El Artista debe morir como persona. El Artista como persona está sujeto a su propia sensibilidad, que es al mismo tiempo la puerta de entrada al mundo y los gruesos muros que lo protegen, que lo ocultan de él. El Artista debe prescindir de sus sentidos y de sus emociones. Es la única manera de ser objetivo, de llegar a la objetividad.
CRISTINA - ¿Estás temblando?
YO – Sí, abrázame. Acompáñame en este baile.
CRISTINA – Pero si no sabes quién soy.
YO – Sí lo sé, eres Helena. Pero, para el caso, es lo mismo y no importa.
CRISTINA – No, no es lo mismo y sí que importa. Yo no soy Helena, más vale que te hagas a la idea.
YO - ¿Y quién eres tú, entonces? ¿Quién es Cristina?

No sé quién está en esa fiesta, sólo sé que ahí querría yo estar, un tipo que no sabe escribir y hablando sobre cosas que no pueden darnos nada. Me pregunto qué más hay en esa fiesta, y lo que veo es un reflejo del todo que quiero que sea. Puedo hablar de: piernas que se separan y descubren la vagina, maniquís de vello púbico falso, vaginas que se abren y expulsan nubes de humo junto con líquidos, y faldas que se suben y se bajan con el humo y que se manchan con el líquido. Las chicas se ríen cuando se ensucian la falda y el tejido se pega a la herida que domina sus vidas y que por desgracia no significa absolutamente nada.

Me pregunto si de verdad no hay nada, y me leo y descubro precisamente que lo anterior no existe y que el placer de la huida es un aborto en sí mismo.

He ido a la fiesta en tren y he visto un chico que comentaba con sus compañeros que iba a una fiesta de universitarios de fin de año, y me supuse que era la misma a la que iba yo. El caso es que no le veo. He creído verle cuando he llegado a la casa, porque había un tipo en la puerta de entrada, de pie y fumando, como si tuviera que darme la bienvenida. Ese hombre tenía la cara descompuesta y se reía al tiempo que lloraba, estremecido. Eso me ha creado angustia, pero he tenido la impresión de que ese hombre estaba ahí para que lo tocásemos. Le he tocado. Se ha estremecido ante mi contacto pero no ha huido. El que ha huido he sido yo, que me he metido en la fiesta. He visto gente que bailaba pero no he logrado alcanzarlos. Bailaban sin prisa, como si colgaran del techo por unos hilos. No he podido llegar a la pista de baile y me he puesto a beber. Entonces se me ha acercado la chica que me invitó en su momento a esta fiesta.

CRISTINA - De pronto he perdido el hilo de mis pensamientos. Ya no sé qué es lo que tenía que decirte.
YO- Quizás debas recordar tu nombre para recobrar tu mensaje y tu significado.
CRISTINA - Quizás sí, pero, ¿quién soy entonces? ¿A quién puedo agarrarme?
YO - Agárrate a mí, agárrate. Siempre nos queda la música y el sexo.
CRISTINA - Ajá. La música y el sexo. ¿El sexo no era para ti el Arte? Ante la inexistencia de todo sexo abrazaste el Arte y te buscaste, me buscaste en él. Buscaste un sentido en el sexo y, al no tener sexo, te refugiaste en el Arte y buscaste tu sentido en él. ¿Ves que no tiene ningún sentido?
YO - Sí, lo veo.
CRISTINA - ¿Y ves qué es lo que acaba ocurriendo? Hablamos sin pensar y decimos lo que sin pensar pensamos y sabemos. He venido a condenarte por ser como eres.
YO - No me sueltes, por favor, no me sueltes.
CRISTINA - Soy una mujer, y nunca lograrás poseerme. Nunca serás una mujer y nunca podrás acercarte a mí.
YO - Te pareces más que nunca a Helena…
CRISTINA - Y no soy ella, porque ella tampoco existe de por sí.

En el rostro de esa amiga que vino a verme encontré rasgos que me habían pasado desapercibidos hasta el momento. Había algo de ambiguo en su expresión. Recordé el hombre de la entrada de la casa y tuve que separarme de ella. Sin embargo ella se me acercó y empezó a susurrarme cosas ininteligibles. Cuando me metió la mano en el bolsillo y me agarró el pene cerré los ojos y sentí que me perdía en el vacío. A mi alrededor sólo vi negrura, y luces pequeñas que no se movían. Había quietud y negrura, y sentí que la mano serena de mi amiga desaparecía y que todo yo empezaba a ser acariciado por manos que no eran manos y que de pronto estaba desnudo. Me abandoné. En la lejanía alguien se rió de mí como si no estuviera allí y se me acercó el hombre que reía y lloraba al mismo tiempo, calvo y con las manos tendidas hacia mí como si quisiera abrazarme. Quise empezar a correr pero no pude. Me llenó la angustia. Desgarré la oscuridad que me envolvía con las uñas y los dientes y desperté tumbado en el suelo de la fiesta. Mi amiga estaba de rodillas a mi lado, riéndose porque me había desmayado y con la mano aún metida en el bolsillo, y masturbándome. Después de mirar sus pechos la obligué a sacar su mano del bolsillo y me aparté de ella, porque me recordaba el hombre de la entrada. Fui a una mesa y cogí sandwiches. Luego me volví y miré la concurrencia de esa fiesta, que hablaba o bailaba o fumaba o se reía bajo una luz azul espesa y oscura. Me sentí perdido y rodeado de gente, aunque no había nadie tan cerca como para que pudiera tocarle. De debajo de la mesa salió una nube de humo y una de las chicas, sentada en un sofá con otras compañeras, se apretó una parte del vestido azul contra la vagina. La tela se tiñó de rojo. La chica se rió pero se cubrió la boca con una mano, al tiempo que miraba a sus amigas con ojos desorbitados. Sus amigas apenas parecían ser conscientes de lo que había ocurrido. A nadie le importaba un pimiento.

CRISTINA - Te acuso de esconderte. Te acuso de abrazar el Arte para huir de ti mismo y de tus tremendas carencias. El Arte es un producto de lo humano y tú no eres humano.
YO - ¿Alguien lo es?
CRISTINA - Juegos de palabras. Tu escepticismo está cargado de melancolía y remordimientos. No eres humano y tampoco quieres serlo. No sientes empatía. Has aprendido a llorar como podrías haber aprendido a domar caballos. Te sientes más cercano de tu perro de que las personas que te rodean. Eres un monstruo.
(Y luego :)
CRISTINA - ¿Me besas?
YO - Te deseo.
CRISTINA - Porque hablo de ti.
YO - Y porque así podré dejar de pensar en lo que dices.
(Y luego, llorando :)
YO - Huyo porque no me han enseñado a luchar. No quiero luchar porque no sé luchar. ¿Cómo puedo estar seguro de lo que hago si ni siquiera puedo confiar en mí mismo?
CRISTINA - No te tortures, no vale la pena. La humanidad se siente. La humanidad se es. Lo que hay de malo en ti existe por causas ajenas a tu voluntad. No te preocupes por ello. La culpa la tiene tu entorno.
YO - ¿Qué Responsabilidad es esta que intenta no hacerme responsable de mis acciones?
CRISTINA - La Responsabilidad que entiende que uno es lo que hacen de él.
YO - Reniego de ti del mismo modo en que reniego del Arte. Uno es lo que hacen de él cuando vive en la inconsciencia, cuando se es un niño. El hombre adulto debe construirse a sí mismo.
CRISTINA - ¿Y crees que eso sirve de algo?
NARRADOR - ¡Cambio!

Cuando me aparté de la mesa volví a sentir el vértigo y volvió a devorarme la negrura, con la diferencia que en esta ocasión se me comió por completo, borrando así cualquier tipo de posibilidad de salida, de escape, de lo que fuera. De nuevo sentí las manos invisibles que me acariciaban el cuerpo entero, y en la negrura percibí que mi desnudez respondía a ese gesto. Una cabeza invisible posó su boca encima de la mía y sentí que alguien succionaba mi pene. Me abandoné al sexo. Lo hice de manera consciente, sabedor de que oportunidades como aquella no solían darse a la gente como yo. Al tiempo que ocurría todo esto, con todo, alguien empezó a hablar con una voz que era muy parecida a la mía, a pesar de que yo tenía todos los orificios de mi cuerpo ocupados en succionar o ser succionados, y escuché con atención lo que decía, aunque con la distancia las voces parecían ir a perderse de un momento a otro. La voz decía así:

Mi huida es de carácter moral, como es obvio. No huiré de mis hermanos y hermanas, de mis padres, mis abuelos y mis amigos, porque ya no me queda nada de lo que pueda huir. La tragedia consiste en que, además, tampoco se merecen que me quede a ayudarles ni que huya de ellos. Su existencia se vació nada más salir del vientre materno y su vida no es más que la continuación de un acto que no debió suceder. Escribo sobre ellos, escribo sobre mí, porque quiero reflejar la mediocridad de estas gentes y ocultar quizás así mi propia mediocridad. Su existencia es la mía, y mi texto es un reflejo de dicha existencia. Sólo que tengo miedo, porque en la revelación de la verdad es inevitable que se oculte dicha verdad, y porque la verdad quizás no sea más que un reflejo de una verdad que no existe. Me pierdo, y soy consciente de que me pierdo, pero a estas alturas ya no me importa. No vale la pena luchar por nada ni por nadie. Todos son monstruos.

Y todos son monstruos porque todos participan de la inconsciencia. Se dañan unos a otros porque necesitan dañar y ser dañados. En la violencia y el insulto (entre cuyos sinónimos podríamos encontrar: sexo, sonrisa, beso, carta, e-mail, etc.) descubren que están vivos, y esa consciencia les obliga a redoblar sus estocadas y sus mordeduras porque tienen miedo de perder lo que en un principio no era suyo. La vida se convierte así en una necesidad de sangrar y de hacer que sangren, de compartir sangres porque somos incapaces de compartir algo que no sea el propio cuerpo, porque somos incapaces de entender que es imposible compartir algo cuando no tenemos nada que podamos compartir. La inconsciencia nos domina como una fuerza irresistible y a la que nos abandonamos sin remedio. El desinterés político, la pereza mental, etc., no son sino muestras de que nuestro deseo de seguir viviendo es equiparable, al mismo tiempo, al deseo de abandonarnos y al deseo de dañar a los que nos rodean. Las víctimas se ofrecen a los verdugos y son tan culpables como ellos de su muerte porque la desean, porque es lo que se esconde bajo los lloros y la autocompasión. Los verdugos encuentran un placer mórbido en contemplar las muertes ajenas, y no sigo porque soy consciente de que mi imaginario visual no es más que un robo, que un atraco, y no quisiera mostrar al público una perspectiva que no quisiera defender como mía (ya que, de poder, no puedo defender siquiera como propio el rechazo a adoptar ideas como de mi autoría). En el placer de la huida encuentro el sentido más profundo de mi existencia y el hilo que me une, en culpabilidad, a los que me precedieron. En el placer del remordimiento descubro una verdad infalible y una descripción perfecta de una realidad, de mi realidad. En el placer de la huida nos encontramos todos, como monstruos. Todos son monstruos.

- Hola, soy la Humanidad, y vengo a consolarte.
(Y luego :)
HUMANIDAD - Siempre patética.
YO - ¿No tienes nombre? ¿No puedes darme un rostro humano?
HUMANIDAD - No, soy todos los nombres, todos los rostros.
YO - No puedo bailar contigo, entonces.
HUMANIDAD - No, no puedes bailar conmigo, entonces.
YO - Siento asco de ti.
HUMANIDAD - Pero no olvides que soy la única que puede consolarte.

La música sigue siendo para mí un misterio. Así como puedo hablar de la búsqueda de la trascendencia en el cine o la literatura con una cierta seguridad, en la música no dispongo de los símbolos y las referencias que me sirven como base de apoyo para la distinción entre lo que es y lo que no es Arte. ¿Dónde se encuentra la trascendencia de la música? ¿En la búsqueda de nuevas sonoridades, de nuevos modos de expresión? Ya se ha demostrado en cine que la invención de nuevas imágenes no es sinónimo de calidad artística, al mismo tiempo que en la literatura un uso innovador del lenguaje sólo indica una voluntad por parte del escritor de crear algo nuevo, independientemente de si lo consigue o no. ¿De qué disponemos en la música, pues, para descubrir en ella la trascendencia? En el Arte más abstracto e intelectualizado de todos, tan abstracto incluso que las demás artes envidian su grado de abstracción, en este Arte, pues,

Me reconocí en una pantalla. De niño, mirando la abuela y viendo al sacerdote lamiendo el sobaco de un feligrés. Una lengua enorme me lamía el cuerpo entero y sin embargo pude ver en una pantalla imágenes de mi infancia. Me di cuenta, al mismo tiempo, de que la voz que me hablaba se había acallado, y que en la pantalla mi rostro mutaba constantemente y ofrecía una secuencia vertiginosa de los rostros de mis familiares. Reconocí algunos de ellos, y los que no pude identificar tenían rasgos que reflejaban a la perfección su procedencia y sus genes. Me pregunté si todos ellos, mis familiares, habían pasado por lo mismo que yo. Si todos habían acudido a esta fiesta, con esta misma gente, y se habían ofrecido, en su desnudez, a la oscuridad misma. El hombre calvo, el del sorriso y el llanto, apareció detrás de mí (lo sentí más que verlo) y empezó a hablar. Al principio no comprendí lo que decía. Luego, cuando me volví hacia

HUMANIDAD - Como artista eres débil e hipócrita. No te ayuda el que, además, seas consciente de ello. Tu trabajo está lleno de resentimiento, contra el mundo y contra ti mismo. No sabes a quien culpar. Quizás no sea necesario que culpes a nadie.
YO - ¿Es ahora cuando debo flagelarme? ¿Cuando debo reconocer que no he sido capaz de vencer mi pasado, de liberarme de las cadenas que me atan al pasado de mi familia? ¿Es ahora cuando debo llorar porque no puedo dejar de ser lo que soy, a pesar de todo? ¿Es ahora cuando llega la humillación?
HUMANIDAD - Sí.
YO - Todo lo que he dicho y todo lo que diré no es sino una consecuencia de mis problemas, de mi incapacidad para crecer de verdad.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - ¿Y no puedo hacer nada, verdad?
HUMANIDAD - Eso depende de ti.
YO - No puedes darme respuestas.
HUMANIDAD - No.
YO - Sólo puedes consolarme.
HUMANIDAD - Exacto.
YO - Consólame entonces, aunque te haya maltratado como lo he hecho. En eso consiste la humanidad, ¿no? En quererse a pesar del odio, del asco, de la repulsión.
Narrador - ¡Cambio!

Estaba de nuevo en la fiesta, y de pie. Las personas estaban todas inmóviles, quietas, como estatuas, en las posturas más inverosímiles. Los bailarines seguían danzando lenta y seductoramente, como colgados del techo, por parejas, envueltos en el humo y la luz azul que lo impregnaban todo. Finalmente, en el centro de la habitación, de pie, sonriendo y llorando, el hombre de la entrada, calvo, se estaba quieto y me miraba. No pude evitar estremecerme. A lo lejos oí voces, las voces de la fiesta quizás, o las voces de un pasado borroso que seguían siendo proyectados en una pantalla. El caso es que sentí que el momento cobraba una importancia inusitada, que quizás era un momento decisivo. Me preparé para salir corriendo en el caso de que fuera necesario.

- Ahora tienes que elegir.
YO - ¿Y quién eres tú?
- Eso es lo de menos. Llámame Alivio.
YO - ¿Y qué tengo que elegir?
ALIVIO - Entre dos tópicos: la vida, y la muerte.
YO - ¿Estoy obligado a elegir?
ALIVIO - No, pero todos lo han hecho antes.
YO - En ese caso me parece que no elegiré. Tengo miedo de equivocarme.
ALIVIO - El objetivo no es escojer la respuesta correcta, porque quizás no la haya. El objetivo es escapar de la angustia. El objetivo es creer que quizás haya un responsable que pueda quitarte de encima el peso de la culpabilidad.
YO - Tu discurso no me convence.
ALIVIO - Nadie ha dicho que tenga que convencerte.

Ha llegado un punto en el que creo que me he perdido de verdad. No entiendo el significado de la división por capítulos ni la necesidad que tengo de justificarme. Escribo porque de otro modo preferiría estar muerto, y porque necesito volcarme en un todo para poder así desaparecer. ¿Supervivencia? No sé. Quizás sí.

ALIVIO - Estás obligado a escoger. Te obligo yo. Sin ti mi existencia no tiene sentido. Y no pretendo otra cosa que hacer aquello por lo que he nacido. Tu vida y tu muerte me importan en la medida en que mi vida y mi muerte dependen de la tuya. Me da igual lo que elijas. Me da igual. Pero elige. Hazlo de una vez.

Y sin embargo sólo pude encontrarme en el placer de la huida. La fiesta desapareció bajo mis pies y dejé de escribir. El diálogo desapareció al decidir que no quería decidir. Todo pareció desvanecerse cuando decidí que nada importaba. Quizás eso fue lo mejor, decidir que lo que ocurriese no me importaba lo más mínimo. No hubo barreras entonces y no las hubo desde entonces. Decidí creer en mí mismo.

Y cuando me encontré a las puertas del castillo, sólo pude recordar la vieja leyenda que me contaron cierto día, y en la que

1. El placer de la huida

Fue en la huida que, desde tiempo inmemorial, mi familia encontró la expresión más absoluta y completa de su naturaleza. Las arrugas y las ojeras nacen en el placer de la humillación, y sólo adquieren luminosidad entera cuando brillan surcados por las lágrimas. Las manos de los niños pequeños apuntan también a una posible retirada, con sus movimientos indecisos y sus cambios bruscos de dirección, que las mentes poco entrenadas achacan a una personalidad temperamental que, por supuesto, no existe. Si es en la huida que las gentes se revelan en toda su vergüenza, si es en la huida que nace el amor y la atracción entre dos personas, es en las lágrimas del reencuentro, en una compunción fácil y reiterada, que los lazos se estrechan, se fortalecen, se fosilizan, y el placer de la huida se prolonga así por los siglos de los siglos.

Toda acusación de crueldad que parta del supuesto de que hablo de mi familia como si no formara parte de ella tendré que rechazarla por parcial y subjetiva. Sólo en la consciencia total y absoluta de la propia existencia y de la propia soledad puede uno participar plenamente de un grupo o de una institución, en este caso la familia, y no pretendo ser desconsiderado con el resto de mis parientes si digo que, de entre todos los nuestros, soy el único que puede, por lo menos en el momento presente, sustraerse a la propia realidad y hablar del conjunto desde la objetividad. Nuestra tragedia parte de una terrible carencia de amor propio, de la falta absoluta de dignidad en nuestros corazones, y fue cosa del destino, la fuerza indomable, que a través de mí, y sólo a través de mí, pudiéramos ser conscientes de esta horrible carestía, que no sólo nos humillaba en conjunto sino que impedía que pudiéramos amarnos por separado. Se nos concedió la posibilidad de ser conscientes del problema, se nos abrieron las puertas para que pudiéramos penetrar en un conocimiento más profundo de nosotros mismos, pero no se nos dieron las herramientas para escapar de nosotros mismos. El don del conocimiento se convirtió, pues, en maldición milenaria, y el orden perfecto y meticuloso que siguen nuestras vidas incluso a día de hoy, y al que sólo la fuerza indomable puede doblar, ese orden que se pierde en la noche de los tiempos no es sino una plasmación de dicha tragedia, la caperuza que nos defiende de las inclemencias de los otros y que, al mismo tiempo, nos encierra en este presente eterno y nos niega toda posibilidad de salida, de redención.

He dicho que sólo a través de mí esta familia que es la mía tiene ojos, mente y memoria para verse, entenderse y recordarse a sí misma, y es a través de estos ojos, esta mente y esta memoria que pretendo escribir, para las generaciones venideras, un cuadro preciso y exacto de lo que son (o serán, mejor dicho) con el único fin de que, al enfrentarse a sí mismos como a través de un espejo, puedan por fin liberarse de la tiranía de su propia naturaleza. Y quizás se pregunten: ¿Por qué no liberas tú mismo tu vida y la de los que te rodean de las cadenas de estos vicios familiares? ¿Por qué pasarse toda una vida, y perderla al fin, preparando a los demás a hacer un trabajo que pudieras hacer por ti mismo? La respuesta está anclada firmemente en el hecho, apuntado antes, de que no me fueron dadas las herramientas necesarias para romper el hechizo: es decir, el amor. Nunca me sentí parte íntegramente de esta familia y, sin embargo, al poseer gran parte de sus vicios y virtudes, no soy más que uno de sus símbolos vivientes, la inteligencia racional que, a pesar de estar libre de la tiranía del estímulo y del sentimiento irracional, es incapaz de implicarse emocionalmente con el propio sufrimiento, no digamos ya el ajeno. No puedo mover un dedo para salvar a mi estirpe porque no creo en ella. En parte, se creyó (y, me temo, se sigue creyendo ahora) que el sufrimiento y el dolor que arrastramos desde tiempo inmemorial es algo merecido, un castigo de Nuestro Señor, y yo mismo lo pensé cuando, de adolescente, pude encontrarme a mí mismo por primera vez. El tiempo y las lecturas me han permitido despreciar la idea de la punición divina, y para ver una demostración de lo que digo no hay más que contemplar estas páginas, escritas por y para la familia, sin excepción. Hace tiempo que dejé atrás esa convicción estúpida pero, con todo, no puedo dejar de advertir que siguen habiendo restos de su veneno masoquista en mis entrañas. Pues, si no, ¿por qué soy incapaz de moverme cuando se trata de acercarme a mi hermana, por ejemplo? ¿Cuál, si no esa, puede ser la explicación del dolor físico que conlleva el querer salvar a los demás miembros de la familia de los horrores de la degeneración? ¿En qué, si no en esa convicción, puedo encontrar las raíces de mi imposibilidad de liberarnos a todos de una existencia miserable y vil?

- El arte no siempre es suficiente.
- No me has entendido. Te estoy invitando a bailar.

No soy partidario de considerar el artista como un Mesías, como el Salvador de la Raza humana, y menos cuando, hace unos días, y como se verá más adelante, renuncié a llamarme a mí mismo artista y a relacionar mi tarea con el mundo de lo artístico. No, el arte no puede ni debe ser considerado un modo de salvar el espíritu humano; no es válido alzar el arte a la categoría de religión cuando, desde hace años, la religión ha demostrado no estar a la altura de las circunstancias. El hombre y la mujer modernos y contemporáneos debieran ser capaces de afrontar sus preocupaciones y sus necesidades desde un punto de vista adulto, maduro, consecuente y coherente sobre todo, pero, por las razones que sean, no siempre es así, y es ahí donde entra el arte, no como salvador espiritual y mensajero de la trascendencia sino como amigo y maestro, como compañero de confidencias, como un conocido al que enviar cartas de amor y de muerte y quien, instantáneamente, sin apenas dilación, contestará desde las profundidades del tiempo recobrado o desde lo alto de una montaña de fantásticas proporciones. El arte está ahí, en los clásicos, dispuesto a iluminar aquel que, en completo dominio de sus facultades, y dispuesto a todo, es capaz de acallar la propia voz para dejar espacio al murmullo de los muertos. Hay que abrirte las entrañas y dejar entrar la sabiduría de los tiempos, esta sabiduría que, en menor grado y desde la humildad más absoluta, estoy intentando recoger en este cáliz viejo, de papel, en estas páginas.

Es para mí una responsabilidad moral el tener que escribir con la mayor corrección posible, prescindiendo de retórica y huyendo, al menos a un nivel profundo, de la belleza y del kitsch. Me siento obligado, ya que no puedo ayudar, por lo menos a retratar con la mayor fidelidad posible lo que ocurre a mi alrededor. La existencia de mis congéneres, y la mía propia, debiera adquirir pues, a ojos del lector, y a los de quien escribe estas frases, un carácter histórico, verídico, ajeno a las ficciones alienantes que tanto se prodigan hoy día y que mis familiares, como buenos y fatales portadores de la decadencia, leen con ansia. Debo servirme de la perspicacia y las dotes que Nuestro Señor me ha dispensado para mantenerme, al mismo tiempo, lo más cerca y lo más lejos posible de los acontecimientos, para ceñirme únicamente a la realidad más cercana a mí y, también, para no perder en ningún momento la objetividad que debiera gobernar en este texto, una distancia que podría desaparecer si mi subjetividad individual entrara en contacto con las emociones y se viera afectada por ellos. Cosa altamente improbable, como ya se ha visto, por mi escasa propensión a sentir afecto por los demás. No se me escapan los guiños de incredulidad de mis lectores al leer cuán vehemente defiendo yo, un no-artista, una tarea tan deshumanizada, tan anclada en las apariencias que bien podría pasar por una obra artística, y es aquí donde tengo el deber de explicar, con la mayor brevedad posible, por qué he decidido mantenerme alejado del arte en tanto a técnica, en tanto a fe, en tanto a modo de vida. La razón, como es obvio, no es otra que la del miedo que me inspira el arte en sí, y ante la inmensidad de la tarea del artista no puedo sino echarme a correr, en desbandada, y arriesgarme así a sufrir las risas y las burlas de mi escaso público.

Como hombre culto y leído que soy, los problemas y dificultades de la creación artística no me son desconocidos, y en este conocimiento, en esta parcela de mi sabiduría me baso para sostener, lo más firmemente posible, mi decisión. Y ésta no es otra que la siguiente: no puedo olvidarme del sufrimiento que sólo yo, por suerte o por desgracia, soy capaz de identificar y de asumir, y a ello pienso dedicar al menos un noventa por ciento de mis energías. ¿No es tarea tan grata, tan satisfactoria, a la postre, como la tarea artística? Seguramente, pero la remuneración económica no es algo que me impida dormir. Si apenas puedo, y de veras que lo intento, si apenas puedo hablar con propiedad de aquello que me queda más cerca, de mis parientes y amigos, si apenas puedo hablar de mí mismo con un mínimo de soltura y de gracia, ¿cómo puedo pretender abarcar todo el peso de mi tiempo en estas pobres páginas? ¿Cómo podría, un servidor, atreverse a desafiar las voces de los grandes poetas, cómo podría un desgraciado como yo decidirse a luchar por la consecución de lo eterno, de lo infinito, si he hecho de la huida y de la humillación mi razón de ser? Y, además, la pereza, que no es sino otra de las hijas del escaso amor propio, de la poca dignidad, y que en algunos miembros de la familia, que aparecerán más adelante, alcanza dimensiones inconcebibles, esta pereza, pues, en última instancia, me detendría los pies en el caso hipotético que decidiera sacrificarlo todo en pos de un proyecto tan estúpido como innecesario. Y aun así debería irme con mucho cuidado, porque quizás la pereza no encontraría energías suficientes para detenerse a sí misma.

- ¿Y quién eres tú?
- A buenas horas lo preguntas. Soy Helena.

Es con plena consciencia de los límites de mi técnica que me alejé definitivamente del mundo de los artistas, en un diálogo, que sin pretenderlo, acabó por resultar muy

HELENA - ¿Cómo supiste que yo era el arte?
YO – No lo supe. Lo adiviné, supongo. Espero que no me lo retraigas durante mucho tiempo.
HELENA – Tranquilo, ya sabes que no he venido para eso.

, a lo que mi hermano, entre risas, y como representante figurado del mundo de las letras, respondió: “Hay barreras, hay inhibiciones, como dice el bueno de Mann, que sólo pueden ser vencidas  con las drogas, y aun así tan sólo por un espacio de tiempo muy limitado. Sé de gente que no acepta este tipo de prácticas, pero a fin de cuentas la poesía no es más que un ensanchamiento de la percepción, ¿verdad? ¿Qué puede importar, qué diferencia hay entre el ensanchamiento inducido por el cuerpo y el ensanchamiento producido por la mente?” “Es cuestión de dignidad, de responsabilidad moral” le dije. “Como si nuestra familia pudiera hablar de dignidad y de moral”. Y tras una pausa: “Lo que importa es el resultado final, ¿verdad? ¿Qué más da el camino que se haya seguido para alcanzar la verdadera intimidad con el lenguaje? ¿Qué más da?” “Tengo la impresión de que te sirves de toda esta palabrería para ocultar el hecho de que, sin las drogas, eres incapaz de escribir nada. No te atraen las drogas y el ensanchamiento de la percepción, no actúas por placer sino por miedo. Te aterra el tener que enfrentarte lúcido y despierto a tus propios textos, a tu propia mierda. Ignoras, o quizás no quieres aceptar que ese es el único modo de alcanzar el estado de lucidez poética que se necesita para escribir, para crear. ¿Por qué crees que decidí divorciarme del arte? Precisamente por su ética del sacrificio, por todo lo que impone y pide al que ya de por sí lo daría todo por él. Pregúntate si lo das todo, si lo darías todo por él. Sincérate contigo mismo.” “Hablas como si tuviera que declararme a alguien. Ya estoy casado, hermano.” “No cambies de tem

HELENA - ¿Te gusta cogerme de la cintura?
YO – Sí, mucho. ¿Te importa?
HELENA – No, ya sabes que no. Formo parte de ti. ¿Cómo iba a molestarme?
YO – Ya sabes que no es suficiente con el arte, ¿verdad?
HELENA – Sí, lo sé, pero me gustaría que me explicaras un poco el por qué. No puedo evitar pensar que tus certezas sobre el asunto no pasan de ser meros esbozos, esquemas de lo que podrían llegar a ser.
YO – Y por eso estás aquí, para ayudarme.
HELENA – Exacto.
YO - ¿Puedo pegarme un poquito más a ti? Quiero estar cerca de tus pechos.
(Y luego)
YO – Me gusta como bailas. Eres firme y sensual a la vez, como si hubieras aprendido a bailar a base de mucho esfuerzo, y lo erótico de tu baile, a pesar de ti misma, no deja de traslucir cierta impresión de rigidez, de una rigidez hasta cierto punto complaciente. A eso me refiero cuando hablo del arte, al hecho de que la propia apariencia de naturalidad, de espontaneidad, que es característica de la obra de arte, no es sino víctima de sus propias ambiciones, y deja traslucir, a su modo extraño y retorcido, todo el trabajo que ha quedado atrás y aquello por lo que ha necesitado educarse.
HELENA - ¿Te refieres tan sólo a las letras o a todo el Arte?
YO – Supongo que podría referirme a todo, pero no quiero pecar de pretencioso.
HELENA - ¿Y ese problema es tan sólo achacable a la novela larga y corta, o también podría acusarse a la poesía y al teatro de estar apelmazados?
YO – No hablaría tanto de novela como de narrativa, pero, en todo caso, ya sabes a lo que me refiero. La sujeción de la poesía a las reglas básicas de la novela y el relato se traduce en un empobrecimiento de la poesía, y sin que la novela o el relato muestren grandes diferencias con respecto a aquellos textos que, directamente, prescindieron de lo lírico. No, la poesía, lo épico, lo mítico debería estar por encima de situaciones y personajes, debería estar más allá de lo que la razón impone y que el corazón, débil y no muy convencido, acepta a regañadientes.
HELENA - ¿No estás exagerando?
YO – Creo que no.
HELENA – No puedo evitar pensar que tu rabia en contra de la novela es fruto de tus muchos proyectos fracasados. Entiendo tu resentimiento, pero eso no hace más válidos tus comentarios, que no dejan de ser algo injustos.
YO – No estoy de acuerdo con lo que dices. Acepto que ninguno de mis proyectos de novela ha logrado salir adelante, y que no son pocas las veces en las que decidí mandarlo todo a la mierda, narrativa incluida, por culpa de las enormes dificultades con las que me he encontrado. Sin embargo, si mis proyectos han fracasado no ha sido tanto por negligencia mía sino por la naturaleza misma de la novela, que debido a su estructura inamovible y fosilizada me impidió hacer con ella lo que me proponía.
HELENA - ¿Y qué te proponías, si puede saberse?

El tema de la responsabilidad moral forma parte del discurso de grandes artistas como Thomas Mann o el gran Andrei Tarkovski, uno de los pocos directores de cine que creyeron en la necesidad de un arte sincero, honesto por encima de todo, que creyese firmemente en sí mismo y en el poder transformador que puede obrar en la realidad. Largas fueron las discusiones que mantuvimos yo y mi hermano a lo largo de los años, y sin embargo nunca pude convencerle de mis ideas, que, como es obvio, no son mías sino de aquellos que las alcanzaron antes que yo. Por ello acusé a mi hermano de irresponsable cuando persistió con el tema de las drogas. No lo vi capaz, en su momento, de soportar el peso de sus responsabilidades, y por ello acabó hundiéndose en el foso que él mismo se había cavado. A este respecto, creo que la educación que nos dieron nuestros padres, educación obsoleta y que no predicaron con el ejemplo, sino a base de gritos y golpes, esa educación, pues, tuvo mucho que ver. La única persona de mi familia que, según tengo entendido, consiguió soportar, durante mucho tiempo, y con orgullo, el peso de su destino, fue mi abuela por parte de padre. Ya desde la pose que adoptaba en las comidas y las celebraciones familiares, erguida en su silla, tiesa como una estatua, glacial, siempre distante, dejaba entrever un enorme respeto por las tradiciones que le habían inculcado de pequeña. En sus ojos podía descubrirse el núcleo, la base de toda nuestra manera de ser y las razones, a priori ineludibles, por las que debíamos mantenernos para siempre en un mismo tiempo y lugar; dichas razones se decidieron en una época muy lejana (quizás ficticia), muy distinta de la nuestra, y me imagino que, en algún momento, ella, que tenía en sus manos la redención que todos necesitábamos, debió de preguntarse si valía la pena cambiar las cosas. Con todo, al hacerse la terrible pregunta: ¿por qué? debió de decidir que no valía la pena remover los cimientos, porque, con los años, su ironía y su particular orgullo se fueron fortaleciendo a medida que todos los demás, su descendencia directa o quizás no tan directa, nos convertíamos en portadores de nuestra enfermedad exclusiva. La decisión la tomó al morir su marido, mi abuelo, cuando yo era apenas un chaval, y desde entonces la frialdad de la que siempre había hecho gala se convirtió en un armazón hermético. La muerte, contra lo que se ha ido diciendo desde que tengo uso de razón, no cambia nada, no resulta de por sí renovadora, sino que despierta aquellas realidades que, no por invisibles, son menos poderosas, y las desarrolla, las eleva, las engrandece hasta tal punto que, en comparación con su tamaño inicial, dan la impresión de haber surgido de la nada. Pero en este mundo la generación espontánea es imposible, ya que el lujo de lo espontáneo, de lo inmediato, sólo pertenece al mundo de la muerte, y el mundo de la muerte, a pesar de estar íntimamente ligado con el nuestro, no forma parte de él.

Cada año, desde la muerte del abuelo, se instauró un nuevo rito en el orden vital de nuestras vidas, y cada primera semana de enero, a ser posible coincidiendo con el aniversario del fallecimiento del padre de mi padre, nos reuníamos en una iglesia escogida por mi abuela (siempre la misma), para recordar al hombre, al marido, al abuelo, por medio de una celebración. No estábamos solos en la iglesia: al entrar, en un silencio tan respetuoso como hipócrita, solíamos encontrarnos con poco más de una decena de feligreses, que, anticipándose al inicio de la misa, se habían apresurado a ocupar los mejores puestos, y ninguno de ellos, ninguno, debía de contar con menos de setenta primaveras: un matrimonio que siguió yendo a misa, día a día, a lo largo de otros  veinte años, siempre, siempre agarrados del brazo, y que, quizás para no perder la costumbre, murieron al unísono, mientras dormían, sin despegarse de ese eterno abrazo que acarreó, por lo visto, tantos placeres que dolores de cabeza. Solíamos encontrarnos también solteros y solteronas de oro, de encías rojizas y desprovistas de cualquier diente, que se agarraban con fuerza a los respaldos del banco delantero para no caerse o que se sonaban las narices con pañuelos bordados en oro y ennegrecidos por la suciedad y el paso de los años. Entre tan variopinta muchedumbre nos colocábamos nosotros, los veinte miembros de los que constaba mi familia, cuya gran mayoría acudía al evento por obligación, y aguardábamos con impaciencia la llegada del capellán. Esos breves minutos de espera solían estar llenos de risitas burlonas y de golpes bajos, sobre todo por la parte de la concurrencia, entre los que yo me encontraba, por supuesto. Uno de los pasatiempos favoritos de mi adolescencia fue el de señalar con el dedo cuál de los vejestorios ahí presentes, con sus temblores y sus intermitentes castañear de dientes, nos resultaba más desagradable a la vista, y antes de que, según tengo entendido, muriera en el hospital tras varias horas de espantosa agonía, la gran victoriosa de este inofensivo juego solía ser una mujer de pelo castaño, corto hasta la altura de los hombros y liso, perfectamente listo, que tenía unos labios abultados hasta lo indecible y un ojo tuerto. No fueron pocos los comentarios que se hicieron en honor de su aspecto grotesco, y recuerdo que nos costaba horrores aguantar la risa cuando, junto a los demás ancianos y ancianas, se arrodillaba para honrar a su señor y no sin antes, como por descuido, volverse hacia nosotros y hacernos un par de guiños con su ojo bueno. Aquella escena, que olía a huesos y articulaciones en descomposición, se me presentó, ya de mayor, y sobre todo en los últimos tiempos, cuando mi abuela, sintiendo cercana la muerte, se agarró con mayor fuerza a sus rituales, consideré esa escena como una representación simbólica y acertada del catolicismo en sí, que se mostraba en toda su brillantez esperpéntica. Y no sólo eso, sino que también reflejaba con precisión nuestro propio sistema de valores, anclado en el pasado únicamente por una persona, una columna, que desaparecería al cabo de poco, y que más tarde, quizás para emular el matrimonio y a la mujer de cara abultada, seguiría avanzando a través de los tiempos como una fuerza invisible e invencible, empujada por la inercia de los siglos que nos precedieron y marcada, también, por la imposibilidad física de sus participantes de adaptarla, mejorarla o incluso eliminarla por el bien común.

HELENA – Acércate, quiero sentir tu cuerpo. El cuerpo del Artista total, el Artista en construcción, el Artista hecho ya y en potencia.
YO – Te ríes de mí.

El párroco que oficiaba la celebración era el mismo con el que, años antes, había hecho la primera comunión, y es por ello que la muerte de mi abuelo y el día de la primera comunión se muestran ante mí como las dos mitades de un mismo dibujo, como escenas de un díptico protagonizadas por dos personajes diferentes, un yo infantil y un abuelo presente en espíritu, y unidas conceptualmente por el mismo párroco, que, si bien en la primera mitad hacía gala de un espíritu joven, enérgico y encomiable, en la otra aparecía doblegado y consumido por el paso del tiempo, como corresponde al exponente principal de una decadencia de la que era el gobernador. Cuando pienso en el hombre que pronunciaba el nombre de mi abuelo detrás del altar, pienso también en el hombre, más joven, con quien me confesé antes de mi primera comunión. Recuerdo la sensación de desamparo, de soledad, de sufrimiento espiritual que solía embargarme al entrar en una iglesia, sobre todo de pequeño, y que conoció su máxima expresión cuando, en solitario, y durante la catequesis, tuve que entrar en busca de un hombre que debía concederme, como enviado de Dios, el perdón eterno. Al entrar en la penumbra, uno debía enfrentarse a sus miedos más profundos, a la propia sangre; eso lo sentía yo con la sensibilidad propia de mis tiernos ocho años. Las columnas de piedra, los muros y los vitrales enormes desertaban ecos en mi alma de una oscuridad tal que creía que iba a morirme ahí mismo; la reverberación (o el recuerdo) que levantaban en mi cuerpo los mártires y las velas parecía, al mismo tiempo, no ir a detenerse nunca. Y en ese estado de confusión y horror absolutos, con la boca reseca y los brazos bien pegados al torso, solía entrar yo en la iglesia, y de ese modo entré también el día funesto en que debí confesarme por primera vez.

Entré en el santo edificio un jueves por la tarde, con el corazón y el pene excitados por la emoción. Mientras cruzaba la nave central, que a esa hora estaba poco iluminada y vacía en su mayor parte, oí voces en una de las naves laterales, voces que pretendían no ser más que un susurro, y entre las cuales reconocí la del capellán que debía confesarme. Creyendo que el pastor debía de haber modificado, por comodidad o cualquier otro motivo, los confesionarios que íbamos a utilizar, y en parte motivado por el tono de de confidencialidad con el que discutían las dos voces, me acerqué a la puerta entreabierta detrás de la cual se hallaban los dos hombres. Saqué la cabeza por el agujero y miré. El capellán, con la sotana ya puesta, lamía el sobaco de uno de los feligreses, quien, descamisado, alzaba la barbilla hacia las alturas y suspiraba con satisfacción. “Levanta el brazo, coño”, dijo el capellán, provocando de este modo la risa de su particular fuente de placer. Como era de esperar, me corrí inmediatamente, sin necesidad de tocarme el pene, y mi silencio posterior, que se prolongó durante la confesión (o el tiempo dedicado a ella, ya que no hubo una confesión digna de llevar tal nombre) e incluso más allá, lo achaco a la sensación de humedad, de pecado, de vergüenza que arrastré conmigo desde que se produjo el desafortunado encuentro y hasta que, gracias a las letras, pude enfrentarme a ella. Cuando, años después, viera al capellán alzar los brazos y honrar a Dios, y cuando viera asomar su lengua por entre los dientes al hablar de la sangre y del cuerpo de Cristo, vería instantáneamente el sobaco y la lengua y la nariz pegados a él, como si formaran parte de una misma entidad. Y cuando el capellán decía:

HELENA - ¿Quieres tocarme los pechos?

La multitud exclamaba:

YO – Por supuesto.

(Y luego)
YO – Me da miedo el tenerte tan cerca.
HELENA - ¿Y eso por qué?
YO – Porque tengo la impresión de que planeas devorarme de un momento al otro.
HELENA – No temas, sólo me está permitido devorar a aquellos que realmente están preparados para ello, y aún no te he agarrado lo suficiente.
YO - ¿Y cuándo llegará ese momento?
HELENA - ¿Deseas que llegue?
YO – Tengo curiosidad.
NARRADOR - ¡Cambio!

J. había comenzado a caminar de un modo extraño, desagradable. Se paseaba cabizbajo, con los brazos muy rígidos pegados al cuerpo, y siempre arrastrando los pies, como si no pudiera tolerar el peso de su alma. Cuando se le preguntaba al respecto, contestaba con un resoplido de desprecio o un encogimiento de hombros, sin que ninguno de los dos gestos denotara emoción alguna aparte del asombro o la confusión que parecían reinar en su espíritu. Quienes pudieron acercarse a él atestiguan que la metamorfosis del joven, imperceptible por lo general, coincidió con la llegada al pueblo de alguien apodado el Extranjero, un hombre que se hacía pasar por el hijo de Dios y con el que J. se relacionó durante varios meses, atraído por el aura mística que rodeaba al desconocido. Y aunque las teorías revolucionarias del recién llegado tuvieron una repercusión considerable en la zona, teniendo en cuenta el rechazo inicial de ésta y la, por otra parte, más bien urgente necesidad de renovación cultural que arrastraba desde hacía años, aunque las teorías de C., digo, expulsaron el pueblo del amable sueño de la inconsciencia en el que había vivido durante varias generaciones, sólo unos pocos las abrazaron en su totalidad y las elevaron a la categoría de Verdad Divina e Irrefutable. J. fue uno de ellos, empujado por la impetuosidad distintiva de sus pocos años y, al mismo tiempo, por el deseo de creer, de tener fe en algo nuevo y sorprendente. Su entusiasmo por las revelaciones teológicas del Extranjero quedó plasmado a la perfección en una de las cartas que escribiera a su hermano menor, poco después de iniciar las relaciones con C.:

“Cada palabra pronunciada por sus labios es un rayo de luz, un rayo de esperanza destinado a disipar aquellas sombras e inquietudes con que el Caído, en su afán por alejarle de Dios, hace sufrir al hombre religioso. Su voz, grave, decidida y contundente, repele y pulveriza la carcajada efímera y ligera del Diablo. Y la energía con que, al hablar, mueve manos y brazos, ha sido dispuesta para expulsar al Innombrable de nuestros pensamientos. Su oratoria perfecta, sutil y delicada, nada tiene que ver con los engaños retorcidos y toscos del Demonio, sino que, por el contrario, en cierto modo confirma el origen divino que suele atribuirse. Las frases con las que alegra los oídos y los corazones de quienes le escuchan  parecen dictadas por el mismísimo Dios. Y no es extraño que así sea, repito, si aceptamos que él mismo está formado de la propia esencia de Dios, hecha carne y humillada para levantar el Reino de Cristo emtre los hombres de buena voluntad. Él procede de Dios. Él es Dios. Todo lo que haga, todo lo que diga, pues, habrá de ser reconocido como parte de la Obra y la Palabra de Dios. Y pobre de aquél que ponga en tela de duda la sinceridad y la trascendencia de sus actos y sus discursos, pues habrá de ser considerado indigno de la gracia divina.”

Si bien J. se convirtió en discípulo de C. a causa de las ideas, tan provocadoras como llenas de una espiritualidad irresistible, de este último, si bien el joven estudioso no tardó en mostrarse como uno de los más devotos seguidores del Extranjero, a las pocas semanas se produjo un cambio notable en el modo en que solía dirigirse a su líder. La admiración que sentía por él, muy cercana, en ciertos momentos, a la idolatría pagana, mutó en un respeto profundo, absoluto y basado en la fe en Dios. Los aspectos políticos dejaron de interesarle cuando comprendió que el mensaje de C. pretendía esparcir nada tenía que ver con la economía o el poder del pueblo, sino que aspiraba, como único objetivo, a la unión de todos los hombres y sus respectivas familias en un solo organismo, humano y humanitario, pero, por encima de todo, devoto y respetuoso seguidor de los mandatos divinos. Se partía de la creencia de que era menester un cambio  en la concepción que el hombre tenía de sí mismo y de la divinidad, y que sólo si se operaba una completa transformación de base y desde el interior de la propia comunidad podría lograrse una nueva filosofía de vida, aquello que en las centurias venideras llevaría el nombre de Cristianismo. J., hipnotizado por un discurso que aunaba la religiosidad más apasionada con un exotismo, cuanto menos, seductor, decidió hacer partícipe a su maestro de varias cuestiones que le preocupaban desde hacía tiempo y una de las cuales, y quizás la más importante, era aquella referida a la creación artística. C. hizo acopio de todos sus recursos estilísticos y le respondió del siguiente modo: sus inquietudes con respecto a la capacidad de creación, con una finalidad ética y estética, del ser humano, se fundaban exclusivamente en dudas de carácter religioso, y que, por lo tanto, su incapacidad para expresarse con la debida corrección partía de una falta de fe en los poderes divinos. La juventud, según le dijo, se caracteriza por el deseo de abrazar las antiguas normas paternas bajo una forma nueva en apariencia, y la búsqueda de trascendencia de J. no era sino uno de los modos en que dicho deseo podía materializarse. “El Arte es una muestra de la existencia de Dios en el hombre, de todo lo divino que hay en él. Y hasta que no encuentres el camino de regreso a Dios, hasta que no comprendas que todo surge de y regresa a Dios, no serás capaz de acercarte a la Verdad y de conquistar los misterios divinos.”

J. se pegó a las faldas de C. y, presa de la excitación, intentó besarle los dedos de los pies. Su mentor y líder espiritual, sin mostrar alarma ni rechazo, le conminó a levantarse, escondiendo a duras penas la sonrisa de triunfo que asomaba en sus labios. Cuando tuvo a su discípulo de pie, le preguntó si quería, si podía creer en Dios, y si quería, y si podía amarle a través de él, su Hijo. El joven no contestó, sino que adoptó de nuevo aquella posición que le había caracterizado en su andar los últimos meses, es decir, la mirada puesta en el suelo y los hombros caídos. C. le pidió que no desaprovechara los dones que Su Padre, en Su infinita sabiduría, le había distinguido, y que a través de la reflexión se cerciorara de la pureza de sus sentimientos e inquietudes intelectuales. Esa misma noche el Extranjero iba a realizar un pequeño banquete junto a varios compañeros en honor del Padre, y le invitó a asistir a la cena con una sola condición: que al entrar y cruzar la puerta amase a Dios, y al Hijo de Dios, sin dudas ni reticencias. “Si elevas tu espíritu al Cielo, crecerá, y crecerás y crecerán también tus facultades creadoras. Ama a Dios como Él te ama, con ardor, sin limitaciones, y te librarás del mal y de la tentación. Si amas a Dios te amarás a ti mismo, puesto que tú eres Dios.”

J. se despidió del maestro con las bendiciones de rigor y se alejó de él a toda prisa. De camino a su hogar, avergonzado por el modo en que se había acercado a su mentor, e incapaz como se veía de someter el desenfreno de su espíritu a la razón, se detuvo en un establo abandonado y decidió acostarse, creyendo que podría ahuyentar los demonios que le acosaban con la inconsciencia y unos pocos rezos. Apiló un montón de paja, se desnudó y se tumbó encima de la cama improvisada, entre temblores y gemidos de una intensidad tal que temió que pudieran oírle desde el exterior. Lleno de esperanza e inquietud, se abandonó por completo al recuerdo de su líder y, paulatinamente, a base de oraciones y plegarias, pudo abrazar el sueño. Horas después, cuando poco faltaba para que el día tocase a su fin, y cuando, de hecho, se acercaba el momento en que daría comienzo el banquete de C., el joven despertó en el establo, cubierto en sudor, desorientado, y con la impresión de no haber dormido en toda la tarde. Con todo, a pesar del cansancio, tuvo que admitir que ese pequeño descanso había realizado un milagro en él, del que sólo empezó a ser consciente mientras se limpiaba el rostro y las manos en una fuente. Al analizar su fuero interno descubrió que no guardaba en él aprensión o miedo de ningún género, y que por primera vez en muchos meses disfrutaba de la paz de espíritu, relativa, dadas las circunstancias, pero paz al fin y al cabo. J. sonrió al reflejo que el agua le ofrecía y que, a causa de la poca luz, no podía observar, y se vistió con calma, gozando de cada segundo.

Llegados a este punto del relato, uno se topa con la necesidad de saber qué o quién efectuó un cambio tan notable en el estado anímico de J., si es que dicha alteración tuvo un origen, una causa o una explicación ajenos a la mente del estudioso. Si nos detenemos a considerar los hechos descritos en las páginas precedentes, sería posible deducir, sin un riesgo elevado de tergiversar la realidad, que J., en su breve periodo de reposo, había llegado a algún tipo de conclusión en lo referente a sus preocupaciones espirituales y artísticas y que, por el modo en que se limpiaba y vestía, con más esmero que de costumbre, la balanza se había decantado a favor del Hijo de Dios. Es más, un acto a priori inofensivo como el de frotarse el cuerpo con agua y unas pocas hojas secas tomaría, en ese caso, una carga simbólica considerable, al representar el modo en que el estudioso se deshizo del tormento, de las impurezas e imperfecciones de su fe en la Divinidad. Pero, ¿cómo había llegado a tal resolución? ¿Qué había podido convencerlo de que la religión defendida por C. era la única posible, y de que no existía ninguna solución real, aparte de esa, que le permitiera recuperar la seguridad en sí mismo? Algunas fuentes aseguran que la causa habría que achacarla a una alucinación que tuvo J. en el escaso tiempo que pasó en el establo, un sueño de naturaleza y significado ambiguos y surrealistas. Años después, para alejar, quizás, el recuerdo de aquella experiencia, J. la describiría del siguiente modo en una de sus cartas.

La fantasía habría tenido lugar en el desierto y se habría articulado alrededor de la figura de C., protagonista principal de la vida consciente, y de la irracional también, de su discípulo.  C. aparecería ataviado con unos ropajes muy distintos de los habituales: la túnica raída que, en cierto modo, se había convertido en una de sus señas de identidad, habría aparecido bajo la forma de de una capa de origen griego, ostentosa y atada a la altura del cuello con una cadenita, pieza que cubriría la totalidad de la espalda y la parte posterior de cabeza, torso y piernas, y que, sin embargo, dejaría al descubierto el pecho y los genitales de su portador. J., atraído y asqueado por la imagen, decidiría anunciar al Extranjero su decisión de creer en Él y amarle sin reparo, pero el Hijo de Dios, sorprendentemente, se habría ido alejando a medida que el discípulo se le acercaba. J. le habría pedido que se detuviera, y habría empezado a correr tras él, pero C., burlándose con gestos y movimientos obscenos, habría salvado una docena de metros de un solo salto, de espaldas y sin dificultad aparente. Confundido, J. habría intentado un nuevo acercamiento, pero no sólo no lograría aproximarse lo más mínimo, sino que habría propiciado un ataque de risa en el líder espiritual. El sueño prosiguió del siguiente modo, según palabras del propio J.: “Le grité que se cubriera las vergüenzas, pero nada más abrir la boca se levantó una ráfaga de aire sofocante que se llevó consigo mis palabras y las soterró bajo una gruesa capa de arena. Fue entonces cuando C., entre risas, empezó a masturbarse ante mis ojos, y su gesto coincidió con un suceso que me llenó aún más de temor: surgieron de la arena, y a nuestro alrededor, figuras conocidas tanto por C. como por el que escribe estas líneas. Lo que más impresionó a este pobre escribano fue la actitud de aquellas gentes, que no sólo no censuraron su comportamiento sino que, por el contrario, asintieron con la cabeza en señal de aceptación. C., consciente de lo que estaba ocurriendo, agilizó el movimiento de su mano derecha, y el sueño finalizaría ahí, justo cuando el Hijo de Dios iba a llegar al orgasmo.”

Para cuando J. salió del establo, se había hecho tarde, y el azul oscuro del cielo había dejado paso a una serie de resplandores naranjas que, en el horizonte, se teñían de escarlata y morado. El trayecto hacia el lugar del banquete, que ya había comenzado, fue breve pero apacible. J., lleno de un optimismo saludable, quiso prepararse y ensayar el modo en que habría de anunciar su fe absoluta e incondicional para con Dios, pero, debido a la cercanía del encuentro, se asentó en su estómago un cosquilleo agradable y molesto que le impidió dedicarse a su tarea. El discípulo, que no tardó en llegar a su destinación, temió presentarse ante su maestro tal y como se había separado de él, es decir, con el mismo nivel de excitación, y aunque ésta fuera de naturaleza opuesta a la que había sufrido por la tarde, decidió tomarse un pequeño respiro antes de entrar. Se apoyó en la fachada de la casa de enfrente, casi a oscuras, dispuesto a afrontar la situación con la serenidad y la alegría que se esperaban de él. Si lo logró, es algo que ninguno de los textos en los que se basa esta recreación histórica deja en claro. Lo único que puede, y debe, destacarse de aquel episodio, es la irrupción de un nuevo personaje en escena. J. nos habla en sus escritos de que el hogar del maestro, desde la posición en que él se encontraba, y supone que debido a una ilusión óptica, parecía envuelta en una luz casi imperceptible, un halo azulado que se estremecía cuando el viento soplaba desde una dirección determinada o cuando las risas de los invitados superaban un cierto grado de intensidad. J., lleno de curiosidad por ese efecto, se acercó al edificio y se dejó impregnar por la atmósfera cálida y relajada que se desprendía de él. La decisión de entrar ya había sido tomada cuando, de pronto, algo llamó su atención. No muy lejos, a su izquierda, casi oculta por unos muros derribados, crepitaba una pequeña hoguera que, a pesar de sus dimensiones reducidas, parecía iluminar la totalidad del recinto cerrado e incluso parte del exterior. Junto al fuego, de pie, pudo ver la silueta de un hombre cuya musculatura, desarrollada, y cuya espada, que sobresalía a un lado del cinturón, hicieron que le tomara por un soldado, un gladiador liberado o, en todo caso, un hombre destinado a matar. Temeroso de lo que pudiera ocurrirle, J. no respondió cuando el desconocido le indicó por señas que se le acercara, pero algo en el modo en que el fuego se reflejaba en la piel y en el hierro de su armadura, le impulsó a ceder. La hoguera crepitó con furia cuando los dos hombres se encontraron.

J. se introdujo en la casa de Dios. Los comensales levantaron la mirada de sus platos respectivos y observaron al joven con una mirada no exenta de interés. No sólo estaban al corriente de lo acontecido esa tarde, sino que le consideraban, a él, el más joven de todos ellos, el discípulo más sincero y afectuoso de C. y el único con el saber y la energía suficientes para llevar adelante la tarea que les había sido encomendada. Mientras aquél que, por lo visto, había sido llamado a convertirse en el propulsor más ferviente de la nueva religión, se acercó a su líder espiritual, varios de los presentes empezaron a murmurar a su paso, admirados por el porte decidido y la energía de sus movimientos, que evidentemente debían encontrar su fuente en una fe ”dura como el hierro”, según dijo uno de ellos. El silencio volvió a reinar en el ambiente cuando J. se inclinó y, rechazando el abrazo de bienvenida que le ofrecía su maestro, le dio un beso fugaz en la mejilla y le susurró:

“Lo he pensado mucho. No puedo, ni quiero, creer en ti. Lo siento.”

INFANCIA - La muerte

Hace rato que ha perdido el sentido de la orientación. Se ve incapaz de controlar su cuerpo, y permite que le lleven de mano en mano, y de rostro en rostro, y que le besen en la frente y las mejillas. Le susurran que no se ponga triste, que el abuelo estaba muy enfermo, que por fin ha podido librarse del dolor. W. apenas se acuerda de su abuelo, y no sabe por qué tiene que estar triste, ni de qué dolor se ha librado. Le cubren la piel de saliva, y los oídos le pitan cuando intenta recordar. ¿Recordar qué? “No llores, hijo, no llores” le dice una mujer mientras le abraza. “No estoy llorando” dice él cuando la mujer le deja en el suelo, y ella se va y él repite: “No estoy llorando”. Echa un vistazo a su alrededor, y no entiende ninguna de las figuras que yacen esparcidas por la habitación: una anciana, de rodillas, con las manos pegadas contra el pecho y el rostro húmedo, reza y murmura; un hombre besa a su esposa en la frente, le toca un pecho y dice que quiere salir a fumar; la esposa, totalmente quieta, no da muestras de haber sentido ni oído nada. “Quizás esté pensando en el abuelo.” La esposa no reacciona cuando una cincuentona se desploma, entre gemidos, por encima de un tiesto, ni cuando varios hombres se levantan para echarle una mano y la descubren detrás de la palmera sintética, riendo y con la nariz rota. Tampoco se mueve cuando un niño le sacude el brazo y le grita que se está meando, ni cuando se hace evidente que lo que le cae por la pernera del pantalón no es otra cosa que el líquido humillante. La esposa no despierta ni siquiera en el momento en que W. reconoce en ella a su madre y suelta un grito.

W. necesita una explicación. Se acerca a la anciana que, de rodillas, musita sus plegarias, y la observa durante unos segundos. En el momento en que ella abandona sus oraciones y levanta la mirada, W. advierte el cansancio y el dolor de su expresión y comprende que está tan perdida como él. “Ha ido con Dios” dice la anciana, sin motivo aparente, y le mira con fijeza, como si quisiera asegurarse de que el pequeño ha entendido el mensaje y, además, lo bueno que es eso. W. retrocede un par de pasos. Ella le pide que no se vaya, que rece con él, y le tiende las dos manos para que se agarre. ”Ha ido con Dios”, repite la anciana. “¿Y dónde está Dios?”, pregunta W, después de unos segundos, pero nadie le responde; la mujer se ha puesto a rezar de nuevo. Uno creería en la coincidencia si la anciana, posteriormente, no le hubiera dirigido miradas recelosas, algo inquietas, desde su fe inquebrantable.

W. mira a su alrededor. El tiesto vuelve a estar en su sitio, y si no fuera por las manchas de sangre que salpican su superficie, nadie recordaría la aparatosa caída de la otra mujer, la que se reía con la nariz rota detrás de la palmera. Tampoco está ahí ninguno de los hombres que se levantaron a echarle una mano; del pasillo, con todo, le llegan varias carcajadas masculinas: le seduce la impresión de que las dos ideas están relacionadas. Presta atención y, efectivamente, hay varios hombres en el pasillo, quizás los mismos que, minutos antes, han ayudado a una cincuentona a levantarse del suelo. Pero de por sí no es un dato que le pueda dar una respuesta definitiva. Es sólo cuando percibe, también, la voz de la mujer, oculta bajo las muchas risas de hombre, que está plenamente convencido de su hipótesis. La voz femenina tiene algo de inquietante, de histérico, al estar tan cerca de las otras; y al llegarle entremezcladas todas las voces, las masculinas y la femenina, parecería que saliesen de una misma garganta, de unos mismos labios. La mente se le llena de sombras, y se diluyen a medida que ese extraño grupo se aleja de la puerta de la estancia. Sin embargo las manchas de sangre persisten, y levantan en el pequeño W. ecos de un placer desconocido.

Sólo le queda su madre. Sentada en un banco, inmóvil, tiesa, con las manos encima del regazo y la mirada perdida. W. se acerca a su madre y se agarra a una de las mangas del jersey. “Mamá, ¿dónde está el abuelo?” pregunta. No responde. W. levanta una de las manos de su madre, apoya la cabeza en su lugar y deja caer, de nuevo, el brazo, sobre su pelo. “Mamá, ¿y el abuelo?” pregunta. “¿Dónde está?” Cuando W. levanta la mirada, ve que una lágrima enorme pende de la barbilla de su madre, y cierra los ojos cuando, tras unos segundos, la lágrima se desprende de la piel y le golpea en la frente. W. aparta el brazo que tiene encima y se levanta. No puede evitar estremecerse. Y mientras se aleja, azotado por un sentimiento que le es desconocido, oye que el marido de su madre “¿Papá?” entra desde el pasillo y pellizca uno de los pezones de su madre, que se adivinan bajo el jersey. La madre despierta de su ensoñación y dirige una sonrisa de gratitud a su esposo.

W. no entiende nada. Y sigue con la búsqueda del abuelo, el abuelo muerto, esté donde esté. Es entonces cuando ve una puerta negra, enorme, de madera, que domina la habitación desde uno de los lados. A medida que se acerca a ella, descubre las extrañas figuras que decoran los contornos, y se ve fascinado, atrapado por las escenas que representan. Entiende el significado primario de los relieves, pero está convencido de que hay una segunda capa bajo la superficie, un contenido oculto, embrutecido por las cruces, los apóstoles y los perros cazadores. El secretismo, el desconocimiento y la mística que se respira le seducen hasta límites insospechados, y por un instante cede a la tentación de detenerse y abandonarse, temporalmente, a la contemplación de aquel templo recién descubierto. Sin embargo, el azar intercede una vez más para que nada se interponga entre el destino y las personas. La puerta negra se abre hacia fuera, en silencio. Dos mujeres salen del interior de la habitación, apoyándose la una en la otra, entre sollozos, y arrastrando los pies. Sólo hay tiniebla a sus espaldas. W. titubea. Al fin decide seguir adelante.

Se encuentra con la mayor de sus primas en la puerta. Parece que le ha estado esperando. “Ven” dice la chica, de pelo largo y negro, y le tiende una mano. W. la acepta al instante, y la pareja empieza a caminar. “No es malo tener una mano firme en la que agarrarse, ¿verdad?” Pronto llegan a su objetivo, una caja que reluce, sutil, discreta, bajo una luz blanca muy potente. W. comprende sin problemas que está ante un ataúd, el del abuelo, y que si se acerca un poco le verá, al fin, muerto. Antes de poder verle, con todo, le llama la atención otro detalle, que será el único recuerdo que, con los años, guardará de aquel día. Otra prima, la hermana menor de la chica que tiene agarrada de la mano, y que es un par de años menor que W., está de pie junto al ataúd, pálida, con el rostro contraído por la tristeza. W. se dirige hacia ella, pero la prima mayor tira de él y le dice, por señas, que no la distraiga. “Está rezando” informa la muchacha. W. titubea. ”¿Tengo que rezar yo?” pregunta W. “No, aún no.” “¿Y cuándo se reza?” Pero la joven no le contesta. Ha perdido la voz cuando ha visto al abuelo. A los pocos segundos, consciente de que W. la está mirando, se enjuaga las lágrimas y atrae al pequeño hacia sí. W. se siente conmovido por la escena, y se vuelve hacia la otra prima; esta prosigue con sus oraciones, incapaz de detener el llanto. “¿Por qué llora?” pregunta W. a la prima mayor, sin apartar la mirada de la niña pequeña. Silencio. ”El abuelo ha muerto” recibe por respuesta, y la muchacha de pelo largo y negro se cubre el rostro con ambas manos. W. se pega a ella, angustiado, pero al cabo de poco comprende que no sirve de nada, y que nada podrá distraer a la joven de la muerte y de su dolor. W. busca una salida en su otra prima, pero ésta, con los párpados muy apretados, y las manos pegadas a la nariz, tampoco parece capaz de escapar a la tristeza. W. no percibe la caída de sus primeras lágrimas. W. empieza a sollozar, con disimulo al principio, sin reparos cuando la prima pequeña se le acerca y le pasa un brazo por encima de los hombros. Entiende el dolor propio, y quizás el ajeno. W. ha aprendido a llorar. Y se abandona sin reparos al dolor.

La muchacha de pelo largo y negro se le acerca y, después de besarle en la mejilla, con una sonrisa no exenta de cierto reconocimiento, le dice: “Es ahora que debes rezar. Ya puedes rezar, cariño.” W. no entiende lo que le ha dicho, pero de algún modo sabe que es cierto, que está bien así. Y sin embargo sabe también que no lo necesita, y que quizás no lo necesite nunca. W. llora junto a sus primas hasta que se le acaban las lágrimas. Entonces, cuando la joven y la niña le invitan a rezar con ellas, W. sonríe abiertamente, les da un abrazo a cada una, y sale de la habitación.

I. Érase una vez un chaval joven que decidió contar su historia sin retórica ni florituras.

Anatomía

Sin retórica ni florituras: Varios profesores le habían advertido de su tendencia incontrolable hacia el exceso y la orgía. Cuando, años después, el chaval joven estuvo dispuesto a emprender un proyecto propio (el primero de su carrera), se propuso demostrar a esos vejestorios que su dominio de la lengua era total, y que los comentarios referidos a la “ampulosidad” del estilo y a la “escasa pericia” con la que escribía se debían a la incomprensión. Su empeño fue tachado de inútil desde el principio.

Contar su historia: Llegó el día. El chaval joven se sentó ante el ordenador y pulsó un par de teclas. Al instante tuvo que hacer frente a una problemática que, con el tiempo, determinaría notablemente el rumbo (y la temática) de su carrera: el desinterés hacia todo aquello que estuviera relacionado con su propio ser. Durante las primeras semanas no pudo trabajar. Más tarde, acostumbrado ya a sus miedos, concluyó que lo más acertado quizás fuese seguir un ritmo de trabajo duro y disciplinado, algo parecido a convertir la escritura de su vida en un proceso largo y brutal que le alejase del aburrimiento que se inspiraba a sí mismo. Cita textual: “Lo importante es no pensar. Es el único modo de llegar a alguna parte.”

Decidió: el uso de este verbo, con sus implicaciones semánticas y sintácticas, debería estar prohibido en el contexto presente. Propongo que dicha prohibición sea elevada a la categoría de ley sin que se pueda hacer ningún tipo de alegación en su contra. Aceptémoslo, hay quien no está capacitado para decidir. Las razones pueden ser infinitas y muy variadas, pero, en todo caso, un cambio en el origen no modifica el problema de ninguna manera. Algunas familias llevan ese embotamiento mental escrito en la sangre, otras lo consiguen a base de mucho empeño y esfuerzo. Para el caso, el resultado es el mismo: absoluta incapacidad para decidir. El protagonista de este relato, si es que lo hay, y si es que puede llevar tal nombre, no sólo puede, sino que debería ser añadido en esta categoría, con el agravante de que a las causas genéticas, por desgracia imprevisibles, de la putrefacción de su alma, se le añade una estupidez supina digna de estudio.

Un chaval joven que: nuestro desdichado efebo nunca fue consciente de su poca madurez, de sus escasas aptitudes y, menos aún, de sus terribles carencias físicas y estéticas. Por ello, quizás sea digno de admiración (que no de alabanza) su necesidad impostada, pero necesidad al fin y al cabo, de escribir un relato con su vida y elevarla así a la categoría de epopeya definitiva. Varios de sus familiares más cercanos no pueden evitar sonreír cuando les habla de sus nuevos proyectos, pero por suerte este tipo de conversación no suele durar demasiado.

Érase una vez: el inicio, El Inicio, quizás. La fuente de todo ser, de toda existencia. Thomas Mann nos habla de la teología como de la disciplina superior, la disciplina de las disciplinas, la que demuestra un “gusto” y un “sentido” hacia lo infinito que reduce el resto de ciencias, artes y estudios a la categoría de asignatura secundaria, optativa o, aún peor, de libre elección (en jerga universitaria). Muchos ven en la teología el estudio de lo primario o primordial, de lo único, de lo imprescindible. El estudio del Érase una vez, con todo lo que la expresión conlleva de incertidumbre.

II. Érase una vez un chaval joven que decidió contar su historia sin retórica ni florituras.

Variaciones (ejercicios)

Una joven retórica: el cambio de sexo al que sometió al protagonista del relato nos demuestra que las intenciones de nuestro chaval joven no tenían nada de elogiable. No sólo fue incapaz de respetarse a sí mismo, sino que, a la hora de la verdad, ignoró su propio deseo de alejarse de toda floritura: el cambio de sexo fue un acto retórico en sí mismo, una ocultación de la verdad a través de la deformación explícita de ésta.

Un chaval sin historia: el joven, por el bien de su proyecto, decidió buscar las únicas emociones “reales”, las ”verdaderas”, que su corazón hubiera sentido a lo largo de los años, para poder separarlas, así, de todos los sentimientos “impostados”, ”impuestos”, que poco tenían que ver con la esencia más íntima, más sincera, de su sentir. Este acto, impulsado por la fe que sentía hacia la veracidad de su existencia, le llevó a descubrir que no había nada de puro, de seguro, en él. El cuestionarse había conducido a la duda, ést