Sombras

Novembre 30, 2007

Se acuerda de su madre nada más cojer el cepillo de dientes. Es algo automático, irracional. Si supiera cómo separar estas dos acciones, si pudiera romper los hilos que le llevan de una a la otra, lo más probable es que ya lo hubiera hecho, sin necesidad de tantas angustias. Pero es algo que le ocurre desde los doce años. Es cojer el cepillo de dientes y ver a su madre en el vestíbulo, lista para salir a la calle, y sus labios que supuran maquillaje y los ojos aplastados por una negrura que se extiende por toda la frente, y quizás también por parte de su mente. El sabor a dentífrico le hace ser víctima otra vez de su mirada, y le aterra comprobar que sigue tan indefensa e incapaz de rebelarse como antes. Esa mujer, de pie en el vestíbulo, se oculta bajo olores y colores impostados, y la pisa y la corrompe sin necesidad de dirigirle la palabra. Es su mirada, su mirada. Vacía. Profunda. Vértigo.

Se limpia los dientes con furia. Quizás quiere eliminar algún recuerdo. O quizás quiera desprenderse de la suciedad, del asco, de la incontinencia y los ataques de ansiedad. Se enjuaga y se limpia con una toalla. Una vez fuera del cuarto de baño, se ve a sí misma suspirando con alivio. La imagen la tranquiliza. Ella no necesita aliviarse de nada, es consciente de que la imagen de su madre ya no le afecta lo más mínimo. Los recuerdos han dejado de perseguirla. Siente un dolor sordo en las encías. 

Se detiene ante la puerta entreabierta de la habitación de su hija. La luz del pasillo incide cruel en el rostro de la pequeña, cuya cabeza parece estar flotando entre nubes de color azul. La luz también rebota en el cristal de la ventana, donde hace juegos malabares con las sombras. Mientras ajusta un pelín más la puerta, la madre traga saliva y descubre un par de heridas en sus mejillas; el hallazgo viene acompañado del sabor a sangre. Quizás debería hacer caso su marido e ir al dentista. Oye un ruido: la pequeña susurra en su cuarto. La mujer abre de nuevo la puerta, y ve que su hija ha echado a un lado las sábanas para ponerse en pie.

- Mamá, me encuentro mal.

- ¿Tienes fiebre?

- No sé.

No tiene. Le pregunta si quiere tomar algo. Ella le contesta que no. Pues échate, intenta dormir. No puedo, mamá. No puedo. La hija coge la mano de su madre. Su piel está caliente, pegajosa. El primer impulso de la madre es retirar el brazo. Sus encías sangran. Luego se asusta de sí misma y abraza a la niña y le besa en la frente. Algo en su interior le dice que no quiere a su pequeña. Le da asco. Pero ella lo niega, varias veces, y cuando el contacto se vuelve insoportable se levanta y abandona la habitación. A sus espaldas, la voz infantil la reclama, pero no regresa junto a ella. Sus pasos la conducen al cuarto de baño, y allí se enfrenta a su reflejo. La sangre ha cubierto sus labios de un tono rojizo, y las lágrimas colorean sus mejillas. El parecido es evidente. Por un momento se queda quieta, y se observa. Hay algo que le llama la atención en su imagen. Piensa en su madre, y se compara en el espejo con ella, nariz, pómulos, el rojo, la frente. Hay algo que la intriga. No sabe qué es. Se mira y se mira. Poco a poco va comprendiendo. Se gusta. Se gusta. Pero ella no puede admitirlo; ella lo niega, varias veces, y cuando la imagen se vuelve insoportable, agarra un frasco y lo lanza contra el espejo, gritando. El cristal estalla. La voz se quiebra. Y la luz se multiplica.

El cuerpo en el espejo

Octubre 4, 2007

¿Puede un simple espejo liberarme de mí mismo?

Como ya va siendo costumbre en esta curiosa etapa de mi vida, esta noche, escondido en la fría intimidad del cuarto de baño, me he enfrentado a mi reflejo. Y, por un instante, me ha parecido verme desde fuera de mí mismo, como si por un breve lapso de tiempo hubiera podido deshacerme de las correas que me atan a mi mente y a mi cuerpo.

He sido consciente, en todo momento, de que el objeto reflejado no era otro que yo mismo, y que toda sensación de lejanía con respecto a mi propio ser no podía ser más que una alucinación inducida por extrañas conexiones mentales. Pero mi razón, el yo consciente a través del que soy, a través del que hablo, ese yo que existe en mí, que me define, pero que sin embargo no es más que una de mis múltiples facetas, de algún modo se ha visto desplazado, alejado, marginado de mi foco de atención, y en su ausencia he podido verme como soy en realidad, más allá de toda razón y todo sentir. He podido comprender, por un instante, qué sería verme, conocerme, sin ser yo mismo, cómo sería acercarme al recipiente y al conjunto de órganos que es mi cuerpo sin conocer qué es lo que lo llena, qué es lo que lo dota de color, vida y movimiento.

La visión no ha durado más que un simple parpadeo, pero en el espacio contenido entre dos segundos he creído ser libre de mí mismo.

¿Qué es mi cuerpo reflejado en un espejo? ¿Me pertenece? ¿Es posible que la libertad sólo exista en la medida en que somos capaces de alejarnos de nuestro yo físico y material? ¿Qué es un reflejo, después de todo, sino un apéndice imaginario de nosotros mismos, una prolongación ficticia de la carne y el pensamiento?

Por un instante he creído perderme en el espejo. Luego todo se ha desvanecido, como siempre.