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Papá me ha dicho hoy que está muy bien tener aspiraciones, y que si no luchas cuando tienes una cierta edad ya no lo harás nunca. Yo he intentado decirle que no quiero conformarme con lo que soy ni con lo que hago, que si me atrevo a emprender un proyecto me gustaría dar lo mejor de mí mismo. Y también le he comentado que no querría dedicar tiempo a hacer algo que a la postre resultase ser completamente inútil. Viendo la escena ahora, después de tantas horas, sigo sin comprender la mirada que ha puesto en ese momento. De hecho, escudriñando el momento desde la seguridad acogedora que dan la distancia y la perspectiva, me sorprende haber entablado esta conversación con él, cuando es de aquellas personas con las que, a veces, parece que lo único que te une es vivir bajo un mismo techo. ¿Qué es la sangre cuando no existe contacto, o una relación de verdad? El parentesco debiera ser un asunto de espíritu antes que de carne.

Digo que me sorprende haber llegado a comunicarme con él de esta manera porque la otra vez en la que comimos juntos, los dos solos, el silencio pendía sobre nuestras cabezas como un mar de leche espesa que ralentizaba todo movimiento y nos obligaba a a centrar la atención en los platos que teníamos delante. Ha comentado que no debo decepcionarme cuando las cosas no salgan como quiero. Yo habría querido decirle, simplemente, que lo que no quiero es esto, esta vida, su vida. Pero en vez de eso me he perdido en una perorata sin ningún sentido que nos ha dejado a los dos confusos y adormecidos. Y no es para menos, porque hasta hemos llegado a comentar una cita de un pensador oriental de cuyo nombre no quiero acordarme que trataba sobre no sé qué de la información entendida como unas olas que bla bla bla… El caso es que no sé hasta qué punto tiene razón, y hasta qué punto la puedo tener yo.

Quería decirle que lo que quiero es despojarme de ese yo que tan cautelosamente he construido a lo largo de ocho largos años, un personaje tan afilado como una navaja oxidada y tan propenso a la autocastración como cualquier fanático religioso de comportamiento poco decoroso. Ese era un yo de cartón-piedra, parecido a un trocito de porcelana sucio y gris, escondido en una mochila descosida, que sólo parecía refulgir los días de borrachera o de extrema autocompasión. Si me equivoco, quiero ser perfectamente consciente de ello y gozar de cada rasguño, de cada gota de sangre derramada. Si rectifico, me gustaría poder decir que la decisión se ha tomado con total seguridad y convicción de que era la mejor opción a tomar. Pero para ello debería ser yo mismo, y a pesar de desearlo con todas mis fuerzas, no sé si quiero (o siquiera si puedo) tomar las riendas de mi propia vida y recuperar todo ese tiempo perdido que Proust recogió en sus páginas. Estamos en lo de siempre. Quizás esa parte de mí escondida en una bolsa vieja de tejido sintético ya se ha pegado a mi cuerpo como una larva, chupando para los siglos de los siglos lo poco que me queda de humanidad y lo poco que tengo ya de la aún más preciada juventud. No quiero ni pensarlo.

Desde aquí le quiero mandar un caluroso saludo a mi papá, que sé que no leerá esto. Porque él sigue siendo mi papá, por mucho que a veces me cueste de creer. Y porque siempre hace ilusión hablar con alguien que, por su cercanía, parece perderse continuamente en los tortuosos caminos de la cotidianidad y el hábito.