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La idea del arte como un medio para redimir, para salvar a la humanidad resulta de lo más tentadora. Y sin embargo uno busca (y encuentra) con desesperación frases como la siguiente: “¿Pero es que aún no está claro que el arte no está en condiciones de enseñar nada a nadie, cuando durante mil años no se ha podido enseñar nada a la humanidad?”. Palabras de Tarkovski. Claro, ante las palabras del ruso uno no sabe si achacar su propio optimismo a una adolescencia tardía o a la simple estupidez. En cualquier caso, como el propio Tarkovski admite en su libro Esculpir en el tiempo, es en el diálogo y en la confrontación donde configuró con mayor energía y precisión sus ideas y sus reflexiones, así que vayamos a discutir. Aunque sea con los muertos.
Bergman es, según dicen, uno de los directores de la trascendencia, además de un director con un gusto exquisito y con una capacidad agudísima para profundizar en lo que podría llamarse “la trascendencia humana”. No sé si estoy del todo de acuerdo con la primera afirmación, pero eso es lo de menos. Algunas de las primeras pelis importantes de Bergman expresan el dolor que el ser humano siente ante el silencio de dios. En “El séptimo sello”, “Como en un espejo” o “Los comulgantes” la búsqueda de dios se mezcla con el dolor que provoca la ausencia de la divinidad y subraya que los orígenes de esa búsqueda y de ese dolor no parten de dios sino del ser humano, lo que sin duda nos da pistas de hacia donde se dirigirá el sueco en sus pelis posteriores. Es a partir de “El silencio”, pero sobre todo después de “Persona”, que el vacío de la divinidad se convierte única y exclusivamente en el vacío y la distancia entre las personas; la figura de dios pierde toda su importancia cuando uno se percata de que el alivio al dolor físico (”Gritos y susurros”) o los motivos por los cuales la convivencia es imposible (”Secretos de un matrimonio”) hay que buscarlos en los demás y en nosotros mismos. Dios no sólo no nos echará una mano sino que, además, el hecho de que no actúe en y por nosotros no tiene (o no debería tener) la menor repercusión. Dios desaparece ante la problemática de la humanidad. En Bergman, pues, podría decirse que la trascendencia se “limita” a cubrir los aspectos de la identidad y de las relaciones personales, sin negar la importancia de un arte que permite explicar y reflejar una realidad que no comprendemos.
Tarkovski, por otro lado, ignora - teóricamente - los aspectos más humanos, más terrenales de la trascendencia y adopta una visión mucho más mística, algunos dicen que incluso religiosa, de lo que podría llamarse “la necesidad de salvación” de la humanidad. Es en su última película, “Offret”, donde nos ofrece la que él cree que es la mejor solución a la angustia y el sufrimiento de la humanidad. Una solución, con todo, que dista mucho de ser definitiva. Los motivos hay que buscarlos en los fundamentos en los que se basa la obra del ruso. En “Stalker”, la figura del stalker, si bien fuertemente cargada de espiritualidad y misticismo, no deja de estar ligada al mundo físico y al entramado emocional de las personas que lo rodean. El stalker tiene problemas con su familia, y se queja de que tanto la ciencia como el arte ignoran la necesidad, representada por él, de buscar una trascendencia liberadora, que no sólo nos permita reencontrarnos con unos orígenes perdidos - la naturaleza- (tema tratado en “El espejo”) sino que elimine radicalmente ese mal incomprensible que persiste en nosotros y a nuestro alrededor (”Offret”). En “Offret” se contempla la posibilidad de abandonar ese entramado emocional y físico que nos ata y nos limita, pero en ningún caso se nos admite que dicha posibilidad pueda realizarse en el plano de lo real, de “nuestro” plano, como dicen algunos aventureros. La trascendencia, en Tarkovski, está en nosotros, y en nuestra realidad, pero limitada siempre, siempre, por la visión parcial y subjetiva del ser humano, puesto que parte de él y se dirige a él, exclusivamente. No sólo eso: El arte parte del hombre y termina en él. En ese caso, resulta comprensible que la trascendencia de Tarkovski acabe siempre en la decepción, en la frustración de sus ideales.
Quizás habría que replantearse el sentido y la necesidad del arte para hallar el modo más oportuno de reflejar la trascendencia, esa trascendencia que, por fuerza, tiene que existir más allá de nosotros. Bergman habla del dolor y el alivio, y en ello basa el sentido de la trascendencia; Tarkovski, de un modo u otro, tampoco consigue liberar el hombre de sí mismo, si es que dicho acto, dicha redención, dicha aberración, es posible. Después de todo, ¿puede el arte hacer aquello que no está destinado al arte? ¿Puede el arte hacer que el ser humano deje de ser humano? ¿En qué, sino en la exploración de una nueva forma de la trascendencia, debe basarse el arte del futuro? ¿En qué, sino en la necesidad de ser más que hombre y sin embargo seguir viviendo?
Después de ver “Offret”, de Tarkovski, en la que los personajes parecen atrapados en una vida que es sueño y un sueño que quizás sea más que vida; después de ver “Sacrificio”, en la que la luz, la oscuridad y el color, los tres pilares sobre los que debería elevarse toda película, permiten descubrir qué es lo que se esconde bajo los cuatro estímulos erróneos que percibimos con los sentidos; después de conocer una de las historias más conmovedoras, terribles, mágicas y alucinantes de todos los tiempos, me pregunto qué se perdió de Borges a George R. R. Martin o Sapkpowski, qué pasó en el breve lapso de tiempo que existe entre la obra de Calvino y la de J. K. Rowling que despojó al género fantástico, no ya de profundidad y rigor, algo que en el fondo se puede achacar únicamente al interés de los autores, sino de esa capacidad revolucionaria para mostrarnos lo oculto, lo que existe en nosotros y más allá de nosotros y que sólo podemos captar cuando abrazamos el sueño y la sinrazón.
Pocos directores de cine han dominado, con la profundidad y el conocimiento que mostró Tarkovski, los mecanismos y la importancia del sueño como recurso narrativo y visual para explorar una realidad que nos rodea y que sin embargo no nos pertenece. ”Siempre he buscado la simplificación: cuanto más sencillo, mejor resulta, habitualmente”, dijo Tarkovski, y eso quizás nos dé pistas acerca de cómo logró convertir lo familiar en peligroso, de cómo logró despojar la realidad de sus distintas capas para mostrarnos lo más pequeño, lo básico, quizás lo único que importa. El director ruso consigue, con escasa iluminación, pocos actores y movimientos de cámara eternos e interminables, hacer del sueño y de la magia algo creíble, algo real, algo que alimenta y que se alimenta, a su vez, de la fe. Quizás sea la fe uno de los pilares sobre los que se sostiene toda la obra de Tarkovski, y quizás sea con fe el único modo de enfrentarse a los misterios del mundo, aquel mundo que nos creó y que, con el tiempo, quizás logremos destruir para aniquilarnos a nosotros mismos.
El motivo de ser de la fantasía es el de liberarnos de las correas de nuestra humanidad para permitirnos explorar los terrenos que le han sido negados a la carne. Debe revelarnos lo oculto, debe hacernos visible aquello que a pesar nuestro no logramos percibir ni atrapar con la mirada. Y ahí es donde la literatura fantástica de nuestros días (y quizás gran parte del arte en general) se derrumba estrepitosamente, bajo el peso de la desidia y del interés equívoco que la conducen. Los autores contemporáneos nos hablan de lo inexistente, se pierden en lo irreal, y las obras que crean (y que muchas veces producen) son el resultado de una alienación inconsciente que muy poco tiene de humano y aún menos de artístico. Aquellos que juegan con la nada acaban siendo absorbidos por ella, y las palabras no reflejan nuestra realidad desde “el otro lado del espejo” sino que nos hablan de un mundo olvidado y enfermo del que sus habitantes, quizás para huir del sentimiento de culpa y del espectáculo de su crueldad, necesitan esconderse. Es a partir de ese momento que la literatura y el arte se corrompen, cuando dejan de revelarnos lo invisible, lo necesario, y se convierten, simplemente, en un agujero en el que meter la cabeza cuando no deseamos ver el reflejo de nuestras sonrisas de muerto. Es difícil, cuando no se cree en nada, encontrar un modo de protegerte de tí mismo. Es difícil, cuando se ha perdido la fe, encontrar un modo de salvarte a ti, y a los tuyos, del horror en el que se os ha confinado.
¿Y cuál es el papel de la fe en “Offret”, la última obra maestra de Andrei Tarkovski? Es, sin lugar a dudas, la fe en la divinidad, expresada por el protagonista, Alexander, en la cúspide de su sufrimiento. Es, también, la necesidad de explicar la existencia, de encontrar un significado al horror del ser humano. Es la magia, la creencia en esa otra realidad que nos llena y nos vacía a su antojo. Es, finalmente, el grito enfurecido del hombre ante aquello que no comprende, es la lucha del ser humano contra aquello que no puede aceptar, la enfermedad, la pérdida, la guerra, la muerte. O quizás ”Sacrificio” no sea más que la conquista del derecho a seguir viviendo, después de renunciar a lo que nos es más querido. Porque, ¿tiene algún sentido moverse si no se está dispuesto a despojarse de lo que más apreciamos? ¿Tiene algún sentido luchar si no se está dispuesto a perderlo todo? “¿Tendría algún sentido, el regalo, si no fuera un sacrificio?”, dice uno de los personajes de Tarkovski, y el eco de sus palabras adquiere un tono profético cuando la vida y el sueño imponen su precio al único de los hombres dispuesto a cambiar el mundo.

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