Diálogo I

Agost 21, 2008

- En el vacío entre dos muros, percibo, comprimido, el misterio entre dos mundos. En el vacío entre dos muros se extiende el vacío en la distancia, la nada entre dos mundos. Quiero llenar ese vacío, llenarlo con un símbolo, y que el vaso de cristal me muestre. Pero el cristal es ciego, mi mano es ciega, y en el cristal ardiente mi ceguera es la ceguera del cristal ardiente. Porque el cristal no tiene, ni contiene, sino que abraza, y suspira, e intuye. El cristal como guía; un símbolo. Símbolo del símbolo.

- Olvida el cristal, que muestra y devuelve, y engaña, porque es espejo y ceguera, y ventana y espejo, y no muestra sólo lo que ve. El vacío no puede llenarse. El ser mismo está plagado de vacío. La distancia entre las formas no puede cercarse, porque el ser mismo es una ilusión. La distancia exterior es distancia interior. El interior mismo está lleno de vacíos. El misterio es el vacío, y estamos llenos de vacío. Descubrir el misterio sería hallarnos a nosotros mismos. Y no podemos poseer el vacío.

- Se creyó que el símbolo serviría para encerrar el vacío. Que se reconstruiría el misterio. Pero no fue así. Hay que prescindir del símbolo, que miente. Hay que eliminar el símbolo.

- Te equivocas. No hay que prescindir del cristal. El cristal, el símbolo, son imperfectos como el hombre. Su alcance es el alcance del hombre. Están tan llenos de vacío como el hombre, y de ahí su ineficacia. Pero el vacío no puedes atraparlo con el ser, puesto que el ser está también lleno de vacío. El vacío no hay que llenarlo, ni que intentar buscarlo en el ser. El vacío está fuera de nuestro alcance.

- Das por imposible lo que no debiera serlo. El vacío está ahí para atraparlo, para cercarlo, para llenarlo incluso. Estamos rodeados, estamos llenos de vacío. Hay que buscar la manera de atraparlo. ¿Qué propones?

- Propongo rescatar aquello que une los vacíos. Propongo rescatar el sentido que llena el vacío.

- ¿Con símbolos? ¿Con estructuras huecas?

- Exacto. Con el tiempo huiremos del vacío; ya no será necesario para construirlo, ni construirlo. Con el tiempo sólo habrá vacío, sin intermediarios. Entonces no habrá comprensión del vacío, ni libertad en él, pero el misterio será nuestro. Poseeremos el misterio. Y ya no habrá distancia alguna entre los muros, entre los mundos, entre los seres.

- Y la supresión de la lejanía nos llevará la comprensión, el contacto y la libertad. La realidad será nuestra y el símbolo ya no será necesario. Seremos libres incluso de la propia realidad. Con la supresión de las ataduras del ser ya no será necesario el símbolo. Sólo habrá comunidad. La comunidad con el ser y con el vacío. Quizás convirtamos el vacío en ser, y el ser en vacío. Quizás seamos una sóla cosa.

- En cierto modo habrá una supresión de las formas. La forma nos da cuerpo y movimiento en el vacío. La forma es en sí símbolo, es expresión de un ser y un concepto, y como tal el ser individual y el concepto, como tales, como figuras del vacío, como creaciones de y en el vacío, desaparecerán. No habrá forma, ni cuerpo, ni ser ni concepto. Pero para ello hay que averiguar qué da cuerpo a la forma, qué une sus vacíos y les da entidad en el vacío. Hay que mostrar los hilos que unen los vacíos, que nos atan el y en el vacío. Cuando conozcamos las estructuras ocultas del ser conoceremos las estructuras ocultas de la nada. Y una vez disueltos en la nada besaremos el misterio, y lo haremos nuestro.

Miedo al vacío

Octubre 1, 2007

Una conversación entre clases, totalmente casual y sin ningún rasgo distintivo. Una compañera (no de clase, ni siquiera de facultad, pero más cercana a mí que cualquiera de las personas que pudiera encontrar en todo el campus), ha soltado: “Tengo miedo al vacío”. No ha sido necesario añadir nada más por su parte.

El vacío. El vacío es una segunda piel, aquella que aparece cuando nuestro cuerpo se cree libre. Pero también es aquello que, con su vacuidad, llena todo lo que en nuestro descuido hemos olvidado completar dentro de nosotros mismos. El vacío es un ahogo constante en ese mar al que nunca nos hemos atrevido a zambullirnos, quizás no tanto por pereza ni inquietud sino por el simple hecho de que desconocíamos su existencia. Por ello, es comprensible sentirlo como una ominosa presencia a la que habría que reverenciar con la cabeza baja, en la penumbra de una habitación iluminada con dos pequeñas velas de insignificancia descomunal. Porque a la hora de meter la cabeza bajo el agua y perderse en sus reflejos y sus sombras estás solo ante la eternidad, una eternidad que forma parte de ti en la medida en la que tú formas parte de ella, pero que parece haberse olvidado de ti en tanto tú mismo has perdido todo contacto con ese ser biológico que, no por estar en continuo movimiento y continuo cambio, tiene más conciencia de sí mismo.

Mi compañera (a la que con su permiso pasaré a llamar amiga) hablaba sobre todo de su miedo a afrontar ese vacío que se crea ante ella cuando llega el momento de sacar a relucir, en palabras bellamente bordadas, esos pedazos de vida y sabiduría que tan cautelosamente ha ido confeccionando dentro de su propia mente. Dice ser perfectamente consciente de esa barrera (———) que existe entre un objeto y la idea que le insufló existencia, entre el pensamiento y la palabra hecha carne y hueso, y que no puede estar nunca satisfecha con aquello que desea, tanto más en cuanto es algo materialmente imposible de realizar. Al mismo tiempo, reconoce no implicarse lo suficiente en lo que hace, reconoce no sentirse totalmente partícipe de un acto en el que ella debería ser la principal y única protagonista. Porque nadie puede guiarnos en el vacío que somos nosotros mismos, pero ninguna otra persona, aparte de ese yo tembloroso y ridículo en el que no queremos sentirnos identificados, puede descubrir qué es lo que hay más allá de nuestra conciencia, en ese espacio que es al mismo tiempo prisión e ilusión en el que nuestra existencia parece tener un significado que se nos escapaba cuando nuestra atención estaba puesta en otro lado.

Por mi parte, estoy cerca de sospechar que el vacío, igual que su contrario, es un espejismo en el que podemos, si queremos, vernos reflejados. Nos da una imagen detallada de lo que somos, y nos da un parte completo y escrupuloso de aquello de lo que carecemos y que quizás deberíamos incluir en nuestro continuo bucear. Cuanto más llenos estemos de lo que en un principio no existía en nosotros, más cerca estaremos de poder convivir con esa ominosa presencia que no por angustiosa es menos esencial. Porque habremos entrado en contacto con ella. Porque sabremos cómo leerla y, en el caso que nos ocupa, cómo escribir a través de ella. El vacío de por sí no es ni bueno ni malo, sólo hay que saber atravesarlo.