You are currently browsing the category archive for the 'Vacío' category.

Una conversación entre clases, totalmente casual y sin ningún rasgo distintivo. Una compañera (no de clase, ni siquiera de facultad, pero más cercana a mí que cualquiera de las personas que pudiera encontrar en todo el campus), ha soltado: “Tengo miedo al vacío”. No ha sido necesario añadir nada más por su parte.

El vacío. El vacío es una segunda piel, aquella que aparece cuando nuestro cuerpo se cree libre. Pero también es aquello que, con su vacuidad, llena todo lo que en nuestro descuido hemos olvidado completar dentro de nosotros mismos. El vacío es un ahogo constante en ese mar al que nunca nos hemos atrevido a zambullirnos, quizás no tanto por pereza ni inquietud sino por el simple hecho de que desconocíamos su existencia. Por ello, es comprensible sentirlo como una ominosa presencia a la que habría que reverenciar con la cabeza baja, en la penumbra de una habitación iluminada con dos pequeñas velas de insignificancia descomunal. Porque a la hora de meter la cabeza bajo el agua y perderse en sus reflejos y sus sombras estás solo ante la eternidad, una eternidad que forma parte de ti en la medida en la que tú formas parte de ella, pero que parece haberse olvidado de ti en tanto tú mismo has perdido todo contacto con ese ser biológico que, no por estar en continuo movimiento y continuo cambio, tiene más conciencia de sí mismo.

Mi compañera (a la que con su permiso pasaré a llamar amiga) hablaba sobre todo de su miedo a afrontar ese vacío que se crea ante ella cuando llega el momento de sacar a relucir, en palabras bellamente bordadas, esos pedazos de vida y sabiduría que tan cautelosamente ha ido confeccionando dentro de su propia mente. Dice ser perfectamente consciente de esa barrera (———) que existe entre un objeto y la idea que le insufló existencia, entre el pensamiento y la palabra hecha carne y hueso, y que no puede estar nunca satisfecha con aquello que desea, tanto más en cuanto es algo materialmente imposible de realizar. Al mismo tiempo, reconoce no implicarse lo suficiente en lo que hace, reconoce no sentirse totalmente partícipe de un acto en el que ella debería ser la principal y única protagonista. Porque nadie puede guiarnos en el vacío que somos nosotros mismos, pero ninguna otra persona, aparte de ese yo tembloroso y ridículo en el que no queremos sentirnos identificados, puede descubrir qué es lo que hay más allá de nuestra conciencia, en ese espacio que es al mismo tiempo prisión e ilusión en el que nuestra existencia parece tener un significado que se nos escapaba cuando nuestra atención estaba puesta en otro lado.

 Por mi parte, estoy cerca de sospechar que el vacío, igual que su contrario, es un espejismo en el que podemos, si queremos, vernos reflejados. Nos da una imagen detallada de lo que somos, y nos da un parte completo y escrupuloso de aquello de lo que carecemos y que quizás deberíamos incluir en nuestro continuo bucear. Cuanto más llenos estemos de lo que en un principio no existía en nosotros, más cerca estaremos de poder convivir con esa ominosa presencia que no por angustiosa es menos esencial. Porque habremos entrado en contacto con ella. Porque sabremos cómo leerla y, en el caso que nos ocupa, cómo escribir a través de ella. El vacío de por sí no es ni bueno ni malo, sólo hay que saber atravesarlo.